El milagroso de la Villa: entre la ritualidad de la fe y la economía

Por: Alfonso Ramón Hamburger

Pienso en voz alta para mis amigos de www.hamburgerchannel.com  En el milagroso de la Villa. Es una especie de magia.

Ayer vi levantarse mancos y patulecos y una cruz gigantesca se formó en las nubes. La silueta del más grade de todos, con su cruz al hombro, se cortaba sobre el caballete de la casa mas vieja de la calle enlodada, sobre las palmas derretidas por un sol de plomo, pesado, rasquiñoso, que picaba en la piel. La muchedumbre gritaba.

¿Quién es el que brilla? Y los otros contestaban: ¡El negrito de la Villa! Y arriba, sobre el caballete de la casa de palma desgastada, las nubes formaban un cuadro abstracto. Y era tanta la fe de esa muchedumbre, que veían al mecías. Yo sólo alcancé a ver la punta de la cruz y un corazón enorme, ya descomponiéndose en un soplo de brisa veranera que estaba a punto de darle la bienvenida al invierno. Los fervorosos feligreses, llegados de distintas partes de Colombia y muchos desde Venezuela, ya llevaban tres horas caminando, unos de frente, otros de espaldas, mientras la efigie, de un Cristo moreno, bello, irrumpía en lo mas alto de la calle, sobre un cielo dolorosamente azul.

Llegamos a este, el municipio más extenso de Sucre y uno de los más grandes de Colombia, el sábado 20 de marzo por la tarde, a través de una carretera sin nombre y sin pavimento. Mientras espera que los 60 kilómetros largos desde Sampués sean pavimentados, el tramo carreteable que pusieron hace algunos años al inicio, ya esta deteriorado.

En el tira y tira comienza la esperanza. Asi le dicen, el tira tira, al acto piadoso de lanzar desde los automóviles ropa vieja y zapatos usados, pero en buen estado. Después de Sampues, la gente sale de sus parcelas a lo largo de la carretera sin nombre y se prepara para los dos días de fiesta. Se hacen en cambuches y en matojos improvisados. Allí cocinan en la orilla de las cercas alambradas y allí duermen con fogatas, para esperar a los buses de la víspera que madrugan. Se estima que unos 5 mil vehículos, la mayoría buses, llegan a San Benito Abad dos veces al año, el 14 de marzo y el 24 de septiembre, para la bajada y subida del santo. Y aquí, un poco más allá de Sampues, la gente pobre, pescadores que ya no pescan por la sequia de las ciénagas, campesinos sin parcelas o simplemente desempleados, amas de casa, niños, jóvenes y ancianos, apenas ven los buses se abalanzan a la orilla.

Los vehículos no se detienen y desde las ventanillas empiezan a volar blusas, camisas, zapatos, dulces, muñecas, carritos y bolsas que la gente recoge y va almacenando. De allí estos regalos de los feligreses que van a la Villa son llevados a sus barrios, parcelas y vecindarios, donde son distribuidos. Con esto se visten el resto del año.

Con esta especie de fiesta deportiva ya tradicional, que pudo haber comenzado hace unos 20 años, se inicia el peregrinaje a la Villa. La polvareda de la carretera, sacudida por la gran afluencia de automóviles y las dificultades locativas, parecen hacer parte de la manda, del ritual que dos veces al año hacen miles de personas que recibieron favores del milagroso. Se trata de un santo que cura sin vegetales, sin tomas, sin inyecciones y sin pastillas. Los dolientes sólo utilizan la fe. Es un santo- y valga la comparación muy respetuosa- que tiene más convocatoria que Diomedes Díaz cuando lo era. Cada devoto que llega en la víspera- este año se aplazó en una semana porque las elecciones parlamentarias fueron el 14 – con una historia de sanidad diferente, pero coincidentes en la fe.

Otros llegan por la cura. Algunos lisiados se pararon frente a mis ojos y la multitud. Un muchacho del Atlántico, se paró de su silla de rueda tres veces, una de ellas para treparte por la cruz hasta besar los pies del milagroso, en medio de la multitud rabiosa que gritaba SI SE PUEDE, SI SE PUEDE, SI SE PUEDE. A veces el ritual se volvía un poco carnavalesco porque lanzaban agua para refrescar la caminata. Voluntarios llevaban tanques en los hombros, la gente introducía sus trapos, camisas, suéteres y se empapaba para refrescarse.

Un niño de ocho años gateó sobre el duro pavimento mojado después de una incapacidad de nacimiento. Vi gente salir sin muletas desde el altar, construido en 1964 para honrar la memoria del santo.

A la par de la fervorosidad marcha la economía. Los niños han empezado clases en febrero, muchos sin zapatos y sin cuaderno, pero con el circulante de estos días, ya el lunes sus padres podrán proveerlos de los utensilios. Aunque llega mucha gente de afuera, como en las corralejas, a vender de todo, quienes más se benefician de estas ferias religiosas, son los oriundos. Se vende agua a raudales, en bolsa, comida, algodón, crucifijos, recordatorios, ramos, incienso, mirla, pan, patilla, toallas, llaveros, videos de las procesiones anteriores y mercancía de todo tipo. Incluso, un culebrero, como agente del Diablo, entretenía a centenares de gente, jugando con tres culebras de cascabel enrazadas con mapaná rabo seco.

El alcalde de la Villa, comunicador Manuel Cadrazco, dice que los artesanos se han organizado para ofrecer mejores productos.

San Benito Abad, es por estos días un pueblo azaroso, que se apretuja tras la basílica menor, declarada monumento nacional mediante ley 571 de 2000, en medio de la informalidad, recobra vida tras la historia del milagroso, cuya aparición data de 1634, cuando los españoles lo instalaron en la basílica, de elegante estilo gótico y colonial.

Su historia se pierde entre la leyenda y el mito. Algunos dicen que fue obra de los nativos, de gran arraigo religioso antes que llegaran los españoles. Otros dicen que un hombre que llegó alguna vez alquiló una casa y no lo vieron más. Solo se oía el repiquetear de serruchos, formones, martillos y clavos. Después el movimiento de trabajo se paralizó.

Tras el silencio extraño fueron a ver y ya el tipo no estaba. Allí encontraron los cristos de una belleza extraña, de ébano, que han resistido todas las pruebas de fe en el tiempo, como si en cada jornada recobraran vida. En su nicho, el que está en una especie de garita circular, parece sudar entre los vidrios que lo protegen. La gente entra por una escalera y sale al otro lado, después de una fila de muchas horas, entre el sudor, el ardiente sol y los empujones. Otros han madrugado.
Allí dejan monedas y billetes, después suben unos peldaños y a través de una ventanilla puede introducir la mano y pasar un algodón por los pies crucificados del Cristo moreno. Quienes no alcanzan sus pies pueden lustrar sus algodones en el vidrio. Ese algodón queda bendecido y es guardado como cura para cualquier dolor u enfermedad.

Un hombre, de la organización de caballeros que se encarga de cuidar la tradición y darle orden al gigantesco desfile- ayudados por la policía- dice, entrecerrando los ojos que el milagroso es ¡Un negro bello!
Para llegar hasta sus pies y pasarle unos algodones que afuera valen mil pesos- y en una tienda normal cuestan 200 pesos- los feligreses han peregrinado por una carretera que se convierte en un desafío para la manda o la promesa. Después de vencer los 60 kilómetros de escalerillas y polvos, los visitantes saben que llegaron porque en la planicie del valle de Takasuán- así se llamaba el cacique que mandarri- se divisan las torres de las comunicaciones y se transita por un poco de pavimento. O sea, que se pavimentó un tramo después de Sampués y otro antes de llegar a la Villa. El pueblo azaroso, como en las películas del Oeste, no se aparta al ímpetu de los carros, que van copando las calles y se parquean como pueden. Dos o tres cuadras antes de que se divise la basílica menor, ya es imposible transitar.

El olor a incienso se revuelve con la patilla recién partida. Una mujer desengrasa su almuerzo con abundante guarapo y después de una larga conversa, se apresta a contar su historia al periodista de la televisión. Al principio no quería contar, pero después no quiere parar. El Milagroso le salvo a su hermano desahuciado con una enfermedad. Ella vino con una persona que la engañó, pues en medio del enredo de gente, se le perdió, entonces una señora la hospedó en su casa. Eso hace parte del ritual, pasar trabajo. Buscar alojo y comida. Muchas personas llegan en excursiones bien organizadas. Otras que son muy humildes traen hamacas y esteras y duermen donde se los coge la noche.

De nada valdría organizar estas comunidades para una mejor atención, pues esa experiencia hace parte del ritual y del peregrinaje. Que no sea fácil llegar a la Villa, hace parte de la manda. Quienes reciben sanidad prometen ir mientras vivan y así lo hacen, religiosamente. Una vez lo hacen por la madre, después por el hermano o por el hijo, en cadenas interminables de fe.

Para el Alcalde Manuel Cadrasco, es imposible y poco practico tratar de variar la tradición. Un hotel no seria viable, porque no alcanzaría para 5 mil personas, y no sería para todo el año, sino por dos días cada año. En su primer mandato, hace diez años, trató de impedir que los buses entraran hasta el centro para controlar mejor el tráfico y beneficiar al peatón. Se hizo un parqueadero a la entrada, pero la gente se quejó, porque a quienes tienen sus negocios en el centro, les fue mal.

Ahora es domingo, el día de la procesión. Quienes han logrado meterle el hombro al ritual, se van organizando para salir. La nube en la que se dibujó la cruz trata de descomponerse en invierno. Los buses van saliendo poco a poco, se incrementa la polvareda, el pueblo va quedando en medio del reguero de basura y pronto volverá a la normalidad. En Septiembre, el ritual volverá. Y yo, también, por supuesto.

Nota. Esta crónica, a la que solo hay que cambiarle el nombre del alcalde, pues todos los años se repite el ritual, fue publicada en www.kienyke.como en semana Santa de 2010.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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