SCOTT VETSCH. Minnesota, Estados Unidos. Poeta. Tiene abejas en el capó de su carro, escucha las cosas mal, lo que las hace correctas. Es un carpintero que trabaja en casas antiguas, un niño en cuerpo de hombre, un alma en el exilio. Le gusta las buenas historias, vengan de la forma que sea, ama a los gatos y los cuervos, habita mundos creados por él mismo. Tiene miedo de que las cosas no mejoren, pero espera estar equivocado. Quema leña, anhela hamburguesas y come tofu, se burla del dinero, envidia a los dichosos y conduce un camión. Cuando está feliz quiere cerveza. Cuando está triste, se pregunta por qué. Él sabe una cosa con certeza, es un escritor en un mundo post-alfabetizado.
NOLA’S DAD
The night Nola’s dad died he fell down and hit the back of his head. That’s not what killed him. It was the drinking and smoking, the one lung, the weak heart, and the cirrhosis of the liver. The Doctor told him if he kept drinking like that, he’d be dead in five years. Nola’s mom kept track, said, “Eugene, you got two years left.”
They lived in opposite ends of a trailer. It was cheaper than a divorce. They’d paid it off and didn’t need much space anyway. They had a television and recliner in each end.
When Nola’s mom found him dead that morning in bed, he’d outlived his prognosis by five years and she figured, all things considered, he couldn’t complain.
When the cops showed up they discovered blood on his pillow, and wrapped a crime scene ribbon around the whole trailer.
In the back of the squad-car, Nola’s mom got the third-degree,
”Did you argue last night?”
“Of course,” she replied, “We argued every night.”
PAPÁ DE NOLA
La noche en que murió el papá de Nola, él se había caído y golpeado la nuca. Eso no fue lo que lo mató. Fue la bebida, el cigarrillo, el único pulmón, la insuficiencia cardíaca y la cirrosis hepática. El doctor dijo que, si continuaba bebiendo así, moriría en cinco años. La madre de Nola llevó las cuentas y le advertía: “Eugene, te quedan dos años”.
Vivían en los extremos opuestos de un remolque. Era más barato que un divorcio. Ya estaba pago y, de todos modos, no necesitaban mucho espacio. Tenían un televisor y un sillón reciclado en cada esquina.
Cuando la madre de Nola encontró el cadáver, aquella mañana, sobre la cama, notó que había superado el pronóstico de los cinco años así que no podía quejarse.
Cuando llegó la policía, descubrieron sangre en su almohada y envolvieron todo el tráiler con cinta como en una escena del crimen.
En la parte trasera de la patrulla, la mamá de Nola recibió el tercer grado¹,
“¿Discutieron anoche?”
“Por supuesto”, le respondió, “discutíamos todas las noches”.
¹Tercer grado (Third-degree). Ley de América del Norte que denota la categoría menos grave de un delito, especialmente el asesinato.
A SON’S INHERITANCE
I’ll carry your pain,
not reeling drunken
beneath its weight
or splashing
the overfull pail on the feet
of the unsuspecting.
Instead I will savor it
like the pit of some eaten fruit,
hold it against my tongue
in an unlit room.
Wait for the test pattern darkness
to hiss into dawn,
erase the memory of you,
playing your thumping, windy,
barrelhouse piano,
songs tromped out
to rally the troops.
A cherub’s face cracking
upon its menopausal frame,
a mime’s mask,
beneath which everything hidden fissures.
Where strapped-down longings
pushed through
like the roots of a windswept tree,
broke up the evenness of the lawn
that was supposed to make you happy.
LA HERENCIA DE UN HIJO
Llevaré tu dolor,
sin tambalearme ebrio
bajo su peso,
sin salpicar
con el balde lleno los pies
de los desprevenidos.
En cambio, lo saborearé
como al hueso de una fruta comida,
lo sostendré contra mi lengua
en una habitación sin luz.
Esperaré a que la oscuridad de la señal de ajuste
silbe en el amanecer,
borre tu memoria,
toque en tu ventoso y retumbante piano de barril
canciones para reunir
a las tropas.
Un rostro de querubín hendido
sobre su menopáusico marco,
una máscara de mimo
bajo el cual todo lo oscuro se resquebraja.
Donde los atados anhelos
se abrieron paso
como las raíces de un árbol
azotado por el viento,
rompiendo la uniformidad de césped
que se suponía te haría feliz.
THE GRIZZLY ADAMS OF ADVERTISING
In an era before logos were art,
plastered across every shirt, jacket and cap.
Back when all that unclaimed ad space was wilderness,
vast and unexploited,
Dad noticed me wearing a T-shirt
from a car dealership.
Across my chest the logo read,
“Baseball, Hotdogs, Apple Pie and Chevrolet”
“How much are they paying you to wear that shirt?” he asked.
Whenever Dad asked a question like that I got pissed off,
What I wanted to say was “Fuck You”,
I said,
“Nothing. Why would they pay me. It’s a shirt, I got it for free.”
“That’s prime advertising space,” Dad said,
“It covers your heart.
They should pay you
to wear it.”
“They gave me a shirt.” I replied. “I didn’t have to buy it.”
“That isn’t enough.”
Dad said.
EL GRIZZLY ADAMS DE LA PUBLICIDAD
Una era antes de que los logotipos fueran arte,
pegados en cada suéter, gorra y chaqueta.
Cuando todo ese espacio publicitario no reclamado era un desierto
vasto e inexplorado,
papá notó que llevaba una camiseta
de un concesionario de autos.
En mi pecho, el logo decía:
“Béisbol, perros calientes, pastel de manzana y Chevrolet”
¿Cuánto te pagan por usar esa camiseta?, me preguntó
Cada vez que papá hacía una pregunta como esa, me cabreaba.
Quería decirle “Vete a la mierda”,
pero le dije:
“Nada, ¿por qué me pagarían? Es una camiseta, fue gratis”.
“Ese es un espacio publicitario privilegiado”, dijo papá,
“Cubre tu corazón,
deberían pagarte por usarlo”.
“Me dieron la camisa”, respondí. “No tuve que comprarla”.
“Eso no es suficiente”,
dijo papá.
GOING FOR A CAN OF COKE
Twelve years old, peering out from behind my hair. Hockey coach yelling, “Vetsch get that hair outta yer eyes!”
Summer now, neighborhood windows aglow at twilight with the canned laughter and drone of evening TV.
Like a salmon drawn upstream, I felt the pull of a social world that didn’t exist, not in the classroom ruled by teachers, or the raucous limits of a boy scout meeting. A fort in the woods with your buddies didn’t solve it either.
Nowhere for a kid to go, no bargains in a world of adults. Nothing at Keno’s Pizza, the Legion Club, or the River Inn. The grocery store closed at nine, nothing but roaming the streets.
A can of coke was a reason to walk, a physical destination. There was a pop machine outside the locked door at the Sinclair station. In that empty lot beneath the green dinosaur, moths fluttered about the lit-up pop machine. Streetlights buzzed.
It wasn’t about hanging with friends or watching TV, it was about pursuing a solitary course, calibrating your soul’s compass.
Certain nights I crossed paths with a girl I recognized from school. We’d say hi and keep walking, her bell-bottoms dragging ragged in the gravel.
She awakened the emptiness; walking was a cure.
IR POR UNA LATA DE COCA-COLA
Tenía doce años cuando el entrenador de hockey se asomaba por detrás de mi pelo y gritaba: “¡Vetsch, quítate ese pelo de los ojos!”.
Luego, en el verano, las ventanas del vecindario brillaban ante el crespúsculo con la risa enlatada y el sonido de la televisión nocturna.
Como un salmón arrastrado contra la corriente, sentí el magnetismo de un mundo social que no existía, ni en el aula gobernada por maestros, ni en los límites estridentes de una reunión de niños exploradores. Un fuerte en el bosque con los amigos tampoco lo resolvió.
Ningún lugar al que pudiera ir un niño, tampoco a las gangas del mundo de los adultos. Nada en Keno’s Pizza, Legion Club o River Inn. La tienda de comestibles cerraba a las nueve, sólo quedaba deambular por las calles.
Una lata de Coca-Cola era un motivo para caminar, un desafío físico. Había una máquina de refrescos afuera, junto a la puerta cerrada con llave en la estación de Sinclair. En ese lote vacío, debajo del dinosaurio verde, las polillas revoloteaban alrededor de la máquina de refrescos iluminada. Las farolas zumbaban.
No se traba de salir con amigos o de mirar televisión, se trataba de seguir un curso en solitario, calibrando la brújula de mi propia alma.
Ciertas noches me cruzaba con una chica de la escuela. Nos decíamos hola y seguíamos caminando, sus pantalones acampanados se arrastraban, irregulares, por la grava.
Ella despertó el vacío; caminar era una curva.
DEAR NOLA
Happy to hear you caught another wedding bouquet,
hope the bedbugs don’t mess up your game.
Yes, it’s true, I’m living the fairy tale,
dating the Whore of Babylon, dumb with pleasure.
Overhead black helicopters blowback a conspiracy of
Ex-Nazis, proto-Stalinists, Mormon revisionists,
UFO’s, and capitalists drunk on Jesus.
No wolf in the woods, no mermaid on a rock,
I’m a field of wheat,
sown, irrigated, and cultivated,
a John Barleycorn affair
offering his obscenely ripe head,
a honeybee collecting pollen,
a rattlesnake producing venom,
a blizzard of mayflies on an August night.
I’m milked:
venom or cream, viper and cow,
harvested, husbanded, pruned and picked,
an empty nursing home bed,
a gold-tooth, and two titanium screws.
In this fairy tale we embrace a world numbed
by god and football, extol its amazing Asian
fireless flame technology handcrafted by the Amish,
revere a freezer-full of frozen pheasant breasts,
bucket-lunch for Cassandra dozing in her hope-chest,
humming along to some brass-age lullaby,
heartfelt ode to Licorice Dick’s Road-House Gravy.
We crossed the river,
power-chord couple nursing a busted whammy bar,
seeking sustain, navigating the trans-suburban highway,
guided by stars, crippled by doubt,
a jar-full of fireflies to light the way.
QUERIDA NOLA
Me alegra saber que atrapaste otro ramo de novia,
espero que los ácaros no arruinen tu juego.
Sí, es verdad, estoy viviendo un cuento de hadas:
salgo con la Puta de Babilonia, estoy mudo de placer.
Helicópteros negros sobrevuelan una conspiración de
exnazis, protoestanislistas, revisionistas mormones,
ovnis y capitalistas ebrios de Jesús.
Ningún lobo en el bosque, ninguna sirena sobre la roca.
Soy un campo de trigo,
sembrado, regado y cultivado,
un asunto de John Barleycorn
que ofrece su cabeza madura y obscena;
una abeja que recolecta el polen,
una serpiente de cascabel que produce veneno,
una ventisca de libélulas en una noche de agosto.
Estoy ordeñado:
veneno o crema, víbora o vaca,
cosechado, podado y recolectado,
una vacía cama de ancianos en un asilo,
un diente de oro y dos tornillos de titanio.
En este cuento de hadas abrazamos un mundo adormecido
por dios y el fútbol, enaltecemos su increíble y asiática
tecnología de fuego sin llamas hecha a mano por los Amish,
reverenciamos un refrigerador lleno de pechugas de faisán congeladas,
un almuerzo de balde para Cassandra que dormita en su cofre de esperanza
mientras tarareamos una canción de cuna de la edad de bronce,
una oda sincera a la salsa Road-House Gravy de Licorice Dick.
Cruzamos el río,
una pareja de acordes de potencia cuida un roto trémolo de guitarra,
buscan sustentarse, navegan por la carretera suburbana
guiados por las estrellas, paralizados por la duda
y un frasco lleno de luciérnagas para iluminar el camino.
Cortesía del autor
