Tristeza y desolación

Hace 103 años, Sincelejo fue víctima de un voraz incendio.

Mientras curaban el techo de zinc de la residencia del empresario Arturo García Hernández, ubicada en la Calle del Comercio, los fuertes vientos de marzo arrastraron una chispa de fuego hasta el techo vecino, casa de palma y bahareque de Olegario Otero, lo que desató, a las 3:20 de la tarde, el voraz incendio que arrasó con el pueblo.

La imprudencia del latonero Antonio Lorduy, en la manipulación de unos carbones encendidos para derretir la brea que usaban para cubrir las goteras de esa casa, fue la causa primaria que desencadenó la conflagración que dejó la ciudad y su prospera economía, reducida a cenizas.

Maderos humeantes todavía arden en un mar de ceniza en un amplio sector donde se ubicaban catorce manzanas que comprendían algo más de 300 residencias de hogares sincelejanos y edificaciones comerciales.

La ciudad, en su mayoría poblada de residencias de techo pajizo, no resistió el ímpetu del abrazador fuego, que se alegraba avivándose con las brisas de marzo, que soplan con arrebato para esta época.

Nada quedó, solo pavezas de lo que antes fueran las emblemáticas y señoriales calles Real, del Comercio y anexas.

Un  buen número de habitantes quedaron en la miseria absoluta; muchos  vagan por las calles sin nada en las manos, contemplando como un espejismo apocalíptico, el gris desierto y el olor triste en el ambiente,  de lo que antes fue símbolo de desarrollo y prestancia.

La población sincelejana que sobrepasa los 14 mil habitantes carece ahora de planteles educativos, establecimientos comerciales e industriales.

Las pérdidas han sido sensibles, se extinguieron la planta generadora de energía eléctrica de la Firma Chadid Rayde Hermanos, surtidora de este servicio público a la población; la plizadora de telas y maquinarias para confecciones de las Hermanas Porras; la Fábrica de Gaseosas y Bebidas de Alejandro Huertas Pérez e Ignacio Salóm, varias fábricas de azúcares y mieles como las de Esteban Urueta y Hermógenes Cumplido; las boticas de Ascanio Salom y Simona Bustamante; Galerías Sincelejo, uno de los almacenes con mejor surtido con amplia variedad de fantasías y productos varios, de propiedad de Mario R Bustillo, también almacenes de finas telas importadas y sastrerías como las de José María Puerta y Cherry E Correa.

No se salvaron las bodegas repletas de papel y la máquina tipográfica de la Imprenta Sincelejo; tampoco las prestigiosas y solventes casas pecuarias como las de Manuel del Cristo Torres, Pedro M Sierra y Pedro Hernández, entre otras.

Muchas tiendas y negocios varios como cacharrerías, depósitos de almacenamiento de granos  y de telas también perecieron esa tarde.

El inventario de ruina es amplio y por igual se extinguieron por el fuego, los talleres de herraje y fundición del cubano Enrique Castellanos Abreu, incluido su Teatro Palatino, con todas las máquinas de proyectar, películas y hasta los instrumentos de la banda musical que animaba las veladas de exhibición del Séptimo Arte.

Reducido a ruinas, quedó el plantel educativo de la congregación religiosa de los Hermanos Cristianos de San Juan Bautista de la Salle, quienes  habían  fundado con dedicación y empeño el prestigioso plantel León XIII que lucía en la Calle Real, imponente en su solidez de ladrillos y distinción espiritual para Sincelejo y la región de sabanas.

Muchos sincelejanos coincidieron en aceptar la situación de miseria y pobreza que ha dejado la conflagración, pero expresaron que sobran fuerzas, energías y capacidades para ser siempre lo que Sincelejo ha sido, la primera población de las Sabanas.

Por:

Julio César Pereira D

Claudia Castellanos H

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

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1 Comment

  1. 22 octubre, 2018 at 9:12 am — Responder

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