Una flor en la tumba del valiente solitario

Los rastros de la memoria ( I)

Crónica en honor del primer desplazado de Bajo Grande, después del viejo Miguel en San Jacinto, Bolívar. El retorno a la tierra se convierte en un recorrido por cien años de olvidos- de incomunicación- al final del cual descubrimos que los sentimientos estaban intactos.

Por: Alfonso Hamburger

A Ledis Krolikowski

I. INTROITO NO PEDIDO AL SOLAR, EN MEDIO DEL FÚTBOL

Donde quiera que uno muera, toda la tierra es bendita. (Juancho Polo Valencia)

Bendita nuestra matria con todos sus arrestos, donde todavía le sigue lloviendo al sucio. En el fútbol el pasado ni la justicia existen, sólo el premio o el castigo, porque cada partido es una nueva historia. Es como renovarse a cada momento, reinventarse en cada jugada, en cada suspiro. Aquel accidente de Argentina 0 Colombia 5, es posible que no vuelva a repetirse en siglos.

foto-bajo-grandeA diferencia del fútbol, para nosotros los mortales, el pasado es lo único real que tenemos. Y la tierra más bendita es aquella donde reposan los restos de nuestros antepasados. Quedamos sembrados en esa tierra para siempre. Por eso aquel monte que forró y casi borró a Bajo Grande del mapa en estos años de terror y olvidos muertos no ha sido más fuerte que nuestros sentimientos y nuestra memoria, porque cerramos paso a la renuncia del pasado y no nos acomodamos al olvido. Nos podemos ir materialmente de la tierra, pero siempre nuestros sueños, nuestros pensamientos y visiones- infernales o no- nos regresan intactos a esas regiones donde nos parieron y donde corrimos libres tras un barrilete columpiado por la brisa de agosto, por donde nadamos en cabezones escondidos y charcos fríos, por donde correteamos detrás de la vaca Mapurito que se cansó de que le remedaran su nombre y enmudeció para siempre o del mulito que se acostaba en el camino para aliviarse de la carga. En estas lejanías que nos aprisionan, los mejores sueños han sido aquellos que nos hacen planear a bajo vuelo- como gavilanes jabados- por las lomas de Arroz con Gallo, casi rozando el caballete de las casas de palma del barrio Abajo, mirando los espléndidos patios comunes por donde nuestra parentela se prestaba la candela. Bendito sea Bajo Grande. Allí reposan los restos del viejo Miguel Herrera, el bisabuelo, el héroe de la guerra de los Mil Días, y del viejo Pedro, aquel hombre solterón a quien se le pasaron los años, pero con la virtud del secreto del perro.

Nelson Hamburger Herrera, su nieto, recuerda el verano lejano en que se lo toparon saliendo a pie de Las Palmas para Bajo Grande. Iban en un Jeep Willy modelo 52. Se le acercaron, detuvimos el campero- él se detuvo también, receloso- y le invitaron a que se subiera, para llevarlo.
—No se preocupen, que yo llego primero que ustedes, respondió, con mucha seguridad, echó un escupitajo en la hojarasca, atesó sus abarcas y prosiguió.

Lo vieron enseguida con un costal al hombro perderse en la nube de polvo que lo borró del mapa en la última curva del camino, en el canal Maluco. Debía caminar varias leguas bajo un sol canicular, pero no quiso el chance. Y cuál no sería la sorpresa, que cuando llegaron a Bajo Grande ya el viejo Pedro estaba sentado en la puerta de su casa echándose fresco con su sombrero de vueltas. Nelson era un adolescente en aquellas calendas, henchido de asombro, pues no era posible que un hombre de a pie hubiese llegado primero que un vehículo de modelo reciente, ni aun tomando atajos desconocidos ni vericuetos secretos, a través de un camino atravesado mil veces por el mismo arroyo culebrero. Mi padre, que era aquel adolescente, con toda la seriedad del caso, explicó, en ese junio de reminiscencias:

— ¡Es que el viejo Pedro tenía el secreto del perro!

El viejo Pedro tenía el secreto del perro para vadear ríos crecidos, subir montes embarbascados, diezmar gusanos cachones y embolar al más brioso machetero, pero ahora yace sepultado en el cementerio de Bajo Grande, ese que está forrado por el trupillos, zarzas patas de grillo y la pringamoza. En la única bóveda del campo santo de indios, reservada para los fundadores- pues el resto de mortales están sepultados en fosas bajo tierra pisada- también yacen Wilfrido Hamburger Anillo y María Dolores Herrera, los abuelos paternos. Por ellos y su memoria esas tierras son benditas y de ellas no nos separa ni el tiempo ni la distancia. Se trata de nuestra resistencia, de la que hablaba Orlando Fals Borda, en su historia doble de la Costa.

También está bendito San Jacinto de Duanga. En el cementerio de los godos, el de La Gloria, yacen “Mama Tera”, que traduce Teresa Vásquez Castellar y Félix Alberto Fernández Díaz, los abuelos maternos, al lado de Virginia Narcisa Fernández de Hamburger, la maestra abnegada y el médico del pueblo.

Uno quisiera que sus seres queridos vivieran eternamente, dice Ledis Alfonsina, quien ha venido de Estados Unidos a visitar la tumba de su padre, ahora que está reunida con la familia, después de trece años de ausencia. Incluso, ella quisiera que después de muertos nuestros parientes yacieran impolutos, embalsamados y sin hedor, en un lugar especial, donde les pudiéramos hablar. Que sus retratos fueran vivos. Pero no, la parte material se consume en esos depósitos oscuros- y de seguro por estos días calurosos – donde los huesos vuelven a ser tierra fértil. El alma, en cambio, que es el halito, el soplo vital, queda en el aire como el lucero espiritual, penando o se deposita en el paraíso, en la Gloria de Dios, según el cumplimiento o no de los mandamientos divinos.

Pero aún así, la sepultura es el símbolo de la materia indestructible, que se transforma en otras cosas, que va desde el hedor hasta un montón de osamenta yerta y vacua para quienes son materialistas. Ya para entonces, no valen flores ni cruces, pero aún más allá de esa realidad, cuidar ese lugar último o depósito del cuerpo yerto, se convierte en un ritual que se va desgastando con los años. De las nueve noches, cuando se le da la despedida al difunto en el levantamiento del velorio- ritual ya poco usado- se pasa a la misa de mes y de pronto a la de año. Después el tiempo parece ir diluyendo los sentimientos y los recuerdos son más difusos. Sin embargo, aquellas almas que se adelantaron en el viaje eterno, ofrendaron sus almas para cuidarnos desde el cielo, pese a que a veces no les llevamos velas ni flores, las que muy seguramente le dimos o le negamos en vida. Especialmente las flores, que se venden a montones en ciertas fechas convencionales y nada más.

Ledis terminó su discurso y pidió un vaso de agua. Nada más porque su voz ya estaba quebrada.

En mi caso, le digo a José, mi hermano, que he llegado de Sincelejo, apenas asomo en Las Mellas – esas lomas simétricas a un kilómetros de San Jacinto- que se bajan y se suben con el mismo impulso, lo primero que pienso es en La Seño Viña y una vez me enfrento al panorama del pueblo, alzado en el risco, explayado en el valle faroto, encajonado sobre los Montes de María, con la Cruz de Mayo cual postal imponente y altiva, clavo mi mirada en las cruces blancas del cementerio de La Gloria. Allí empieza mi oración, invocando las tres divinas personas: El Padre, El Hijo y el Espíritu Santo, que me han regresado sano y salvo al pueblo al que me debo y al que jamás le he sido infiel: San Jacinto Pinturero. Allí está la tierra bendita. Allí mi padre y mis hermanos y muchos amigos.

Allí está todo el folclor. Y todo es todo, para no entrar en detalles. Y cuando me regreso, allí poso otra vez mi mirada, en una de las cruces del cementerio está enterrada la mujer que más influyó en todos, la irrepetible seño Viña. Sé que sus huesos se deterioraron con rapidez extrema, quizás sin la resistencia vital de su figura inmaculada que como el folclor, no admiten mayor explicación. Es una verdad irrefutable y punto. Entonces repito la oración que una vez me enseñó para viajar por el mundo y salir invicto ante las adversidades del camino. Era una santa. Su carácter de educadora trascendió más allá de su figura diminuta y de su corazón enternecido.

Pero esta vez, querido José, paso de largo y llego a San Juan Nepomuceno. Allí la tierra también está bendita. En su cementerio yace el más anónimo y valiente de nuestros familiares, el que llevaba por gracia: Alfonso Rafael Hamburger Herrera, el guarrú, el último grano de café, el bordón del Wilfrido y María Dolores, el Benjamín de todos, pero el primero en marchar a la eternidad. Murió muy joven, después de ser un aventurero acérrimo, hombre valiente que no le tuvo temor al monte ni a las soledades. Falleció en la década de los noventa a los 57 años, después de un recorrido por Venezuela.

José, mi hermano, lo recuerda como un tipo de regular estatura, moreno claro y de pelo negro ensortijado, entre laceo y churrusco, de rasgos duros. Su mujer, Fernanda Díaz Lora y sus cinco hijos se fueron tras el sueño americano a los Estados Unidos. Y él, hombre de abarca y pistola al cinto, no hecho para ese tipo de viajes, prefirió la provincia, el monte y el ganado. De hablado refinado, Alfonso demostró la valentía de un hombre solitario. Era tímido, callado como los de su raza o demasiado decente. Pulcro para vestir y de impecable actuar. Prefería la cachucha al sombrero. Nunca supieron de otro hombre más noble y animoso que él. Pegaba como un Dios con su escopeta de dos cañones cargada con balas rasas. Una de sus pasiones era la cacería nocturna. Se iba solito por parajes abandonados por mortales vivos o muertos, a través de caminos escabrosos, rondando ciénagas embrujadas, donde los disparos le hacían mofa al cazador y se despertaba la manigua en las soledades cóncavas y planas de la oscura noche. El eco de las balas podría enloquecer al cualquiera, menos a él, que salía del trance con una carga de animales muertos.

“No sé si tenía amigos o no, porque casi siempre lo vi solo con su carabina al hombro, montado en un caballo brioso y por delante un burro con una carga de venados muertos a lado y lado. Ninguno de sus contemporáneos se atrevía ir solo donde él iba. No le temía a los muertos ni a los vivos. De haber sido militar hubiese sido el mejor, pero su vida se la dedicó al campo y a sus hijos, hasta que los tuvo en sus manos. Con ese rictus de timidez, su tez morena era marcada por unos hoyuelitos graciosos, herencia marcada de algunos de sus hijos. Claro, la que más recuerdan sus primos es a Ledis Alfonsina, que lleva el segundo nombre en su honor. Ella ha contado, aprovechando la interactividad de la Internet, que lo conoció poco, de pronto porque era un hombre callado, pacienzudo, metido en sí mismo, romántico, sentimental, que jamás alzó la voz para regañarlos cuando niños. Tanto ella como muchos de su parentela, creen que aun después de muerto, sigue cazando venados por los contornos de Frio de Perros, la finca de todos, aquella donde todavía le sigue lloviendo al sucio.
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“Creo que no tenía muchos amigos, pero era uno de esos hombres que no le temen a la soledad”, escribió Ledis, una vez leyó esta nota virtual, conmovida por la flor en su tumba solitaria y abandonada.

“De veras, que en esta visita, a él le hubiese gustado mucho ver a sus nietos”, agregó Ledis, aflorando todos sus sentimientos callados.

Ellos, sus sobrinos reunidos en San Jacinto, desconocen bastante de su vida afectiva y familiar. Wilson, el sobrino mayor, dice que sólo lo recuerda como una postal del Oeste cuando pasaba con su carga de venados frescos desde Frío de Perros para Bajo Grande, su célebres parrandas, sus montadas altivas en caballos briosos, algunos intentos de trifulca en los pick ups fiesteros y en especial una parranda después de un torrencial aguacero: la calle arenosa se escurría con rapidez, quedando sólo una corriente de agua color café con leche, que se deslizaba culebrera, que bajaba del barrio Arriba, surcaba la calle ancha y doblaba para El Bajo, la estancia familiar. Iba borracho, estrenando el silencio del aguacero, en el centro de dos amigos, abrazados, y cuando llegaba al charquito, simplemente levantaba las dos piernas para pasar. Prácticamente los amigos lo llevaban en hombros. Después gritaba con alegría, hijueputeaba, le daba vivas a la mejor presa de las mujeres y bailaba solo. Ese otro día, sin recordar plenamente su tormenta, ensillaba su caballo y se iba para el monte, muerto de la pena.

Alguna vez se fue para aquel lado a coger algodón, dice Henry Javier, otro de los sobrinos. Para “aquel lado” era cruzar el Rio Magdalena, convertido entonces en una barrera casi infranqueable de la naturaleza, que dividía a sabaneros y vallenatos en estilos de vida y de tocar el acordeón muy distintos. Su debilidad eran las jumas que se pegaba, perdiendo a veces el control. En su Bajo Grande del alma, donde todos eran familia por algún lado, sus parientes habían creado todo un respeto. Allí sus piruetas eran festejadas como cosa usual, natural, pero por tierra ajena había que pisar suave. En campo visitante el encuero tenía que buscar su tierra. En los tiempos de “La Muchachita “, una canción clásica de Jorge Oñate con Los Hermanos López, se hallaba de aquel lado del río, de pronto recogiendo algodón para El Difícil ( Magdalena) o Codazzi ( Cesar), de pronto decepcionado de Bajo Grande. Son vagos los motivos reales de sus andanzas, de pronto apesadumbrado por la derrota de la familia, que se había marchado al exterior y había quedado solo. Haciendo memoria, lo ven en una cantina, a la orilla del río, donde varios hombres armados lo levantan a puño limpio.

Él se hace el muerto. Sus agresores lo toman por los brazos y las piernas y lo lanzan al agua, pero él, que se había levantado en las orillas de los arroyos, una vez en el agua helada se hunde a propósito y se deja llevar por la corriente, hasta saltar al otro lado. Cuando se sacude, en medio de la madrugada oscura, en una cantina están poniendo la mencionada canción:

Yo tengo una muchachita/ es una muchacha bella/ pero a mí me mortifica, Humberto/ que no puedo hablar con ella, ayyy hombe.

Y después del verso, Oñate grita: ayy hombeeee, tierra mía.

En medio del tema, se sacude del frio con un lavagallos lagrimeado, Alfonso Rafael emula la canción y tras lanzar aquella frase, se acuerda de su Bajo Grande, de su tierra mía, dejando de aquel lado todas sus pertenencias. No regresó más por esos andurriales ni a recoger los pasos. Después se fue a Venezuela, donde una extraña enfermedad lo minó hasta venir a morir a San Juan Nepomuceno, aún muy joven, en enero tres de 1997. Carmen su hermana mayor, quien lo atendió hasta el último suspiro, cree que en Venezuela le echaron un maleficio y tuvieron que cortarle un brazo, lo que minó mucho su estado de ánimo.

— Cundo murió ya quería morirse, dijo Carmen.

En etas vacaciones de Junio, monopolizadas por la lluvia, la familia ha querido recordarlo en esta reunión a la que han llegado de todas partes los más allegados- y los que han podido, desafiando las distancias- y en homenaje a su hija Ledis Alfonsina, quien no alcanzó a verlo en el ataúd, pero que vino pocos días después y juntos visitaron su tumba. Desde entonces ya habían pasado trece años.

En esos días de goles y votos, ella vino a Colombia con su marido polaco de hablado enredado y sus hijos, a reencontrarse con ese pasado irrenunciable y ha visitado la tumba de su padre, el valiente solitario. En el cementerio, cuenta Wilfrido Erasmo- quien sacó la valentía de este tío compartido- que fue casi imposible hallar la dirección de la tumba, afectada por los cambios en el campo santo, arropada quizás por la campanilla y la balsamina del monte, pero al final se cumplió con ese deber de llevar unas flores a ese lugar sagrado, donde la tierra sigue siendo fértil y bendita.

Contrariando al poeta, ellos aseguran, que no siempre los muertos quedan solos.

Sincelejo, junio 20 de 2010.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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