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!San Jacinto sigue llorando!

TATO SOLANO1

¡La muerte de Tato Solano, miren que muerte tan negra!

Por Alfonso Hamburger

El cantor que deleitaba a la gente en la tarima de los gaiteros se parecía a Juan Carlos Lora, pero no era Juan Carlos Lora. Su porte era parecido, pero su voz era más joven. Llenaba la tarima y se esparcía en la plaza. Era un poco alto y simpático. Tampoco era Oswaldo Olivera, con marcada diferencia de estilos. Ni era Miguel Adolfo. Pese a ser tan joven ( 26 años), no adoptaba las poses amaneradas de Silvestre Dangond. Su estilo era sobrio, combinando algunos pases de la nueva ola con lo clásico, pero sin descomponerse, con absoluto respeto por la audiencia.Más bien era un clásico, de buena voz y afinado.

Cuando lo vi, interpretando “El Mochuelo”, en el homenaje a Adolfo Pacheco, el pasado 16 de Agosto, en la serenata a San Jacinto y donde entregamos un busto al gran maestro, me acordé que era el mismo joven que minutos antes me había interceptado camino a la tarima, para recordarme que me tocaba presentarlo. Lo hizo con mucha decencia y vi en él al muchacho que quiere abrirse paso en el canto. Y yo, que soy medio despistado, y que de pronto por el ajetreo de las cosas no me detuve mucho tiempo a escucharlo, ahora soy el primero en lamentarme de no haber disfrutado antes de su canto. Sólo lo descubrí cuando la canción iba avanzada y noté su ajetreo, su manera de pararse en la tarima, su afinación y su potente voz. No tuve más que mirarlo y admirarlo. Era el mismo Dimas Solano Vásquez, pero en una versión mejorada, entonces no me sorprendió lo que hacía con tanta facilidad. Dimas ha sido uno de los más grandes batalladores del folclor montemariano, quien poco a poco y a punta de trabajo y constancia, ha logrado consolidarse como la voz que acompaña y apuntala a Adolfo Pacheco, especialmente ahora que vive un gran momento. No sólo lo apoya en los coros, sino que le toca la guacharaca y le mima los gallos de pelea.

Fue aquella la única vez que vi en tarima a Daniel Eduardo Solano y me causó una notable impresión y por ello en la primera vez que me encontré con Dimas, en el desconectado que realizamos en Sincelejo con Adolfo Pacheco, el 31 de Agosto en el Parque comercial Guacarí, se lo dije: ese hijo tuyo, ese pelado tiene madera.

Alguna vez Dimas, como Daniel Eduardo, a quien todos le decían Tato, fue emergente. Fue una gran cosecha de músicos, como Carlos Ortega( cerdo fallo)o, Rodrigo Rodríguez, Joaquín Pablo Solano( QEPD), Juan Tapia Montes, Juan Carlos Lora, entre otros, y un poquito más adelante Oswaldo Olivera, Miguel Adolfo Pacheco, Álvaro Hamburger , Julio Alandete, Diógenes Reyes y tantos ponchos en el fervor del acordeón . Y atizados por la caminata de Álvaro Arrieta Caro ( otro que se nos fue temprano), algunos nos atrevíamos a cantar, pero cuando se iba la luz. Muchos se profesionalizaron en este bello arte. Otros quedamos para meter la cuchara tímidamente en las parrandas.

Aquella generación ya empezaba a peinar canas, cuando aparece otra muchachada, en la que emergió con mucha fuerza Daniel “Tato” Solano con el muchacho Rico, con acordeonistas jóvenes y briosos de la dinastía Landero, Robert, Yeison, Carlos Olivera, Reyes, Castellar, ( otros se me escapan, hace años no vivo en San Jacinto), que son apenas como una de esas oleadas que se presentan cada cierto tiempo.

La música ha sido, para estos pueblos que han logrado el poco desarrollo con métodos violentos, una especie de zona de distensión. La música nos integra y rompe las clases sociales. Por eso los Solano, que provienen de una distinguida familia conservadora ( de los de Laureano Gómez), Los Lora Lentino, que recogen la sangre de parte y parte, del marco de la plaza, se han unido con los gaiteros que se riegan por todas las esferas para consolidar a San Jacinto como un pueblo mágico que ya casi raya en el mito. El mismo Adolfo Pacheco es una mezcla de la plaza y la barriada, lo que nos hace ser más sentidores de la montaña. Más íntegros. Como Atahualpa.

Estas oleadas de músicos no han estado exentas de los accidentes, como el de Eduardo Lora, quien paradójicamente, cuando tenía 26 años ( como Tato), muere en la Loma de La Venera, que no era ninguna vendedora de avenas, sino una virgen venerada por los sanjuaneros, ocurrida el 19 de marzo de 1953.
Cuando estas cosas suceden uno como terrenales y muy empequeñecidos ante el poder letal de la muerte, se siente impotente y no halla explicación para dar respuesta a tanto dolor.
Casi se agotan las palabras por ese nudo en la garganta hasta para el sentido pésame a la familia Solano Vásquez, extendido a todos los montes de María. Daniel, como Eduardo Lora en su tiempo, era lo más promisorio del folclor. Paz en su tumba.

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

1 Comment

  1. Alfonso Hamburger
    19 octubre, 2018 at 4:43 pm — Responder

    Muy bien, todo bien.

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