RAFAEL PEREZ GARCIA, EN PRIMERA PERSONA (i)

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RAFAEL PÉREZ GARCÍA, EN PRIMERA PERSONA. (I)

POR ALFONSO HAMBURGER.

Mi tío Toño García y Mañe Mendoza llevaron la gaita a mi casa, cuando yo era un niño. Allí compraban ron, hacían sancocho y formaban sus parrandas. Y creo que allí se me fue pegando la cosa.
Mis padres vivían en la misma casa que hoy habito, en el barrio Santander, pero que hoy le llaman San Francisco. Es por eso quizás, que aprovechando la cercanía, me matricularon en el Colegio General Santander, que sólo era cruzar el patio y subir un repechito. En esos tiempos no era importante el estudio y más bien éramos personas de monte adentro, a pata pelada. Sólo llegué hasta segundo elemental. Y eso que no sé por qué me vi en la escuela de la niña Hortensia Guzmán, en la calle de Los Sapos, en la esquina de Agapito, y hasta en el Instituto Rodríguez, donde José Domingo, que según Adolfo Pacheco, era muy inteligente, pero parecía un pajarito en bejuco, no se quedaba quieto. Le tenía mucho miedo al viejo Pepe. Y yo también. De modo que de pronto me vi de frente camino al monte, en el anca del burro que montaba mi padre. Nunca más regresé al colegio.

II

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Yo nací un seis de abril de 1963. Soy el número diez de una prole de once hermanos.
Mi padre, Luis Carlos Pérez Navarro, agricultor sin tierra y Alejandrina García Caro, mi madre, se conocieron por allí. Tuvieron siete hijas mujeres y cuatro hombres. Ninguno de ellos se dedicó a la música. Mi hermana mayor ya murió y uno de los varones, José Encarnación, se perdió durante treinta años en Venezuela. Por ahí regresó y está hecho un etcétera.
En vez de colegio a mí lo que me gustaba era irme para “Pie de Cuesta” o “Arroyo del Medio”, donde mi padre tenía sus rosas, y siempre que yo iba en el anca del burro viajaba silbando una melodía. Y mi padre como que se dio cuenta de mi interés por la música, porque sin yo decirle me compró un llamador de cuñas. Mi padre no estaba equivocado, porque ese tamborcito es básico para marcar la cumbia.
De pelao me gustaba eso. En mi casa hacían velaciones y se ponían a tocar gaita. No recuerdo quienes iban, pero sé que iba Tío Toño. Después mi padre me mejoró la técnica, al adquirir una caja con parche sintético por 420 pesos que era del Pekín Romero. Al principio nos fue envolviendo el vallenato de los hermanos López y Jorge Oñate, pero lo mío era la gaita.
Yo sembraba tabaco en Piedecuesta a la par de mi papá, pero el tener caja llegó a los oídos de los hermanos Castro Fernández, que tenían un acordeón. Con ellos mi ilusión era ser un pulpo de la caja, pero sucedieron dos cosas fortuitas que me llevaron a ser quien soy, por mera fortuna. Los hermanos Castro, Pascua y Rafael, metieron al hermano menor, Manuel de cajero. Me hicieron la rosca, entonces ya yo hacía versitos y me ponían a cantar, como premio de consolación. Fue una bendición aquella afrenta, porque no hay mal que por bien no venga. Allí empecé a buscar mi propio yo.

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Tiempo atrás, cuando tenía trece años , mi tío Benito García, hermano de mi madre, llevaba una recua de vacas por delante. Y como las décimas que les cantaba no parecían alentarlas, las levantó a lapos con una varita de alcalde, pero la vara se partió. Una astilla cayó en uno de sus ojos. Lo perdió. Después la infección se le pasó para el otro ojo y quedó ciego.
Yo en realidad tocaba bien la caja, pero no me hice un profesional, porque así como un día llegó la gaita, más atrás llegó la poesía.
Iba a ser mi tío Beno el encargado de llevar esa nueva ilusión. Como perdió la vista tuvo que abandonar las labores del campo, de modo que se dedicó a dos cosas para sobrevivir. Hacía décimas para alegrar las parrandas. Y hacía oraciones para amarra a las parejas. Era aprendiz de brujo. Nos hicimos amigos, porque yo lo llevaba como lazarillo a todas partes.
Antes que apareciera Tío Benito, a quien mi madre recogió, yo tocaba la caja, entonces llegaban los vecinos y armábamos la jarana.
No recuerdo muy bien, pero cantábamos una canción que decía. Yo tenía una luz, que a mí me alumbraba y venía la brisa, saz y me la apagaba.
Antes de que llegara Tío Benito, tuve contacto con Carmelo Torres, quien se enamoró de Enit, una de las hijas de Carmen Ripoll, y se cebó por esas lomas. Allí nos “enmanojamos”, pero lo mío era otra cosa. No estaba predestinado para el vallenato. También llegó por allí el Beni Ramos.

III

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Fueron los tiempos en que fundaron la fracasada Escuela de Gaitas Toño Fernández y Mañe Mendoza, que no resistió una investigación, porque la cerraron por corrupción. La manejaba un pianista y no un gaitero.
Yo me matriculé en aquella escuela, que sólo duró unos meses. Había mucha gaita, tambores y maracas. Toño Fernandez nos daba ilusiones, pero lloraba mucho por los recuerdos de las europas. También tocaban los otros gaiteros, que pronto se desmotivaron, porque sólo le pagaban a Mañe y a Toño, aunque el sueldo les llegaba atrasado. Fuimos pocos los que le cogimos gusto a la famosa escuela, que funcionaba frente de Quito Yaspe, en casa de Carmen Porras. La mayoría de los muchachos se fueron retirando.
IV.

 

Por algún tiempo fui picotero. Mi madre adquirió una radiola en la que ponían LPs. Y resulta que uno de mis hermanos andariegos un día se presentó con un amigo guajiro, que trajo aquel aparato. Por un tiempo durmió en el suelo, hasta que mi madre le propuso el negocio. Le cedió la hamaca que había tejido a cambio de la radiola. Fueron los años más felices de mi preadolescencia. Me adueñé de la radiola. Poníamos bailes por horas en todo el barrio y nos pagaban. Yo aún no bebía ron, porque eso fue más adelante con Carmelo.
El guajiro dormía cómodo en su hamaca y yo era feliz poniendo música, pero sólo tenía un LP, de los hermanos López con Jorge Oñate, donde sobresalía el tema Cerro Murillo.
Fuimos al Carmen de Bolívar y compramos más música. La brujita de Aníbal Velázquez estaba agotada, compramos el tema agua y panela.
Toda la familia se fue dispersando. Era como en África, donde se tienen muchos hijos para resistir las calamidades.
Los hijos terminan siendo los brazos de sus padres. Son su jubilación. Benito murió, mi padre se fue a Mahates donde mi hermana mayor. Y mi madre, Alejandrina García Caro, se fue poniendo viejita, hasta morir de 91 años.
(Continuará)

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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