Crónicas

¿Por qué voy por la paz?

¿POR QUÉ VOY POR LA PAZ…?

El periodista Alfonso Hamburger, en esta narración, se declara a favor del proceso de paz y sienta sus puntos en torno de lo que se deba hacer en Los Montes de María, territorio que se extiende hasta Sincelejo.

Por Alfonso Hamburger

En el año 2004 atravesaba por mi peor momento en mi vida periodística. Estaba semi empleado, sólo ganaba 450 mil pesos mensuales, pero estaba feliz, porque Colombia iba recobrando la sensación de seguridad, con el entonces presidente Álvaro Uribe. Los Montes de  María, la tierra que más amo, empezaban a salir de la guerra en medio de la guerra.  Mi padre, hombre práctico, campesino sabio, y alguno de mis hermanos, con el resto de mis paisanos, soportaban estoicamente el desastre. Ellos se quedaron en  San Jacinto, mientras yo estaba refugiado en Sincelejo.

Fue doloroso, pero necesario lo que se hizo, cuando cerraron las carreteras de noche, para pelear de día. Ese Gobierno nos salvó a muchos que ya teníamos el frío cañón de la muerte apuntándonos. Y, por su puesto, éramos inocentes. Nos subastaban por una simple mirada mal dirigida o por sospechas. Nunca fui comunista, pero sí trataba de prestarle la voz a los más débiles. Para eso es el periodismo.

En 1999 tuve que refugiarme por unos meses en Bogotá, porque un grupo armado ilegal de derecha me había convertido en objeto de guerra. Lo más doloroso fue que la empresa para la que laboraba desde Sincelejo, no me apoyó. Ni siquiera me puso reemplazo. Y era más doloroso porque mi mujer esperaba a mi hija bordona. Hablé con presuntos jefes paramilitares (algunos luego en la cárcel) , con la Flip, con Carlos Castaño a instancias de la Defensoría del Pueblo de Córdoba, y pude regresar sin que nadie se enterara, más allá de mi familia.

Vía telefónica Carlos Castaño me dio un consejo para salvar mi vida. Tenía que cambiar mi periodismo. Me salí de la reportaría de guerra. Dejé de cubrir masacres y hechos judiciales. En esta zona las autodefensas perpetraron 62 masacres. Yo me había estrenado como periodista en una de ellas, la de Mejor Esquina, en Córdoba, en 1988.  Castaño me había hecho seguimiento y vio que tenía inclinación por la cultura. “Váyase por ahí, mijo, que usted es bueno”.

Cuando regresé de Bogotá a retomar mi cargo- con una empresa en crisis- dejé las cervezas de los viernes y me volví casero. Me dediqué a trabajar por la cultura, en una región donde hay mucha indiferencia por estas lides. Creamos la Red de Sabaneros Militantes en Sahagún como resistencia al vallenato aplanadora. Realicé más de 320 documentales de televisión. Con Mario y Felipe Paternina dictamos muchas conferencias sobre música de acordeón. Escribí varios libros. Me convertí en un periodista de bajo perfil.

Fui a caer en Comfasucre como periodista institucional, donde solo demoré algo menos de dos años. Allí muchas veces tenía que caminar con la nariz tapada, porque ya empezaban los hechos de corrupción que terminaron con un desfalco por más de 65 mil millones de pesos. Afortunadamente no me renovaron el contrato. Fue allí donde mis réditos como periodista cayeron al vacío, tanto en lo económico como en lo periodístico. Mis colegas- y todavía es así- me sacaron de la lista de periodistas en las ruedas de prensa.

No me invitan. No figuro desde entonces en los listados de protocolo de la publicidad de ningún ente oficial. Pero me idee otras formas de sobrevivir con gallardía, sin bajarles la cabeza a los políticos.  Mientras bajaba la guerra, en el primer cuatrienio de Álvaro Uribe- alabado por mi padre en San Jacinto- y ya podíamos ir con más tranquilidad a nuestras fincas, empecé a hacer proyectos diferentes para sostenerme. Pero aun así, no soy admitido en la lista de periodistas víctimas del conflicto.

Las tres fincas de la familia, entre ellas “Frío de Perros”, en cuyo honor bauticé una de mis novelas, de mal título según Inaldo Chávez, hoy tienen árboles de más de 30 años que jamas han sabido de un hacha. Los proyectos en camino cayeron en el desastre y desde entonces solo le llueve al sucio. Salimos apenas antes de que todo empezara a descomponerse.

Todo eso pasó rápido. Lo  más importante, es que yo no pensaba tanto en mí como en la paz territorial. Si no es por Uribe Velez nos hubiesen matado. Sólo ganaba, a mi salida de Comfasucre, 450 mil pesos mensuales en tres cuñas. Un amigo llenaba su carro en compras de Supermercado, mientras yo tragaba saliva a su lado y me iba a casa con las manos en los bolsillos.  Me alegraba que mi padre y mis hermanos ya pudieran ir a San Jacinto y a las fincas con tranquilidad.  Pero en el segundo período de Uribe me correspondió volver al periodismo de guerra.

Hice varios reportajes sobre los falsos positivos en la Internet. Aunque no les hice mucho despliegue por temor, con ellos gané el Premio de Periodismo Investigar 2012, otorgado por la DW de Alemania, Consejo de Redacción y la Universidad de Norte. No sólo los falsos positivos enturbiaron el segundo periodo de Uribe, sino un largo etcétera de irregularidades. Se abrieron las compuertas de la corrupción.  

Hay muchas cosas que contar, pero por espacio, podríamos resumir, que en Los Montes de María, la sociedad civil, empezó a vivir el posconflicto antes de que el Gobierno lo mencionara. Veo comunidades fortalecidas y paradas en la raya, en guardia por el no retorno de la violencia. Me gusta lo que está pasando en el Carmen de Bolívar. Se vislumbra el progreso, pero hay que montar guardia contra la corrupción. Sincelejo también es Montes de María y hay que promocionarlo así.

Álvaro Uribe nos ayudó en el primer periodo, pero después se le fue la mano. Los árboles no dejaban ver el bosque. El país se polarizó.

Creo que en estos momentos, aquellas estrategias de guerra, en las que incluso se violaron los derechos humanos, ya son del pasado. Ahora debemos reconciliarnos y trabajar con elementos culturales: la música, las bellas artes, la educación.  Tenemos que darnos una oportunidad para la paz y ceder en algunos puntos si queremos seguir avanzando. Démosle una última oportunidad a aquellos que no tuvieron otra alternativa que las armas y el monte.

A mí, me salvó hasta el momento la cultura, pero sin renunciar al periodismo, con la intuición de no fallar nunca, porque nuestras intuiciones son tan certeras como un tiro con una escopeta doble cero.

¡Vamos por la paz! Y en eso creo que somos más.

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Alfonso Hamburger

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Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

3 Comments

  1. Alexandra Llanos
    30 junio, 2016 at 8:55 am — Responder

    Absolutamente de acuerdo. Es difícil perdonar a estas personas que han hecho demasiado daño, es quizá incomprensible para algunos el dolor que se vivió en medio de estas barbaries cometidas por las FARC. Mi esposo, un hombre de 32 años, viviendo en la ciudad aún tiembla y me abraza asustado cuando suenan los fuegos artificiales por cualquier celebración que se realice cerca de nuestra casa. Siento el temor en su pecho, y es duro. Pero más duro es pensar que no somos capaces de perdonar y darle la vuelta a esa historia para que nuestros hijos tengan la posibilidad de vivir en una Colombia menos violenta y eso se extiende no solo a la guerra con las FARC. Nuestras comunidades urbanas también necesitan intervención. Si bien puede que no todo lo que se haya pactado sea conveniente a la larga para todos, también hay que entender que quienes no tuvieron otro remedio que empuñar un arma, tienen derecho de tener una vida fuera del monte en medio de las masacres y la falta de posibilidades. Yo perdono. Pero exijo que las condiciones del proceso que nos involucra a todos y que viene sea equitativo para toda la sociedad. El gobierno debe dar las garantías, no nosotros quienes en últimas también somos víctimas.

  2. 25 abril, 2019 at 3:31 am — Responder

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  3. 8 mayo, 2019 at 4:51 am — Responder

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