Piojó: tragedia y carnaval

Piojó pasó desde la trajedia a la fiesta del carnaval. Foto: Libardo Barros

Por: Libardo Barros Escorcia

Cuando los damnificados de Piojó pensaban que la alegría se había acabado para ellos, les llegó diciembre. Además, el aroma de la brisa, que hace las noches más frías, la música bailable y el ambiente festivo volvieron a despertar en sus cuerpos la inminente llegada de los carnavales: celebración que revalida esa atávica necesidad de transitar, durante cuatro días, con la vida patas arriba.

Para Mirella Alonso, de 53 años de edad, diciembre no fue agradable para ningún damnificado. Era muy difícil pasar bien un cierre de año a sabiendas que 85 casas de nuestro barrio Camino grande ya no estaban allí. Que esas casas que cada uno había construido con sacrificios y muchas privaciones ya no existían. Y lo peor, eran irrecuperables. Apenas comienza a hablar lloraba desconsoladamente. Su voz se deshace en lamentos y es difícil no conmoverse al oír sus reclamos, que parecen dirigidos al destino. Como todos, sabe a qué se debió el deslizamiento de tierra y quiénes son los responsables, pero ya eso no le interesa tanto como la situación actual, sobre todo el pago del arriendo y los servicios, que debe hacerse oportunamente.

A Mirella, la parrandera de todos los carnavales y otras fiestas, este año le decían sus amigas que estaba apagada, igual que casi todos los damnificados. Me cuenta que desde el sábado de carnaval había mucha alegría en las calles. La que se evidenció aun más debido a que la Alcaldía puso una tarima al lado de la iglesia para que bailaran y bebieran los 6000 habitantes de la cabecera y los más de 2000 repartidos en los corregimientos de Hibácharo y Aguas vivas. Lamenta que el lunes se formó una pelea porque querían pegarle a la alcaldesa. Mirella, una mujer de 53 años dice en tono conciliador que tiene pena con esa pobre mujer, que en el fondo de su corazón quisiera ayudar a mucha gente, pero se ve que no puede. Parece que la tuvieran amarrada a algo que no la deja. Por eso vive como si no se perteneciera.

A sus 78 años, el indio Chuba, Feliz de la Hoz Pacheco, siempre quiere contar un cuento. Le gusta que lo vean, sobre todo los forasteros, y por eso no pierde ocasión para disfrazarse de indio mocaná cada que hay un evento con gente importante. Como vive arriba, en el barrio Chambacú, la noche del derrumbe estaba durmiendo. Se vino a enterar al día siguiente. Supo de inmediato que 27 de sus sobrinos eran damnificados. A lo que se sumaba el colapso de muchas bóvedas del cementerio, que lo impactó. Lo primero que pensó fue sacar a su madre, de solo 15 meses de muerta, y trasladar su cuerpo a Luruaco. Después de un diciembre medianamente alegre, el carnaval le renovó las emociones. Fue a casi todos los eventos a los que estuvo invitado: al carnaval de Santo Tomás, los desfiles de Barranquilla, Puerto Colombia y aquí en Piojó pudo tomarse unos tragos. Dice que estaba adolorido, pero carnaval es carnaval. Se prepara todo el año para participar, y por eso reza para que todo lo malo que le pase nunca se cruce con esta fiesta.


Indio Chuba durante la fiesta. Foto: Libardo Barros

Rosa Elena Ochoa Osorio, de 70 años, también tiene su historia. La policía la ha tenido que sacar varias veces de su vivienda, a la que regresa después furtivamente. Aunque las paredes amenazan con venirse abajo, dice que después de habitarla por más de 50 años, ya no se amaña en otro lugar. ¿Para dónde me voy a ir, si a mí en el único lugar en donde me siento bien es en mi barrio? Eso de salir corriendo, a esas horas, salvando la vida como único bien, sin nada más, en vez de alejarme me unió más a este lugar. Fue de las pocas personas que se atrevió a pedirle ayuda a la alcaldesa, y esta le respondió que si la ayudaba a ella tenía que ayudar a los demás. Entre sollozos recuerda que el 31 de diciembre sintió una gran tristeza y mucha soledad, pero se tragó todo eso. Limpiándose el rostro y susurrando afirma que le ha tocado hacer como el payaso. Luego, con los ojos con los ojos llorosos dice que para estos carnavales no estaba muy triste y agrega en tono que fue la primera vez que la vida le puso el disfraz que nunca imaginó: el de desplazada.

Todo aquello que hace del carnaval una fiesta para darle cabida a la burla, en algunos pueblos tiene nombre propio. En Piojó se llama El Chespi. Alexander Charris, de 45 años, cuyo oficio de mototaxista le facilita conocer a mucha gente y casi toda la geografía del pueblo. Cuando le pregunto dónde estaba la noche de la tragedia, es inevitable

que su mente se resista a transitar otra vez por ese momento. Solo alcanza a decir: aquí en mi casa de Camino grande, chateando. Siente que debe parar su relato. Hace una mueca, da unos pasos alrededor para sumergirse, por unos instantes, en la pausa y el silencio. Traga en seco. Luego regresa al lugar donde hacemos la entrevista, frente a la iglesia, donde se divisan, a unos 200 metros, las casas derrumbadas y el pavimento cuarteado. Retoma su relato matizado con la risa y el dolor. Es de esa clase de hombres que sabe bailar mientras se pueda y llorar cuando hace falta.

Reconocido por su abrumadora locuacidad, lo dejé hablar sin interrupciones: A mi no se me ocurrió, el día del desfile de los mototaxistas, otro disfraz porque ya lo tenía puesto desde el 5 de noviembre del año pasado a las 10:35 de la noche. Y salí con mi disfraz de damnificado. Le puse un sillón de burro; monté la muerte en la parte de adelante de la moto. A un lado le puse palmas, por lo del reinado que se hace aquí durante los carnavales y este año no fue posible; del otro, unos totumos y mazorcas de millo. En el tanque de la gasolina subí una caja de comida, de las que repartió la Secretaría de Gestión de riesgos a los que quedamos sin casa. Me puse una máscara para que no supieran quién era, y salí. Aquello causó admiración y me gané el primer puesto en disfraces. La licuadora que me dieron se la di a mi hermana; la botella de whisky se la di a un amigo que no puede tomar otra clase de bebida; y con los 300000 pesos cumplí con el mandato bíblico de dar de beber al sediento, en ese caso a los que tenían sed de cerveza.

 

Alexander Charris, “Chespi”, minutos antes del desfile. Foto: Libardo Barros

El cuerpo tiene ritmos de ineludible cumplimiento, que les recuerda los cambios de estaciones. Atávicas memorias que se resisten a ser ignoradas pese a los inconvenientes o desastres que surjan. De estos obligados mandatos nadie habla porque están conectados a emociones ancestrales. Vivenciales, tal como pasa durante el carnaval y se constatan en cada uno de los decretos del bando leído por sus reinas. La orden es gozar como se pueda: con música y bailes, en desfiles, mascaradas, comedias, todo lo que haga posible el regocijante bullicio.

El final del dolor de los damnificados de Piojó lo decretó el imperativo colectivo de la fiesta. Lo pone en escena la necesidad física del desmantelamiento de las formalidades y jerarquías hegemónicas abordadas a través de la mofa, la sátira, el sarcasmo y la risa. En consecuencia, todo lo que trastoque la vida social en la que viven sumidas las personas debe ponerse al revés.

El carnaval, ese necesario ritual profano, incorpora la perfecta coartada del goce.  Frente a ese imperativo no hay escapatoria. Así como sucede con el llamado a la solidaridad, al amor, a la compasión, igual pasa con el cuerpo cuando debe cumplir el mandamiento de la alegría; por lo tanto debe admitir y disponerse para el disfrute.

Al respecto, la psicoanalista  Isabel Prado precisa que somos producto del lenguaje. Este nos construye con ordenes ineludibles. No solo de las que están del lado del sufrimiento o cuando o cuando algo nos duele, sino que esos imperativos existen para el goce. Los imperativos no discriminan: ama, odia, goza, de ellos nadie puede librarse. Todo eso está claro en el discurso del carnaval. Una vez se lee el Bando, el cuerpo se transforma , se prepara a cumplir dicha orden: tiene que gozar.

Cuesta trabajo rehusarse al carnaval, su efecto es demasiado contagioso. Estés o no en los desfiles, los bailes o las plazas, el carnaval toca las puertas de tu inconsciente. Nos llama a que nos asomemos a verlo, ya sea con un gorrito, un tocado, una máscara o vestido de colores. No existe manera de resistirte porque se apropia de tu
voluntad. Su poder es tal que quienes no se pueden contener se mudan, se alejan de su influencia; huyen a otro lugar; incluso allá no están a salvo del todo.

La manera en que los piojoneros recrean el carnaval se mantuvo este 2023, pese al dolor de la tragedia. Aunque lloren por esta o cualquier otra adversidad, en su cuerpo permanecerá el imperativo del goce; el cual puede emerger, con un ímpetu inédito, cada vez que el cuerpo lo considere necesario.

Feliz de la Hoz Pacheco, se conmueve al recordar la tragedia. Foto de Nathalie Sierra Villalobos.

 

Editora: Marialis Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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