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la mujer bajo la lluvia iba muerta

MOJANA1

 

!LA MUJER QUE VINO A VISITARME, ESTABA MUERTA!

Por Alfonso Hamburger

DOS

Desde lo alto de mi oficina Sincelejo yace apacible bajo una llovizna cósmica que en este diciembre no sólo es nostálgica, sino que se vuelve ácida, en medio de un pueblo incapaz de resistirse al paso demoledor del tiempo, donde nadie respeta la puntualidad. Por la mañana bajé de mi aposentó desde donde miro la calle tras la cortina sucia y me doy de cara con ese comercio avasallante de la Navidad. Hay ventas de faroles por todas partes. Hay paquetes de velas en los sardineles, en las esquinas, en los parques. La gente se atropella en las estrechas calles ahora sin motos. Llueve. Para el sereno, sale el sol, y después sigue la lluvia. Es un rocío menudo, caliente. Alguna viuda debe estarse casando en medio de este sol de conejo. Espero que la lo mujer que sube por las escaleras- pienso- no se haya contagiado de la impuntualidad con la excusa de la lluvia. Por aquí cuando llueve los niños no van al colegio. Y hasta le han sacado versos a era irregularidad. Ya nos acostumbramos a tantas irregularidades, que otra anormalidad en el hábito de las malas costumbres, ya no se nota. Nos volvimos anormales.
– Ya estoy saliendo-, recuerdo el último mensaje de texto de ella.
Salgo del baño, donde me he revisado, esponjándome, levantándome en los talones para no verme pequeño ante semejante monumento que debe estar parada tras la puerta de entrada a estas oficinas viejas. Miro mi celular- ya no uso reloj de pulsera, nadie ya los usa- y veo que los tiempos son exactos. Si no es ella la que toca con sus nudillos de dama buena, suave, con un sonido casi imperceptible, me capo. Camino decidido a abrirle la puerta. Recuerdo una frase de Gabito. “El amor es como la cacería”, se necesita ser altanero. Ando con altanería hacia la puerta y a través del vidrio rugoso veo la figura casi es fuga. Siento que he tardado una eternidad en llegar. Y ella también se desespera, vuelve a tocar, ahora más suave, con ganas de correr, dar la vuelta y recoger sus pasos. La sombra tras el bastidor es la de un ser alto, pero siento que se fuga, que da vuelta en sus talones y se me escapa. Abro la puerta y allí está, petrificada como una venus de la Mojana, vestida de blanco con cuadros negros, una cartera pequeña sostenida en unas manos largas y esos ojos que le brillan de ansiedad. Ojos de luna clara. Ojos de ardilla arisca. Rcuerdo ahora: No sólo estaba agitada por los treinta y tres escalones que acababa de subir, sino que estaba asustada por el paso que iba a dar. Las redes sociales que buscan pareja son para eso, para mujeres como ella, casi intacta en los hilos del amor. Mujer decidida, pero vacilante ante la aventura, no acostumbrada a mentir. Se es todo o se es nada. Y ella lo sabía, que después de cerrada la puerta, a sus espaldas quedaba y pasado y que allá dentro, en la penumbra de una oficina laberíntica, algo podía pasar.
Mientras ella rompía la primera impresión, le hice una venia para que entrara. Ella terminó de entrar, apenas dio do pasitos y se detuvo, sorprendida por las sombras de la sala de espera. Sin darle tiempo la rodee por la cintura y casi recostada contra la pared, le estampé un beso en la mejilla. Tuve que hincarme un poco, pero no me sentí de la estatura que soy, sino de uno con ochenta, a su nivel, porque los zapatos que traía puestos, la hacían más alta. Inmediatamente, sin dejar que reaccionara al primer asombro, aún sonrojada, la empujé al pasillo y le mostré parte de la oficina, los cuadros, las condecoraciones, los trofeos- quería impresionarla- y mientras la miraba de arriba abajo, con esas caderas anchas, la fui conduciendo a mi oficina. Ella estaba jadeante. Acá no pega muy fuerte el aire acondicionado, porque mi en oficina en desorden queda donde muere el sol, de modo que estaba acalorada, un poco salpicada por la lluvia acida de la calle.
– ¡Siéntate, mujer! Le dije, ofreciéndole la silla giratoria que había dispuesto para esperarla, delante de mi escritorio.

– ¡Huy, es la primera vez que hago esto!, dijo, ahora aplastando la silla, que crujió en sus cientos y tantos kilos de peso. Sus propias palabras la delataban, porque sabía que estaba penetrando en tierras de remolino, movedizas.

Pensé que la silla no iba a sostenerla. Ella se llevó una de sus manos a la boca y empezó a estornudar. Su estornudo fue como un temblor. La silla chirrió y pensé que se iba a despedazar.
Ella cruzó su pierna derecha sobre la izquierda, incomoda, la silla volvió a crujir. Vi unas piernas largas, blancas y torneadas, pero con las estrías propias de sus 43 años. Esa era la edad de su perfil. No disimulé en subir mi mirada, de las largas piernas hasta el escote, donde se insinuaban unas tetas aun firmes, en aquella cueva donde algunas damas guardan el monedero. Hicimos un silencio largo matizado por las miradas y el rumor de la calle allá abajo. Siguió tosiendo. Algo había afectado su fragilidad en la calle.
– ¿Qué te pasa, por qué toses? Le pregunté, usando la mayor ternura posible.
– No nada, es que soy alérgica.
– -Quieres un vaso de agua?
– No. Ya se me pasará.

MOJANA2
La pantalla del computador impedía verla a plenitud, porque la silla mía era más baja, de modo que le propuse ponerse a mi lado. Ella seguía inmóvil y me daba la sensación que iba a levantarse. Antes de que ella reaccionara, me le acerqué hice que se levantara, tomé su silla giratoria, la alcé y la puse al lado de la mía. Ella estaba tan aturdida que no chistó. Seguía tosiendo.
– Ya te traigo agua, le dije.
– No. No te preocupes.
Cuando quiso terminar la frase ya yo estaba en el servidor del agua. Le traje el precioso liquido en un vaso desechable, tomó un sorbo y el alma pareció volverle al cuerpo.
Aquella mujer era un enigma. ¿Quién era? ¿Por qué había aceptado verme? No era fácil para ella responderme. Estaba en silencio, incomoda en la silla giratoria, que seguía crujiendo bajo su peso. Cruzó las piernas de nuevo, como al principio. Volvió a sorber el agua.
– ¿Le puedo decir una cosa?, le propuse.
– Si, dígame.
– Con todo el respeto que se merece, tiene usted unas hermosas piernas.
– Gracias, respondió, y volvió a sonrojarse.

MOJANA3
Empecé a narrarle, antes de que ella soltara la lengua, para contarme la segunda parte de crónica de una muerte anunciada, la que aún no está escrita, la crónica de su muerte prematura de su único amor, entonces , desde entonces, vaga como una difunta. Me figuré, especialmente con la lluvia loca de estos días, llevándola en brazos y cayendo de bruces en el barro de la calle. Ello ayudaría a que sintiese en confianza y aflojara su tensión. Yo tenía 27 años y dos meses de haber llegado a Montería, le dije. Cierto día que estábamos en mi oficina con los trabajadores dispuestos a salir al almuerzo, en la calle apareció una hermosa mujer morena, con cintura de cumbiamba, cabellos negros y limpios, con un contonear garboso. Yo corrí a la calle y alcancé a verla desde unos dos metros antes que desapareciera en la esquina. Fueron apenas unos segundos, eternizados en mi mente para siempre. Iba vestida de azul eléctrico, en un enterizo hermético, de una sola pieza. El resto de compañeros me siguió en aquella acechanza y fue José Miguel, el contador, quien me respondió a mi pregunta de “¿nojoda y quien es esa mujer?
La respuesta de José Miguel fue que si quería conocerla. Claro, marica, me voy a casar con ella, le reafirmé. Me prometió que me la presentaba si le daba una canasta de cervezas. No sólo le daría una, sino las que quisiera. Le confesé que yo llevaba siete años por lo menos buscándola. La había perdido por la inmadurez del primer amor. Había cumplido todo mi pregrado sin un verdadero amor. No me concentraba en ninguna mujer, porque en ninguna estaba ella. Y la mujer de aquella tarde, era idéntica, pero más desarrollada. El sábado siguiente nos bebimos varias canastas de cerveza en el billar más cercano, cerca del río. José Miguel se reía de mi interés y de la seguridad de tenerla. Eune, como se llamaba aquella diosa planetaria era una de las huésped de su madre, quien atendía un pensionado dos casas después de mi oficina, de donde había salido días antes, rumbo a la Universidad. Le envié saludos, que era la estrategia más notada de aquellos tiempos, finalizando la década de los 80. No había- según don Toba, amor como el que se conquistaba con los ojos. Se enviaban razones de boca, papelitos, o se perseguía al amor como un garrochero a la bestia.
Mientras yo narraba, mi dama visitante no hallaba como acomodarse en la silla giratoria, que chirriaba bajo su peso, pero atenta a mi relato.
Un día lluvioso- le dije- quizás el más lluvioso de todos los años de todos los siglos en Montería, no escampó la lluvia un solo segundo. Fue un día gris en toda la comarca, azotada entonces por la violencia. Y por la noche, que fue de tigres, me cogió sin ningún tipo de agenda. Estaba recostado en mi oficina, cuando vi la figura traslucida, como la tuya esta tarde, en el refractor del vidrio rugoso de la puerta, casi en fuga. Fue una situación parecida. Sus nudillos vacilaron bajo el fragor de la lluvia. Llovía suave. Me acerqué a la ventana y aparté la cortina para verla bajo el paragua que llevaba. Le abrí la puerta con el corazón en la mano. Estaba arropada con un vestido ajustado a su cuerpo voluptuoso salpicado por la lluvia cuyas gotas se confundían con las florecillas y pajarillos estampados en una tela tan fina que dejaba ver sus carnes penca oscuras. Era una especie de piyama. No tuve necesidad de preguntarle su nombre. José Migue ya había hecho el trabajo. Igual actué como un cazador de tigres. Activé toda mi altanería sumisa, porque a veces era mejor quedarse quieto para que la mariposa posara en la ramita. Y saz. Solo había llegado a prestar el teléfono para llamar a sus padres a Planeta Rica. Las llamadas a particulares estaban prohibidas en la empresa, pero aquella noche estaba dispuesto a que me echaran mil veces mil. Ella, como si nos conociéramos desde hacía siglos, se sentó en la silla del gerente- yo era un subalterno- y dialogó con sus padres los minutos que quiso, mientras yo me frotaba las manos. Fui a la nevera del gerente y vi que había una botella de Wiski, la destapé y me tomé un lavagallos para atemperarme. Al fin ella terminó la llamada. Vimos entonces que estábamos solos.
– Hay, hace calor a pesar de la lluvia, dijo ella.
– Todo el día ha sido un diluvio, le dije.
– ¿Me puedes regalar agua?
– Tengo algo mejor, le dije.
Fui a la nevera, serví dos vasos de wiski y empezamos a beber. Afuera arreciaba la lluvia.
Ya prendidos, a ella se le ocurrió llamar a una amiga para invitarla a Bogavante, una discoteca cercana, de lo mejor en aquellos tiempos. Después llamó a la madre de José Miguel, pare pedirle permiso. Fue, se cambió de ropas y nos fuimos. Se vino su mejor amiga a acompañarla. Era miércoles o jueves, de modo que fuimos los tres los únicos clientes de aquella noche de lluvias. Bailábamos con los ojos cerrados, suavecito, oliendo aquellos cabellos largos, llevándole los brazos sobre su cintura, hasta que pronto nos vimos envueltos en el primer beso. No fue necesario de pedirle que fuera mi novia. Ya éramos novios desde que nacimos. Le pedí que se casara conmigo. A las tres de la mañana abandonamos el lugar y nos adentramos por las calles de tierra de Montería, con charcos por todas partes. La lluvia salpicaba nuestros cuerpos. Fuimos a llevar a la amiga unas cuadras más abajo. Y cuando quedamos solos nos tomamos de las manos. Aquella ciudad oscura y llovida, era nuestra con todos sus arrestos. Cada esquina parábamos a besarnos tras los arboles de abeto. Pero ocurrió algo que me hace comparar esta tarde con aquella noche. Yo quise tirármelas de héroe y para cruzar un arroyo, traté de cargarla en mis brazos, pero resbalé y ella me cayó encima. Quedé embarrado casi por completo. Bajé la cabeza y caminamos a su casa en silencio. Claro, antes de que le abrieran la puerta, nos dimos el último beso, porque no nos vimos jamás.
– Oye, que buena historia, dijo Natacha.
– Bueno, ahora te toca a ti, le dije.
Apenas empezó a contar su historia, Natacha tuvo un cambio en sus ojos oceánicos, los que iban cambiando de brillo en la medida en que se fue adentrando en la historia que sigue en el siguiente capítulo, especialmente cuando recuerda el sonido de la canoa nocturna sobre las aguas muertas a través del caño de La Mojana bajo el resplandor de la luna, acompañada de aquel amor que pudo ser y no fue. Natacha, estaba muerta.

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