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¿Quién es el verdadero autor de la pollera colorá?

JUAN MADERA

¿Quién fue el que alisó la pollera colará?

– Esa vaina estaba suelta y alguien la amarró.

Por Alfonso Hamburger

Días antes de morir, sentado en el jardín de su casa mientras regaba unas margaritas, Manuel Huertas Vergara, me visitó en mi oficina-residencia del barrio Pasa corriendo, dejándome un compromiso que no sé si pueda cumplir plenamente, al menos que Juan Madera Castro diga la verdad absoluta o decida llevársela a la tumba. Aquella vez, no sé si presintiendo que iba a morir pronto y porque no encontraba apoyo en los entes oficiales- a su muerte solo tenía veinte mil pesos en el bolsillo del pantalón y una cuenta de cobro por catastro de ocho millones de pesos con Hacienda Municipal – Huertas Vergara me reconoció como el reportero más indicado para seguir su oficio celoso de curador del folclor. Entre otras cosas, me advirtió que “La pollera colorá”, con la que yo me había ganado un premio de periodismo, célebre canción colombiana de todos los tiempos en aire de cumbia, no era de la autoría de Juan Bautista Madera Castro, quien la firma, ni mucho menos de Wilson Choperena, quien le puso la letra. Éste, apenas había aportado unos versitos, según palabras de Madera.
Desde el principio y más aún en el concierto para enmaletarla, “La Pollera” resultaba polémica, porque Wilson Choperena, al fin y al cabo, había pagado una condena por haberse apropiado de la pieza, vestido y alimentado de ella, desplazando por muchos años, aprovechándose de la ventaja de vivir en Bogotá, a su cómplice y amigo de antaño, dándole “MADERA” (Juan Madera Castro). Claro, que prevaliéndose de la duda y de las dificultades investigativas en nuestro medio y a la falta de documentación adecuada, Huertas Vergara, concluyó, antes de irse:
– El único testigo que queda es Juan Madera. Él es quien sabe la verdad.
Y juan Madera, dije yo, siendo uno de los últimos testigos, o quizás el único, jamás iba a confesar. Al menos que antes de morir, en un acto de arrepentimiento y de decoro con la historia, haciendo un gesto de contrición, hablase. Madera, quien debió ser Castro, acaba de cumplir 97 años. Sigue vivito y coleando, echando afrecho a una cría de pavos en el patio de su casa.
Y si no es de Juan Madera… ¿De quién es la gran obra? ¿Una de las más votadas por el público y los entendidos, entre las tres canciones más sonadas de Colombia en todos los tiempos? “La Pollera Colorá” fue la canción más importante en el siglo XX y en los diecinueve años que llevamos del siglo XXI, plagados por la euforia vallenata, no tiene piezas a la vista que la superen. La canción aparece en un episodio de las tiras cómicas más antiguas de la televisión mundial, los Simpson, donde sólo dos colombianos, ambas mujeres (Sofía Vergara y Shakira, por coincidencia costeñas) han sido reseñadas, en sus veinticinco años como los dibujos animados más populares de la historia.
Manuel Huertas, aquella tarde en mí casa de Pasacorriendo, tomó aire, puso el vaso de agua que mi mujer le acababa de traer en la mesa de centro y tras expulsar el oxígeno como en un descanso necesario, dijo, sin tapujos:
– ¡Esa obra es de otro sinceano: Marcial Martínez!
Después de quince minutos en los que tratamos otros temas, Manuel Huertas se despidió de mí para siempre, dejando mi casa bendita, porque era la visita más importante que como periodista había recibido en las oficinas de El Heraldo, que despechaba allí en uno de los cuartos. Lo acompañé hasta la puerta, abrí la reja metálica de cerrojo oxidado, porque era sábado, salió a la calle y quedé de pie, parado en la terraza, viéndolo como caminaba, pausado y tranquilo, con algunas dificultades respiratorias, hasta que lo vi perderse en la esquina con su cabeza de algodón, en el asadero de pollos de Majagual.
– ¡Caramba, en qué compromiso lo meten a uno los amigos!, pensé. ¿Quién era Marcial Martínez?, me pregunté mentalmente y volví sobre mí mismo, girando sobre mis talones, cerré la reja oxidada y retomé el libro que estaba leyendo cuando llegó Manuel, acostado en el sofá más largo de la sala.
Me había conocido con Manuel Del Cristo Huertas Vergara de la manera menos amorosa. O al menos me había causado mala impresión un artículo suyo publicado en una cartilla, al calor de los primeros Festivales de Gaitas de Ovejas, en la que afirmaba que el tema “María de Los Reyes”, o “Los golpes que dan los hombres”, no era de mi paisano Toño Fernández, con base en una entrevista hecha por él a una mujer de más de ochenta años. Huertas defendía la oralidad y la anécdota como lo más cercano a la verdad, sabiendo que en el periodismo escrito las interpretaciones son muy personales. El San Jacintero no admite fiestas con Toño Fernández, el hombre que nos enseñó los triunfos y a ser altaneros, a ser o aparentar ser más que todo el mundo, a no temerle a ningún cargo. De modo que lo primero que se me pasó por la mente fue pensar en que este articulista, un tal Manuel Huertas Vergara que lo firmaba, o era un sabio o estaba loco. Toño Fernández era un gaitero que era más que todo el mundo, el hombre que le puso canto a la gaita, cuya mente fue como una chispa en la oscuridad. A la única canción que no le cambió la letra nunca, fue al porro Candelaria. Candelaria, vida mía. La vaina quedó así porque apenas leyó, escuchó y vio mis trabajos periodísticos, Manuel empezó a seguirme. Le llamaba la atención mi apellido y mi amor por la música sabanera. Y eso, claro está, quedó plasmado en su discurso en el año 2003, al presentar mi libro “En Cofre de Plata, música corralera, de la plaza de Majagual a la modernidad”, en el teatro de Sincelejo.
Manuel murió días después de su visita, en abril de 2004, como ya lo dije, disgustado con nuestra dirigencia, mientras arreglaba el jardín de su casa. Yo me quedé con aquel compromiso de esclarecer su sentencia, como un dardo clavado, pero fui apartándome un poco de la investigación cultural para dedicarme al cuento y la novela, sin dejar de pensar en el folclor, hasta que durante un homenaje a la denominada Biblia del Vallenato, Wilfredo Rosales Ortega, en Sincé, expresé lo que Manuel me había dicho y aquello empezó a despertar una especie de hostigamiento, porque mis palabras llegaron a los oídos de Juan Madera, quien celebró mis ocurrencias con un chiste:
– Es que la gante ahora se voltea con rapidez. Antes la persona nacía goda y moría goda. Ahora no, los políticos no tienen ética-, me dicen que dijo. Y remató diciendo, sacásticamente: “Yo a Hamburger lo conozco, él estuvo conmigo el día que me regalaron el clarinete”
Se refería a un clarinete de 150 mil pesos que le envió la alcaldía de Barrancabermeja, Santander, en retribución a que Juan les regaló el original, con el que grabó la celebrada canción en Barranquilla en 1963, y que hoy reposa en la casa de la Cultura de aquel Municipio, donde vivió Madera ocho de sus mejores años. Allá fue donde registró la canción, en compañía de Wilson Choperena, después que éste le había puesto “unos versitos a mi pollera”. A la postre, esos versitos le salieron costosos, pues por muchos años, el único nombre que se promocionó con la canción fue el del samario, quien se apoderó de la gloria y cobró las regalías en el momento que la pieza musical de marras era considerada entre las tres más famosas de Colombia en el siglo XX, según un concurso liderado por el periódico El Espectador. Madera tuvo que demandar legalmente al impostor y logró vencerlo en juicio. Al morir, Wilson Choperena había sido vencido legalmente y murió sabiendo que la canción no era exclusivamente suya. Pero ahora le surgía otra pata al gato o dos patas, porque Pedro Salcedo, igual compañero de Madera, alguna vez reclamó haber tenido injerencias en la canción, según contó Tomás Benítez, aduciendo que inicialmente la pollera se llamaba “Takasaluma”, referente a una finca cerca de Magangué. Salcedo, reconocido compositor corozalero, tuvo sus contratiempos con Madera, una vez la pieza reventó trochas y se extendió presurosa por el mundo. La pelea parecía desigual, pues Salcedo gozaba de mayor raigambre como director de orquesta y compositor, pero Juan ya había asegurado la tela, judicialmente, al registrarla.

JUAN MADERA1Juan madera y su clarinete.

…Y ahora, yo estaba en medio de la tormenta. “La pollera colará”, interpretada por los Sipson en uno de sus videos ( o más bien tarareada), esa especie de cédula de ciudadanía de la música colombiana, se estaba arrugando de tanto estirarla de aquí para allá y de allá para acá y había que plancharla nuevamente.
Alguna vez, después de mis palabras sueltas en Sincé, mientras caminaba por la acera derecha de la calle Nariño, en Sincelejo, aprovechándome de su sombra ( era ya de tarde), un tipo me paró en seco. Estaba casi lloviendo y yo llevaba mucha prisa, porque iba en busca de una póliza de seriedad para una convocatoria de Telecaribe, pero el hombre que venía de frente, no me dejó pasar. Atravesó su cuerpo y su aliento de caballo en el camino. Yo me detuve por cortesía:
– Andas diciendo que Juan Madera no hizo la pollera colorá – me increpó-, mientras me impedía el paso, poniéndose en mí camino, con algo de brusquedad.
Soy malo para recordar los rostros, pero era un tipo moreno, cabecita de pelos ensortijados, duros, que llevaba un maletín de ejecutivo en su mano derecha y que debía ser familia de Madera o por lo menos un sinceano de nacimiento. Pese a mi afán me detuve, cuando ya caían las primeras gotas de un fuerte aguacero.
Le dije:
– ¡Claro, es sospechoso de que no se le conozcan más y buenas obras! Le repliqué, sin tapujos, sin miedos.
El tipo me explicó, también de afán, que Juan Piña le había grabado una canción a Madera y que fulano de tal otra.
Caramba- le insinué- tratando de seguir mi camino, Nacho Paredes hizo “ la cumbiamberita”, pero también se le conocen “Caballito de Palo”, “”Macaján y otras. Y le invité:
– Bueno, yo estoy pensando en hacer un conversatorio con Juan Madera, estás pendiente, para que lleves sus otras obras.
Seguí mi camino bajo las primeras lluvias de este año, pensando en que las cosas se estaban alborotando y que mi discurso desprevenido en Sincé, estaba dando resultado.

JUAN MADERA2

Juan Madera Castro.

LLEGö PATRICIA BERMUDEZ

Patricia Bermúdez es la imagen viva de su padre. Ella anda empeñada, con otros investigadores, entre ellos Tomas Benítez, en rescatar el legado de Lucho Bermúdez ( Luis Ernesto Bermúdez Acosta, su padre) , no tanto por la parte personal, sino lo musical. Habían estado en El Carmen de Bolívar ( Tierra de placeres, de luz y alegría), donde se cumplió la promesa de levantar una escuela musical en su honor. Todos los testimonios los iban grabando. Estuvimos reunidos en el rancho del Fondo Mixto de la Cultura, en medio del programa “Viernes de Juglares” que haciamos con la agencia cultural del Banco de la Republica cada quince días. En Sincelejo vivió siempre Néstor Montes, el hombre de la varita de caña, uno de los parientes más cercanos del rey de las gaitas. Fue donde propuse visitar a Juan Madera, quien con sus noventa y dos años entonces ( ahora con 97), es una especie de biblioteca ambulante.
Ese otro día, que era sábado, le caímos en su casa del barrio Pioneros, pero antes le llamé por teléfono, para apartar la cita. Fue allí donde me repeló. No estaba furioso, pero estaba “enjoscado”. Cuando oyó mi apellido algo le hizo ebullición en el dentro, pero fue suave. Tuve que enfrentarlo, refiriéndole lo que Manuel Huertas me había contado, lo que se había convertido en una tarea para mí, tratar de llegar a la verdad. Me acordé de la frase de Manuel:
– El único testigo que queda vivo es Juan Madera, solo él sabe la verdad. Y lo más seguro es que se la lleve a la tumba.
A sus 97 años, cumplidos hace apenas unos días (Mayo siete), Juan Bautista Madera Castro, cree que puede llegar facilito a los 102 años, edad en que acaba de morir uno de sus hermanos, que por aquellas cosas de los hijos bastardos, llevaba el apellido legítimo: Castro. Se llamaba Manuel Castro. Madera lleva el apellido de su madre, Carmen Madera y no de su padre, Eusebio Castro o Montes Martínez. Su hermano dejó bastante tierra y ganado, lo que se convirtió en un problema de litigio para los descendientes. Y él, Madera, un hombre lúcido a esta edad, en que todavía se juega con el soldado como si estuviera vivo y cumpliendo años con él, cimentó su herencia en una canción inmortal. A las otras, sencillamente no les prestó atención. Las tenía por allí y las hijas y los nietos se las echaron a la basura. José “Tarcila” Ricardo, más conocido como Mañungo, uno de sus discípulos más aventajados, se acuerda de la famosa gaita Eligio Arroyo, que grabó Juan Piña, que hizo furor en la región de San Marcos. La compañía de “Tarcila”, en aquella visita, fue clave para armar la orquesta, porque una vez llegamos desacomodamos los muebles de la sala, donde nadie se sienta habitualmente, y empezamos a reírnos, mientras la mujer del servicio servía jugo de melón fallo de azúcar.
Sobre su verdadero nombre Juan, dice: “Allí hubo un enredo”. Por aquellas cosas de antes, en que sólo eran legítimos los hijos del matrimonio, Eusebio Castro no era Eusebio Castro, sino Eusebio Montes Martínez. Y Juan Madera no es Juan Madera, sino Juan Castro Madera. O mejor dicho, debería llamarse Juan Montes Castro. Así como Demetrio Guarín no era Guarín sino Pérez y Alcides Paternina no era Paternina sino Pérez, primo hermano de Demetrio. Y Gabriel García Márquez no era García Márquez, sino Martínez Márquez, primito hermano de Carlos Martínez Simaham. Y es el mismo caso de Nacho Paredes, que debería ser Miguel Ignacio Núñez Paredes. Y Albertico Fernández Díaz (mi abuelo materno) no era sino Félix Alberto Díaz Fernández, quien tomó el apellido de la vieja Narza Fernández. O sea, que según esto, yo soy Alfonso Hamburger Díaz. Y lo asombroso, es que todos somos del mismo territorio de la magia.
Angustiado por saber de dónde realmente provenía, Juan Madera alguna vez trató de buscar ayuda con el famoso padre Ayola, de Sincé.
– ¿Y tú para qué quieres saber eso? le preguntó el cura. Juan no respondió enseguida, lo que dio pie para que el cura arremetiera con otra pregunta: ¿Acaso estas en busca de una herencia, de algunas propiedades?
Juan respondió sin tapujos que no, entonces Ayola, que debía ser muy materialista, le aconsejó que abandonara aquella empresa, porque había que enviar los papeles a Roma y eso costaba mucha plata. Se quedó Madera hasta ahora, o para siempre, si no es que alguien quiera remover el tema. Sus hermanos fueron Manuel, Eusebio, Miguel, Otilia y Carmen.

JUAN MADERA3

Museo Manuel Huertas Vergara

LA ENTREVISTA.

Patricia Bermúdez logró que Juan Madera nos atendiera en su casa de Pioneros, donde alguna vez lo encontramos echándole afrecho a los pavos que criaba en el patio, pedazo de tierra ahora reducido a una pequeña porción de cemento, pues allí construyó unas piezas impersonales, tiradas al ojo, que acabaron con la cría aquella que lo entretenía en tardes y mañanas.
Antes, en el teléfono, se había mostrado renuente. Aducía que estaba esperando a una gente de Barrancabermeja, quienes le iban a hacer un homenaje a raíz de los no sé cuántos años de haber grabado la canción, que la había compuesto mientras vivió allá. Juan delira con Barrancas y con el bar Hawái, donde pasó sus mejores momentos como artista, en medio de las putas que todo lo volvían alegría.
– Si, vénganse, pero sólo les puedo atender quince minutos- dijo – dándose toda la importancia que se merece. Los quince minutos se convirtieron en las dos horas más alegres de aquel mayo sin lluvias y de mucho calor.
Realmente fue un asalto, en el que descubrimos que en realidad no estaba esperando una visita en persona, sino una llamada telefónica, porque cuando sonó el aparato (en la mesita esquinera de la estrecha sala) saltó con unos bríos de mejores años, interrumpió la charla y habló un rato, mientras nosotros escuchábamos atentos. Debía viajar a esa tierra una semana después, de donde regresó con el compromiso de votar por la reelección del presidente Juan Manuel Santos, ya que los hospedaron- a él y a su hija- en el mismo hotel, donde llegó a pensar que el sofisticado operativo militar, no era para el presidente sino para resguardar la presencia del autor de la canción más celebrada de Colombia.

LA POLLERA ES MIA.

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Wilson Choperera, le puso la letra a la polémica pollera.

Juan Madera se sacó la lotería con la pollera colará. El clarinete con que la grabó, de último porque no estaba en el roster que iban a incluir en aquel trabajo, hoy es una pieza de museo. Y la partitura, escrita con alguna tonalidad hoy superada por la modernidad, está enmarcada y colgada en la sala de su casa, al lado de los mejores retratos suyos y de la familia. En uno de ellos Juan luce joven y montuno, con un cerquillo bajito, vestido como para Bogotá. En la mesita de centro aparece retratado con la familia. Es una postal que conserva con orgullo, porque siendo un mestizo tirando a negro, convenció a una mujer blanca de pelo rubio que fuera su esposa. Recuerda que no le prestó mucha atención a la grabación de la canción, que fue la última, porque estaba recién casado y andaba que reventaba la cabuya, como el burro en que iba el viajero, rebuznó, como si el papelito que le habían mandado no fuese para su amo, sino para él.
A esas alturas, cuando hemos consumido los jugos de melón fallos de azúcar ( Juan dejó el de él a medio terminar) es que me atrevo, con algo de prudencia para no romper el hechizo, a preguntar por el origen de la canción. Le hablo de Juan Salcedo, uno de los músicos fundamentales del Caribe, autor de los porro Corozal y Sincelejo, la pollera Azul, y muchos otros, quien fuera su compañero en la orquesta en que surgió la canción, que tocaban como fanfarrea para iniciar y cerrar las tandas, se muestra resbaloso.
En Corozal hubo revueltas por el bogotazo, lo que origino replicas políticas, de modo que músicos como Pello Torres, Néstor Montes y Demetrio Guarín, se vinieron a Sincelejo, porque acá no hubo problemas de guerra. Y como Salcedo era conservador, hizo la pollera azul.
Juan no profundiza demasiado en el tema, se sale por la tangente. Solo se limita a decir que Salcedo era porfiado (ya sabe que alguna vez reclamó la pollera colorá como de su autoría, sin éxito) y concluye:
– Pedro era como un sapo, que estando las puertas abiertas, buscaba siempre salirse por las paredes.
A Juan le encantan los temas amorosos. De entrada, recibiéndonos con euforia, a pie pelado y abotonándose la camisa, en pantaloneta, habla sobre lo bueno que le salió su soldado, que sigue cumpliendo años con él. Y más adelante, recuerda que Pedro Salcedo, el director de la orquesta donde él era el clarinetista, siempre le decía que podía escuchar la banda desabría, desafinada en otras partes, pero que el bar Hawái, donde tocaban por rutina cuando no habían grandes giras y presentaciones, la orquesta se sentía compacta, armoniosa y alegre.
Juan Madera, aquella vez, ante la pregunta de Salcedo, sobre la forma alegre en que la orquesta tocaba en aquel bar, se apresuró a responder, con toda seguridad:

– ¡Tocábamos inspirados en las putas!

¿QUIEN ERA MARCIAL MARTINEZ?

Cuando le menciono a Pedro Salcedo, Madera responde con desprecio, tratándolo de sapo, de aquel animal maluco que trata de salirse del cuarto por las paredes. Y en el momento que le recuerdo a Marcial Martínez, su semblante se ilumina. Marcial era el rey de la trompeta en toda la región, tan desconocido, que se convirtió en una leyenda. Los documentos sobre este personaje son inciertos, pero se sabe que, habiendo nacido en Sincé, sus últimos años los pasó por los lados de San Benito Abad.
Este juglar legendario, Marcial Martínez, a decir de Manuel Huertas Vergara, en cuyo honor se yergue el museo antropológico de Sucre, sería el verdadero autor de La Pollera Colorá, con la que se vistieron Juan Madera Castro y Wilson Choperena.

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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