Los nomadas de Ibañez

JUAN CARLOS IBAÑEZ, EL PINTOR COLOMBIANO QUE PINTA SERES EXTRAÑOS QUE VIGILAN EL MUNDO.

– Ibáñez, desplazado por la violencia, pinta nómadas y personajes que vigilan el mundo desde las tinieblas.

Por Alfonso Hamburger

La vida de Juan Carlos Ibáñez, pintor colombiano que expone permanentemente en Nueva York, está signada por situaciones mágicas que van desde voces ancestrales que le indican caminos, ojos que ven- vigilantes- desde mundos diversos, personajes nómadas que habitan en todas partes y sueños que se han ido plasmando en realidades. Pinta con una rapidez de relámpago y sus cuadros originales ya tapizan el firmamento orbital.

Sus pinturas, de una abstracción total de lo cotidiano- aunque sean de hechos comunes- se apartan del bejuquismo y de los bodegones coloridos de sus inicios, para tomar aires internacionales que se comunican con otros mundos, sin olvidar el patio. Juan Carlos, 54 años, tiene dones especiales de los que no gozan todos los hombres, como aquello de escuchar el pensamiento de algunas escenas de su vida y de soñar con personas antiguas que lo han prevenido del cáncer y de las hernias que sufrían algunos familiares.   Vive viajando entre Nueva York y Sincelejo. Es un artista que gana primeras planas en periódicos del mundo, pero en Sincelejo la actual directora de Comfasucre, ordenó borrar un mural suyo en esa entidad, violándole todos sus derechos. La demanda puede costarle a Comfasucre unos 200 millones de pesos.

De niño se vino de Filadelfia a Sincelejo con ocho hermanos, un padre de baja estatura, pero corajudo y valiente; y una madre conciliadora, educada, inteligente, que se convirtió en el freno a la energía  desaforada de una familia nacida en el corazón de la guerra. Filadelfia, la finca de su padre Pedro Ibáñez, de ascendencia española, a 12 kilómetros del Carmen de Bolívar, pronto fue epicentro de los asaltos a mano armada de las bandas de hampones que se enfrentaban en ese territorio mucho antes de que llegaran los guerrilleros y los paramilitares.  Su padre, que tenía una escopeta de matar tigres y pistola, no  quería abandonar la fortuna de una vida de trabajo- muchas hectáreas forjadas por su abuelo español: ganado vacuno, caballar y ovinos , casas y corrales, cultivos-, pero su madre prefirió motivarlo al destierro, en busca de paz y tranquilidad, como en el merengue sabanero El Viejo Miguel.

Llegaron a Sincelejo ocho años antes de la caída de las corralejas, primer acto del que Juan Carlos escapó, como escaparía de muchos otros, para pintar sus sueños. Ese sábado 20 de enero de 1980, de 17 años, llegó apresurado a la casa con un cargamento de vituallas ( ñames, aguacates, frijoles, maíz, yuca)  del Carmen de Bolívar, donde las tierras habían quedado abandonadas, pero pariendo. No quiso almorzar pese al ruego de su madre, porque iba para la corraleja. Se llevó de compañía a Javier Núñez, un poco mayor que él, quien vivía en una vara en tierra cuatro cuadras más adentro del barrio El Bosque.

Se metieron en el ruedo atestado de toros bravos salidos en chagua y después tranqueó el primero de los cuatro pisos de los palcos, donde se estaba acomodando, cuando el hombre que tocaba el bombardino en la banda de vientos dejó escapar una lluvia de saliva  espesa sobre su camisa nueva. Aquello lo indignó tanto, que inmediatamente se bajó del palco y salió de la corraleja. Afuera pasaba un bus de la ruta el Bosque y enseguida se subió. Las cosas fueron rápido. La lluvia se vino a raudales y mientras el bus esperaba más pasajeros, vio por la ventanilla como se desplomaban los palcos en cámara lenta. Los muertos no han sido bien contados, pero se dice que pasan de 500.

Su amigo, que no quiso bajarse,  murió y por lo menos cinco vecinos.  El bus no se movió del lugar y el cuerpo de su amigo solo apareció a los dos días en un pueblo llamado Mata de Caña, pero él alcanzó a verlo como lo sacaban muerto con una estaca incrustada en el vientre, para levarlo supuestamente al hospital. Cada quien cargaba sus muertos, por eso el conteo no fue exacto.

Después la vida lo fue privilegiando. Su vista de gato noctambulo ve más allá de lo normal. Cierta  vez, bajando de Bogotá a Sincelejo en su viejo Renault 12 a más de cien kilómetros por hora, en el alto de la línea, dos camiones le cerraron el camino, pero vio una luz de esperanza cuando ya no podía frenar y por allí enrumbó su vida. De regreso a Bogotá, con mayor reposo, observó el lugar y constató que por el lugar donde evitó el choque, no había más que un precipicio. Era imposible que un carro pasara por allí. ¿Cómo se había salvado?

En el año 2001, cuando se vivía la guerra más despiadada en los Montes de María, Juan Carlos participó en una exposición colectiva en el Teatro Amira de la Rosa de Barranquilla, con pintores como Ramiro Blanco y Emis Montecino, entre otros. Una de las personas más atraídas por su pintura fue una mujer extraña, y su pareja, extranjera, quien enamorada de su arte lo invitó a cenar. La mujer nunca reveló su edad. Su rostro irradiaba juventud- quizás 27 años- pero había vivido más de cien años. Con los contertulios de aquella cena, en la que Ibáñez perdió el habla, solo se comunicaron con pensamientos. Y eso que no tomó licor. 

—“Este es el tipo que nosotros necesitamos para nuestro plan”, oyó Juan Carlos en el diálogo, el pensamiento de la pareja que le invitó. El  plan se le cumplió, porque ganó un concurso y desde hace tres años, expone tanto en nueva York, en la galería Ágora, como en Italia.

La revista Life, de circulación en USA y especializada en arquitectura y arte, gracias al apoyo de la dama, le publicó la primera entrevista, cosa que jamás había logrado un artista colombiano. En la portada interior se promociona un lujoso edificio de apartamentos apoyado por una firma de  la que seria accionista Shakira Mebarak.  Hace tres años, Ibáñez participó en una convocatoria internacional para exponer en Nueva York, ganando sus pinturas entre más de  2 mil pintores.  Y pásmense,  la exposición coincidió en uno de los pisos del edificio que promocionaba la revista Life, hace 16 años.

Hace unos meses, Juan Carlos tuvo que justificar, para asuntos de trámites de unos recursos de patrocinio, un formulario donde debían figurar los gastos de hotel donde se había hospedado y el monto y otros estipendios, por adelantado. Para desembarazarse del asunto puso a su hija que le llenara el papel – por mero trámite- y se fue a la exposición.   Cuando llegó a Nueva York y vio su reserva, no solo coincidía el nombre del hotel, sino el número de habitación y el valor.

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Una de al exposiciones más exitosas de Ibáñez, que lo llevó a Italia, se titula “los vigilantes”. Son ojos, siluetas abstractas, hombres con los que se ha tropezado en muchos aeropuertos del mundo, desde Cartagena, Miami, Panamá o Nueva york. Siente que lo miran desde distintos ángulos, que lo esculcan, que le respiran en la nuca. Solo él percibe esos fantasmas que son realidades que plasma en el lienzo, por lo regular cuando todos duermen, porque es capaz de pintar una noche entera. De día, cuando tiene tiempo, duerme como el gato que ha estado por los tejados vecinos toda la noche.  Son espíritus nómadas de los que está lleno el mundo y que solo palpitan en la percepción de una mente audaz para verlos.

Nómadas, así es el nombre de su exposición permanente en Nueva York ( Galeria Ágora) ,hasta donde trasladó su taller, que hoy puede estar en el barrio El Recreo de Sincelejo y mañana en cualquier lugar del mundo. Sus cuadros de colores Caribes, tienen ojos y almas que miran sin disimulo una tarde de lluvias después de un largo verano o que sienten el  despertar- la piquiña-  del bochorno cuando el agua alborota la humedad en el sótano de su casa.

Con su padre, que murió de 90 años y todavía viajaba en motos, Juan Carlos siempre tuvo el mismo sueño. Aparece una mujer antigua de rasgos indígenas informándole de la enfermedad que asolaba a su familia, el cáncer de estómago.  Por este cáncer ya han muerto varios familiares. Por allí- donde queda Pensilvania- habían vivido los indios Yumas, quienes dejaron una maldición en el pozo de agua donde se surtía la familia. Juan  Carlos recibió el conjuro del sueño. Para ello debía pintar  sus rostros de ojos vigilantes, por ello un día aquella mujer sin edad en los tiempos, la que hablaba con los pensamientos, le trazó el camino de su vida: convertirse en el primer pintor sabanero en  llevar sus lienzos vigilantes y nómadas a las mejores galerías del mundo.

Este es grosso  modo, Juan Carlos Ibáñez, un pitos que descansa estudiando las canciones filosóficas de Juan Polo Valencia.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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