Los delincuentes también envejecen

enanoEL ENANO EMBAUCADOR…

El hombre cabecita de clavo no sabe mirar. O más bien su mirada es escurridiza como la sombra de un venado espantado por perros. Como asno que acaba de ver al tigre, se espanta, pero torpemente regresa a ver quién lo espantó.Es el último en entrar al banco y ya está en la cola, con su mirada huidiza. Me ha visto y cree que no sé quién es. O lo sospecha. Por momentos lo descubro y creo que los delincuentes no envejecen. Creía. Hacía por lo menos quince años que no lo veía. Es un tipo de estatura de pigmeo, indio pata rajada, veloz y despierto de espíritu. Parece poseído por un espíritu de burla. Lo más sobresaliente de su caricatura no es su pequeña figura chola sino su cabeza de clavo, más bien de hacha, como si en vez de corte de peluqueria tuviera una totuma puesta llena de canas. ¡Caramba, si a los indios le salen canas! Pienso. Y enseguida se lo digo a mi interlocutor: “El tipo que trata de esconderse detrás de la cola me robó hace quince años”. Ahora ya sabe que lo delaté con mi vecino de cola, que le he acusado. Tiene un pantaloncito viejo y un suéter de rayas desgastadas que le queda pequeño. De zapatos lleva unas viejas y empolvadas babuchas de hombre flojo. En sus manos habilidosas para el hurto tiene lo que debe ser una consignación. Debe ser que hace un mandado a algún abogado o ejecutivo. Me mira y yo lo miro como si no nos miráramos. Mientras se acerca a la ventanilla de pago no deja de mirar con frecuencia, como si quince años después temiera que yo le diera un pescozón. Mientras él espera su turno y yo el mío, en filas distintas, he recordado la forma cómo me estafó. Trabajaba para un medio regional, donde siempre iba el Debe López, aquel rey vallenato caído en desgracia, a pedirme prestado para un carro que jamás tenía gasolina. Un día entró el enano a ofrecerme el trámite para la placa de mi nueva moto. Yo Andaba, y él se dio cuenta, con una moto sin placa, embolatando a los agentes de tránsito con una tablilla que decía: prensa libre. Y me dejaban pasar sin problemas. Me arreglé con el enano “gestor”. Fueron solo cuarenta mil pesos, sin papel ni firma alguna. Era un viernes como hoy y los viernes son peligrosos para gastarse una plata en rama, ajena. El viernes la plata le pica a la gente en el bolsillo. El tipito tomó la plata para diligenciarme la placa con cierta ligereza de manos y un cambio de luces extraños en sus ojos vivos. Dio media vuelta y sólo alcancé a ver el canto de sus abarcas ganar la calle. Se perdió en un suspiro. En su manera como miraba hacia atrás, cuando abandonaba mi oficina, de la misma forma como lo hace ahora que ha llegado a la ventanilla del banco, supe que me había tumbado. Fue un corrientazo psicológico, una campanada de alerta, como hoy, entonces solté la risa.
-Pobre diablo, le dije a mi secretaria.
Ella simplemente abrió los ojos y encogió los hombros Y eso dijo mucho. Nos había robado. Esa platica como que se perdió, me dijo.
A mi vecino de cola le gustó el relato. Fue allí donde me refirió el cuento que su padre le echaba siembre sobre el negro flojo que le decía al amo:
– Blanco, deme dos reales, que yo le voy a traer una bola de oro.
…Y el blanco, que solo de blanco tenía el color de su piel, despepitaba sus ojos, con la codicia visible, entregaba los reales. A los pocos días, volvía el negro a pedir panela y arroz en cuenta de la anunciada bola de oro. Al cabo de cierto tiempo, cuando ya le había entregado algo de fortuna, el blanco preguntaba al negro:
-Aja, negro y… ¿Cuándo habrás de traerme esa inmensa bola de oro?
El negro se rascó su cabeza de pimienta, pasó una de sus manos por su enorme panza, se rascó un talón, trató de suavizar el rejo de sus abarcas, para responder:
–Cuando me la halle, patrón.
Así me había pasado a mí. Ese enano de mierda, ahora casi un ancianito, con canitas como copos de nieve sobre sus lacios cabellos, con su pantaloncito caído en sus nalguitas consumidas, me había robado de frente cuarenta mil pesos por unos trámites que jamás hizo. Era de la escuela de JC Caraballo, el ex agente de tránsito que se apostaba por los lados de la Gobernación, intermediando para licencias de tránsito y conducción. Los anales dicen que fungió como agente oficial del tránsito durante dos años y que en un cambio abrupto de gobierno, lo dejaron cesante, de modo que se presentó ante el Alcalde:
• Alcalde, vengo a rogarle que no me liquides mis cesantías.
• ¿Y eso, por qué JC? Preguntó el alcalde, con cierto interés.
• Yo prefiero que me preste el uniforme para rebuscarme.
No tenía el uniforme, pero JC vivió por muchos años de la actividad del rebusque, hasta que murió en una corraleja, enganchado por un toro al que le decían el chivo mono y al que trató de mantear borracho con solo un pañuelo. Jamás dejò de ser agente de tránsito hasta el día de su muerte, con uniforme o sin este.
Dos o tres veces me hallé al enano, después de haberme robado los cuarenta mil pesos en los contornos donde JC armaba su lazo y cuando me veía era como si hubiese visto al diablo. Yo le pisaba las abarcas sólo para verlo correr. Tenía una agilidad felina para atravesar la calle en medio del marasmo de motos y escabullirse como venado arisco entre los matorrales. Parecía sacado de una película Mexicana. A veces se me parecía al sacristán del Cristo de Espaldas, hombre de mirada huidiza, que no sabía mirar. Muchas veces corrí detrás de él sólo para verlo como huía, espantado. Cierta vez un agente de la policía se me brindo para capturarlo, pero le dije que lo dejara libre, pues me gustaba como despepitaba los ojos y huía entre la multitud sacándole el zigzag a la gente y al pesado tráfico.
Ahora que lo veo viejo, canoso y arisco, en el preciso momento en que la mujer rubia y desnalgada me gana el turno a la brava, pienso que aquel viernes como en este, en que cualquiera se gasta una plata ajena, tal vez el enano se gozó mi plata con alguna mozuela, porque alguna vez lo vi en una cantita de putas, bebiendo cerveza y levantando el codo con cierta delicia.
Su castigo, como el de todos, es llegar a la vejez sin haber atesorado nada más que un dudoso rebusque, en esta aldea, donde cada quien vive su propio drama, desde el encopetado ex gobernador, hasta el más simple rebuscador callejero.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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