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Las sátiras del hombre que era como una exhalación

JORGE GARCIA USTA EN SAN JACINTO.

 

Por  ALFONSO HAMBURGER.

 

Jorge García Usta vivió como una exhalación. Quizás como una brisa suprema, que se perdía en las esquinas, que aparecía en los parques, en los foros,  que era el primero en desbaratar las tertulias improvisadas en las calles o en el balcón interior en el segundo piso- eran solo dos pisos- de El Universal, en su segundo periodo, calle San Juan de Dios, porque siempre andaba de prisa, sudando a chorros, burlón casi siempre, satírico a veces, con su cuello ancho que se veía más ancho porque era robusto, bajito, rechonchito , siempre barbado y con una camisilla debajo de la camisa de mangas cortas que se le asomaba después del pecho de tabla, velludo. Engafado, de ojos inteligentes. No sé como sacaba tiempo para patear balón en las murallas, en la única actividad donde fue tosco, porque el resto era oxigeno en un ochenta por centro y el resto crónica y poesía.

Para mi fue un inmenso honor tropezarlo en mi vida, pero no fuimos amigos, apenas compañeros en El Universal, entre 1987 y 1989, cuando salí de allí una noche oscura con la seguridad de que no volvería. Ya él, que me tiró algunas pedradas y duras sátiras de sabio en la sombra, había salido.

–Si Jorge supiera lo que tu dices de él, te mataría, me decía Alberto Salcedo, y soltaba tremenda carcajada. Mis amigos de verdad eran Alberto Salcedo Ramos y Edgardo Olier Marrugo, con quien nos pegábamos una monda de billar y Buchacara pool.

García Usta vivía en un edificio vetusto, encaramado en una azotea, en el último piso, donde pocos llegaban, porque era imposible verlo reposando. Salcedo y Olier si tenían el privilegio de visitarlo en su patio alto y compartían sus inquietudes literarias.

-Ya vas para donde el hombrecito “cortico”, que vive encaramado como el gallo fino? Le decía a Alberto, porque sentía celos de que Usta los influenciaba a todos. Solo faltaba que le pusieran una vela. Sin duda, nos mirábamos con recelo, pero eran vainas mías, por ese espíritu San Jacintero, de creernos más que todo el mundo. De modo que jamás hicimos un dialogo formal, porque siempre estaba mamando gallo, con sus libros bajo el brazo y sus bracitos velludos. Y sus camisillas  por dentro.

Nuestra mutua anti patía- soy antipático muchas veces al día-  se consolidó cuando por iniciativa propia- no creo que Jorge tuviera jefe- el día que se prsentò en mi casa de San Jacinto a la hora del desayuno y mi madre- que estaba viva, no podía ser de otra manera- le ofreció comida, pero no esperó y con las mismas que llegó, salió . Nos fuimos caminando hasta la Loma de Santander, que era de punta a punta, donde Toño Fernández nos recibió en la puerta de su casa y lloró a cada pregunta. Yo, que era el corresponsal de San Jacinto y que había desperdiciado al maestro Toño porque le perdonaba su llanto, apenas me dediqué a observarlo cómo apuntaba algunas cosas en una libreta pequeña- nada de grabadora- y algunas de esas frases las metía en un círculo.

En realidad, ya Toño casi no hablaba, apenas decía que siempre fue el jefe y que nadie estuvo por encima de su cerebro. Fue un ratico apenas, porque Jorge se fue solo al barrio La Gloria, donde vivía Andrés Landero.

Para el trabajo que hizo, dos crónicas supremas,  magistrales, que están en el libro Diez Juglares en su patio, en compañía de Alberto Salcedo Ramos, deduzco que regresó a San Jacinto, pero comprendo que yo en nada le iba a ayudar.  “Toño Fernández, el hombre que era mas que todo el mundo”( ninguna descripción más exacta) cuyo texto introductorio, en primera persona me lo sé de memoria, ha sido el trabajo más importante que se le ha hecho a Los Gaiteros de San Jacinto, porque los señala como el aporte más grandioso en la internacionalización de la cumbia. Su exaltación es meritoria.

Yo había llegado a El Universal contra mi voluntad. No necesitaba trabajar, porque vivía bebiendo ron en San Jacinto, en el hotel de mamá y me daban terror las ciudades. Alberto Salcedo Ramos y Edgardo Olier,con quienes me tropezaba en las escaleras de la Universidad Autónoma del Caribe en Barranquilla, me impulsaron para sacarme del estado de bohemia en que andaba. Y cuando hubo una vacante en Montería, me impusieron por encima de los propios monterianos. Pero Monteria era un infierno sabroso con mil muertos anuales por la guerra y pronto me retornaron a Cartagena, donde me hallé las historias del Filo y El Farolo.

Siempre tuve la tendencia de editorializar y de escribir en primera persona y fue allí donde apareció Jorge García Usta, burlón, suspicaz. Yo era un atrevido, que poco leía, de modo que cuando Jorge me comparó, en medio de su burlita, con alguien famoso que yo desconocía, quedé en el limbo.

En ese tiempo yo era como un ascensorista que se perdía todas las historias. Como era el redactor judicial, era el primero en salir a la calle con un chofer y un fotógrafo.  Ellos, que eran los chachos, Alberto Salcedo, Gustavo Tatis, Edgardo Olier, Jorge Garcia Usta , Gerardo Araujo, Alberto Martínez, El panty,Carmelo Bolaños, Oswaldo Bustamante, Rosario Meléndez y otros, se adueñaban del pasillo del balcón, tomando café y jalándole la pita a todos.

Yo me perdía aquellas cofradías, verdaderas clases de periodismo, que en esos tiempos se aprendía en los burdeles y cafeterías, con los maestros. Yo salía y me metía entre los tertuliantes y algunas veces, entre risas, escuché que Usta me decía el maestrito y me comparaba con alguna figura.

En las mañanas yo no tenia tiempo de integrarme a aquellas tertulias magistrales y por las tardes Jorge no nos acompañaba al billar, porque siempre andaba de carrera.

Sin proponérmelo, aunque fugaz y haciendo crónicas judiciales por imposición, hice parte de uno de los dos periodos mas importantes de El Universal.  En el primer Gabo, Clemente Manuel Zabala, Rojas Herazo, el maestro de la Espriella, Ibarra Merlano y tantos eruditos de la literatura y el periodismo y esa etapa intermedia, cuando arranca el offset , con Garcia Usta, Salcedo Ramos y Tatis Guerra, sin demeritar a otros. Ellos tres suman más de cuarenta premios y marcaron esa época, de la que me evadí porque le tengo miedo a la sangre y preferí meterle la cabeza al monte.

Confieso que no entendía la poesía de Jorge y apenas hoy, veinte años después de su muerte , es que la disfruto y trato de descifrar sus carcajadas y también sus sátiras burlonas, mientras se perdía en las esquina con unos libros bajo el brazo, porque quería comerse el mundo.

 

 

 

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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