Crónicas

LAS CENIZAS DE PEDRO ALQUERQUE

LAS CENIZAS DE PEDRO ALQUERQUE.
– Una historia que se resiste a morir bajo los incendios.

Por Alfonso Hamburger

Pedro Alquerque no murió cuando murió, sino que pudo haber muerto definitivamente para la historia la madrugada del cinco de diciembre del año 2016, cuando caía una pertinaz y cósmica llovizna sobre Sincelejo, mientras un voraz incendio acababa con la oficina del abogado e investigador cultural Inis Amador Paternina, ubicada en el segundo piso de un vetusto edificio de la calle del Comercio, arriba de la antigua Empas.
Se especuló mucho sobre aquel extraño incendio mañanero, pero nunca se supo a ciencia cierta si fueron manos criminales las que provocaran la catástrofe o por un corto circuito fortuito, propio de una oficina que ha quedado sola en la noche. El doctor Amador no se suicidó porque siempre ha sido un hombre bien plantado, acostumbrado a capotear tormentas y huracanes. Era, hasta entonces, la única voz incómoda para los corruptos de la ciudad, aguijoneados por su palabra punzante y severa en solo cinco minutos cívicos previos al inicio de su programa sabatino “Fiesta Brava”, que transmitía por Unisucre FM Estéreo.
En aquel incendio cósmico habían quedado centenares de todo tipo de procesos legales resumidos a cenizas, pero más allá de aquellos folios judiciales, el fuego había consumido piezas históricas memorables que muy seguramente algún día serán inventariadas, entre más de mil libros seleccionados, piezas de museo, cuadros, retratos, trofeos, ceniceros, discos de colección, pero sobre todo, la memoria de Pedro Alquerque, quizás el Francisco el Hombre de La Sabana.
Cuando surgió la disputa vallenata inútil entre La Sabana y el valle, atizada con la publicación del texto Vallenatologia ( 1972) de Consuelo Araujo Noguera, que sólo hablaba de los héroes vallenatos y su autora nos había señalado de “vallenatos sabaneros”, o sea, a una condición desmejorada del vallenato, como si éste fuese la madre de la cumbia y acá fuésemos unos imitadores de su música tan afamada, surgieron voces apresuradas en el intento de atajar aquella avalancha que se venía encima.
Todo sucedió con la activación del Festival Vallenato (quien no tocara el ritmo aquel era como si no tocara nada, Dijo Adolfo Pacheco), en donde se salvaron pocos, porque las emociones le dieron un sesgo brutal a la polémica. Tan sólo quedó “la hamaca grande”, donde hoy se mecen todos los ritmos. Allí, en su vientre maternal, cabe toda la cultura. Adolfo Pacheco, un distinguido profesor, quizás sin proponérselo encabezó un movimiento de resistencia a atreves de canciones, porque los principales medios de comunicación estaban en manos de gente de aquel lado del rio. El distinguido profesor, nos dio lecciones de sencillez y decoro. Fueron los tiempos en que nacen, como respuesta no solo la hamaca grande y otras canciones memorables como Los Sabanales, sino el Festival Sabanero del Acordeón, en 1974, donde algunos directivos, con la malignidad propia de los políticos que cabalgarían sobre el lomo de Sincelejo más de treinta años, se inventaron la figura de Leopoldo Salazar, a quien hicieron retratar, ya viejo, descalzo y descamisado, con un acordeón prestada. Ni siquiera tuvo aliento para abrirla y tampoco le pusieron una camisa para justificar la foto. Después aquella foto fue exhibida como pieza de museo, pero sin demasiado sustento probatorio de que Poldo tocara bien el acordeón. En realidad no tocaba nada, subrayó alguna vez Oswaldo Ruiz, maestro de la tonalidad menor. Salazar no era más que un maromero que se hacía el palo de coco para divertir a los comensales de paso que pernoctaban en casa de Hipólita Bertel Monterrosa, Pola Bectè, una rifera y bailadora de fandangos memorable. Rifera era no solo la mujer que vendía panes rejugados en las corralejas, sino que cobraba plata para que los “niños bonitos” bailaran con las muchachas agraciadas de su estirpe y si pagaban bien se las llevaba para las pajas. Era una especie de intermediaria. Presentaba muchachas, mucho tiempo antes de que surgieran los carteles de San Carlos, Majato y Las Margaritas, actividad frenética después con la aparición de la mototaxi y el celular, que cambiarían el modus operandi de uno de los oficios más antiguos del mundo. La prostitución.
A Poldo le quisieron atribuir la longevidad de Francisco El Hombre, que había sido presentado por Gabriel García Márquez como un hombre muy viejo, ya casi llegando a los doscientos años, que llevaba la música como el bostezó.
Otra versión, también sustentada en la oralidad, expuesta por el arquitecto Rafael Hernández Urueta, señala que Salazar si tocaba acordeón en el formatico de bandita peor en nada, que tenía sus años al morir y que era hijo de una guerrillera que había peleados en la guerra de Los Mil Díaz. Nada más. No se conocen canciones.
Hoy, en la esquina de la plaza cultural Majagual se yergue una estatua a Pola Bectè, elevada a heroína; de Poldo Salazar queda un retrato y un monumento al loco pio, el transportador del agua, que no era tan caído del zarzo, como se creía.
Aquellos impensados directivos, con excepción de algunos pocos, entre quienes se salvaba el periodista Cesar Corena Urzola , quien le respondía a Consuelo Araujo por el periódico El Espectador, le hicieron un daño casi irreparable a la historia, como el mismo fuego que acabó con la oficina del doctor Inis Amador. Corena Urzola , quien también era compositor, murió muy joven de un tumor en la cabeza, lo que provocó canticos elegíacos . El acordeón no había sido muy apreciado en la sociedad sincelejana, quizás por la diversidad musical que siempre la ha habitado, donde las orquestas, los pitos, las gaitas y las fusiones han primado. La mayoría de cultores del acordeón provinieron de otros municipios y corregimientos. Con Calixto y Eliecer Ochoa, Julio de la Ossa y Harold Rivera, Sincelejo acogió cuatro reyes vallenatos. Hoy sólo queda Eliecer.
Cuando me puse a escribir “En Cofre de Plata, muisca corraleja, de la plaza de Majagual a la Modernidad”, primer libro sobre la música sabanera, fueron pocas las investigaciones formales que hallé, por eso Manuel Huertas, quien era acucioso, antes de morir, lo calificó bien, augurando nuevos trabajos, pero confieso que después me fui por otros vericuetos de la literatura, ante el poco estímulo para esta incomprendida labor en La Sabana. Había poca referencia bibliográfica. Sólo hallé un opúsculo sobre Pola Bertel, escrito por Manuel Huertas Vergara. La bailadora había sido uno de los descubrimientos de Amador Paternina. El Festival Sabanero que presidí en el año 2001 en homenaje a Adriano Salas, del que quedó la revista AKordion, fue suspendido después de su inauguración por el entonces alcalde Jorge Ospina Vergara, más tarde condenado por ponerle una vela a los paramilitares y otra a los guerrilleros. Después, el Festival cayó en diversas manos, hasta que desapareció en manos de personas que ni siquiera rindieron cuentas públicas de sus actuaciones.

II

Desde que regresó de Barranquilla con el cartón abogado de la Universidad Libre, Inis Amador Paternina descolló por su inteligencia y temperamento. No sólo recogía datos de la historia y el folclor, sino que se mezclaba con ganaderos, manteros, garrocheros, amarradores de a pie, comerciantes, manteros , hacedores de la tradición y comunidad en general, que le servían de sustento para todo tipo de crónicas, que exponía en la radio con gran sapiencia, fundando varios programas radiales de gran sintonía. Confieso que un domingo, a mi llegada a Sincelejo, en 1993, al escucharlo ya al final de su programa de Radio Chacurì, sentí un gran interés y pegunté por qué esa persona no estaba en otra ciudad, quizás en Bogotá. Su palabra era cautivante y sabia, incluso regañona y sobrada. A veces parecía una voz altanera, pero el hombre sabía mucho. Y la manera de exponer sus argumentos de nonata conocimientos en la materia. Un Juan Gossain le quedaría pequeño.
Amador Paternina tenía apenas 23 años cuando monta su primer programa, desprevenidamente, sin ningún tipo de afán, para comentar las fiestas del Veinte de Enero, que no era solamente corralejas, porque se hacían cumbiambas y fandangos muy concurridos en las plazas Olaya Herrera y Parque Santander. Era, además el secretario de la Junta de las Fiestas, en 1980, cuando se cayeron las corralejas. Uno de aquellos programas iniciales, “Fiestas Inmortales del Veinte de Enero”, que hacía en compañía del colega abogado, Ramiro Vergara Alvis, por Radio Majagual, fue escuchado por Agustín Gomezcasseres, director del periódico El Cenit, un periodista que había atravesado intacto por el siglo veinte. El reconocido periodista, quizás el primero en poner notas del folclor en la primera página del memorable impreso, que había sido fundado en 1923, se le presentó en la emisora para entregarle un regalo. Se trataba de la colección completa del diario, que estaba ya en sus postrimerías, en los años setentas. En su intuición de sabio, el periodista Gomezcasseres estaba entregando a aquel joven una mina de sabiduría, en la que estaban los soportes de casi un siglo de historia del folclor de La Sabana. Aquel legado, fue el dolor más grande, en la quema del cinco de diciembre. Allí también cayó Pedro Alquerque, cuya historia divaga en una oralidad cada día más difusa.

III.

Al doctor Inis Amador , quizás el mejor contador de historias del Caribe, con su palabra que canta, se le critica que no haya publicado un libro, quizás aferrado a su prodigiosa memoria, de donde ahora nos trata de deleitar con la jerarquía de Lile Guevara, Francisco Piña ( que provenía de San Jacinto) y Pedro Alquerque, quienes eran unos formidables merengueros. Fueron ellos quizás, al principios y mediados del siglo XX, quienes unieron el acordeón con las gaitas y la música de vientos como tal. Sobre el particular, el arquitecto Rafael Hernández Urueta sostiene que el modelo provenía de la región Alpina de Europa, pero que los sabaneros, que se hacían llamar El Grupo de Astillòn, usaban un bombo más pequeño, mandado a hacer especialmente, para que su fuerza no ahogara los pitios del acordeón, que eran muy precarios. Usaban acordeón de dos hileras de botones y bajos, redoblante, bombo pequeño, platillos, clarinete y a veces trompetas. No tocaban paseos. Sostiene que el paseo provino de San Jacinto, haciendo un recorrido que llegó a varios pueblos, entre ellos San Pedro el de Genaro y Sorayita Villamil, en los tiempos del acordeón.
Inis Amador, recuerda que la primera Banda de Músicos de Sincelejo, La Horizonte, hacia 1910, fue conformada con artistas del patio, con instrumentos traídos de Cartagena.
Una versión de que hubo el nombre de Los Corraleros de Astillón de Pedro Alquerque antes de Los Corraleros de Majagual, se cayó por falta de sustento, como fue tumbado el nombre del Cacique Chinchelejo, que según el historiador Edgardo Tamara Gómez, fue otro invento. Tamara casi muere de pulmonía revisando documentos de los cronistas de Indias en los anaqueles de Bogotá y aquella palabra jamás fue reseñada por la historia.
El nombre de Pedro Alquerque siempre estuvo signado por el fuego. En marzo de 1912, un voraz incendio ocasionado por un torpedo, consumió medio Sincelejo. Una de las viviendas afectadas fue la Casa Musical donde reposaban los instrumentos de la banda municipal, que fueron consumidos por el fuego. De los instrumentos que quedaron en medio de las cenizas, especie de astillones, conformaron el grupo de Pedro Alquerque, por eso les llamaban el Grupo de Astillón. El nombre corralero se lo metió la imaginación de algunos historiadores.
Amador Paternina menciona los nombres de los carpinteros Canuto y Melquiades Brieva, quienes hacían los instrumentos y tocaban durante los descansos del mediodía para acompañarse y así se fueron organizando los primeros grupos. El Cenit, periódico que reseña esos sucesos, estuvo vigente entre 1923 y los años setentas.
Como no existían pruebas escritas de la mayoría de los sucesos, Amador se sustenta en que el ganadero Arturo Cumplido Sierra, quien fue su amigo, muerto en el año 2009 a los 93 años, le ratificó aquellos hechos musicales.
Sobre la prestancia musical de Leopoldo Salazar, a quienes llegaron a presentar como el homólogo de Francisco el Hombre, el arquitecto Rafael Hernández Urueta, refiere que si tocaba acordeón y que su longevidad fue cierta. Aquello seria comprobado por el músico Francisco Vidual, más conocido como Zapato Viejo, quien también murió hace unos veinte años, casi rayando los cien años.
Hipólita Monterrosa Bertel ( 1871-1937), tenía 16 años en plena celebración de la constitución de 1886, donde descrestó con su cintura al son de una banda que había llegado de Cartagena, lo que despertó el celo de su padre , que la envió a la región de Coraza, en la parte rural. Después habito en Sincé. Dicen que ante sus calenturas, el padre Pascual Custode del Becchio , en un acto de moralidad le envió un acolito con el mensaje de que le habían dicho que era una mujer de la vida y ella le respondió que prefería ser mujer de la vida y no de la muerte.
Leonidas Villamil, quien tocaba acordeón, con quien también tuvo su enredo amoroso la bailarina, ayudó a ponerle los versos a una canción hecha a pedazos por el pueblo ( Pola Bertel, Pola Bertel, tu fama te la quité)
Pedro Alquerque, quien habría enseñado a Poldo Salazar, era capataz de los carga muleros, con Leonidas Villamil, quienes llevaban esas recuas de mulas a Tolú, done llegaban las acordeones.
DON JOSO EN SAN JACINTO.
San Jacinto es un entramado musical muy ancestral, donde se tejen una serie de apellidos memorables de la música, algunos traídos por los españoles y otros llegados de otras partes, en un mestizaje avasallante, que lo ubica como uno de los pueblos más ricos en el folclor, mundialmente.
El Maestro Adolfo Pacheco cada vez que abre la boca nos entrega noticias musicales. Desde los seis años se les pegaba a los músicos que contrataba Mercedes Anillo, su madre, para amenizar bailes en El Gurrufero, un salón de diversión que estuvo en tres puntos distintos.
Mercedes, que tenía la habilidad de los Anillo para el negocio, fue fundamental en el avance del Gurrufero, que se quedaría para siempre en la memoria de Colombia por su mención en el merengue El Viejo Miguel. Se acabó el dinero, se acabó todo hasta el Gurrufero.
El nombre de José Manuel García Batista, cuyos anales están inéditos en los archivos de la parroquia de San Jacinto, donde nadie los ha pedido, apareció primero en el tema “Canto Faroto”, de Miguel Manrique, con el que ganó el festival Sabanero de Sincelejo hacia 1976, donde habla de que “en aquellos tiempos no era mito el acordeón el viejo Alandete lo tocaba y se escuchaba a Demetrio Calderón…”
Calderón resultó ser pariente de Juan de La Cruz Acosta Vásquez, que se hacía llamar Calderón, quien llevó la música costeña a Bogotá antes de que Lucho Bermúdez ayudara a posesionarla. Nació en San Jacinto en 1909 y murió en Bogotá al final del siglo XX, dejando piezas como el fandango “Vámonos Caminado” , “La Celestina” y “San Jacinto”, entre otras.
Adolfo Pacheco conoció a José Manuel García, “Manta e Lana”, o Don Joso, en el Gurrufero. Mercedes Anillo, su madre, llevó por primera vez a ese salón músicos de acordeón, siendo García un gran animador. Se hacía acompañar de trompetas de palo, redoblante, bombo y redoblante.
También recuerda de aquel grupo a Misà, diminuto de Villamizar, que tocaba el redoblante y a Demetrio Calderón o Acosta Calderón, también de una familia de buenos músicos, emparentados con el gaitero Juan Lara Acosta.
A García le decían manta de lana porque cargaba una tela de paño que se ponía en las piernas para que el acordeón- que no tenía correas- no le dañara el pantalón. Se dice que la correa para tocarla de pies, se la puso Ramón Vargas, después de la llegada de Calixto Ochoa, hacia 1953.
La trompeta la tocaba Lucho Panduro, que era un isntrumeto de madera y le servía solo para mímica, porque en realidad los sonidos los sacaba de su propia boca. Era todo un espectáculo verlo. Era ingenioso porque no era fácil adquirir una trompeta de verdad en aquellos tiempos, donde algunos instrumentos ( como el piano) estaban al servicio de los luteranos y las trompetas en manos militares.
Adolfo Pacheco, de seis años, se les pegaba a los músicos. Veía que al frente del Gurrufero había un estanquillo, de propiedad de un señor apellido Romero, abuelo del Peky Romero ( cajero de Andres Landero), donde se presentaban Carlos Araque y Pacho Rada y esos los motivo con el acordeón. Allí conoció a Manuel Zapata Olivellacuando llegó en busca de Los Gaiteros y a Aníbal Velázquez, que alcanzó a grabar Las Miradas de Magaly, de Andrés Landero, como suyas.
Queda una pieza de Don Joso, que no era paseo ni era porro, llamado la desgracia de García, donde anuncia que cuando se muera no lo vayan a enterrar porque tenía plata para que lo mandaran a embalsamar.
Pcheco estuvo reconstruyendo la letra con Juan Chuchita, pero ya la tenía embolatada en las nebulosas de la memoria.
Hacia el año 46, cuando Adolfo se le pega literalmente a Don Joso y en una noche se queda dormido en la tarima y el músico lo escupe en la cabeza, ya el acordeonista tenía como 75 años, por lo menos. O sea, que habría nacido a mediados de la década de los 80 del siglo XIX.
Le pregunto a Adolfo cómo era Juan Manuel García Batista, Don Joso, y me hace todo un recorrido por los apellidos que poblaron a San Jacinto, entre los García, Los Ortega y Los Villa, y cae en la cuenta de que Don Joso era un negro con armadura de blanco, de nariz fileña, negro, pero de pelo liso. Busca en sus recuerdos y encuentra que don Joso era muy parecido a su hijo Miguel Adolfo Pacheco, fino.
Enseguida aprovecha para aclarar una polémica que generó un tema que le dedicó a su hijo, que son de los Lora legítimos, descendientes de Don Pedro de Lora, corregidor de San Jacinto una vez lo refundaron los Españoles.
Los otros, advierte, eran descendientes de Negros, pero uno de ellos se casó con una sanjuanera de apellido Diago, blanca, pecosa y de ojos azules, entonces subieron de status.
…Y todo ese mestizaje, ha pesado en la música de San Jacinto, tan diversa y tan rica.

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