Por Alfonso Hamburger.
A sus ochenta y dos años cumplidos, rumbo a los ochenta y tres, Adolfo Pacheco Anillo le había partido varias veces el gancho a la muerte.
Incluso,muchos de sus amigos y personajes más queridos se habían ido para el cementerio,como Mercedes Anillo, El viejo Miguel Antonio,Juan y José Lara, Toño Fernández, Praxisteles Rodríguez, Ramón Vargas y Andrés Landero, Rodrigo Barraza Salcedo, Nelson Henríquez, José Domingo Rodríguez,el distinguido profesor ,José de la Cruz Rodríguez el de gallo Bueno, Su hijo Andrés Pacheco Serrano y antes Yoli- que servía el trago y se le media a todo- Pello y Paco Lara, que era el juez, venido de Corozal.
De modo que Enero, el mes más limpio de Los Montes de María, lo iba transitando satisfecho,lleno de felicidad. Era el mes del mochuelo. Iba desprevenido, en pantalón recortado y sin el cinturón de seguridad. Llevaba su camioneta gris repleta de abundancia y generosidad. Había recogido 19 bultos de maíz de una sueficiente cosecha para no presentarse con las manos vacías ante sus amigos a lo largo de la carretera. Tenía una cría de gallos finos,que era su otra pasión. Estaba destinado a morir con las botas puestas. Era un emprendedor, sencillo,descomplicado, que parecía picarle la plata en el bolsillo. Aún ya crecidos, era desprendido con sus hijos.
Adolfo tenía casi cincuenta años de convivencia pacífica con la diabetes,esa que no pica ni mortifica ni da dolor. !Ay que ricura de enfermedad,que quita hasta las ganas de trabajar!
Ado ya estaba por encima del bien y del mal y le importaba poco que le dijeran vallenato.
Herasmo Torres Fernández, hijo de Nato, quien fuera su gallero preferido en San Jacinto durante toda la vida- Nato fue otro de los que se le adelantó en el camino para el cementerio -se quedó esperando en Sincelejo , donde le tenía listos cinco gallos finos para las fiestas del Veinte de Enero, concentración fijada para el 21.
Adolfo no contento con los cinco gallos que Herasmo le tenía listos en Sincelejo iba para su gallera en el Atlántico por cinco gallos más, cuando le pasó la mala hora, el viernes 19 de enero después de las dos de la tarde,transitando por Calamar.
La última vez que vi con vida a Pacheco fue el cuatro de enero por la tarde en la terraza de su suegro Rubén Anillo y se persignó cuando vio a Miguel Manrrique a mi lado,mientras yo conducia el palomo blanco. Miguel le decía Catapila y Adolfo le decía El maligno.
El diez de enero , Adolfo Pacheco se presentó en su camioneta al taller de Eduardo Caro,en La Variante de San Jacinto. Quería que Eduardo le cambiara la batería de la camioneta,porque estaba apagosa. Además, se halló una manguera del agua rota. Se recalentaba.Se arreglaron por quinientos mil pesos.
Cuando Adolfo iba a despedirse Eduardo – que cumple años los 20 de enero con un parrandon- lo tomó por el hombro y lo llevó hasta la jaula de los pájaros, que colgaba de las ramas de un laurel, le dijo:
–Mira, Ado,estos pericos amaestrados cantan la hamaca grande.
Eduardo silbó la canción y los loros le hicieron el coro.
Adolfo,en abarcas y con una boina como con la que fue enterrado, se limpió el sudor con el poncho que llevaba enrollado como manta en el cuello- el mismo que cubrió sus heridas en el accidente – y con una sonrisa picarona, bromeó:
— Esos son muy bonitos,se parecen a los hermanos Lora.
Fue quizás su última broma ,porque Eduardo se quedó esperandolo. Fue uno de los pocos músicos que no habia asistido a su fiesta.
Las informaciones aún son especulativas. El accidente ocurrió antes del peaje de Calamar, donde la carretera parece una autopista e invita a correr. Ado iba dormido y sin el cinturón de seguridad para no afectar un dispositivo electrónico para corregir una arritmia de su grande corazón.
Adolfo iba en el asiento delantero,como copiloto. El auto, al sufrir la avería tira hacia la derecha, sin estabilidad y recorre por una cuneta del drenaje y sigue sin control,hasta estrellarse con un registro,que es una mole de concreto rigido. El golpe fue fatal. La bolsa de seguridad o airbag se dispara del lado del conductor, quien sufrió golpes moderados. La del lado derecho no se dispara,de modo que Adolfo golpea con el craneo el vidrio panorámico ,que se hace añicos.
Viene entonces el posible paseo de la muerte y que podría conllevar una demanda contra la clínica Jaller de Barranquilla, por posible negligencia médica. Estas entidades que ven la medicina como un negocio a través del SOAT, operan como gallinazos, que vislumbran en un accidente la posibilidad de ganarse la lotería. Ellos mantienen una especie de caza recompensas en los municipios. Es una ambulancia que recoge los heridos y después lo exprimen según lo que les garantice el seguro. Adolfo Pacheco tenía medicina prepagada en una EPS que socorria sus casos. Ya le había partido el gancho a la muerte en plena pandemia dos veces. Y a la voz de Adolfo Pacheco la clínica ganaba publicidad, como pasó con la clínica donde estuvo en Sincelejo, custodiada por cazanoticias y reporteros de todo tipo.
Adolfo era un inquilino, un paciente de fama.
El accidente ocurrió a las 2:15 minutos del viernes 19 de enero, dos días antes de la última concentración en Sincelejo y sólo fue atendido con todo rigor doce horas después, cuando fue recluido en la. clínica General del Norte de Barranquilla.
Según su hijo, el médico Miguel Adolfo Pacheco Lora, la atención no fue oportuna.
Adolfo fue llevado a la EPS de Calamar paralos primeros auxilios. El médico lo valoró bien. Adolfo no dejó de hablar. Se quejaba de un dolor en las costillas. Recuerden que cuando casi se lo traga un arroyo de Barranquilla – llevaba tres millones de pesos en la guantera del auto – lo amarraron con cabuya y al jalarlo para sacarlo le partieron varias costillas, heridas que muy seguramente se le resintieron esta vez en Calamar. Una de esas costillas le perforó un pulmón, por dónde sangraba ,pero no era grave, si el diagnostico hubiese sido más temprano.
Adolfo habló bien con un familiar. El médico le preguntó por su nombre y respondió que soy Adolfo Pacheco Anillo,oriundo de San Jacinto.
El médico, para estar más seguro de que no estaba mal, le preguntó por algunas de sus canciones y Adolfo respondió: La hamaca grande, el viejo Miguel, El Mochuelo, Mercedes, Me Rindo Majestad, el hombre del espejo, El Tropezón, El pintor, El cordobés.
El golpe ,que le produjo politraumatismos en el cráneo no era grave, porque no había hinchazón. Era tratable con medicina, pero ojo, había una pequeña hemorragia interna,que se filtraba
Mientras los mercaderes de la medicina pensaban en el botín – a ver cómo se consumían el último peso del SOAT, Adolfo empezó a morirse.
Un experto del tema indica que Adolfo debió ser atendido inmediatamente con su carnet de Sanitas o no sé qué EPS.
Duró seis horas en Calamar y seis mas- demasiado – en la clínica Jaller, de donde fue transferido a la Clínica General del Norte, más dotada para esos casos.
Conseguir una máquina para la diálisis no fue fácil, pero se logró, gracias a las relaciones. No era cualquier don Juan de Los Palotes. Era para que las clínicas se pelearán el paciente.
Adolfo llegó a las dos de la madrugada a la clínica general del Norte, casi doce horas después del accidente.
Yo estaba con mis hijas en una pizzería en Sincelejo,en mi auto, el veinte de Enero por la noche, cuando Juan Carlos Díaz compartió el primer informe de la clínica por WhatsApp, me puse a llorar. La cosa no era para estar tranquilo. El estado del paciente era de pronóstico reservado. Tenía enfermedades de base muy delicadas. Politraumatismos en el tórax y en el cráneo. Lo sometieron a diálisis de 72 horas. Intubado. Un hombre que le gustaba hablar y comer, estar intubado es como una tragedia.
Adolfo Pacheco Junior, quien recibe todo el peso de su sangre, voló de Bogotá a Barranquilla y cuando entró a la Sala de cuidados intensivos y le habló a su padre, éste empezó a moverse como si quisiera decirle algo. Adolfo era fuerte como un búfalo.
Fue el mejor síntoma de mayoría. De allí en adelante solo quedaba esperanza y oración. Vivía pegado a las máquinas.
En un segundo informe la clínica habla de haberse reunido con la familia para ir suavizando el golpe final. La asesoría profesional.
Miguel Adolfo dice que empezó a preocuparse cuando vio los pies de su padre un poco hinchados. Ya su cuerpo estaba muy afectado. Su estado era de dolor, hasta la madrugada del 28 de enero, cuando Dios lo cargó en su brazos de amor.
Después todo fue confusión.
Los papeles de las clínicas deben revelar si hubo negligencia médica.
Vendrán acciones.
El 30 de enero, a las 3,05 de la madrugada entró a la plaza principal de San Jacinto los despojos mortales del juglar de los Montes de María. Fue una gélida madrugada. Sólo con el licor se podían apaciguar las emociones. Las sirenas de la Policía irrumpieron en escena en medio de la hamaca grande que sonaba en los parlantes, las luces de la patrulla eran más intensas que de costumbre, la muchedumbre en que se había convertido la larga espera, se abalanzó sobre el carro fúnebre y después las filas para comprobar con los propios ojos que no era mentira, que Adolfo Pacheco, vestido formalmente, con la misma boina volcheviquesca de los últimos años, con su cara fina, como de canto, y su piel cetrina, era el que apenas levantaba su vuelo de mochuelo para la eternidad. Se había salido con la suya.
Quienes lo lloraron en Silencio se emborracharon y no aguantaron las ganas de bailar, porque el había advertido de que tantas vainas con el difunto.


Pocho, excelente crónica, Adolfo la hubiese convertido en canción; saludos, un abrazo!