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la Iglesia de San Jacinto y la Seño Viña

iglesia de san jacinto dos SEÑO VIÑAIGLESIA DE SAN JACINTO29 AÑOS DESPUÉS DE LA SEÑO VIÑA.

El cuatro de febrero se cumplieron veinte y nueve años que enterramos a mamá: la famosa e inmortal Señor Viña. El tres, que fue el día de su muerte, fuimos a la parroquia de San Jacinto. Muchas cosas me impresionaron, más allá de la remodelación tardía del parque de Los Gaiteros, cuyas obras parecen abandonadas, pero la plaza vieja recobra su altivez. Lo primero que observé, fue la majestuosidad de nuestro iglesia de rancho, por la que tanto fue criticado nuestro sacrificado sacerdote, Javier Ciriaco Cirujano Arjona, nacido el siete de noviembre de 1925 en España y asesinado por el EPL en las montañas de María en Mayo de 1994, cuando yo estaba en Sincelejo. Es una iglesia majestuosa y distinta a todas, quizás haciendo alusión a nuestros vara en tierra tan prácticos y que usan nuestros campesinos para acampar. Sus pilotes son severos, se levantan dese abajo y se encuentran en lo alto, haciendo vértice en el techo, dejando abajo un espacio amplio y fresco, donde hay cuatro filas de bancas, mientras la parte inicial tiene sillas. Estuve en Toluviejo, el pueblo más antiguo de Sucre en el sepelio de Luis Enrique Escobar Mercado y pude comparar. Nuestra iglesia san jacintera tiene visos de majestuosidad, por su amplitud y su comodidad.
Antes de iniciar la misa eché un vistazo al camellón lateral, frente a la Farmacia de Jose Hamburger y la sede del Consejo Municipal. Es un lugar viejo y añorado, porque allí hacíamos las reuniones de Judelma, Juventud del Mañana, de la que hacia parte con Mustafá Viana y Juan Carlos Gutiérrez, entre otros. El lugar parece vetusto, abandonado, los pisos vetustos y la puerta de acceso, con un candado. Allí saludé a Duvis Teresita Arrieta, siempre tan amable y pendiente de las cosas de la Parroquia. Ella, irremediablemente, me trae los recuerdos de Álvaro ( qepd) su hermano querido y mi mejor amigo de parrandas universitarias. Álvaro siempre quiso dos cosas: que Jorge Oñate grabara con Alfredo Gutiérrez ( eran sus más grandes ídolos de la música de acordeón) y que San Jacinto recuperara para el pueblo “El camellón de la iglesia”. Su idea no era descabellada. Eso, con la ceiba que ya no está, eran espacio público, zona ludida, de tertulia y de bohemia. El padre Javier Cirujano, celoso del orden y de las reglas, se adueñó del espacio. No sé si es de la curia o del Municipio, pero sería bueno tratar ese tema, porque en un eventual expansionismo del parque, ese sería un buen espacio para propiciar tertulias lúdicas, como en antaño. Ese espacio está sub utilizado y le quita belleza al centro. Abierto y bien usado sería una gran posibilidad de reutilización.
Hace 29 años, en la homilía de despedida a mi madre, el padre Javier Cirujano Arjona, en un discurso papal, irremediablemente racionalista y práctico, habló del tiempo. Este no pasa, es estático. Los que pasamos somos nosotros, pero cielo y tierra no pasara, más su palabra sí tendrá vigencia. Es el concepto de Ortega y Gasset, también español, en lo que se basaba Cirujano para sus discursos de intelectual, a veces demasiado elevados para la audiencia, por eso muchos no le entendían.
El pasado viernes, 29 años después de recordar el discurso de Cirujano, naufragué ante unos pichones de cura, que parecían poco acoplados a la hora de encarar la misa. Parecen jóvenes seminaristas. Y ahora los curas se han tomado el discurso populista del padre Alberto Lineros, quien con una jerga arrastrada, con algunos vallenatos, trata de recobrar la audiencia de una iglesia en competencia con el desarrollo de la constitución, que nos da liberad de cultos. No quiero criticar a los servidores de nuestra iglesia, pero pasamos de la ortodoxia de Cirujano, que pese a que pocas veces usaba sotana, montaba yeguas en pelo y construía iglesias y colegios, con su palabra profunda y su acento español impecable, era una autoridad. A veces era incómodo por sus posiciones políticas, pero después de su muerte, su vacío no ha sido llenado eficientemente.
El padre actual, me dicen que de Arenal, es todo lo contrario a Cirujano. Es un joven de aspecto indígena, de gafas finas pero modernas y debajo de la sotana- es alto- en sus pies tenia alpargatas. Ya era casi de noche y no vi muy bien su rostro, pero creo que tiene un aire a Diomedes Díaz, arrastraba un poco las letras al hablar, los sonidos, hacia un gran esfuerzo por esconder su golpe costeño y durante su homilía se vio que hizo un gran esfuerzo por agradar a la concurrencia, con un estilo coloquial que no superó la lectura del día ( los evangelios), dedicada a Juan el Bautista, a quien le cortaron la cabeza, ofrendada en bandeja de plata, a petición de una mujer que le odiaba.
El cambio para mí, que tenía ese largo tiempo si ir a nuestra Iglesia- pues vivo por fuera- fue enorme. Acostumbrarse no es fácil. Y eso que fui uno de los excomulgados por el padre Cirujano, como figura en mi primera Novela, Ataque de Frio de Perros.
Mis sobrinos- todos mis favoritos- me recordaron aquel pasaje.
Deseo el mejor porvenir a estos jóvenes sacerdotes y lo mejor para San Jacinto. Espero que San Blas, que también fue decapitado, me ayude a mejorar mi garganta y algún día poder cantar como mi compadre Adolfo Pacheco.

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Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

4 Comments

  1. Bertha Barraza
    26 febrero, 2017 at 11:30 pm — Responder

    Tienes una memoria prodigiosa. Me gusta leer tus producciones , cuando lo hago confirmo que heredaste mucho de la seño Viña, mi amiga y compañera de trabajo en La Anunciación hasta el día antes de su fallecimiento.Siempre gozó de aprecio general.

  2. 2 julio, 2018 at 9:10 pm — Responder

    4. El cura Párroco de San Jacinto:
    Cuando el Padre Javier llegó a San Jacinto, era la época del máximo esplendor de unos campesinos que habían cambiado el machete, el hacha y el garabato, por la gaita, las maracas y los tambores: “Los gaiteros de San Jacinto” que hicieron sentir hasta en Moscú los aires de nuestra cultura. Eran también los tiempos en que el progreso y desarrollo económico habían tocado de lleno el municipio; era San Jacinto el pueblo laborioso y alegre, en donde sus habitantes luego de sus jornadas de trabajo en los telares, las tabacaleras o en el campo, sacaban un poco de tiempo para divertirse en la más pura de las diversiones que se pueda concebir: Las ruedas de Gaita amenizadas por los innumerables grupos de la población todos los fines de semana, en la Plaza Principal o en los diferentes barrios. Todo este mágico encanto fue suficiente para seducir al Padre Javier, no sólo a quedarse en la tierra de las hamacas y las gaitas, sino también a abrirse a los nuevos horizontes musicales que no se pueden sentir cuando sólo se escucha y vive la música extremeña. Allí comenzó a ser Sanjacintero.
    Desde su llegada hasta su muerte su tarea evangelizadora fue ardua y pretenciosa. A lo largo de sus treinta años como Párroco, celebró 12.752 matrimonios y 15.640 bautizos. El primer bautizado fue Pablo Emiro Ortega Guzmán y la última la niña Jacqueline Navarro Navarro, el 29 de Mayo de 1993 en Las Lajitas donde ofrendó su vida.
    Para un sacerdote con ideas renovadoras, como el Padre Javier, la visión de una Iglesia con cimientos endebles en lo material y en lo espiritual, no debió ser de su completo agrado y como buen cura español de la época, que portaba consigo los saldos pastorales de su paso por Don Benito en su diócesis de Plasencia, no le costó mucho tiempo convencer a sus feligreses de la importancia de un nuevo templo y al Pastor Arquidiócesano, Monseñor López Umaña, de la imperiosa necesidad del cambio estructural del edificio parroquial, todo ordenado “al afianzamiento religioso de las almas creyentes”.
    El cambio no se hizo esperar: De su propia mano diseñó el nuevo templo. Un templo amplio, distinto a todos los de los Montes de María y con un exquisito estilo original, arrebatado a los campesinos de sus enormes ranchos para colgar tabaco. Fue en la construcción de este templo donde el Padre Javier dio a entender que a pesar de llevar tan poco tiempo en el pueblo, había comprendido fielmente el sentimiento y la naturaleza de sus habitantes de aquel entonces:
    Progresistas sin límites pero sin desatender jamás el llamado de sus raíces. En su creatividad y experiencia de Dios no hacía distinción entre el lugar de encuentro con El, a través de la vida Sacramental y el lugar de trabajo donde se le ofrece a Dios la vida. En la medida en que se pudiera entender esta experiencia profundamente humana y profundamente divina, el reino, paso a paso, se iría haciendo realidad.
    En esta construcción también saltó a la palestra una de las facetas más admirables del Padre Javier, la cual no era un secreto para los Sanjacinteros: Su desinterés declarado ante lo metálico y lo material, pues para la conclusión del nuevo templo aportó dinero de su bolsillo sin reclamar jamás el mérito. En los años posteriores daría en varias oportunidades, muestras de su desapego a todo provecho personal y una gran muestra de generosidad que se expresaba en la ayuda que ofrecía a los jóvenes que quisieran salir adelante en sus estudios y que lastimosamente debían dejar San Jacinto.
    Entre las cosas más simpáticas que se recuerdan fue la de su llegada procedente de San Juan Nepomuceno a San Jacinto. Llegó acompañado de la persona que después sería su gran amigo y compañero de intrepideces y peripecias en los no fáciles caminos de los Montes de María, Don Alfonso Pereira. Eran los días en que no había templo, por lo que se tuvo que improvisar como Capilla la casa de la señora María Villalba, quien generosamente la ofreció al sacerdote y a la comunidad. Fue seguramente ésta la época en que jocosamente y con la picardía de siempre se atrevió a redactar las indicaciones que un buen misionero debe seguir al montar un mulo:
    • Saber que es un híbrido de mucha fuerza
    • Dejar que el mulo escoja el camino
    • Tratar el animal con dureza, es decir con el lenguaje de nuestros campesinos (malas palabras).
    • Afianzar el peso del cuerpo en los estribos y sostenerse de la silla.
    • No dormirse mientras cabalga
    • No tirarse nunca del mulo, más bien caer con él, si así lo requieren las circunstancias.
    • No acobardarse después de la primera caída, pues todo buen jinete se ha caído muchas veces de la montura.
    Los que conocimos al Padre Javier sabemos que hablaba sólo de lo que había vivido. Era un hombre que comunicaba la experiencia. Por ello creo que estos siete consejos sobre cómo manejar un mulo tienen su origen en las muchas caídas que se dio pasando como flecha sobre la cabeza del animal.
    Terminada la construcción del Templo Parroquial, el Padre Javier centró su atención en otros proyectos tendientes a organizar cultural, social y religiosamente a una población enjundiosa, pero carente de un guía que le señalara el camino correcto. Para ese entonces ya San Jacinto contaba con la cantidad suficiente, y aún más, de estudiantes aptos para ingresar al Bachillerato, el cual debían hacer en las poblaciones vecinas o en las ciudades como Cartagena, Barranquilla y Bogotá, los pocos que contaban con la capacidad económica.
    Era inminente la creación de un Centro Educativo que albergara el gran número de estudiantes que se quedaban sin los estudios secundarios por falta de recursos. Fue allí donde surgió la mano providencial del Cura del pueblo quien con la ayuda de varias personas notables de la población organizó y creó un colegio que llevaría por nombre Pío XII, en honor al Sumo Pontífice que se había caracterizado por su inteligencia y elocuencia en el anuncio del evangelio, como por su prudencia en los momentos difíciles ocasionados por el totalitarismo y la guerra. Pero el nuevo colegio no tenía sede propia, motivo éste, que sería el objetivo primordial y el nuevo paso a seguir en el desenfreno altruista del Padre Cirujano. Ayudas buscadas en España, actividades en San Jacinto, dinero de su propio bolsillo fueron haciendo realidad este sueño que estaba impulsado por un principio muy cierto: “Cuando las cosas se hacen con amor, estas crecen y se multiplican”. Así hizo realidad su gran anhelo de una promoción integral del hombre Sanjacintero a partir de una formación cultural que le permitiera potenciar sus capacidades al tiempo que se abría a nuevos horizontes. Finalizado el esfuerzo que portó a término el Pío XII se debía mirar ahora hacia los corregimientos y veredas que también son San Jacinto y que tal vez constituyen un desafío mayor por la falta de oportunidades. Es así como el Padre Javier, con la ayuda de los cursillistas que había formado, comienzan a poner en práctica con todos ellos la praxis evangélica, pasando de una fe tradicionalmente recibida a una fe vivencialmente conquistada. Se inicia así la construcción de los templos en los Corregimientos de Arenas, Charquitas, Bajo Grande, Las Mercedes y San Cristóbal. Crea además las Escuelas de Enseñanza Primaria, Santa Lucía, San José y la Inmaculada. En las Palmas, el corregimiento más importante de San Jacinto, funda el Colegio de Bachillerato León XIII y construye en la Plaza principal un gran templo, como centro de culto de la comunidad.
    Queda pendiente sacar adelante una de las mejores ideas del Padre Javier como era la creación de un Colegio Técnico de Música, partiendo de la base de que San Jacinto es un pueblo de artistas que, entre el telar y la hamaca, saben incorporar el ritmo de la gaita por ser la cultura la que integra todo e integra a todos.
    Pero no todo fue preocupación por el desarrollo cultural y social de San Jacinto. También hubo una gran motivación espiritual desde sus inicios, lo cual percibimos en el movimiento de cursillos de Cristiandad que fundó en San Jacinto y por el cual pasaron muchas personas de la comunidad que encontraron en esta espiritualidad un sentido más profundo de su vida cristiana. La Hermandad del Corazón de Jesús, los Grupos de reflexión y estudio bíblico, el Círculo de Docentes con quienes compartía, los jóvenes a quienes les dedicaba mayor tiempo porque decía que allí se estaba invirtiendo, la Renovación Carismática, los Grupos de Oración, el Comité Parroquial de Pastoral Vocacional y los Niños de la Infancia Misionera, a quienes les había prometido hacerles una Liturgia especial para que no se aburrieran con los esquemas que tal vez no estaban hechos para ellos.

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