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GILBERTO TORRES EN, LA FIESTA DE LA CUMBIA

gilberto torres

GILBERTO TORRES, REY DEL PASEITO.
– En medio del estruendo de los mangos.
Por Alfonso Hamburger
A estas alturas del tiempo, en este mes de mayo de 2015- como en los reflejos condicionados de Ivan Petrovich Pavlov – Gilberto Manuel Torres Ortega ya está plenamente acostumbrado a los disparos que suenan sobre el techo de su casa, en el barrio Majagual de Sincelejo. Los estruendos suenan como perdigones de guerra, quizás como pedradas secas, sobre el techo de zinc oxidado por los años y después se oyen rodar hacia el canal del desagüe. Algunos se quedan enganchados en el techo sucio, donde debe estar acumulada la hojarasca de este largo verano. Otros trepidan y caen en el piso y siguen rodando por el patio aun sin barrer. En la cocina, doña Rosa Villalba, ya acostumbrada a esos disparos, simplemente los va acumulando en una ponchera y luego los convierte en jugos amorosos, que mezclará con hielo picado, en el almuerzo. Es la cosecha de mangos la que suena como vientos de guerra sobre el techo de los Torres Villalba, cual si estuviéramos en Valledupar, pues el palo que está en el patio expande sus ramas paridas sobre el vecindario y alarga sus frondas sobre los techos, de donde los frutos se desgajan con la brisa y la lluvia que los madura, para dejarse atrapar en la cocina familiar. Es el ritual del agua que madura los mangos, alertados por las notas de los paseaítos que han alegrado la mañana. Allí es la misma fábrica de este aire emparentado con el jalaito, del que Gilberto es un consagrado rey, al lado de Calixto Ochoa.
A estas alturas de la visita, en el tercer disparo, ya me he acostumbrado un poco al agradable y dulce bombardeo, entonces me acuerdo de la residencia de Mario Paternina, en la ruta de los aviones, en Corozal, cerca de los pasteles de Olga Piña, también sacudida por el rugir de las propulsiones a chorro, como vientos de civilización. Allí los aviones de las brujas parecen rozar los techos. Un día un visitante estuvo a punta morirse de un infarto, cuando zumbó en su cabeza, casi rozando el techo, el Satena que llega, puntual y tronante, desde Bogotá y en ese mismo sitio empieza su descenso para tomar pista en el aeropuerto de Las Brujas.
Gilberto Torres, en bermuda casera, se ha levantado al rigor del cuarto mango, después de una tanda de ejercicios suaves con su acordeón sabanera: un Rufib rojo hecho por Rufino Barrios a su imagen curtida de tocador de porros, a su medida precisa, con dos cornetas adicionales que le permite tocar con pitos de Toyota al aire libre. Con ademán lento, pero seguro, Gilberto pone su instrumento con sumo cuidado en el estuche revestido de cuero y sus celulares y las gafas en una silla roja. Es liberal. Es recto. Es un tipo disciplinado.
– Yo nunca compré un acordeón de segunda- dice con algo de ego- mientras termina de abrochar el estuche. Se compone el cabello ya cano con la mano derecha y agrega: “Siempre los compro en el almacén”.
Si, los compra, porque el maestro sigue vigente, pese a esos otros perdigones que le dan más duro: los de la “payola” en la radio comercial, que no ponen sus discos ni promueve su larga vida musical.
Gilberto Manuel Torres Ortega es dueño de un palmarés envidiable en cualquier juglar de esta época extraña y tiene una cualidad que se puede confundir con un defecto: es inmodesto. Siendo un tipo humilde y sencillo-de raigambre campesina- cree que la modestia es para los pendejos, para los mediocres. Sabiéndose importante-que en realidad lo es – el maestro, con un cerebro fotográfico para las fechas, dice sin tapujos que nadie como él para hablar del paseaíto, un aire netamente sabanero, que ha practicado por más de cincuenta años y con el que se hizo una celebridad. También es una autoridad de la música corralera. Fue integrante de Los Corraleros de Majagual, a quienes les puso por competencia la Juventud Majagualera, la agrupación más cara de las fiestas del 20 de enero en sus mejores tiempos, con Eliecer Ochoa, su vecino. Gilberto vende caro su arte y en Venezuela ni Diomedes Díaz ni el Binomio de Oro, le batieron el record de 49 presentaciones en dos meses. Fue por un baile y no lo dejaban venir. Con las regalías que le dieron por su primer éxito, Paisaje Costeño, compró esta casa en donde cantan los mangos. Aún cultiva la cumbia, que también estremece los frutos en el patio y los hace despedazar en el piso. Sus cumbias, aunque no se han podido sacudir del estilo imperativo de Landero, son otra cosa. Afloran florituras propias de una técnica depurada, más rápida y creativa, quizás más urbana, pese a que es un hijo de la montaña de María.
Torres Ortega, nacido en La Sierra, zona montañosa del Carmen de Bolívar, un 12 de julio de 1943, es un tipo extraño, demasiado disciplinado, en medio del tropicalismo sabanero. Solo Lisandro Meza, aquel rey sin corona, en el manejo de su ego, y Aniceto Molina, en la disciplina, pudieran equipararse a su estilo de vida. No hay otro como Gilberto. No lo busquen, porque el molde donde fue montado, volvió a los andurriales de donde surgió- allí están enterrados sus padres- y ni siquiera su hijo William, aunque nació con las rayas del tigre, dueño de un acordeón grueso, puede imitarlo.
Vanidoso al extremo, egoísta- el ego también hace parte del arte- Gilberto Torres no representa ni siente los años que tiene. Son los mismos que cuentan Alfredo Gutiérrez y Rubén Darío Salcedo, pero la piel de Gilberto es estrato seis, y por eso los aventaja en tesitura. No se arruga ni tiene arrugas. Iba parejo en edad con Enrique Díaz, quien se bajaba en su casa y le llevaba tres meses y nueve días. En este sentido confiesa, para no delatar su edad, que su cédula es mucho más vieja que él mismo.
El negro “Jibbo”, como le dicen algunos, es un hombre serio y malicioso. En un mundo donde el vivo vive del bobo y el bobo de papa y mama la malicia debe existir como una cualidad y no como un defecto. Hay que estar pilas, a cuatro ojos, porque te tumban o te frustran la carrera. Los golpes lo hicieron abrir los ojos desde joven y a desconfiar: ser malicioso. Alguna vez un amigo le dijo que no fuera con acordeón a Medellín, porque lo podían matar para quitarle el mimado instrumento. Le creyó aquel consejo que no pidió y se presentó a un casting en una casa disquera sin su machete, entonces le dieron con las puertas en las narices. Allí se volvió malicioso. No era posible que se presentara sin su acordeón. Ya, por eso y otras cosas, no sufre de engaños. Se volvió gallo desde que apenas era un pollo. Y hoy, a sus setenta y tantos años, tiene las espuelas bien cruzadas.
Dentro de esas cualidades de la disciplina, que muchas veces escasea entre nuestros músicos, a Gilberto hay que agregarle otra cualidad- entre muchas- como lo es la puntualidad. Eso, ser puntual, y el creer en lo que vale, lo llevó a convertirse en un líder musical desde los dieciséis años. Se pudiera decir que Torres nació siendo un adulto. Su seriedad es ilimitada y su palabra vale más que un papel que se firma a puño y letra.
Todo esto lo pienso mientras Gilberto viene a recibirme al compás del quinto mango sobre el techo de zinc. Esta vez el perdigón rompió la hojarasca acumulada por el verano, estrellándose sobre el piso de cemento y tierra, donde rueda saltarín y atrayente. Enseguida el maestro lo persigue, se agacha, lo toma en su puño, lo lleva a la pluma, lo lava y lo levanta a mordiscos.
En la cocina alterna, que ya deja escapar los olores del almuerzo, se siente movimiento.
Gilberto ahora está sentado en una silla roja, satisfecho, dispuesto a contarme su vida, mientras la señora Flor prepara el jugo de mango, para aliñar el suculento sancocho que hierve en la cocina y esparce el olor a condimentos por los patios vecinos. No podía ser de pera, ni de olmos el jugo. La cosecha de mango desborda la ponchera sobre la mesa y la olla de guiso ya huele en toda la casa.
II
Treinta años después, Gilberto Torres volvió a ser contratado para actuar en Sincelejo, la ciudad donde llegó de 16 años, hace más de medio siglo y dos lustros. Y no era precisamente para un concierto, sino para una charla cantada. La noche de la víspera, Gilberto estaba tranquilo, cuando empezaron a sonar los mangos en el techo. Estaba reunido con los directivos de la Fundación del Festival Sabanero ( Fundaffesa), cuyos miembros pensaron que acababa de estallar una bomba. La noche anterior la gente había celebrado el cumpleaños de Diomedes Díaz y la ciudad fue sacudida por un torrencial aguacero, con truenos y brisares. Esa mañana amanecieron quinientos mangos en el patio que desbordaron las poncheras y las ollas de Rosa Isabel. Eran unos mangos menuditos, de manzana, dulces, pero golpeaban como perdigones sobre el techo de zinc, con estropicio de guerra. El problema fue que en el techo del vecino cayeron 70 unidades, que no lo dejaron dormir. Así que la primera visita de ese día fue una comisión de Carsucre, La Corporación Autónoma Regional de Sucre, una entidad que no escapa de la fatiga administrativa y corruptela del segundo departamento más atrasado de Colombia. Eran unos de esos tipos que tratan de justificar sus conocimientos con acartonamientos fingidos. El vecino se quejó en la oficina ambiental por el estropicio de los mangos y ahora había una orden para cortar el árbol, en lo mejor de la cosecha. ¡Un monumental desperdicio! Tan parecido al retiro de Miguel “ Happy” Lora, cuando todavía podía hacer unas cinco peleas más.
-Vamos a cortarlo con el dolor del alma, pues no se puede pelear con los vecinos, dijo Ledis, la hija mayor del maestro, una negra de rasgos finos y elegantes. Y un poco altanera, fiel copia de su padre, pero conciliadora.
Todos protestamos al conocer la noticia, pero cuando cayeron cuatro nuevos torpedos sobre el zinc, unos detrás del otro, nos solidarizamos con el vecino y nos quedamos viendo las caras. ¡El tipo tenía razón, era difícil acostumbrase a esos estropicios!
De todos modos , lo más importante era que el jueves, el maestro iba a romper una sequía de 30 años sin tocar en Sincelejo.
La última vez que lo contrataron, precisamente para el día de la virgen del Carmen, fue en el colegio Antonio Lenin, y de allí nunca más. Desde entonces Gilberto Torres se ha rebuscado por todo Colombia, incluso, en Venezuela, donde le regrabaron bastante música. Se pasaba hasta un mes allá en lujosos hoteles, mientras visitaba una a una las casas editoras y se traía hasta treinta mil bolívar, cuando cada bolívar valía 16 veces más que el peso colombiano. Con uno de sus temas grabados en Venezuela, paró su casa, esta donde caerían los últimos mangos de la cosecha, porque el árbol sería cortado en quince días.
… Y así se hizo.
III
En el Primer Festival Cultural de Sucre, Gilberto fue mi invitado al programa permanente del Banco de La Republica, donde se despachó con sus chorros de conocimientos, en un marco repleto de estudiantes que aplaudieron su gracia. Y en uno de sus apartes, dos ancianos no se aguantaron, formando parejas que bailaron cumbias y paseaítos.
Gilberto Torres, una vez llegó a Sincelejo, contratado por Aurelio Gómez Jiménez, para participar en un radio show de la Radio Sincelejo, se le pegó literalmente al maestro Calixto Ochoa. Su estilo lo hizo sacando provecho de los mejores de la época, Andrés Landero, que era su vecino, Alejo Durán y Calixto Ochoa. Su vida, que la cuenta con una claridad pasmosa, es una película. La fuerza interpretativa de Gilberto trasciende las fronteras y fue rey del Festival Sabanero en su mejor momento, batiéndose desde el primer festival con reyes encumbrados como Lisandro Meza, Felipe Paternina, William Molina, Miguel Durán, Enrique Díaz, entre otros.
Hijo orgulloso del Carmen de Bolívar, Torres se vino a Sincelejo con todos los nutrientes necesarios para triunfar y hoy acumula una discografía extensa, desde el Long play, hasta los discos compactos, siendo, desde que las casas disqueras se vieron afectadas por la piratería, productor de su propia música. Este rey del paseaíto compone, toca el acordeón, canta, arregla su propia música, la graba y la distribuye.
La charla en Sincelejo, sirvió para que muchos periodistas se interesaran en su historia, repleta de grandes éxitos, que muy seguramente saldrá en trabajos de periodismo literario.
IV
Rosa Isabel ahora está barriendo el sucio que dejaron los arboricidas en una actitud ambigua. Por un lado luce contenta, porque el patio es más luminoso en la mañana. Y por el otro lado descontenta porque al mediodía no aguanta las oleadas de calor que se filtran por el patio despejado. El sol abrasador se filtra por todos los costados. El palo de mango, con el que se inició esta crónica, ahora es historia patria. Al fin fue cortado con seguetas y motosierras, y de una forma tan técnica, que las casas aledañas no sufrieron el rigor de su muerte.
Viéndola así, sentada en la Mariapalitos momposina, lista para una cita médica, la mujer de Gilberto Torres, a sus sesenta y tantos años, tiene rasgos de belleza. Me la imagino a los 18 años, cuando el músico la conoció en una fonda del mercado viejo y esos fueron amores a primera vista.
Gilberto ha dicho en la charla que quería casarse con una mujer que se enamorara de él por su personalidad, no por ser un artista famoso. Así cree él- equivocadamente- que ella no sabía que era músico cuando lo aceptó, y que se enteró solo seis meses después de conquistarla, porque la invitó a una caseta del Veinte de Enero, donde él tocaba. Ella, por su parte, mientras se alista para salir al médico, me confiesa que si sabía, pues ya era él un acordeonista afamado y que incluso, visitaba a Gladys, una cachaca, a media calle de por medio, por los lados del mercado viejo. En Sincelejo todo se sabe. Todos nos conocemos. Pero al menos, el hombre no se equivocó, ella fue la mujer de su vida. Y es la mujer de su vida, ya no tan parrandera, porque a veces tuvo que pegársele a la pata para seguirlo de cerca.
Ella fue la primera de diez hermanos y como tal era la encargada de soportar la larga prole, como hermana mayor. Tenía 18 años, y sus padres, que provenían del corregimiento de Chochó, no la pusieron en el colegio, porque seguramente iba a aprender a escribir solo para enviarle mensajes-papelitos- a sus enamorados. A duras penas permitían que los varones fuesen al colegio, pero ni aun así, ninguno de ellos estudió. Su madre, que atendía una fonda en el Mercado de Sincelejo, volvió a parir por esos días en que apareció Gilberto, de modo que no hubo más remedio que Rosa Isabel, la reemplazara en la fonda. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana para combatirse con unos cuarenta desayunos de un contrato de su madre. Atendía esa cuadrilla por la mañana y en el resto del día se combatía con la frondosa clientela de aquel mercado bullicioso y lleno de olores encontrados y dispersos, pero acumulados como fermentos milenarios, desde la sanguaza de la vaca, hasta el perfume del toronjil que crecía en los pretiles, como rosas perfumadas.
Por su parte, Gilberto, ya de 24 años, cultivaba ñame en la finca Buenos Aires, en la Sierra, Carmen de Bolívar, y ya era un músico famoso. Las cosechas las llevaba al Mercado de Sincelejo, donde un primo de ella, se la presentó. Fue un amor de primera vista. Y ella se acomodaba al querer de Gilberto, porque las novias que había tenido antes, querían era al músico, no al hombre. Y él, que jamás le confesó en seis meses lo que era, aunque ya ella lo sabía, la halló aparente, digna, para llevarla al altar. Y así lo hizo, pero no con el consentimiento de la familia de ella, quienes se oponían. Los músicos eran muy sinvergüenzas, bebedores, mujeriegos y arbitrarios. Pero ese no era el caso de Gilberto, quien siempre fue muy formal desde joven.
– Mi madre no estaba de acuerdo por una simple razón, yo siendo la mayor, era la única que la ayudaba. Y era tan cierto, que una vez me casé, cerró la fonda del mercado para siempre- dice Rosa Isabel- ahora viajando al centro, para que el médico la revise. Prefiere a veces ir de a pie, porque le teme montarse en las motos.
En este ítem de la conversación, entra Gilberto, que en casa está atento de todo el ajetreo del hogar. Está en pantaloneta y con chancletas. Dice que a los quince años se sacó (raptó) a una muchacha. Se llamaba Gladys y era hija de un señor muy recto y fregado, de aquellos que todo lo arreglaban con la palabra y que a veces regañaban con una mirada, tipos de armas tomar. Iban a la par, porque Gregorio Torres, padre de Gilberto, era el jefe de 11 hijos, y también se le respetaba. Nadie se metía con uno de los Torres en aquel pueblo donde nacieron los hombres más bravos de la época: los Méndez y Fernández, quienes se involucraron en una disputa familiar, que dejó centenares de muertos.
A los quince años ya el acordeonista tenía fama y las muchachas lo buscaban. Visitaba a Gladys, de 14 años. La madre de la muchacha sabia de los amores, porque el joven la visitaba en los días de semana, cuando el padre estaba trabajando en los rosales. Eran casas fincas dispersas en una extensa y rica región de montaña, casi impenetrable, porque se andaba en mulos que se metían en zanjones y caminos estrechos por los que solo podía pasar un animal, de modo que tenían que gritar antes de tomar la manga, para que quienes aún no la habían tomado, esperaran. No habían señales de Pare o Siga, sino el grito de monte, que alertaba a los caminantes de punta a punta.
Gregorio Torres, padre de Gilberto, tenía Buenos Aires, una finca que contaba con 20 hectáreas de aguacate, diez de arroz, diez de café y diez más para pastoreo. La casa era como un conjunto residencial, con tres terrazas de cemento de diez metros cuadrados cada una para secar el café. Una terraza, cocina, zona social y la casa de habitaciones. Igual tenía una despensa alzada entre los techos de dos aguas, especie de zarzo, donde almacenaban alimentos como si estuviesen preparándose para que llegara la guerra.
Pero Gilberto, que se iniciaba en el amor, no tenía solo a Gladys. Visitaba a otra muchacha más guapa, de apellido Merlano, hija de sincelejanos. Una tarde se convidaron para escaparse. El rey del paseaíto la estuvo esperando hasta la seis de la mañana, después de una noche de cacería infructuosa, pero la muchacha no llegó a la cita. Decepcionado y a manera de revancha, se fue donde Gladys. Apoyado por un primo, se mimetizó en un colegio que estaba en el camino al arroyo, donde ella debía ir a buscar el agua. Así fue, Gladys apareció a las siete con la cantimplora en la cabeza. Él la siguió hasta la quebradita, con cuya inspiración haría su primera canción. Dialogaron en la orilla, se besaron. Él le pidió que se fugaran a casa de sus padres ese mismo día, en La Sierra. Ella estaba indecisa. Temía. Gilberto esgrimió todo el repertorio de un gavilán, aplicándole la psicología del hielo, aduciendo que esa sería la última vez que se verían si no se iba con él y ella accedió. La joven fue a llevar la cantimplora de agua. Y de regreso, metió en el mismo recipiente unas mudas de ropas y sus ilusiones. La cantimplora quedó olvidada en la orilla de la quebradita. Se fueron a casa de los padres de Gilberto a saciarse de amor, pero ella no era señorita. Aquello resultaba una afrenta que causaba tragedias, porque iba contra el honor de la familia. Una mujer usada perdía todo el valor. Era considerado como una traición. Una perfidia y con otra perfidia se solía pagar.
El más sorprendido con la noticia fue el padre de la muchacha. No sospechaba que Gilberto fuese su novio, de modo que de una sola vez le exigió que se casara. Fue donde el joven le confesó que no la había hallado virgen, y que por lo tal se la devolvía. El viejo pidió que se la trajera para ponerla en confesión. Al día siguiente, padre e hija, se encerraron en una habitación, donde ella le confesó haber sido burlada por un primo, el mismo que Gilberto hallaba cuando iba a visitarla entre semana. De todas maneras, alcanzaron a vivir juntos dos meses en libertad, hasta cuando ella un día se alistó para acompañarlo a una caseta sin que él la invitase.
– Yo busqué una mujer para el hogar, no para el baile, le dijo. Entonces la devolvió a sus padres para siempre.
La muchacha después se comprometió con un hombre al que le salieron unas manchas en el cuerpo, con pintas de vallenato. Gilberto le tenía asco. Ella aún se le botaba a la finca de un hermano y se le desnudaba, pero él ya no la quería. Ella se separó del pobre hombre enfermo y después se fue a vivir a Ovejas, donde consiguió pareja, pariendo siete hijos. Hace pocos años supo, que la mujer que le inspiró su primera canción (La quebradita, en aire de paseaíto), murió en el corregimiento de La Arena, en Sincelejo, donde vivió sus últimos años.
Por su parte, la joven guapa, blanca y esbelta, que lo dejó plantado el día que se raptó a Gladys, se casó y más tarde se divorció. Con ella alcanzó a convivir a escondidas, cuando ya estaba separada y Gilberto era un músico consagrado. Ella se le botaba y no supo despreciarla, pese a que ya estaba casado.
Gilberto cree que su matrimonio le ha durado porque su esposa no se enteró de esas aventuras. Mentira, ella si supo de algunas, pero como mujer inteligente, pudo sobrellevar aquellas aventuras. Me lo acaba de confesar, ahora que viaja a mi lado, a su cita médica.
V
Los dos hombres aparecieron en Bajo Grande por los lados de Culo Alzado, en los linderos supremos de la finca “Lo verán”, después de pasar por Jesús del Monte. Tenían visibles señales del cansancio por el agreste y culebreante camino, porque se habían desplazado a pie, con el guayabo en sus rostros quemados por el sol. El guía parecía ser el más adulto, hombre avezado, de nutridas aventuras, cuyo bigote espeso, negro y bien pulido, era como una especie de dictadura. Se trataba de Julio Abel Fontalvo Caro, nacido más arriba, en Las Palmas, y quien se conocía esos andurriales palmo a palmo, de modo que su acompañante, aquel mozalbete negro, que llevaba el acordeón a cuesta, lo seguía en confianza. Era Gilberto Torres, quien apenas se abría en el camino de la fama.
Aquel caserío de novela, espacio vital de la crónica en Ataque de Frío de Perros, parecía la copia de Cien Años de Soledad. Cuando se asomaron en el repecho más alto de Culo Alzado, pudieron ver sus encantos: lo primero fue el campo de futbol, que desde las gradas naturales, parecía un playón de luna llena, arenoso y limpio, con las dimensiones del coloso Maracaná de Rio de Janeiro. Al costado se asomaban los copos de los árboles centenarios que anclaban sus raíces en la barranca y protegían con sus ramas el lecho del arroyo del Mico, que bajaba de las Palmas, surcaba los territorios de Loma de Vásquez, Vara de León, Frio de Perros, La Prusia y La Bagatela, hasta internarse en Cacho Seco- por donde bajaban los parranderos- hasta derramarse en las vegas que llevaban sus aguas al Rio Magdalena. El cementerio parecía un pesebre, vigilado por una ceiba de leche y desde allí, el pueblo iba enlazando sus dos barrios, entre cuatro o cinco callejuelas, con sus 92 casas y una iglesia de piedra y barro. En sus puntos estratégicos, conectados por sendero de indios, estaban las lagunas, donde se surtía la población. Aquel entorno embrujador, lo tradujo en su primer porro , Paisaje Costeño, éxito desde 1972 al lado de Los Sabanales.
Quería que Gilberto, se hubiese hospedado en casa de mis padres, la más grande del pueblo, en el barrio Abajo, techada en zinc de grueso calibre, una tienda, y un corral de ganado que le daba vuelta a la cuadra, casi completa, si no es porque Genaro Vásquez, adquirió una esquinita del predio, antes de doblar al barrio Arriba, donde lo había llevado Julio Fontalvo, que era gallo jugado. Sería el año 69 0 70, Gilberto no se acuerda muy bien, porque había conocido a Fontalvo en Bucaramanga en 1968, en un cuento más largo que el mes de mayo.
No fue en el barrio Abajo, sino en el de Arriba, donde hicieron una parranda de cuatro días, arrancando el viernes. Yo sería un niño, que me perdí de aquella parranda que extrañamente pasó por la mente de Gilberto con algunos nubarrones, siendo un hombre de magníficos recuerdos. No recuerda muy bien, por lo que no pudo darme la facha de la casa ni de los anfitriones, para saber si fue donde Remigio Medina Novoa, quien tenían tienda y ganado y estaba casado con Eva Maestre, o donde Ramón Ortega Arroyo, hombre liberal, inspector de Policía y corredor de tacaco, que convivía con María de Los Santos Anillo. A la postre, en un acto doloroso que inspiró mi primera novela, el EPL mató a Ramón en el veranillo de junio de 1987.
De las Palmas si se acuerda perfectamente, porque Julio Abel se hizo su figura más importante y ya no arribaba a pie sino en un jeep expreso que lo llevaba desde San Jacinto. Llegaba triunfante, con aires de grandeza. La gente lo esperaba en la embocada del pueblo, donde lo alzaban en hombros, mientras se disputaban la maleta para hospedarlo. Se disputaban el lujo de tenerlo como anfitrión. Una semana no le alcanzaba para la parranda, mientras Isabel, su hermana, creía que aquel muchacho se iba a perder, a lo que su marido, Rafael Gamarra, replicaba:
– ¡ Déjalo, Isabel, que ese es su trabajo!
Gilberto Manuel Torres Ortega lo que más quería era grabar y que sus canciones se difundieran por todo el país, por eso ya había estado en Bucaramanga, una ciudad donde ponían bailes. Allá llegó con el deseo de probarse. Lo oyeron y les gustó, de modo que fue contratado en un Naith Club para ocho noches de fines de semana, algo así como dos meses, con una clausula según la cual, si les salía un baile fuera de la ciudad bonita, tenía que dejar un conjunto contratado.
Torres y sus acompañantes eran jóvenes, que terminaban una tanda y no se iban al hotel, sino que seguían de rumba. Además de jóvenes, eran solteros. El atractivo eran los corraleros de Majagual, ídolos de la época, de modo que ingresaron a la caseta donde ellos eran estelares y se dieron de cara con Julio Fontalvo, quien había llegado de Bogotá, donde residía. Y allí se engancharon.
VI
A Félix Alberto Arrieta Contreras casi se lo tira la fecha de su nacimiento, el 13 de diciembre de 1952, día de Santa Lucia, patrona del Mamòn, su tierra natal. Es lo que se llama onomástico. Sus padres propusieron, como se usaba, que llevara el nombre de Lucio en honor a la santa, pero su abuelo, Juan Félix Contreras, quien además lo rescató del desamor de su padre, se opuso a semejante bodrio. Lo puso como su misma gracia.
Pese a ser un hombre exitoso, considerado como un juglar auténtico, que conserva las raíces de la música de acordeón vernácula, Félix Alberto, conocido como “El Gavilán Sabanero”, reciente de su padre, porque jamás veló por él ni hizo por educarlo. Solo llegó a tercero de primaria.
Ya estaba crecido y amenazaba con el metro con 90 en que vierte sus ochenta kilos – es magro- e iba por Corozal vendiendo plátanos y mafufos en un burro, cuando a su abuelo Juan Félix Contreras, se le ocurrió ponerlo en la escuela, que quedaba en el sector de La Macarena. Tenía que atravesar todo el pueblo, de sur, en la entrada del Mamòn, hasta la Macarena, en Norte, con el taburete en la cabeza. Y después, al mediodía, regresaba, con el mismo disfraz. No era solo, todos los estudiantes llevaban y traían el taburete, que no podían dejarlo en la escuela, porque se lo robaban. La mayoría de quienes iban al colegio soñaban con la posibilidad de convertirse en maestros de Escuela. Cierto día que regresaba del colegio, cuando iban por parajes enmontados, pues Corozal tenía muchos lotes de engorde de ganado, se puso a meditar si aquel esfuerzo merecía tanta pena. Lanzó el taburete al piso, se paró sobre éste e hiló su mirada larga sobre la fila de estudiantes que se desperdigaban por aquella ciudad con los asientos en sus cabezas. ¿Si habrá puestos para tantos maestros? Pensó. La respuesta le llegó de inmediato. Estrelló el taburete contra un barranco y tomó el camino del campo. No regresó al colegio.
Desde entonces Arrieta conserva su acento campesino. Su lenguaje es sencillo y a veces de poco equipamiento lexical, pero va revestido de algo que se ha perdido: es un hombre de palabra. Desde niño Arrieta tuvo arraigo de negociante, de rectitud y avivamiento para ganar el sustento.
Su primer acordeón lo adquirió con las labores del campo, pero después se lo cambió a Mario Paternina Payares por una caja.
Hace treinta años se mudó de su tierra a Sincelejo, donde se estableció con el propósito de que sus hijos se educaran. Tenía su casa en la Avenida Alfonso López, en cuyo frente exhibía los productos de su ejercicio de campesino. Yuca, ñame, naranjas y sobre todo abundante patilla, hacían parte de aquella tienda callejera. Era un sector por donde pasaban los parranderos que se escurrían después de un festival sabanero. Entre los que iban recuerda a Enrique Díaz, Gilberto Torres, Rugero Suarez y otras figuras reconocidas, a quienes admiraba.
– Cómanse las patillas que quieran, amigos, les dijo Félix.
Se saciaron de patilla, pero solo se alcanzaron a comer dos. Allí se los cogió una nube de mosquitos y es donde les nace la idea de hacer una baca para una galillona de aguardiente. Se prendió la parranda. Sacaron los acordeones, sonó la caja y la guacharaca, vino la timba sabanera, echaron versos y ya con el alcohol en la cabeza, Arrieta se atrevió a echarle unos versos al negro Enrique Díaz, quien contrario a su usanza de no dejar títeres con cabeza, expresó gratitud.
– Hombre, Félix, si usted lo hace bien. Gilberto Torres lo siguió con un aplauso.
Ese otro día fue a la compra venta de Marita Díaz y adquirió un acordeón. Desde entonces ha grabado trece trabajos discográficos, la mayoría financiados con el producto de su cosecha de campesino, como sembrador de yuca a gran escala y dueño de varias fincas.
Desde allí inició una amistad con Enrique Díaz, que hoy está llena de innumerables anécdotas y vivencias, lo mismo que con Gilberto Torres, que hay sido su impulsor.
Díaz iba con frecuencia a los cumpleaños de Arrieta, en el Mamòn. En el último, celebrado el 13 de diciembre de 2010, que estuvo lleno de lluvias, convirtiéndose aquello en un verdadero festival, al despedirse Díaz, después de tres días de parranda, le dijo:
– Maestro Félix, con esta visita mía queda usted sobregirado conmigo para el resto de su vida.
Cierta vez fueron a tocar una parranda por los lados de Las Piedras, en Toluviejo. Ya Díaz tenía el pie en el carro en el que se aprestaban a regresar, cuando llegó un jinete azotando una bestia. La ató al pie de un árbol, mientras el animal desfallecía, chorreando sudor por la barriga.
– ¿Cuál de ustedes dos es Enrique Díaz?, preguntó.
Y Félix Arrieta, que es mono, pelo cano, de casi dos metros de estatura, respondió:
– Confunda, pero no ofenda, cuando ha visto usted que Enrique sea blanco?
Y Enrique, que ya había sacado el pie del estribo del Jeep, para atender al recién llegado, le echó una mirada de odio que lo dejó pasmado. Era la primera vez que Félix sacaba a relucir sus prejuicios racistas, pero en realidad había sido solo para mamar gallo.
El recién llegado había transitado diez leguas por más de doce horas, atravesando caminos reales y montes embarbascados, para conocer a su ídolo Enrique Díaz.
– ¿Maestro, cuando va a grabar usted?, preguntó el hombre.
– Dentro de doce años, le respondió Díaz, y trató de subirse en el jeep, para irse.
El recién llegado sustrajo un fajo de billetes, y se los mostró.
– Maestro, es que le traje 500 mil pesos para que me brinde un saludo cuando grabe.
Al ver la plata, los ojos de Díaz se agitaron de codicia, entonces se apresuró a quitárselos:
– Venga eso, que acabo de grabar y mañana vamos a meter los saludos.
Gilberto Torres, que los acompañaba, fue el que se percató de que el recién llegado ni siquiera había dicho cómo se llamaba.
– ¿Aja y a quien quieres que te salude Enrique? ‘preguntó Gilberto.
El tipo sustrajo una larga lista de una bolsa plástica. Quería que le saludaran a su mujer, porque era una dama muy buena. A su suegra, que pese a oponerse al principio, ahora era gustosa y amorosa. A su hija mayor, que era la luz de sus ojos. Y no podía dejar por fuera a su compadre Lubertino, que le había prestado una plata para el matrimonio y entregado varias vacas de levante al partir.
Fue donde Enrique intervino para preguntarle:
– ¿Aja, compadre, y no quiere que le miente la madre?
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GILBERTO TORRES…

Los dos hombres aparecieron en Bajo Grande por los lados de Culo Alzado, por los linderos de Lo verán, después de pasar por Jesús del Monte. Tenían visibles señales del cansancio del agreste y culebriantes camino, porque se habían desplazado a pie, con el guayabo en sus rostros quemados por el sol. El guía parecía ser el más adulto, hombre avezado, de nutridas aventuras, cuyo bigote espeso, negro y bien pulido, era como una especie de dictadura. Se trataba de Julio Abel Fontalvo, nacido más arriba, en Las Palmas, y quien se conocía esos andurriales palmo a palmo, de modo que su acompañante, aquel mozalbete negro, que llevaba el acordeón a cuesta, lo seguía en confianza. Era Gilberto Torres, quien apenas se abría en el camino de la fama.

Aquel caserío de novela, espacio vital de la crónica en Ataque de Frío de Perros, parecía la copia de Cien Años de Soledad. Cuando se asomaron en el repecho más alto de Culo Alzado, pudieron ver sus encantos: lo primero fue el campo de futbol, que desde las gradas naturales, parecía un playón de luna llena, arenoso y limpio, con las dimensiones del coloso Maracaná de Rio de Janeiro. Al costado se asomaban los copos de los arboles centenarios que anclaban sus raíces en la barranca y protegían con sus ramas el lecho del arroyo del Mico, que bajaba de las Palmas, surcaba los territorios de Loma de Vásquez, Vara de León, Frio de Perros, La Prusia, La Bagatela, hasta internarse en Cacho seco- por donde bajaban los parranderos- y derramarse en las vegas que llevaban sus aguas al Rio Magdalena. El cementerio parecía un pesebre, vigilado por una ceiba de leche y desde allí, el pueblo iba enlazando sus dos barrios, entre cuatro o cinco callejuelas, con sus 92 casas y una iglesia de piedra y barrios. En sus puntos estratégicos, conectadas por sendero de indios, estaban las lagunas, donde se surtía la población.

Quería que Gilberto, se hubiese hospedado en mi casa, la más grande del pueblo, en el barrio Abajo, techada en zinc de grueso calibre, una tienda, y un corral de ganado que le daba vuelta a la cuadra, casi completa, si no es porque Genaro Vásquez, adquirió una esquinita del predio, antes de doblar al barrio Arriba, donde lo había llevado Julio Fontalvo, que era gallo jugado. Sería el año 69 0 70, Gilberto no se acuerda muy bien, porque había conocido a Fontalvo en Bucaramanga en 1968, en un cuento más largo que el mes de mayo.

No fue en el barrio Abajo, sino en el de Arriba, donde hicieron una parranda de cuatro días, arrancando el viernes. Yo sería un niño, que me perdí de aquella parranda que extrañamente pasó por la mente de Gilberto con algunos nubarrones, siendo un hombre de magníficos recuerdos. No recuerda muy bien, por lo que no pudo darme la facha de la casa ni de los anfitriones, para saber si fue donde Remigio Medina Novoa, quien tenían tienda y ganado y estaba casado con Eva Maestre, o donde Ramón Ortega Arroyo, hombre liberal, inspector de Policía y corredor de tacaco, que convivía con María de Los Santos Anillo.

De las Palmas si se acuerda perfectamente, porque Julio se hizo su figura más importante y ya no arribaba a pie sino en un jeep expreso que lo llevaba desde San Jacinto. Llegaba triunfante, con aires de grandeza. La gente lo esperaba en la embocada del pueblo, donde lo alzaban en hombros, mientras se disputaban la maleta para hospedarlo. Se peleaba el lujo de tenerlo como anfitrión. Una semana no le alcanzaba para la parranda, mientras Isabel, su hermana, creía que aquel muchacho se iba a perder, a lo que su marido, Rafael Gamarra, replicaba:

– Déjalo, Isa, que ese es su trabajo.

Gilberto Manuel Torres Ortega lo que más quería era grabar y que sus canciones se difundieran por todo el país, por eso ya había estado en Bucaramanga, una ciudad donde ponían bailes. Allá llegó con el deseo de probarse. Lo oyeron y les gustó, de modo que fue contratado en un Naith Club para ocho noches, algo así como dos meses, con una clausula según la cual, si les salía un baile fuera de la ciudad bonita, tenía que dejar un conjunto contratado.

Torres y sus acompañantes eran jóvenes, que terminaban una tanda y no se iban al hotel, sino que se iban de rumba. Además de jóvenes, eran solteros. Además, el atractivo eran los corraleros de Majagual, ídolos de la época, de modo que ingresaron a la caseta, donde se dieron de cara con Julio Fontalvo, quien había llegado de Bogotá, donde residía.

FELIX ALBERTO.

A Félix Alberto Arrieta Contreras casi se lo tira el día de su nacimiento, el 13 de diciembre de 1952, día de Santa Lucia, patrona del Mamòn, su tierra natal. Es lo que se llama onomástico. Sus padres propusieron, como se usaba, que llevara el nombre de Lucio en honor a la santa, pero su abuelo, quien además lo rescató del desamor de su padre, se opuso a semejante bodrio. Lo puso como su misma gracia.

Pese a ser un hombre exitoso, considerado como un juglar autentico, que conserva las raíces de la música de acordeón vernácula, Felix Alberto, conocido como “El Gavilàn Sabanero”, reciente de su padre, porque jamás veló por él ni hizo por educarlo. Solo llegó a tercero de primaria.
Ya estaba crecido y amenazaba con el metro con 90 en que refugia sus ochenta kilos – es magro- e iba por Corozal vendiendo plátanos y mafufos en un burro, cuando a su abuelo Juan Félix Contreras, se le ocurrió ponerlo en la escuela, que quedaba en el sector de La Macarena. Tenía que atravesar todo el pueblo, de sur, en la entrada del Mamòn, hasta la Macarena, en Norte, con el taburete en la cabeza. Y después, al mediodía, regresaba, con el mismo disfraz. No era solo, todos los estudiantes llevaban y traían el taburete, que no podían dejarlo en la escuela, porque se los robaban. La mayoría de quienes iban al colegio era con la posibilidad de convertirse en maestros de Escuela. Cierto día que regresaba del colegio, cuando iban por parajes enmontados, pues Corozal tenía muchos lotes de engorde de ganado, se puso a meditar si aquel esfuerzo merecía tanta pena. Lanzó el taburete al piso, se paró sobre éste e hiló su mirada larga sobre la fila de estudiantes que se desperdigaban por aquella ciudad con los asientos en sus cabezas. ¿Si habrá puestos para tantos maestros? Pensó. La respuesta le llegó de inmediato. Estrelló el taburete contra un barranco y tomó el camino del campo. No regresó al colegio.

Desde entonces Arrieta conserva su acento campesino. Su lenguaje es sencillo y a veces de poco equipamiento lexical, pero va revestido de algo que se ha perdido: es un hombre de palabra. Desde niño Arrieta tuvo arraigo de negociante, de rectitud y avivamiento para ganar el sustento.

Su primer acordeón lo adquirió con las labores del campo, pero después se lo cambio a Mario Paternina Payares por una caja.

Hace treinta años se mudó de su tierra a Sincelejo, donde se estableció con el propósito de que sus hijos se educaran. Tenía su casa en la Avenida Alfonso López, en cuyo frente exhibía los productos de su ejercicio de campesino. Yuca, ñame, naranjas y sobre todo abundante patilla, hacían parte de aquella tienda callejera. Era un sector por donde pasaban los parranderos que se escurrían después de un festival sabanero. Entre los que iban recuerda a Enrique Díaz, Gilberto Torres, Rugero Suarez y otras figuras reconocidas, a quienes admiraba.

– Cómanse las patillas que quieran, amigos, les dijo Félix.

Se saciaron de patilla, pero solo se alcanzaron a comer dos. Allí se los cogió una nube de mosquitos y es donde les nace la idea de hacer una baca para una galillona de aguardiente. Se prendió la parranda. Sacaron las acordeones, sonó la caja y la guacharaca, echaron versos y ya con el alcohol en la cabeza, Arrieta se atrevió a echarle unos versos al negro Enrique Díaz, quien contrario a su usanza de no dejar títeres con cabeza, expresó gratitud.
– Hombre, Felix, si usted lo hace bien.

Ese otro día fue a la compra venta de Marita Díaz y compró un acordeón. Desde entonces ha grabado trece trabajos discográficos, la mayoría financiados con el producto de su cosecha de campesino, como sembrador de yuca a gran escala y dueño de varias fincas.

Desde allí inició una amistad con Enrique Díaz, que hoy está llena de innumerables anécdotas y vivencias, lo mismo que con Gilberto Torres.

Díaz iba con frecuencia a los cumpleaños de Arrieta, en el Mamòn. En el último, celebrado el 13 de diciembre de 2012, que estuvo lleno de lluvias, convirtiéndose aquella en un verdadero festival, al despedirse Díaz, después de tres días de parranda, le dijo:

– Maestro Félix, con esta visita mía queda usted sobregirado conmigo para el resto de su vida.

Cierta vez fueron a tocar una parranda por los lados de Las Piedras, en Toluviejo. Ya Díaz tenía el pie en el carro en el que se aprestaban a regresar, cuando llegó un jinete azotando una bestia. La ató al pie de un árbol, mientras el animal desfallecía, chorreando sudor por la barriga.

– ¿Cuál de ustedes dos es Enrique Díaz?, preguntó.

Y Félix Arrieta, que es mono, pelo cano, de casi dos metros de estatura, respondió.

– Confunda, pero no ofenda, cuando ha visto usted que Enrique sea blanco?

Y Enrique, que ya había sacado el pie del estribo del Jeep, para atender al recién llegado, le echó una mirada de odio a Félix, que lo dejo pasmado. Era la primera vez que Félix sacaba a relucir sus prejuicios racistas, pero en realidad había sido para mamar gallo.

El recién llegado había transitado diez leguas por más de doce horas, atravesando caminos reales y montes embarbascados, para conocer a su ídolo Enrique Díaz.

– ¿Maestro, cuando va a grabar usted?, preguntó el hombre.
– Dentro de doce años, le respondió Díaz, y trató de subirse en el jeep, para irse.
El recién llegado sustrajo un fajo de billetes, y se los mostró.

– Maestro, es que le traje 500 mil pesos para que me brinde un saludo cuando grabe.

Al ver la plata, los ojos de Díaz se agitaron de codicia, entonces se apresuró a quitárselos:

– Venga eso, que acabo de grabar y mañana vamos a meter los saludos.

Félix fue el que se percató que el recién llegado ni siquiera había dicho cómo se llamaba.

– ¿Aja y a quien quieres que te salude Enrique?

El tipo sustrajo una larga lista. Quería que le saludaran a su mujer, porque era una dama muy buena. A su suegra, que pese a oponerse al principio, ahora era gustosa y amorosa. A su hijo mayor, que era la luz de sus ojos. Y no podía dejar por fuera a su compadre Lubertino, que le había prestado para el matrimonio y entregado varias vacas al levante.

Fue donde Enrique intervino para preguntarle:

– ¿Ajà, compadre, y no quiere que le miente la madre?

ROSA ISABEL.

Isabel ahora está en una actitud ambigua. Por un lado está contenta, porque el patio es más luminoso en la mañana. Y por el otro lado, al mediodía no aguanta las oleadas de calor. El palo de mango, con el que se inició esta crónica, es historia patria. Al fin fue cortado con seguetas y motosierras y de una forma tan técnica, que las casas aledañas no sufrieron del rigor de su muerte.
Viéndola así, entada en la mariapalitos, lista para asistir al médico, la mujer de Gilberto Torres, a su sesenta y tantos, tiene rasgos de belleza. Me la imagino a los 18 años, cuando el músico la conoció y esos fueron amores a primera vista.
Gilberto ha dicho que quería casarse con una mujer que se enamorara de él por su personalidad, no por ser un artista famoso. Así cree, que ella no sabía que era músico, y que se enteró solo seis meses después de conquistarla, porque la invitó a una casera del Veinte de enero, donde el tocaba. Ella, por su parte, mientras se alista para salir, me confiesa que si sabía, pues ya era un acordeonista afamado y que incluso, visitaba a Gladys, una cachaca, a media calle de por medio. En Sincelejo todo se sabe. Todos nos conocemos.
Ella fue la primera de diez hermanos y como tal era la encargada de soportar la larga prole. Tenía 18 años, y sus padres, que provenían del corregimiento de Chochó, no la pusieron en el colegio, porque iba a aprender a escribir solo para enviare mensajes a sus enamorados. A duras penas permitían que los varones fuesen al colegio, pero ni aun así, nadie estudió. Su madre, que atendía una fonda en el Mercado de Sincelejo, volvió a parir, de modo que no hubo más remedio a que Rosa Isabel, la reemplazaba. Tenía que levantarse a cinco de la mañana, para combatirse con veinte desayunos de un contrato de su madre.
Por su parte, Gilberto, ya de 18 años, cultivaba ñame en la finca Buenos Aires, en la Sierra, Carmen de Bolívar y ya era un músico famoso. Las cosechas las llevaba al Mercado de Sincelejo, donde un primo de ella, se la presentó. Fue un amor de primera vista. Y ella se acomodaba al querer de Gilberto, porque las novias que había tenido antes, querían era al músico, no al hombre. Y él, que jamás le dijo en seis meses lo que era, aunque ya ella lo sabía, la halló aparente, digna, para llevarla al altar. Y así lo hicieron, pero no con el consentimiento de la familia de ella, quienes se oponían.
– MI madre no estaba de acuerdo por una simple razón, yo era la única que la ayudaba. Y era tan cierto, que una vez me casé, cerró la fonda del mercado, dice ella, ahora viajando al centro, donde el médico.

En este ítem de la conversación, entra Gilberto, que en casa está atento de todo el ajetreo del hogar. Dice que a los quince años se sacó (raptó a una muchacha). Se llamaba Gladys y era hija de un señor muy recto y fregado, de aquellos que todo lo arreglaban con la palabra y que a veces regañaban con una mirada. Iban a la par, porque Gregorio Torres, padre de Gilberto, era padre de 11 hijos, y también se les respetaba. Nadie se metía con uno de los Torres.
A los quince años ya el acordeonista tenía fama y las muchachas lo buscaban. Visitaba a Gladys, de 14 años. La madre de la muchacha sabia de los amores, porque el joven la visitaba en los días de semana, cuando el padre estaba trabajando. Eran casa fincas de una extensa y rica región de montaña, casi impenetrable, porque se andaba en mulos que se metían en zanjones y caminos estrechos por los que solo podía pasar un animal, de modo que tenían que gritar antes de tomar la manga, para que quienes aún no la habían transitado, esperaran. No habían paletas de Pare o Siga, sino el grito de monte.
Gregorio Torres, padre de Gilberto, tenía Buenos Aires, una finca que contaba 20 hectáreas de aguacate, diez de arroz, diez de café y diez más para pastoreo. La casa era como un conjunto residencial, con tres terrazas de cemento de diez metros cuadrados para secar el café. Una terraza, cocina, zona social y la casa de habitaciones.
Pero Gilberto, que se iniciaba en el amor, no tenía solo a Gladys. Visitaba a otra muchacha más guapa, de apellido Merlano, hija de sincelejanos. Se convidaron para escaparse. El rey del paseaíto la estuvo esperando hasta la seis de la mañana, después de una noche de cacería infructuosa, pero la muchacha no llegó a la cita. Decepcionado y a manera de revancha, se fue donde Gladys. Apoyado por un primo, se mimetizó en un colegio que estaba en el camino al arroyo, donde ella debía ir a buscar el agua. Así fue, Gladys apareció a las siete con la cantimplora en la cabeza. Él la siguió hasta la quebradita, con cuya inspiración haría su primera acción. Dialogaron en la orilla, se besaron. Él le pidió que se fugaran a casa de sus padres, en La Sierra. Ella estaba indecisa. Tenía temor. Gilberto esgrimió todo el repertorio de un gavilán, aduciendo que esa era la última vez que se verían y ella accedió. Fue a llevar la cantimplora de agua. Y de regreso, metió en el mismo recipiente unas mudas de ropas. La cantimplora quedó olvidada en la orilla de la quebradita. Se fueron a casa de los padres de Gilberto a saciar el amor, pero ella no era señorita. Aquello era una afrenta que causaba tragedias, porque iba contra el honor de la familia. Una mujer usada perdía todo el valor. Era considerado como una traición.
El más sorprendido con la noticia fue el padre de la muchacha. No sospechaba que Gilberto fuese su novio, de modo que de una le exigió que se casara. Fue donde el joven le confesó que no la había hallado virgen, y que por lo tal se la devolvería. El viejo pidió que se la llevara para ponerla en Confesión. Al día siguiente, padre e hija, se encerraron en una habitación, donde ella le confesó haber sido burlada por un primo, el mismo que Gilberto hallaba cuando iba a visitarla. De todas maneras, alcanzaron a vivir juntos dos meses, hasta cuando ella un día se alisto para acompañarlo a una caseta.
– Yo busque una mujer para el hogar, no para el baile, de dijo. Entonces la devolvió a sus padres.
La muchacha después se comprometió con un hombre al que le salieron unas manchas en el cuerpo. Gilberto le tenía asco. Ella aún se le botaba a la finca de un hermano y se le desnudaba, pero el ya no la quería. Ella se separó del pobre hombre enfermo y después se fue a vivir a Ovejas, donde consiguió pareja, pariendo siete hijos. Hace pocos años supo, que la mujer que le inspiró su primera canción, murió en el corregimiento de La Arena, en Sincelejo, donde vivió sus últimos años.
Por su parte, la joven guapa, blanca y esbelta, que lo dejó plantado el día que se raptó a Gladys, se casó y más tarde se divorció. Con ella alcanzó a convivir a escondidas, cuando ya estaba separada y Gilberto era un músico consagrado. Ella se le botaba y no supo despreciarla, pese a que ya estaba casado.
Gilberto cree que su matrimonio le ha durado porque su esposa no se enteró de esas aventuras. Mentira, ella si supo de algunas, pero como mujer inteligente, supo sobrellevar aquellas aventuras.

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

1 Comment

  1. 2 febrero, 2019 at 1:29 pm — Responder

    Great, I really like it! Youre awesome

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