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Germàn Mendoza, a traves de los ojos de Martha.

GERMAN MENDOZA DIAGO, EL SILENCIO DEL GENIO.

Por Alfonso Hamburger

Conocí a Germàn Mendoza Diago a través de los ojos de Martha Ramírez. Fueron los ojos, en aquellos años ochenta, a mediados, que más atractivo tenían para la muchachada que empezaba a ejercer el bello oficio en El Universal de Cartagena, calle San Juan de Dios, en una sala de redacción llena de calidez humana, mientras El Panty observaba desde su cubículo tan alto ,casi enclaustrado en el techo, de frente. Son unos ojos pequeños y brillantes, verdes como el mar. Cuando llegaba una muchacha bonita a la redacción- me lo imagino y también lo viví- todos se la querían tragar con los ojos. Los más galantes se ofrecían de maestros, le cedían la silla, le ayudaban a configurar el computador o le enseñaban a cómo agarrar la cámara fotográfica- porque ni a veces eso enseña la universidad- y algunos se disputaban el derecho de haberlas visto de primero. Es larga la lista de mujeres bonitas y talentosas en las salas de redacción. En Las facultades de comunicación asisten en promedio diez mujeres por cada tres hombres. Las mujeres se adueñaron del periodismo y lo hacen con solvencia.

GERMAN                         Germàn Mendoza era amante del cine.

A regañadientes – porque yo vivía en el hotel de Mamá en San Jacinto, donde nada me hacía falta- un 16 de agosto de 1987, a las cuatro de la tarde, en el preciso momento en que sacaban la procesión de San Jacinto de Duanga, tomé mi maleta y me fui a Montería a encargarme de la corresponsalía de El Universal. Me costaba trabajo asumir las grandes ciudades, que tienen ese mal, ese misterio para el provinciano, porque había  cumplido el deber extraño de pagar un año rural de periodismo desde Los Montes de María, de donde no quería salir.
En Montería usábamos un Tandy 2.000, cuya capacidad de almacenamiento era mínima. Página escrita, página enviada, página vaciada. Germàn Suàrez era el coordinador de la sección regional y nos recibía los despachos en un cuartico de máquinas, que estaba ubicado en otro rinconcito, al pie de las escaleras que nos llevaban al altar del Panty y al archivo celosamente guardado por Gloria, que lo defendía como gato bocarriba. Era una hermosa confusión de espacios, en medio de la calidez de la señora de los tintos, sala que se exacerbaba  en los agites de la hora del cierre, con las carreras, los telefonazos comprobatorios y la bajada de las notas a través de una cabuya que tenía un gancho en los extremos, con el que se aprisionaban las cuartillas. El mecanismo de bajar las cuartillas para que las pantallitas las trasncribieran, en la primera planta- donde estaban las rotativas- no fallaba, al menos que estuviera lloviendo, porque había un antejardín a cielo abierto que podíamos observar desde arriba, con los codos apoyados en la baranda de madera labrada, a la hora de los tintos.

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Aquella sala cálida era pequeña y en medio del apiñamiento solìa ser  lo más grande que hasta entonces habíamos visto, porque la mayoría no habíamos tenido experiencias en grandes medios. El único que trabajaba cómodo, desde su pequeña oficina, o al menos más concentrado, era Germàn Mendoza Diago, un mono delgado, de ojos marinos , con bigotes hendidos, una risita de picardía eterna, con más aspecto de futbolista argentino que de otra cosa. Era el jefe de redacción. Pero no ocupaba una oficina cerrada y atrancada por dentro, porque tenía dos entradas y salidas, a puertas batientes. Una que abría en los laterales, sobre el pasillo desde el que se miraba al jardín y otra que daba directamente con la sala de redacción. Se entraba y salía según el grado de confianza. Germàn no se sentía casi. A mí, personalmente, cuando confluí en aquella sala inmortal, no me dio ningún tipo de indicaciones. Me dejó ser autónomo. Siendo costeño como casi todos, Germán no era el tipo estridente y piropero de las esquinas. Cuando los redactores más cercanos se amontonaban en el pasillo a tomar tinto y a mamarle gallo a la vida, era cosa de miedo. Nadie se privaba de las carcajadas de Alberto Salcedo Ramos festejando un chiste del Negro Bolaño, ni las sarcásticas insinuaciones del maestro Jorge García Usta, que siempre andaba sudando la gota gorda, con un montón de hojas apiladas bajo el brazo y su humor burlesco. Se iba del boxeo al béisbol y de la mujer a la literatura.  Este era un grupo más de pueblo, en el que participaba el chofer Cabezas, Milton Pérez de la Rosa, el reportero gráfico  Eduardo  Herrán y a veces Edgardo Olier, antes de que un amor perdido se lo trajera para Sincelejo. Y había otro grupo, en el que se sumaban Maruja Parra o Eulalia Pinedo, liderado por Oswaldo Sotomayor y Hermes Figueroa, más sofisticado. En mis nebulosas, porque yo andaba como errante detrás de los casos judiciales, y ni las fotos de aquellos momentos me cogían por allí, Germàn Mendoza hacìa apariciones esporádicas en tales ruedas y tertulias espontaneas, tipo diez de la mañana, principalmente, cuando todos ya estaban dispuestos a tomar sus puestos. Mendoza parecía tímido, picaba y volaba, con humor fino, hablado bajito, prudente. Y saz, para su oficinita. No sé, pero parece que siempre vestía a cuadros. Creo que se parecía un poco a Rafael Orozco, pero siendo mono. De sus intereses intelectuales solo supe a través de una crónica de Gustavo Tatis, como el cine, la pintura a mano alzada y otras actividades que desarrolló en su vida de intelectual en la penumbra. Igual creo en su modestia y su discreción. Si hacían consejo de redacción no me acuerdo, porque yo salía desde las siete de la mañana con un fotógrafo a hacer la ronda judicial y regresaba cuando ya todos estaban como muy ocupados en sus tareas. Germàn salía de su oficina por asuntos puntuales, una foto, un titular, hacía algún chiste fino con alguien y se metía. Volvia a su cubículo, donde  solía salir cuando ya todo estaba listo.

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Volviendo al cubículo de máquinas, donde estaba el teletipo de la AP, el receptor de fotos mediante rayos láser (todo un espectáculo de la lentitud, cada foto se gastaba media hora) ,de Colprensa y noticias regionales, en éste estaba Martha Ramírez un día que desde Montería empecé a echarle piropos a sus ojos. Ella era soltera. Casi todos éramos solteros y nos mamábamos gallo. Cuando Germàn Suàrez descansaba, Martha recibía los despachos. Los otros periodistas poco entraban en aquel cuarto pequeño. Pero había uno que si entraba con frecuencia, Germàn Mendoza Diago, unas veces para ver qué había llegado de importancia y otras tras las huellas de un amor. Allí empezaron uno de aquellos amores eternos, porque Marthica, en la enfermedad de German, me cuentan que sustrajo todo lo mejor que una mujer puede dar para atender a quien Dios le entregó como esposo. Sus manos fueron sus manos, para ratificar aquel amor que se inicio bajo la lluvia de teletipos  y las claves cifradas y los signos que había iniciado Marconi.
Han pasado muchos años y aun pienso que muy seguramente Germàn alcanzó a leer algunos de los piropos que le lancé a los ojos de Martha en el teletipo, cuando me recibía los despachos desde Montería, porque un hombre enamorado persigue su prenda hasta el en más profundo de los rincones. En esos juegos se ilumina mas el amor. Y mientras German le echaba los brazos y le olía el cabello, la observaba como retiraba las cuartillas que iban resucitando en la máquina aquella, que sin duda, parecía trabajar con manteca de cerdo, pero funcionaba. ¡Que bellos amores, como los de Germàn Suarez con Dorys, la secretaria de Montería, que lo ahogaba a besos en la banca de los parques de la ciudad de las eternas golondrinas! Iban por parejas, Eulalia con Alberto. Mouthon con Rosario..
¿Cómo amanecieron los ojos más bellos del Caribe?, le ponía yo.
Germán tuvo el privilegio de conquistar aquellos ojos, que después se convirtieron en sus propias manos.
Abrazos solidarios para Martica y a sus hijos. Y para la familia de El Universal.

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