¡EL ENTRAMADO DE LAS TUTELAS!
Por Alfonso Hamburger y Mariali Hamburger
Así se ve en estos días, Miguel Villa Osorio.
Miguel se engolosinó con las Tutelas. Después de entrar él y su esposa abrió un hueco jurídico en el magisterio, empezó a asesorar a unos sesenta maestros, que lograron el nombramiento por tutela, a un costo de dos millones de pesos por persona, pagaderos a cincuenta mil pesos mensuales por maestro nombrado, mientras los indígenas- algunos falsos capitanes- ofrecían becas, cartas indígenas y nombramientos, lo que creó un carrusel de nómbratenos. Entre tanto, Miguel Villa Osorio logró construir su casa y adquirió billares, siguiendo la huella de su padre.
Miguel se engolosinó con el poder de la ley. Aquel hombre de las gafas oscuras descubrió que una tutela bien redactada era más filosa que un bisturí, y empezó a abrir un hueco jurídico por el que se colaron las esperanzas de los olvidados. Se convirtió en una suerte de boticario legal: asesoró a sesenta maestros, una legión de desposeídos que lograron sus nombramientos gracias a su pluma. El trato era un pacto de honor y supervivencia: dos millones de pesos por cabeza, pagaderos en cuotas de cincuenta mil pesos mensuales. Un goteo de dinero que, para Villa, representaba la justicia; para sus enemigos, un desafío al monopolio del hambre.
Frente a su oficina improvisada se erguía el otro bando, el de los falsos capitanes. Eran indígenas de ocasión que, bajo la sombra de la Ley 115, montaron su propia feria de vanidades. Ofrecían becas como si fueran dulces, cartas de identidad ancestral de dudosa procedencia y nombramientos a dedo. El magisterio de Sincelejo se transformó en un carrusel frenético donde los favores políticos y las prebendas étnicas giraban al mismo ritmo.
Villa, con sus sesenta maestros a cuestas, se volvió un estorbo para el negocio de los cabildos y la Secretaría. Estaba cobrando por la libertad de cátedra lo que otros cobraban por la servidumbre. En ese choque de trenes, donde el dinero de los maestros y las becas falsas volaban por los aires, se empezó a cocinar la venganza. La acusación del abuso no fue un hecho, fue el precio de haberle dañado el negocio a los dueños del pueblo.
En ese momento los falsos capitanes decidieron que el profesor era «demasiado peligroso» y La relación entre el dinero de las tutelas y su posterior imposibilidad de pagar una defensa de alto nivel, entonces se gestó la acusación de los falsos testigos y el rumor de sacarlo a como diera lugar. Se le acusó de tener la mano metida en una balacera donde hubo dos muertos en San Miguel.
Un abogado de apellido Arrieta, vociferó que había que sacarlo como diera lugar. Cierto día Villa fue golpeado por un funcionario de la Alcaldía en un centro comercial. Aun conserva su apellido, Baldovino.
El `profesor Villa, antes de ganar la primera Tutela, que lo designa oficialmente como etnoeducador, nombrado valiosamente por el Alcalde Jaime Merlano, de tinte conciliador, tenía un contrato que le violaba sus derechos. Solo trabajaba nueve meses, sin vacaciones ni prestaciones, de modo que se endeudaba antes de febrero, pero el haber entrado por Tutela le iba a costar su destino. No le ponían carga académica, siempre enfrentado con el sector, y le dio varias vueltas a los pueblos indígenas de Sincelejo, como Babilonia, Buenavist, Buenavistica, San Antonio,, Cerrito de la Palma, la Gulf, La Arena, hasta llegar a San Miguel, una vereda pegada a la ciudad de Sincelejo, donde se generaban varios conflictos, por la guerra interna de los indígenas por el poder y el manejo de los cargos del magisterio, en medio del cual cayò el `profesor, en un complot de dimes y diretes, demandas, asonadas con muertos, hasta el 22 de septiembre de 2010 cuando el profesor es acusado de tentar a una menor de 14 años, en medio de fallas y contradicciones que lo llevaron al exilio desde la pandemia, cuando perdió el contacto con su asesor judicial, sin acceso a su caso.

La justicia para el profesor Villa no fue un camino recto, sino una espiral de deudas y barro. Antes del triunfo de su primera tutela, su vida era un contrato de servidumbre: nueve meses de trabajo al año, sin vacaciones ni prestaciones, un sistema diseñado para que el maestro se endeudara antes de febrero y llegara al aula con hambre de dignidad. Pero ganar fue su verdadera condena. Al ser nombrado etnoeducador por orden judicial, se convirtió en un cuerpo extraño dentro de un sistema que no lo quería; lo dejaron sin carga académica, un fantasma en los pasillos, enfrentado siempre a un sector que lo veía como un invasor de su feudo.
Como un castigo bíblico, lo rotaron por todos los confines indígenas de Sincelejo, hasta recalar en San Miguel. Allí, en esa vereda que roza los límites de la ciudad, Villa se topó con una guerra civil silenciosa: capitanes indígenas enfrentados por el botín de los cargos públicos. En ese escenario de asonadas, muertes y traiciones, el profesor fue el peón sacrificado.
–Villa tiene la mano metida en la asonada, dijo el capitán, quien se atornillaba en el cargo. Y no se escondía para acusarlo. Incluso dijo que un día que limpiaba el arroyo, vio al profesor orinándose en el patio.
El 22 de septiembre de 2010, el complot tomó forma de acusación. En medio de un laberinto de contradicciones y «dimes y diretes» que nunca probaron el contacto físico, la sentencia cayó como una losa. Desde la pandemia de 2020, el exilio ha borrado su rastro. Sin contacto con su abogado y ciego a su propio expediente, el hombre de las gafas oscuras ahora huye de una justicia que, irónicamente, él mismo ayudó a invocar a través de la ley.
Villa era impulsivo y no buscó conciliación, sino que fue a las instancias judiciales, entonces todos se agravó. El conflicto pasó a lo económico, de lo personal a lo racial y hasta politico.

Miguel Villa envejeció en el exilio.
Entre las múltiples fallas del proceso que lo condena, en dos instancias y revisiones de tutela que no logran su cometido, el profesor señala el no aporte de peritaje para medir en tiempo su huida de San Miguel a la clínica poco antes de que comenzara el recreo ( 10 y 30 am), la ausencia de clases por reunión de profesores con padres de familia, la contradicción de los testigos. Nadie lo vio, los supuestos orificios de las mallas que protegían el colegio, los enfrentamientos previos con el capitán del cabildo y la secretaria del colegio y sobre todo la desaparición sospechosa del libro de registros, supuestamente mojado por la lluvia, extrañamente el único que no apareció en toda la historia, entre otras situaciones, como la depresión constante del profesor por su batalla contra todos, que lo llevó a amarrarse en una huelga de hambre ante la Defensoría del Pueblo.
La justicia en el caso de Miguel Villa no fue una balanza, sino un juego de prestidigitación donde las pruebas desaparecían como por arte de magia. En el centro de este vacío probatorio brilla, por su ausencia, el «Libro de Registros». Es una ironía sangrienta: en una escuela donde la lluvia moja todo, el único documento que el agua decidió destruir fue aquel que contenía la verdad sobre quién estaba y quién no aquella mañana del 22 de septiembre. Sin libro, la memoria se volvió un territorio moldeable para el perjurio.
El expediente es un catálogo de imposibilidades físicas. Nadie realizó un peritaje para medir los minutos; nadie cronometró la huida desesperada de un hombre roto desde San Miguel hasta la clínica en Sincelejo, un trayecto que Villa asegura haber completado antes de que el reloj marcara las 10:30, la hora en que el recreo —que ni siquiera debía existir ese día por la reunión de padres— supuestamente enmarcaba el delito.
A esto se suma la física del absurdo: una malla intacta que, según los acusadores, permitió el paso de un brazo agresor, y una serie de testigos que, en un baile de contradicciones, afirman haber visto lo que nadie más vio. Todo esto bajo el telón de fondo de una guerra declarada: enfrentamientos previos con el capitán del cabildo y la secretaria del colegio, los mismos que manejaban los hilos de la nómina. ( Hay demandas previas).
El profesor, ese «loco» que llegó a amarrarse en huelga de hambre frente a la Defensoría del Pueblo para reclamar dignidad, terminó devorado por el sistema que intentó corregir con tutelas. Hoy, su depresión ya no es un diagnóstico médico en una clínica de Sincelejo, sino su única compañera en un exilio donde la soledad pesa más que la condena.
CARTA ABIERTA.
CARTA ABIERTA: EL GRITO DE UN FUGITIVO CONTRA LA INFAMIA JUDICIAL
A la opinión pública, a las Altas Cortes y a los organismos defensores de Derechos Humanos:
Desde la penumbra de un exilio forzado, donde la salud se desvanece y la visión se apaga, elevo mi voz para denunciar no solo una sentencia, sino un entramado de persecución política y negligencia judicial que ha destruido mi hogar, mi carrera y mi integridad.
Mi nombre es Miguel Antonio Villa Osorio. Fui condenado a nueve años de prisión por un delito que la física y la lógica desmienten. Se me acusa de un acto cometido a las 10:30 de la mañana en una escuela rural, mientras registros médicos certificaban mi ingreso en una clínica de Sincelejo por una crisis de depresión profunda.
Denuncio ante ustedes las «pruebas imaginarias» y las omisiones criminales de este proceso:
- La destrucción selectiva de pruebas: Es inaceptable que el Libro de Registros de la escuela, pieza clave para mi defensa, fuera el único documento «mojado por la lluvia» y desaparecido, eliminando la evidencia de mi ausencia en el lugar de los hechos.
- La imposibilidad física: Se mantuvo una acusación basada en el contacto a través de una malla de seguridad intacta, sin que existiera peritaje alguno que explicara cómo se puede atravesar el acero sin dejar rastro ni daño.
- El móvil político: Mi condena no nació de una falta, sino de mi lucha contra el «cartel de los nombramientos» en Sincelejo. Al asesorar a cientos de maestros para obtener plazas por vía legal, desafié los intereses de falsos capitanes y caciques burocráticos que manejaban el magisterio como un feudo personal.
- La tortura administrativa: Antes de ser perseguido penalmente, fui sometido a contratos precarios y traslados punitivos, obligándome incluso a una huelga de hambre frente a la Defensoría del Pueblo para reclamar el derecho básico al trabajo digno.
Hoy, a mis 63 años, con un glaucoma que devora mi visión y una ansiedad medicada, espero que la justicia no llegue solo cuando mi cuerpo sea entregado a la soledad del extranjero. Las tutelas duermen en los escritorios mientras la verdad grita en los folios de un expediente manchado por el odio racial y político.
No pido clemencia, exijo una revisión imparcial. Que se midan los tiempos, que se evalúen las contradicciones de los testigos y que se reconozca que mi único pecado fue usar la ley para liberar a los maestros de la servidumbre.
Miguel Antonio Villa Osorio
Profesor, Etnoeducador y Fugitivo de una Justicia Ciega.
