EL GRITO DE UN FUGITIVO FRENTE A LA INFAMIA JUDICIAL.
Por ALFONSO HAMBURGER y MARIALI HAMBURGER

Miguel Villa Osorio, condenado, fugitivo, sigue luchando
La carta en la que pide libertad, desde cualquier parte del mundo- que puede ser Italia, Venezuela o Brasil- donde se encuentra fugitivo desde que fue sentenciado por presunto abuso sexual a menor de 14 años en una escuela de Sincelejo, es angustiosa. ¨Tengo 63 años, condenado a nueve años injustamente por un montaje político racial, sufro de glaucoma, tengo poca visión por el ojo izquierdo, tengo ansiedad medicada y no trabajo desde el 24 de octubre de 2010, he sobrevivido escondiéndome y llevo varios años sin contacto con mi apoderado judicial, como voy moriré de soledad en el extranjero, he pedido revisión de mi caso en las altas cortas y doce de mis tutelas tienen alarma de violación fragante de todos mis derechos¨.
No son casos temerarios contra la justicia, porque la violación de mis derechos persisten.
Quien escribe en un alegato de más de sesenta folios, con abundantes pruebas, es el profesor Miguel Antonio Villa Osorio, quien dice haberse enfrentado a un cartel de los nombramientos en el sector Magisterial de Sincelejo, alianza del Municipio con indígenas que se amparaban en la Ley 115 ( decreto 804 de 1995), donde se permite a los cabildos indígenas designar libremente a los profesores, aun sin títulos, solo con los saberes, lo que según el fugitivo generó un intercambio de favores, tipo carrusel, lo que degeneró en un enfrentamiento con quienes llegaban a los cargos por Acción de Tutela, caso del profesor Villa. El drama del fugitivo se concentra en la mañana del miércoles 22 de septiembre de 2010, día que no hubo clases en la escuela rural de la vereda San Miguel, porque había reunión de profesores y ese mismo día el profesor fue acusado de tentar los senos de una menor de 14 años, cosa no probada porque a esa hora, entre diez y diez y treinta AM , el profesor estaba interno en una clínica, por depresión ( certificado) y es allí donde empiezan las contradicciones, pero a pesar de todo, Villa fue condenado y desde febrero de 2020, se halla fugitivo. Disfrazado muchas veces de anciano o de mecánico, sucio y con herramientas en las manos ha logrado evadir la justicia, sin celular, pero alguna vez casi lo capturan en Maicao, La Guajira, rumbo a Venezuela.
EL AIRE DE UN FUGITIVO (La crónica de una injusticia)

63 años y casi ciego, el profesor Villa pide revisión de tutela.
El aire en la clandestinidad tiene un sabor distinto; es un oxígeno prestado que se consume con la prisa de quien sabe que cada aliento podría ser el último en libertad. Desde algún rincón cartográfico que bien podría ser la humedad de Brasil, el bullicio de Venezuela o la nostalgia de Italia, Miguel Antonio Villa Osorio escribe. No es una carta, es un testamento de sesenta folios donde la tinta intenta detener el avance del olvido y de la ceguera.
A sus 63 años, el profesor Villa es una sombra que se desvanece. Su ojo izquierdo ya no le pertenece a la luz, reclamado por un glaucoma que avanza con la misma implacabilidad que la justicia que lo busca.( Tienen neuritis) No trabaja desde octubre de 2010. Desde entonces, el calendario es para él una sucesión de días sin sol, alimentados por ansiolíticos y el terror de ser reconocido en un rostro ajeno.
El origen de su desgracia tiene la precisión de un reloj malogrado: las 10:30 de la mañana del miércoles 22 de septiembre de 2010. En la escuela rural de la vereda San Miguel, en Sincelejo, el silencio imperaba por una reunión de docentes. Sin embargo, en ese vacío de aulas, se gestó una acusación de abuso contra una menor que funcionó como el engranaje perfecto de una guillotina. Mientras el acta judicial lo situaba mancillando la inocencia, un certificado médico —un trozo de papel que hoy parece un amuleto inútil— lo ubicaba en una clínica, hundido en las sábanas de la depresión.
Villa sostiene que su condena de nueve años no nació de un delito, sino de una arquitectura política. Se describe como el hombre que se interpuso ante el «cartel de los nombramientos», una oscura alianza donde la Ley 115 y el fuero indígena se retorcieron para convertir el magisterio en un mercado de favores. Él era el obstáculo; la acusación fue el despeje. Había logrado el nombramiento por tutela de él y su esposa. Y sesenta compañeros más en Buenavista, Benavistica, La Gul, Cerrito de La Palma, La Gallera, La Gallera, San Antonio, Rafael Nuñez, entre otros.
Hoy, el fugitivo es un espectro que clama a las altas cortes desde un exilio que huele a sepultura. Sus tutelas, marcadas con la alarma roja de la violación de derechos, duermen en despachos donde el aire acondicionado es más frío que su soledad. «Moriré de soledad en el extranjero», dicta su pluma, con la certeza de quien ya no espera un abrazo, sino apenas una revisión.
En Sincelejo, el nombre de Miguel Antonio Villa Osorio es un expediente cerrado bajo llave. Para él, es una herida abierta que supura desde febrero de 2020, cuando decidió que era mejor ser una sombra errante que un cuerpo encarcelado por una verdad que nadie quiere escuchar. Se fue de madrugada, sería de la misma rabia, a defenderse en la clandestinidad, donde le ha pasado de todo.

Para escapar el profesor Villa se ha disfrazado de anciano y de mecánico y a veces habla en italiano.
Nunca se pudo probar si era clase de educación física o recreo y si el profesor apretó los senos de la niña con una o dos más o si logró meter el brazo por una malla intacta, que protegía al colegio de los asedios de los ladrones, tampoco se probó el tiempo en que recorrió el camino de la vereda a Sincelejo, por una depresión y estrés, al ser tratado de burro por un payazo vestido de metal.
La justicia, a veces, se construye sobre la geometría de lo imposible. En el expediente contra el profesor Villa, los hechos se amontonan como sombras chinas, carentes de volumen y certeza. Nunca se pudo precisar el escenario: el rumor judicial vacila entre el sudor de una clase de educación física o el griterío desordenado de un recreo que nadie presenció. Misteriosamente se perdió el libro de registro de profesores. Se inundó hasta en las lomas. Se borró la prueba maestra.
El relato acusatorio exige un contorsionismo físico digno de una pesadilla. Se habla de manos que oprimen senos, pero el testimonio titubea: ¿fue una mano o fueron las dos? En el centro de esta coreografía delictiva emerge un testigo mudo y gélido: una malla metálica, intacta y feroz, diseñada para mantener a los ladrones lejos de las aulas de la vereda San Miguel. Para que el profesor alcanzara a la niña, su brazo habría tenido que desmaterializarse, atravesando el acero sin romper su tejido, una imposibilidad física que los jueces prefirieron ignorar.
Luego está la cuestión del tiempo, esa magnitud que en el Caribe colombiano suele ser elástica. Nadie midió, con la frialdad de un cronómetro, cuánto tarda un hombre roto por la depresión y el estrés en recorrer el camino polvoriento que separa la vereda de la clínica en Sincelejo. Los minutos desaparecen en la bruma de los alegatos, dejando un vacío donde debería haber una coartada. En esa brecha entre la malla intacta y el reloj que nadie activó, Miguel Antonio Villa Osorio dejó de ser un maestro para convertirse en un fantasma que huye de una sentencia escrita con tinta de duda.
UN PORFESOR ARRODILLADO.

El profesor Villa, ayudó a sesenta maestros, hoy todos callan.
El profesor fue visto arrodillado ante el padre de la niña, jurándole que no había abusado de la menor, porque para ello los actores buscan sectores aislados y no al aire libre y como no hubo reunión y ante las burlas de un payaso que lo trató de burro, optó por volar a la clínica, pero paradójicamente, los falsos testigos dicen haberlo visto en un horario posterior. Llegó a la clínica a las 10.09 minutos, mientras el recreo- donde supuestamente cometido el delito, se extendió hasta las 10 y 30. No le daba el tiempo para cometer el abuso y llegar en nueve minutos a la clínica. No se hizo ese peritaje.
La escena en el patio tiene la crudeza de una tragedia antigua: el profesor Villa, un hombre de leyes y letras, humillado sobre la tierra, arrodillado ante el padre de la niña. No es el gesto de un culpable que suplica perdón, sino el de un inocente que implora cordura. Sus argumentos son de una lógica desesperada: un abusador busca la penumbra de los rincones olvidados, no la exposición suicida del aire libre, bajo el sol implacable de Sucre.
Pero el día ya estaba marcado por el absurdo. En lugar de la reunión de maestros que debía protegerlo, el ambiente se llenó con las carcajadas hirientes de un payaso vestido de aluminio. Aquel personaje, en un contraste grotesco con la tensión del momento, llamó «burros» a los presentes, convirtiendo la escuela en una carpa de circo donde la honra de un hombre era el acto principal. Ante el escarnio y el colapso inminente de su psique, Villa huyó. Buscó refugio en la asepsia de una clínica, mientras su mente se fracturaba bajo el peso de la depresión.
Paradójicamente, mientras los médicos registraban su ingreso y su desmoronamiento, los relojes de la infamia empezaban a girar en sentido contrario. Los falsos testigos, como actores que ensayan una función macabra, afirmaron verlo en la escuela en un horario posterior, cuando él ya era un paciente bajo vigilancia médica. En ese desajuste cronológico, en esa fisura entre la realidad clínica y el testimonio comprado, se selló el destino del fugitivo. La justicia no eligió la prueba científica, prefirió el libreto del payaso y el susurro de quienes juraron ver lo que nunca ocurrió.
LA ANGUSTIA VIENE DE ITALIA.

El profesor Villa, en las afueras del colegio.
El caso del profesor Villa o Vila, como se pronuncia en Italia, comenzó con sus abuelos en Turín, soldados de la guerra de Mussolini, devastados por la segunda guerra mundial, hasta pasar por Ciénaga de Oro Córdoba- una tía se había suicidado en Italia- donde su padre amasó una fortuna, tenía varias cantinas y billares, y envió a Miguel a estudiar medicina a Barranquilla, pero perdió el tercer semestre por su pésimo inglés y regresó derrotado al pueblo, donde le hacían bulín, entonces se fue donde unos tíos pobres a Sincelejo, donde se puso a estudiar en la Universidad de Sucre.
El destino de Miguel Villa —o Vila, como suena en el eco de sus ancestros piamonteses— se gestó mucho antes de la mañana fatídica en San Miguel. La sangre que corre por sus venas cruzó el Atlántico huyendo de los escombros de la Italia de Mussolini, donde sus abuelos, soldados curtidos en Turín, decidieron que el horizonte estaba en el Caribe. Pero la tragedia familiar ya había marcado la pauta: una tía, en la lejana Italia, prefirió el suicidio al peso de la existencia, dejando una semilla de melancolía que florecería décadas después en el profesor.
En Ciénaga de Oro, Córdoba, su padre logró lo que los inmigrantes sueñan: amasar una fortuna entre el humo de las cantinas y el choque de las bolas de billar. Miguel era el heredero, el hijo que debía redimir el apellido con un título de médico en Barranquilla. Pero la medicina no fue un bálsamo, sino una derrota. El inglés, esa lengua ajena y técnica, fue el muro infranqueable que lo devolvió a su pueblo con el tercer semestre perdido y el orgullo hecho jirones.
El regreso fue un calvario de burlas. En las calles de Ciénaga de Oro, el hijo del rico era ahora el blanco del bullying, el médico frustrado que no pudo con los libros. Para escapar de la risa de sus vecinos, buscó refugio en la austeridad, mudándose con unos tíos pobres a Sincelejo. Allí, en los pasillos de la Universidad de Sucre, intentó reconstruirse como educador, sin saber que la fortuna de su padre y su linaje italiano no serían escudo suficiente contra el carrusel de favores y las mallas intactas que años más tarde lo convertirían en el fantasma que hoy escribe desde el exilio.
EL LOCO DE LAS GAFAS OSCURAS.

la malla de la discordia, intacta!
El profesor Villa, que empezó a usar gafas oscuras por una afección ocular en el ojo izquierdo, fue visto como un loco, que empieza a estudiar derecho precisamente cuando Nasly Calle Monterrosa, compañera de universidad, con la que se casó sin tener aún una cama, logra ingresar como maestra en una escuela indígena, mediante tutela y es allí donde empieza a enfrentarse a dos bloques peligrosos, los políticos que manejaban la burocracia de la secretaria de educación de Sincelejo y los indígenas amparados en la ley 115, que les permitía nombrar a los profesores a su libre albedrio.
Detrás de sus gafas oscuras, el profesor Villa escondía más que una afección en el ojo izquierdo; ocultaba la mirada de un hombre que empezaba a ver demasiado. Esas lentes, que en Sincelejo muchos interpretaron como el rasgo de un loco, eran en realidad el escudo de un estudiante de derecho que comprendía, tarde y con dolor, cómo se movían los hilos del poder bajo el sol del Caribe.
Su vida era una apuesta al vacío. Se casó con Nasly Calle Monterrosa, su compañera de aulas, en una unión sostenida solo por la esperanza; no tenían siquiera una cama donde apoyar la cabeza, pero compartían la tenacidad de quienes no tienen nada que perder. El conflicto estalló cuando Nasly, armada con una tutela, logró lo que para muchos era un sacrilegio: una plaza como maestra en una escuela indígena.
Allí, el profesor Villa dejó de ser un simple educador para convertirse en el enemigo de dos bloques graníticos:
- La burocracia política: Los caciques de la Secretaría de Educación de Sincelejo, que manejaban los nombramientos como moneda de cambio.
- El bloque indígena: Amparados en la Ley 115, los cabildos ejercían el derecho de nombrar profesores a su antojo, creando un feudo donde los títulos pesaban menos que las lealtades.
El «loco de las gafas oscuras» y su esposa sin cama se habían interpuesto en el camino de un carrusel de favores que no perdonaba intrusos. La justicia, entonces, empezó a preparar su propia coreografía, transformando una batalla administrativa en una persecución penal. ( Continuará)
