De la Flor de Aceite a la Moringa. ( crónicas vallenatas)

VALLEDUPAR

De izquierda a derecha, Alfonso Hamburger, Tomás Dario Gutiérrez, Beto Murgas, Rosendo Romero y Andres Forero, entre otros.

Crónicas vallenatas: De la flor de aceite a la Moringa!

Por Alfonso Hamburger

Cuando entrábamos a aquella cita sabatina, en toda la esquina de la Casa de la Cultura de Valledupar , una cuadra después de la tienda del Compai Chipuco, había dos estatuas. Una de Gabriel García Márquez, esculpida en bronce, a medio cuerpo, sobre una máquina de escribir como pedestal y posadas en ella mariposas amarillas. La otra era de carne y hueso, de pie, recostada a la pared blanca, con zapatos mocasines negros sin medias, pantalón azul oscuro ajustado por un cinturón del mismo color, camisa blanca manga larga, reloj en la muñeca izquierda y una pulsera delgada en la derecha y sobre su cabeza de pelo coposo que se le salía por las patillas, un sombrerito panameño. Parecía un muñequito lleno de gracia. Tenía la actitud de un bacán que espera, con las manos sobre los bolsillos del pantalón y unas gafas medicinales enganchadas en la abertura de la camisa, a la altura del pecho abultado de pesista. Se parecía a Rosendo Romero.

Andrés Forero- quien nos acompañaba, del ministerio de la Cultura, antropólogo de la Universidad Javeriana, barranquillero acachacado , no se percató de la segunda estatua. Ni de la primera. Pasó raudo al estrado, pero a mí me pareció que la bendita estatua se movió y respiró. Nos peló sus ojos. Eran las 8 y 30 de la mañana del sábado dieciséis de Marzo, cuando irrumpíamos- muy puntuales- con Frank Martínez, un gestor cultural interesado en la memoria de Valledupar, Andrés y yo, a la recién remodelada Casa de la Cultura de esta ciudad, con un auditorio con una acústica formidable y capacidad para doscientas personas. Frank Martínez, quizás más familiarizado con Valledupar, de padre barranquillero, quien tuvo una venta de discos, tampoco se inmutó.

La segunda estatua, parecida a Rosendo Romero, era, en efecto Rosendo Romero Ospino, considerado entre los cuatro mejores poetas del vallenato, según lo afirmó después Tomás Darío Gutiérrez, a quien le dicen Chicho, siendo el cuarto o quinto- después del celador- en arribar a la Asamblea del PES, Plan de Salvaguardia del Vallenato Tradicional, convocados por la Alcaldía de Valledupar y Mincultura. Rosendo fue el primero en llegar y pensé que nos estaba jugando una broma. Nos saludamos- una vez se desentumeció de su congelamiento eterno- y nos abrazamos. Los vallenatos que se quieren no sólo se sientan en las piernas de sus amigos- como Escalona y el pintor Molina- sino que se abrazan estruendosamente. Se rompen las costillas. Se suenan las palmas en la humanidad.

VALLEDUPAR2Asistentes a la asamblea del PES, en el teatro de la casa de la cultura de Valledupar

Rosendo- quien ahora es guionista de cine y escritor- es directo. Antes de que llegara el quinto invitado, de los ochenta o noventa que estuvieron para la foto oficial- contó que de puras vainas a Juancho Rois le dieron el segundo lugar en el Festival Vallenato 1991, cuando perdió de lejos con Julián Rojas, a quien le había prestado su propio acordeón. Un compañero que le servía de guachara quero, le contó a Chendo apenas la semana pasada, que después que practicaron dos horas en el hotel, se fueron caminando a la plaza Alfonso López. Habían practicado un paseo de Alejo Durán, pero de repente Juancho lo cambió- mientras andaban al festival- por la Lira de Juancho Polo. Y allí se perdió. Esa es una canción atípica, especie de nueva ola, caseteada, muy apartada de los cánones tradicionales del vallenato. Es una especie de discusión eterna, cuestión de estilo, digo yo.

En Valledupar hablar de Vallenato es una delicia. En esas estábamos, cuando apareció el anfitrión. Tomás Darío Gutiérrez se acercaba con esa cara de quien carga una satisfacción por lo que hace. Su barba canosa y coposa de intelectual es más vieja que su jovialidad, que sus gafas medicinales y que su cuerpo juvenil. Traía puestos un pantalón ceñido a su cuerpo delgado y una camisa a cuadros por fuera (como visten los pelaos de la nueva ola), mangas largas y dos bolsillos con botones. El abrazo, tan estruendoso como el que Stella Durán Escalona le daría a todos más tarde, fue sonoro. Enseguida nos mandó a pasar. Vamos, subamos. Estaba eufórico e interesado en mostrarnos su oficina. Habla fuerte y con buena dicción. Es un vallenato intelectual. Le gusta esa palabra.

Se dispuso ante el ascensor reluciente, puyó un botón y este aparato abrió sus fauces para tragarnos. Rosendo se resistió a entrar, prefiriendo las escaleras. Eran sólo tres pisos. Mientras subimos, Tomás Darío fue sustrayendo un manojo de llaves. Y precisamente, apenas abrimos el ascensor, Rosendo terminaba de subir la escaleras, ejercicio que lo dejó sesón, agitado, pero contento. Buen ejercicio para tu panza, le dije, a manera de consuelo. Aquella estatua- que algún día habrán de esculpirle- le teme a los ascensores.

VALLEDUPAR6El maestro Tomás Dario Gutierrez, en toda su grandeza.

Ya en el pasillo, Tomás Darío se abrió del lote, llaves en mano, tomó la delantera y abrió una puerta de la oficina, la última del hall, a la derecha. Es su flamante oficina, no por lo opulenta, sino por lo blanca y práctica, desde donde comanda la Casa de la Cultura de Valledupar, una de las obras con la que la ciudad se prepara para entrar al convenio de ciudad creativa, dentro del marco de capital Naranja de Colombia, en materia musical, con la Unesco. El anfitrión puso a marchar el mini Split que refresca la sala, embellecida por algunos cuadros con motivos regionales, sobrios, y un escritorio con soporte de vidrio, sobre el cual hay papeles ordenados y muchos libros de lo que le interesa. Gutiérrez parece un investigador con toda la barba, y lo es.
Rosendo no se cansa de llamarlo, cariñosamente, como si con ello le agradeciera y lo abrazara: Chicho.

Antes de sentarnos a dialogar, tras tomar sillas plásticas arrumadas en el rincón, Tomás Darío abrió la cortina de la ventana de vidrio que da a la parte posterior. Vimos un patio esplendoroso, entre las casas coloniales, lleno de monte y entre el monte un árbol de tres metros y una flor blanca como una palma de ángeles. Es una moringa, planta que popularizó en los últimos años el presidente de cuba, Fidel Castro Ruz.

Fiel a su vallenatología delirante, ese amor por la cultura del patio, Tomás Darío advirtió que esa planta es muy común en esta tierra, que abundaba en los patios desde tiempos ya remotos, pero con otro nombre. Acá la llaman, Flore de Aceite.

El maestro, antes de empezar un diálogo con Rosendo, apuntó que La Jatrofa- una planta en la que el Tuto Barraza gobernador de Sucre se ilusionó cuatro años, también en el patio vallenato, la llamaban peñoncito, por su precido y familiaridad con el piñón o Camajón, conocido científicamente como Esterculia apetala.

Mientras hablaba, Gutierrez se cuidaba de revisar los celulares, hasta que halló uno que estaba muy cerca de él, era el de Rosendo. Sus ojos inteligentes parecían más vivos que su palabra. Lo bueno estaba por llegar, porque hablaban dos sabios, mientras yo me limitaba al silencio, que era lo mejor.
( Continuará)

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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