Crónicas de viaje.

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TAXI CARTAGENA

DE VIAJE POR CARTAGENA.

Al otro lado de la línea, la voz de Elizabeth, después de muchos años sin verla, se denotaba ansiosa.
– ¡Este es mi número, guárdalo!
La orden de guardar no solo sonaba perentoria, sino esperanzadora, de tenemos que vernos apenas llegues, supuse.
Yo había recibido la llamada de aquel número desconocido cuando estaba embarcado de regreso y trataba de acomodarme en la buseta, donde un hombre dormía al lado. La voz de Elizabeth era fuerte y clara. Tenía por lo menos diez años sin verla ni escucharla.
– Estoy divorciada y tengo dos hijas, me dijo.
II

La mujer que se embarcó ayer a mi lado, cuando subió a la buseta, estaba más pendiente de su potente celular inteligente que de su bolso repleto de cosas, que más bien parecía una maleta de boca abierta, de lo inmenso que era. Se acomodó en el puesto del medio, entre el chofer, quien había anunciado la partida media horas antes, y yo; que me había bajado para que ella subiera y se acomodara. La había traído un joven buen mozo, de ojos azules, quien parecía desembarazarse de ella, porque no se había acomodado ella cuando dio la vuelta: algo le urgía. Antes de que ella acomodara el bolso sobre sus pie ceros y mientras llevaba el celular a sus labios, ya yo la había mirado veinte veces. Llevaba un pantalón oliva ajustada a su cuerpo torneado, una blusa tropical, pelo rubio suelto, con pequitas y algo de papada que no le deslucía. De frente era más hermosa que de perfil. La buseta arrancó y ella no levantó la mirada del celular, donde chateaba con afán. Tampoco me dio el frente bonito más de tres veces.
– ¿Puede poner Unisucre FM?, le sugerí al chofer, a quien vi incómodo para localizar los 100.8. Creía que iba a estrellarse. Y al fin, allí estaba Alma Mater.
Habíamos arrancado de Sincelejo poco antes de las siete de la mañana del martes 16 de Mayo. Me agrada el programa Alma Mater, porque son comentarios suaves de cultura y notas generales, acompañados de buena música. No sé si el resto de pasajeros iba cómodo con esas entrevistas culturales, pero la soportaron hasta poco después de San Onofre, cuando la mujer de mi lado, denotando que no era tonta, me preguntó que si ya podía cambiar de emisora. Le dije que sí. Entonces nos levantaron a reguetón y vallenatos, hasta Cartagena. Fueron unas poco más de dos horas. El promedio de velocidad, casi alucinante, pese a los huecos imperantes, los que mataron a Martin Elías y a muchos más, no bajó de 90 KPH.
El mismo celular que manipulaba la mujer llamó la atención kilómetros antes del fatídico lugar donde se accidentó el Gran Martin Elías. Ella empezó a grabar un kilómetro antes. Los automóviles que venían de Cartagena paraban en el lugar, donde ahora hay una venta de cosas, para provechar la clientela.
De allí en adelante, aquella bella mujer, de apenas 38 años, y madre de siete hijos, me contó su historia.

III

El tipo que ofertó el servicio pirata de taxi particular tiene cara de arreador de bultos. Se ve que jamás aprendió a atender un cliente. ¿Cuánto vale el pasaje de aquí a Los Ejecutivos? Le pregunté, mientras echaba un vistazo al puente que atraviesa la avenida por arriba, frente al cementerio.
Como no contestó, le volví a preguntar y en forma jocosa le pregunté que cuanto costaba el auto, el azul metileno que estaba parqueado en la orilla, donde han improvisado una terminal irregular.
– Vale 12 mil pesos, respondió, con cara arrugada.
– Le doy 10 mil y ya nos vamos, le ofrecí.
– No, váyase en una moto- me ordenó- mirando las motos, que se ofrecían en chagua.
Fue donde me enfurecí y le dije que yo me iba donde me diera la gana, que no fuera tan grosero.
El tipo, de aspecto estrafalario, alto y delgado, se apartó como perro espantado. Fue cuando apareció la otra historia. Un hombre de 70 años, turba quero, afable, al darse cuenta de la escena, vino amablemente a ofrecer su servicio. Y sin chistar nos subimos en el Mazda azul metálico. Éramos tres. Una pareja que iba al médico y yo. Ellos atrás y yo en el puesto de copiloto. Salíamos a cuatro mil pesos.
– Mejor así, soy godo y me gusta el color de este auto.
– Ha salido súper bueno, dijo el chofer.
Tiene setenta años y tuvo tantas mujeres, que hace algunos días se puso a contarlas en un cuaderno de cien hojas, se agotó el cuaderno y no las pudo anotar a todas. Con ellas tuvo 18 hijos, hoy todos adultos.
– Vea, compadre, la mujer está como mango maduro. Sopla una brisa y se caen solitas, le dije.
– Y yo, les echo un piropo se le caen los morunos, dijo.
Pasando por el sector del Amparo, gira hacia la derecha, abriéndose paso entre la fila de autos que puja por pasar. Allí revela que el segundazo que conduce le costó 12 millones de pesos, gracias a que se ganó el chance con el número 8721. Eso lo salvó, porque trabajó con el viejo Ghiasays , dueño de la bomba de gasolina, en el puesto de Islero, o sea, el que despacha el combustible. Fueron ochos años de servicio, en los que no le consignaron los aportes a la pensión y aun pelea por ese derecho.
– No se dice bombero, bombero es el que apaga el fuego en los incendios, yo era Islero, el que despacha el combustible.

Amparo, agrega, era una vieja que vendía empanadas en La Bomba, ahora a todo el sector le dicen Amparo.  Fue, por año, el lugar de llegada y de salida. Era el punto obligado para los perdidos y para los encuentros. No le creo, pero  es su hipótesis. La Bomba del Amparo.
A diferencia de aquel bárbaro que nos recibió con dos piedras, este hombre mujeriego, no solo nos lleva a nuestro destino, sino que enseña. Más adelante hace la U en un retorno y se mete al otro lado. Deduzco que se regresa, entonces le advierto.
– Tranquilo, yo lo llevaré a los ejecutivos, es que el carril derecho más adelante está cerrado. Lo dejaré en toda la puerta.
Y en efecto, el chofer curtido de experiencia, no quiere fotos ni revela nombre, mientras conduce con tranquilidad, hasta llevarnos a nuestro destino.
– Tome, a un buen servidor hay que pagarle antes del destino, le dije, mientras le encimaba los 12 mil pesos.

Hemos llegado a Los Ejecutivos. Nuestros compañeros- la pareja Sincelejana- se despide.
Miro en la guantera del auto y veo un libro de los Testigos de  Jehová.
– Lo que enseña La Biblia.
Con razón, pienso, cruzo la calle y me despido del buen hombre, cuya religión es el buen trato al cliente.
(Continuará)

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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