Alberto Salcedo Ramos, Filbo y Yo.

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con ALBERTO SALCVEDO RsCON ALBERTO SALCEDO Y

Fotos:  Arriba, el poeta Juan Manuel Roca, Alberto Salcedo Ramos y Alfonso Hamburger. Mas abajo, semiagachados, Triunfo Arciniegas y Ruby MArcela.

 

CRÓNICA DE LA NEVERA:

Por Alfonso Hamburger

La muchacha servía el whiskys con un rictus de nerviosismo, denotando inexperiencia. Se veía que jamás había atendido un bar o de algún modo había participado en pocas parrandas. El licor se le atragantaba en el cuello de la botella y lo que salían eran gotitas desmirriadas, que solo ocupaban el fondo de los vasitos de plástico que temblaba en sus manos inexpertas. En fin, no parecía generosa, como si temiera gastarse la botella en la primera servida. Después que le sirvió al grupo se dirigió a mí, que me había acomodado de último y se me hacia la boca agua. El calor arreciaba en el stand del Libano, Tolima, el único municipio con espacio propio en Filbo 2017. Fue cuando desesperado al ver como servía los tragos, Natalia- Casi todas las niñas de su generación se llaman Natalia- , le dije, en un acento costeño exagerado.
– ¡Échele sin miedo!
Alberto Salcedo Ramos, quien acababa de tomarse el vaso de él de un solo arqueo, soltó una carcajada estruendosa. Apenas yo me atrevía a balbucir algún concepto en medio del grupo de sabios que atiborraban el estand del Libano, el 157 o “El Librano”, como se le ocurrió al poeta Juan Manuel Roca, a quien habíamos recogido en la entrada, al frente del sitio de Banderas, en Corferias. Y ahora tratábamos de armar una parranda exprés, hasta que nos tuvieron que echar, porque nos tomamos dos botellas de Old Parr, aunque Natalia jamás pudo cogerle el pulso a la botella. Ella, al final, acurrucadita a mi lado, se sorprendió de que nos llevásemos tan bien, me dio su celular que jamás contestó.
Salcedo Ramas estaba muy feliz. Hacía años que no nos pegábamos una cogida de esas. El domingo primero de abril por la tarde, mientras una romería de muchachos pedía firmas para la revocatoria del Alcalde, nos citamos al frente del Arco. Y no fue difícil. Mi calva brillante- según Alberto- sobresalió en el tumulto. En minutos armamos la tertulia Caribe frente al Biblio bus. Ya por ahí había pasado Edgar Rey Sinning, el maestro Oswaldo Karo y muchos costeños en la nevera, cuya manera de caminar y de llevar las canas, les delata. También llegó, con una chaqueta importada, Jorge Gracia Lyons, que ahora toca piano como los Dioses.
El sábado 29, mientras iba en el taxi rumbo a casa de Otto Medina, quien preparaba un sancocho trifásico con buenas mazorcas al lado de Rafael Ricardo Barrios, llamé a Alberto y le confirmé que estaba en Bogotá hasta el miércoles.
– No te vayas sin vernos, hermanazo del alma, me dijo el consagrado cronista.
Ahora estábamos en la tarde del domingo, con ese estruendo Caribe, frente a las banderas. Todo poeta que por allí pasaba, le tirábamos el lazo, como si estuviésemos en la plaza de Majagual de Sincelejo o en el Paseo de Bolívar de Barranquilla. Alberto lucía una chaqueta gris y unas gafas “fartas”, de esas que llaman transición, sin acento en la ultimita vocal. Y yo lucía un conjunto de explorador de dos millones de pesos (prestado por supuesto), de modo que me sentía muy bien. Llamé a Amaury Pérez Banquet para que se hiciera presente, pues estas personas era las que debía conocer, pero se perdió un poco. Al fin llegó. Al rato apareció un grupo formidable de corronchos magníficos: Rafael Darío Jiménez, quien llevaba una mochila de libros sobre el coronel y más atrás el profesor Isidro Álvarez Jaraba, quienes acababan de presentar su aclamado libro “El País de las Aguas”, donde reclama el espacio encantado de Sucre Sucre como el verdadero Macondo. Alberto era saludado como la figura rutilante que es dentro de las letras nacionales. Sus libros de periodismo literario lo están vendiendo en varios idiomas y no se baja de un avión, pero ahora quería atendernos. Esperaba a María del Rosario Laverde, correctora de estilo de la revista Semana, a quien le iba a presentar su libro “Memoria de Jirafa”(Mi papá sigue Presente) el martes a las seis de la tarde. En esa llegó esta esbelta mujer, que se pelean la Revista Semana de papel y virtual por su oficio de hormiga arriera.
En medio de los saludos de afanes, después de haber encendido el ambiente Caribe, buscamos un refugio donde hablar. Nos metimos en un ascensor y en minutos estuvimos en un ambiente que nos apartaba de ese rumor de mercado público del primer nivel. Lo que nos merecíamos. Es un restaurante de lujo, donde las mesas estaban dispuestas, como esperándonos. Sin rodeos nos fuimos sentando. Amaury Pérez Banquet miraba encantado, mientras sustraía de su morral su novela “LA Bestia”. Se la entregó al cornista. Alberto la miró y le pasó sus ojos barranquilleros por algunos párrafos, la olió y juró que la leería. La edición le pareció buena. Fue cuando alguien apagó la ilusión. Un mesero calvo, de aspecto chino, con un acento cachaco antiguo, anunció que el restaurante estaba cerrado. Le rogamos que nos sirviera siquiera un tinto, mientras firmábamos unos libros, pero al final todos terminamos-con excepción de María del Rosario que es bastante tímida- sendas Cervezas de las más finas. La vaina se estaba formando. Vinieron las fotos y algunas instrucciones para el martes y ya nos estábamos haciendo falsas expectativas, porque pedimos una segunda ronda. El más joven de los meseros, al parecer Caribe, ya iba rumbo al dispensador, cuando reapareció el más viejo y nos dejó con la Carabina al hombro.
No hubo más remedio que volver al agite de la feria y el mercadeo. Abajo estaba más oscuro y empezamos a repartirnos. Mario Yursis Duran, el coequipero de Alberto en ese interesante programa “Del Canto al Cuento”, apareció al bajar. Y lo juro que yo pensé que era un acordeonista Zambranero perdido en la Feria. Estaba sofocado con el agite de la jornada. Llevaba un afán propio de Bogotá y un tremendo parecido con Marcos Russo, un músico al que tengo más de 30 años sin verlo.
Bueno, se desbarató la reunión, pero prometimos vernos. Alberto cuadró todo y se metió la mano en el bolsillo. Así si es bueno que a uno lo pechichen. Se sumó al programa JJ Junieles, un sinceano formidable, elegido hace algunos años como uno de los 39 escritores menores de 39 años más promisorios del mundo. La nueva cita fue el domingo, a la una de la tarde, en Carulla de la séptima con 63. Alberto podría caminar hasta allí. Tomé un taxi con tiempo. Faltaban quince para la una, pero no estaba seguro si era allí o más abajo. El taxista me dijo, antes de pagarle, que llamara a mi amigo para confirmar, dentro del vehículo. No estaba equivocado. Entré a Carulla y cuando empezaba un rodeo para romper esa balsamina que uno lleva enroscada en la oreja desde la provincia,de la cafetería alguien me hizo señas. JJ Junieles, vestido sin nada de formalismo, hablaba por celular. Hablaba fuerte. Gritaba Caribe. Tenía dos cervezas de lata. Una ya consumida a medias y otra envuelta en una bolsa. Con quien hablaba debía ser un escritor, porque el tema era el mismo que nos había llevado a la Feria del Libro de Bogotá. En la medida que hablaban supe que se trataba de Gustavo Tatis su interlocutor, quien había presentado su libro sobre Lucho Bermúdez y había viajado la noche anterior de regreso a Cartagena. Me lo pasó. AL fin el celular nos dejó libre para el abrazo. Junieles, quien habla fuerte y sencillo, se está pareciendo mucho a su maestro, Jorge Garcia Usta. Lleva algunos años en Bogotá y parece aclimatado. A la una salimos a esperar a Alberto en la entrada, con todos los merecimientos. En la salida, al lado de las cajas registradoras, apareció una bella morena, de 39 años. Una Cartagenera residente en Bogotá, vestida muy deportivamente, con chaleco de overol. Se llama Cristina Durán, es abogada y habla con la sabrosura del Cartagenero de los de San Diego. Gabo se bajaba al lado de su casa, cuando aún no había adquirido casa en el Corralito de Piedra, lo que volvió todo un privilegio con el tiempo, especialmente para los cachacos.
Nos cuadramos a hablar en la puerta del Carulla. El sol era esplendoroso, sol Caribe y la brisa era fresca, sin fastidiar. En esas apareció Alberto. Había botado el closet todo para lucirlo. Traía las gafas factas del día anterior, un pantalón amarillo encendido y su mejor chaqueta de cuero, como para atender a dos amigos corronchos que quiere con el alma. La escogencia de la comida fue fácil. Queríamos una sazón costeña. Hicimos un rodeo y a menos de diez minutos, de a pie, Hallamos el lugar.
En la próxima entrega, les hablaré de este menú Árabe que va más allá del kibbe y de la parranda en el stand del Librano, pues Líbano, Tolima.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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