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Apuesta, trabajo y proyecto, palabras desgastadas.

AFICHEESPalabras desgastadas.

Por Alfonso Hamburger

Bonito soñar con las palabras, mimarlas, consentirlas, tratarlas bien, decirlas sin estridencias, adobarlas como a un pan en el horno, saborearlas como un niño a un helado de limón, porque ellas son portadoras de lo que somos y de lo que queremos ser. Pero es importante renovarlas, ayudarlas con sus hermanitas más próximas. Ellas son como ríos.
CIERTAMENTE- adverbio modal, desgastado por el ex presidente Cesar Gaviria-, quienes más abusan de algunas palabras, son los políticos. Conozco a uno que se casó con la palabra IMPORTANTE, a la que acude siempre que se le agota el tema y se vuelve incómodo, disfrazando con ella quizás sus limitantes, incapaz de mantener un discurso hilvanado y coherente dos minutos. Varios políticos nuestros se casaron con dos palabrejas, indudablemente y realmente, éstas matizadas con una sinuosidad interiorana y poniendo a silbar algunas letras para fingir que son doctos. Algunos de nuestros dirigentes tomaron un soncito para hablar que los delata como poco auténticos. Hablan casi como torero español, siendo descendientes de los zenues y algunos afrodescendientes. No es fácil ser sencillo. Para algunos dirigentes si su pupilo lo habla, mejor.

GAVIRIA
Gaviria se casó con CIERTAMENTE, cuando pudo variar con indudablemente, por supuesto, sin duda, desde luego y obviamente. Quizás no sabía que, en Don Quijote, Cervantes usó 23 mil palabras distintas de nuestro rico Castellano.
Otra palabra que rechina en nuestras mentes por estos días es PROYECTO, todos hablan de “Mi proyecto político” y en verdad, para muchos, el único proyecto que tienen en la vida es ganarse una plata fácil, porque creen que engatusar a la gente y hacer un buen discurso es cosa de practicar un macaneo, que solo se hace con la boca y con el dedo. Un proyecto es algo más serio, pero la palabra les parece atrayente para balbucir un discurso aparentemente cautivante. Creen que es solo pegar un afiche con slogans insulso y ya. DIOS , PUEBLO Y NUEVO, don otras muy usadas. Y en nombre de Dios, se cometieron las más sangrientas batallas de la historia.
Sin duda, una palabra muy usada por estos días- cuando aún faltan más de 70 días para el debate- es la palabra APUESTA. Me suena que la trajo alguien del interior y con ella se han casado casi todos los funcionarios públicos desde el kínder de Gaviria hasta la mermelada de Santos. No me gusta, porque Apuesta es una palabra que tiene mucho de juego de azar. Mi padre apostaba en las plumillas de los macondos y siempre lo escuché discutir con mi madre, porque apostar es cosa de locos. La mayoría de las veces se pierde, porque el dueño del Macondo tiene algo que se llama “juego de manos”, que es la misma pimientica con la que pelaron muchas veces al Viejo Emiliano Zuleta.
También he escuchado mucho la palabra TRABAJO. Los políticos no trabajan. Eso no es trabajo. La política como la concebimos acá es una especie de fiesta del dinero, donde hay unas personas- la mayoría fracasados en sus profesiones originales, con algunas excepciones- que quieren que sus nombres aparezcan en las paredes, en los discos, en los periódicos, que los abracen, y por qué no, con esa actividad ganar espacios en el poder. Algunos para consolidar a sus familias que no han hecho otra cosa. Es su herencia. Otros para ayudar a sus amigos. Otros porque creen que es fácil y se hacen el pajazo. Es una especie de mafia donde se manejan inimaginables cantidades de dinero. Lo hacen sin asco. Se les meten a negocios torcidos, se enredan la vida al establecer relaciones incestuosas con narcos, apostadores profesionales, agiotistas, le pierden el miedo a las asustadoras y las asustadurias, pero saben que, si del negocio les queda bastante, pueden salir del embrollo muy rápido y volver a pintar paredes desde sus casas por cárcel. Algunos saben que ya el pueblo no come de discursos bonitos. Pero hay que aferrarse a las palabras.
No obstante, de que hay políticos decentes, de buenas intenciones y propósitos, sensibles, éstos son la minoría, quienes pronto se ven envueltos en un ambiente fangoso, por eso muchos que se creen buenos, desisten de entrar en el mercado. Saben que ese rio no tiene orilla sino remolinos.
Por otro lado, está el votante, engañado tantas veces, que se volvió resabiado, como el toro jugado en varias plazas, en donde ya el dinero no es decisivo.
Y esos políticos saben, especialmente los nuevos- entre los que no se ven caras de renovación distintas a lo que abunda ya-, que si se meten en eso es para “trabajar” los 365 días del año, en una decisión definitiva, como el que decide suicidarse, que no se sabe si es cobarde o si se es valiente, porque el río tiene remolinos. Ah, y es una actividad sumamente afrodisíaca.

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