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Las genialidades de Cable de Buque.

 

protesisprotesisRECUERDOS DE CABLE DE BUQUE.

Pocos en San Jacinto saben que Cable de Buque se llamaba realmente Diógenes Romero, que le cortaron una pierna antes de morir y que fue un artista de los pies a la cabeza. Acompañó a Andrés Landero en todas las posiciones del conjunto típico de acordeón, tocaba guacharaca, caja, se defendía con la timba y hacia coros. Pero su verdadera vocación era la de arreglista de acordeones. Con sus manos era capaz de hacer de todo, de inventarse los más ingeniosos recursos para salir de un problema. Cierta vez, el camión de Chaly se llevó por delante la bicicleta de Luis, uno de los hijos de cable de Buque, quedando las llantas torcidas. Y Diógenes no necesitó repuesto. La reconstruyó pieza a pieza.
Diógenes vivía en una casa de palma, inmensa, en el barrio La Gloria y en el patio caían los balones de futbol que se extraviaban en uno de tantos partidos. Allí se hacían interminables parrandas. La gente llegaba de todas partes con el pretexto de que les arreglara los acordeones y aquello era el germen de parrandones interminables, donde rebullía la música. allí, en ese patio herrumbroso nacía la música. Allí era la música.
A este artista integral, que convivía con una hermana de Lupe Vásquez, con quien tuvo seis hijos, algunos de ellos buenos artistas, lo mató una diabetes mal atendida. No se cuidaba. Comía demasiado y su adicción al ron y la bohemia lo fueron minando.
Su hijo Luis, un muchacho de ojos traviesos, de gavilán que vigila el cielo de San JAcinto, me contó que antes de morir su padre fabricó una prótesis con un tronco de matarratón que se retoñó, aun ya pintada de blanco. La prótesis era una pierna casi perfecta, cuyas venas eran más patéticas que las de verdad, pero sobre todo las uñas, que las hizo con escamas de pescado bocachico, o sea, eran unas uñas negras y veteadas, de hombre andariego, con mucha tierra recorrida, tierra acumulada en las uñas. La embocadura para adherirla a la altura de la rodilla, donde comenzó el corte de carnicero, usaba la cabeza de un abanico de mesa y hasta le echaba aceite para mejorar su funcionamiento.
Le pregunté qué habían hecho con aquella pieza de arte, que muy seguramente sería buena hasta para ponerla en el museo de San Jacinto, entonces me respondió con cierta burlita:
– Aquella prótesis fabricada por mi papá la cogimos como leña para atizar el fogón y comernos un sancocho.

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