Crónicas

ROSENDO ROMERO, MÄS ALLÀ DE FANTASIA.

EL REALISMO ESTÖICO EN LOS  VERSOS DE ROSENDO ROMERO.

 Por

 

Alfonso Ramón Hamburger Fernández

Álvaro Andrés Hamburger Fernández

ROSENDO

 

Una aclaración no pedida, pero necesaria

 

En gran medida el contenido de esta crónica es fruto de la relación de amistad que existe entre mi hermano, el periodista Alfonso Ramón Hamburger Fernández, y el compositor Rosendo Romero Ospino. En principio esa relación no fue muy cordial debido a las circunstancias en que ellos se conocieron y al acalorado debate que en ese momento existía en torno a la división entre los dos aires que se ejecutan en la música de acordeón de la costa norte de Colombia: el vallenato y el sabanero. A continuación se narra cómo se conocieron el compositor y el periodista, y cómo evolucionó su amistad, una aclaración no pedida, pero necesaria.

 El primer encuentro

El primer encuentro no fue el ideal. Rosendo Romero estaba hasta ese momento en su confort, explayado en la historia del vallenato en que ellos —los de la vieja provincia de Padilla y asociados— nacieron y que conocen como la palma de sus manos, con leyendas que cabalgan la geografía nacional, cual propaganda de un proyecto de vida que buscaba tomarse el mundo. Por lo menos son trescientos gestores culturales vallenatos calificados con clúster incluido —entre ellos muchos compositores y hasta ex gobernadores— que se pasean por la nación, como si estuvieran en campaña a la presidencia de la República, en un sentido de pertenencia formidable. “El poeta de Villanueva”, como es conocido popularmente, hablaba con soltura de Luis Pitre, de Emiliano Zuleta el viejo, de Escolástico Romero —su padre—, de Nandito el cubano y de todos los Francisco El Hombre habidos y por haber: desde el Francisco Moscote que tocó la Chencha, pasando por el que glorificó Gabo en Cien Años de Soledad, hasta llegar al regaño que Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa le pegó a Francisco “Pacho” Rada en las laderas de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde el juglar le respondió, rendido ante la mayéutica de un confesor profesional, que aquellas pullas eran inventos de Pachito, su hijo, para fregar a esos vallenatos que le venían diciendo “tigre de la montaña”. Aquello era un monólogo de sabiduría y dictadura de la historia vallenata a la carta, recitada y cantada en cuanto foro se atravesaba en la agenda de eventos culturales de la región.

El vallenato, como lo pronosticó Consuelo Araujo, iba rumbo a tomarse el mundo. Aquella campaña inspirada en el nacionalismo mexicano, iniciada por Alfonso López Michelsen desde que vino de aquel país, apoyada por Gabo en sus relatos mágicos, manifestada en las crónicas de Rafael Escalona y materializada por Consuelo Araujo Noguera, había tenido pocos tropiezos, pues Adolfo Pacheco después de su Hamaca grande cayó rendido, aceptando el remoquete de vallenato, siendo exaltado como Doctor Honoris Causa por la Universidad Popular del Cesar (UPC). Salvo que en el departamento del Cesar, donde era obligatorio sentar cátedra vallenata en los colegios (puya, paseo, merengue y son), un estudiante demandó la Ley, porque en ese bello departamento también existen otros aires vernáculos y riquísimos como el chicote y la cumbia, que asimismo mete sus aires ancestrales en su pentagrama historial. Para entonces, Abel Antonio Villa, quien prefería decir “música de acordeón del Magdalena Grande”, ya había muerto. Tan solo quedaban algunos resquemores con Numas Armando Gil y la denominada “Red de sabaneros militantes”, polarizados en sus egos regionales.

En el público de aquella noche sincelejana, repleto de seguidores de Fantasía y Mensaje navideño, que aplaudía el verbo picante de Romero, había un periodista delgado que lucía una calvicie avasallante, quien se paró de su sitio “en la banca de atrás” y prácticamente le arrebató el micrófono al expositor y se sentó a su lado para explicar la parte sabanera, olvidada en los tiempos, postura en la que apenas sobrevivía Adolfo Pacheco Anillo con un collar de cumbias sanjacinteras, quien decía que nosotros también teníamos leyendas como la de Francisco “El Hombre”. Eran, quizá, las últimas voces que quedaban con Gil Olivera y los Cortés Uparela de Sahagún, pues Abel Antonio Villa se había llevado a la tumba su música del Magdalena Grande, sin admitir jamás el término “vallenato”. Y para el colmo Pacheco Anillo no solo era mimado por los vallenatos, quienes colgaban su hamaca en todas las fiestas y no lo bajaban de doctor honoris causa en vallenato puro. El vientre de la Hamaca grande los recibía a todos en un paseo por todo el país bajo la pluma de Alonso Sánchez Baute. Pelear por eso era como llover sobre lo mojado, porque la misma hamaca se había encargado de recogerlos a todos. La batalla se había desarrollado naturalmente y las aguas buscaban su nivel. La hamaca los había vencido a todos.

La parte sabanera, obvio, tenía que ser expuesta por los sabaneros, que se habían dedicado a ver pasar a los vallenatos en sus carros lujosos, mientras rumiaban su olvido en las bancas del Parque Santander de Sincelejo. Tenían que pasar de la crítica a la acción, mientras la cumbia le daba varias vueltas al mundo. Romero cayó en cuenta y suavizó su respuesta, mientras descubría que, tanto él como Luis Enrique Martínez, también habían hecho un aporte necesario a la cumbia con La Zenaida y la Cumbia Cienaguera.

El delirante público se dividió cuando el periodista irrumpió en escena, pero había más gente con Romero. La actitud del comunicador no fue la mejor, pues se supone que era con Vicente Periñán Petro, entonces rector de la Universidad de Sucre, los anfitriones de aquel conversatorio que, en realidad, se había convertido en un monólogo vallenato.

Años después, festejando aquella metida de pata, aquel periodista —Alfonso Hamburger— reconoció que no fue su mejor actitud, pero que tenía unos tragos en la cabeza y que no aguantó que se desconociera tanto la historia sabanera y que por ello tuvo una postura desafiante exponiendo parte de sus conocimientos, pero que no era el momento. El más sorprendido fue Rosendo, pues en ninguna otra parte le había pasado una cosa así, pero valió la pena. No siempre las primeras impresiones eran buenas.

Después llegó la oportunidad de trabajar, sin quererlo, en el Plan Especial de Salvaguardia de la Música Vallenata Tradicional, en el que Alfonso Hamburger terminó convirtiéndose en un aliado crítico de la manifestación y pudo tener de cerca a los que considera los compositores esenciales de su juventud y con los que terminó de crecer, entre ellos Rosendo Romero, Adrián Villamizar (más reciente), Santander y Estela Durán Escalona, entre otros, entablando desde entonces una relación de amistad y respeto mutuo. El segundo encuentro sería más afable, a instancias de Vicente Periñán, como coordinador del programa Valores de la provincia, de la emisora Unisucre FM Estéreo, de la Universidad de Sucre, de donde se sustraen insumos interesantes para este trabajo.

Se sella la amistad.

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En una calurosa noche de finales de 2011 o comienzos de 2012, Alfonso Hamburger trataba de salir del barullo de autos que se habían arremolinado en los alrededores de la Plaza Cultural de Majagual de Sincelejo. Iba fastidiado al volante de su auto, sin poder girar a su residencia, un poco más abajo, porque se había ido la luz y las motos y los autos se le atravesaban a la brava cuando los semáforos quedaron al garete. En ese momento recibió una llamada telefónica. Enseguida supo que era un vallenato. La voz de un vallenato provinciano es inconfundible, poco se diferencia de un paseo o un merengue bien tocado. Fue la primera vez que oyó aquella voz un poco delgada, pero que iba al grano. La voz explicaba que le habían dicho que Hamburger había escrito un libro sobre música de acordeón y que le interesaba esa parte de la investigación. Se identificó como Jaime Maestre Aponte (primo de Iván Villazón Aponte), quien estaba como loco buscando “investigadores” que supieran del “vallenato sabanero”. Alfonso estuvo a punto de colgarle de inmediato, porque no lograba salir del enredo de autos y motos y porque no le escuchaba muy bien.

—Mire, don Jaime, le dijo Hamburger, primero que todo soy adolfista de nacimiento y eso de “vallenato sabanero” para nosotros es una ofensa, existe el vallenato y existe el sabanero, parecidos en muchas cosas, pero diferentes en su esencia, en su estilo. Yo le llamo en minutos, porque me interesa el tema. Colgó y logró salir del barullo, manejando a dos manos. Desde allí comenzó un ejercicio que estaba en mora en la música vallenata, que no salía de una conjetura cuando entraba en otra, más anécdota que ciencia. Jaime, con una labor abnegada de hormiga arriera, acompañado por el grupo de investigación denominado La piedra en el zapato y la Universidad Popular del Cesar, iniciaba en mayo de 2012 una labor académica justa para nivelar las aguas desbordadas. Ese, un encuentro esencial para revisar todo lo que se ha hecho en materia de investigación sobre música de acordeón y vallenata en particular, fue vital para conocer a Rosendo Romero en todo su esplendor, así como a otros juglares de esta hermosa manifestación cultural: el vallenato, un género en sí mismo.

Todo iba fluyendo en los tiempos de Dios. Previo a aquel encuentro de investigadores en Valledupar, que se hizo seis veces, Adrián Villamizar Zapata andaba buscando todo lo que tuviera que ver con investigación sobre la música sabanera en acordeón, pues su teoría era que el vallenato se había extendido por toda la región y que la sabana era un apéndice de este. Villamizar Zapata, casi un científico de la música y un filósofo cantor, visionario, sin temor a la nueva ola, había iniciado el camino con otros compositores vallenatos, para elevar la expresión a la categoría de patrimonio nacional cultural e inmaterial de Colombia y después ante la Unesco. No era fácil poner a todos de acuerdo, los guajiros, que son el tronco del estilo, ya se habían rebotado en una primera reunión del Proyecto Especial de Salvaguardia (PES) en Riohacha. Es sabido que aún los guajiros no se reponen del todo de aquellos dos aguijones que les incrustó el centralismo de Valledupar: las derrotas de Luis Enrique Martínez a manos de Alberto Pacheco y de Juancho Roys a manos de Julián Rojas en la tarima Francisco El Hombre. Aguijones que también recibieron los sabaneros con Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez, Ramón Vargas, Felipe Paternina y Lisandro Meza. El “ángel bohemio”, como se le conoce a Villamizar, no quería seguir fregando en eso, Valledupar era el centro, excluyente de pronto, pero necesario en el decantamiento de los aires antes dispersos; entonces pensó en la sabana como aliada para salvar el proceso. Todos estaban de acuerdo o ninguno lo estaba. Además, su labor de médico le dejaba poco tiempo para los viajes y encarar la teoría. Más bien quería trabajar en proyectos audiovisuales para mostrar los viejos juglares en olvido. Así que buscando en Google dio con el nombre de Alfonso Hamburger y halló diversos escritos. Por cierto, algunos bien urticantes.

Alfonso aquella noche ya estaba reposando en casa, descamisado, tumbado bocarriba en un sofá leyendo el periódico, cuando recibió una llamada. Se trataba de un médico sincelejano. En el ambiente se escuchaba música de guitarra y dulzaina, aires de parranda. Adrián Villamizar quería conocerlo. Como estaba sobregirado y sin auto, Hamburger no tuvo más remedio que llevarse a su esposa para que manejara el suyo y le diera el permiso. Valió la pena. Villamizar le echó el cuento completo sobre la estrategia de un Plan Especial de Salvaguardia de la Música Vallenata Tradicional. El médico cantor despegaba la dulzaina de sus labios solo para cantar y hablar del proyecto y al final concluyó que Hamburger ere el hombre para relevarlo.

En ese momento Hamburger escogió a dedo, pero con la certidumbre de que eran los adecuados, aquellos doce puntales sabaneros, para salvar el proceso de salvaguarda del vallenato tradicional. No sin tropiezos, pues no fue fácil marcar linderos de dos escuelas grandes de la música de acordeón en los estilos vallenato y sabanero. Los guajiros se “aconductaron” y se abrazaron con todos en un recorrido por los lugares donde nació el vallenato. Incluso, Abelito Medina se sinceró, logrando calificar a Hamburger como “un buen enemigo”. Hasta terminar en la escogencia del comité de seguimiento al PES, figuraron Adolfo Pacheco, Mario y Felipe Paternina, Víctor Uribe Porto, Edgar y Edward Cortez Uparela, Ariel Castillo Mier, Numas Gil Olivera, Francisco Burgos, Joaquín Solano Cortez, quienes hicieron parte del proceso que culminó con la inclusión del vallenato en la lista de manifestaciones mundiales en riesgo, bajo protección por cinco años de la Unesco, el primero de diciembre de 2015.

Una tarde, con todo el comité en pleno, después de visitar el corregimiento de El Hatico, en Fonseca, La Guajira, donde está enterrado el rey Luis Enrique Martínez, el poeta Rosendo Romero llamó aparte a Alfonso Hamburger, quien se había mantenido nostálgico y un poco distante, como si temiera entregarse a una expresión que consideraba antagónica a la sabanera, máxime cuando un espectador gritó en la asamblea de Fonseca que el porro no tenía nada que ver con el vallenato, corrigiendo al presentador. Romero, sosteniendo su mano derecha sobre el hombro de Hamburger, le dijo: —Señor Hamburger, nosotros, la élite del vallenato, sabemos quién es usted y no solo lo queremos, sino que lo respaldamos.

Aquellas palabras del poeta fueron como un bálsamo de tranquilidad para Hamburger, quien aún no había tomado la decisión de escribir un libro sobre un vallenato. Rosendo había roto aquella especie de terquedad y hoy es uno de los más contentos con este libro.

Álvaro Andrés Hamburger Fernández

Toluviejo, Sucre, enero de 2020

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 II

 

 Rosendo Romero: el poeta, el pensador universal

 Rosendo cuenta a Rosendo

Rosendo Romero no es  nada más un poeta de esos que se dan solo en las tierras que tienen la doble condición de ser costa y de ser andinos, sino que es un gran narrador oral. Explicaba el filósofo Adrián Villamizar que en el Caribe solo hay algunos pueblos con esa condición, donde la neblina de las montañas se esfuma ante el calor de la llanura y nace la poesía espontánea y la picaresca, a saber, San Jacinto, Bolívar, en los Montes de María, que abraza a San Juan Nepomuceno y al Carmen de Bolívar en una sola pieza; Juan de Acosta en el Atlántico y, por ende, Patillal, Atanquez y Villanueva en la sierra del Perijá.

Pensábamos trabajar el reportaje a Rosendo Romero en forma interpretativa, viendo sus gestos, congelado como una estatua, al acecho, cantando, discutiendo, pero el tiempo apremiaba. Usamos entonces el WhatsApp para acelerar el proceso. La idea era que narrara episodios inéditos de su vida, con muchos detalles y el poeta resultó ser un extraordinario narrador que se cuenta solo con mucho detalle.

Rosendo Romero, amigo del río y de los árboles

Empecemos, dice Rosendo. Yo nací el 14 de junio de 1953, domingo a las diez de la mañana en el barrio El Cafetal de Villanueva, La Guajira. Soy el cuarto hijo, de nueve, de Escolástico Romero con Ana Antonia Ospino. Él becerrilero, ella villanuevera del barrio El Cafetal, el mismo barrio donde yo nací. El barrio de los Grammy en Villanueva. El barrio de Jorge Celedón, de Los Zuleta, de Egidio Cuadrado —acordeonista de Carlos Vives, rey vallenato—, el barrio de Daniel Celedón. Las dos dinastías fuertes del vallenato, los Romero y los Zuleta, somos del barrio El Cafetal. Mis primeros años de vida los vivimos en la cordillera, mi mamá era hija de una cafetalera y cafetera al mismo tiempo. Era nativa del barrio El Cafetal, como ya dije, y era sembradora de café en la cordillera. El barrio El Cafetal se llama así porque todos sus habitantes tenían fincas en las cordilleras y sembraban café. Villanueva fue el primer productor de café en toda la región. En el año 1840 llegó a estas tierras Fransuá Mesue Dangond (Francisco Dangond), ancestro de personajes ilustres como Silvestre Dangond, Willian Dangond, Jorge Dangond Castro y José Dangond (el fundador de Telecaribe). Francisco sembró en 1840, al pie del cerro Pintado, por primera vez, mucho café. No existe en Colombia otro dato más antiguo, y eso se puede confirmar. Para 1850 Villanueva era una potencia cafetalera; se enviaba café para todos lados. Obviamente, Villanueva se convirtió en la despensa del sur de La Guajira, y yo nazco en ese ambiente: un ambiente de producción, de mucha fruta, de mucha verdura, de mucha riqueza. Y con dos ríos repletos y encantados. No solo teníamos café, sino dos ríos, el río Villanueva y río Nobalito. Son dos ríos que en aquella época vivían llenos, en un ambiente maravilloso, para uno crecer tocado por la poesía. Yo viví acá, en ese ambiente, 21 años en Villanueva. A esa edad me fui para Cartagena de Indias a conocer.

Yo había leído un libro de Manuel Zapata Olivella, titulado Chambacú corral de negros y otro titulado Yo me visto de noche. Por eso, estando estudiando en Cartagena, me fui a conocer el barrio de Chambacú y alcancé a conocer el residuo que quedaba allí. Curiosamente, ese mismo año lo sacaron de allí, lo reubicaron en otro lado, prácticamente borraron una parte histórica de Cartagena, de las más importante de la ciudad porque Chambacú representaba la parte visible de África en el “Corralito de Piedra”. Allí, en el colegio Liceo Bolívar, hice el cuarto de bachillerato y tuve la oportunidad de estudiar muchos escritores universales. Estudié los rusos, que fueron los que más me llamaron la atención. Y algunos españoles, pero más que todo a los rusos como Fiódor Dostoyevski y Nikolái Gógol, entre varios que no recuerdo ahora.

De todas maneras, mis primeros años en Villanueva trascurrieron entre la ribera del río, sus árboles, sus aguas, de los caminos de la sierra y lo normal de todo niño, donde aprendí a elevar cometas, a jugar trompo, bolitas de uñas (canicas como les dicen algunos). Hice el kínder en el colegio parroquial de Villanueva. Luego pasé al colegio de Rafael Peñalosa, donde terminé la primaria y después ingresé al colegio Nacional Roque de Alba. Allí hubo una huelga y se suspendió el año lectivo. Al año siguiente tomé la decisión de irme para Cartagena.

Mis primeras canciones nacieron por los caminos de la sierra. Siempre que iba para la sierra iba cantando canciones al viento, por eso no quedaron grabadas en ninguna parte: las cantaba y el viento se las llevaba. Y así pasó mucho tiempo. En esa época se era mayor de edad a los veintiún años y, precisamente, cuando los cumplí, en 1974, me grabaron la primera canción, que se llamó La custodia del edén, con Armando Moscote en el canto y mi hermano Norberto Romero en el acordeón.

De mis años de infancia lo que más recuerdo es el río, que se convirtió como en un amigo, un amigo íntimo, un amigo muy particular. Había veces en que lo encontraba solo y disfrutaba de su soledad, a veces lo encontraba lleno de gente y disfrutaba del jolgorio que hacía la gente bañándose en sus aguas. Siempre tuve una amistad muy grande con el río, igual que con el camino, siempre; fueron dos amigos que aún conservo. Yo voy y los saludo como buenos amigos. Ahora que volví a la cordillera, que fue donde yo crecí, abracé muchos árboles allá que fueron parte de mi infancia. Hoy en día son arboles enormes porque se crecieron, ya son prácticamente unos gigantes, pero aun así los abracé, los reconocí como amigos de mi infancia.

En Villanueva, para la época en que yo crecí, los pelaos participábamos de la procesión, participábamos de la misa, casi que era como una obligación familiar. Y hacíamos parte también de las riñas de gallos, lo que sí era ya por decisión de uno. También en muchas ocasiones a la corraleja (¡hubo toros en Villanueva, como cosa rara!). Recuerdo una vez, haciendo los payasos, la promoción de la gran corraleja, llevaban un sol de banderilla encima del capó del camión que iba con una bocina alta, y ese sol de banderilla se enredó con la línea (que antes no eran transversales, sino que iban de lado a lado —horizontales—), atravesaban de una cuadra a la otra y la línea actuó como si fuera el hilo de un arco y de pronto se dispararon todas esas flechas hacia atrás con los arpones que le meten a los toros en el morrillo, y a mí me cayó uno en el hombro izquierdo. Tuvieron que hacerme una cirugía para extraerme ese clavo. Fue una de las cosas trágicas que han ocurrido en mi vida.

Luego vino la fiebre del fútbol. Jugué un tiempo con el Botafoguito, que era un equipo juvenil, de 16 o 15 años, más o menos. De allí salté a la liga de mayores a jugar en el Boga de Oro, era arquero titular, porque me convertí en la figura estrella del arco, hasta que una vez un rayo mató a uno de mis defensas en el segundo tiempo, cuando estábamos formando y allí no quise jugar más. Estuve mucho tiempo traumatizado por esa tragedia y me dediqué prácticamente a los juegos, a otro tipo de juegos de la época. Jugábamos a imitar a los pistoleros de las películas: a Jax Balana, Jhon Wainner y también a pistoleros de las películas mexicanas. En esa época también fui El Zorro (era muy bueno con la espada); Santo, “El enmascarado de plata” y Tarzán. Todos estos personajes yo los personifiqué en mis juegos ya que no tenía el fútbol. Cuando pasé a mi bachillerato las cosas empezaron a apuntar a otro horizonte y sentí ganas de no ir más a la cordillera, sino conocer la ciudad. Así que esa es más o menos la introducción.

Yo empecé a cantar en el salón del viejo Rueda, Evelio Rueda, un santandereano que no solo puso un teatro en Villanueva, sino que puso varias mesas de billar (una sala de billar enorme como con cinco o seis mesas). Y también puso un salón de baile, además de dos cines. En ese salón de baile tocaba “El chongo Rivera”, un señor nacido en El Suán, Atlántico, que se radicó en Villanueva, un gran acordeonista. Recuerdo que lo que más me emocionaba era cuando él tocaba “Las cuatro fiestas” y “El vendaval”. Eran unas fiestas muy sanas, muy pueblerinas. Lo que más consumía uno en esa época era una caja de chicle para echar una bailada. No había cerveza, para uno no había trago. No era permitido eso. Eran unos salones de baile muy deliciosos, para poder disfrutar de esas peladas serranas, también criadas en las cordilleras, con unas cinturitas de avispas, unos cuerpos maravillosos. Y bailábamos espléndidamente con el acordeón del “Chongo” Rivera, y justo allí se lanzó Joaquín Cervantes como cantante en ese salón de baile. Él vivía en Villanueva y se lanzó como cantante en el salón María Eugenia, así se llamaba, donde empezamos todos: mi hermano Israel Romero y Esteban Elías Ovalle. Todos iniciamos por allí. Todos queríamos oír la voz por un micrófono, que era muy exótico en la región. Solo ellos tenían micrófonos y todos queríamos cantar con micrófono. Canté por primera vez con micrófono y me sentí muy feliz en el salón María Eugenia. De allí, del salón María Eugenia, salió Joaquín Cervantes del conjunto del gran Alfredo Gutiérrez. Fue una cosa maravillosa esa temporada. Siempre me gustaba montar a caballo. Esa era una de mis pasiones, coger el caballo y ponerlo a toda y pasear por la cordillera. Esa era una de las pasiones mías. Una vez un caballo me tiró sobre el camino; me partí la cabeza.

El encuentro con el viejo Mile, primo de Alejo Durán

Mi papá viajó en el año 1930 a Villanueva. Lo hizo con un grupo de vaqueros que salieron desde Becerril. Él era el encargado de cuidar todas las fincas de Rosendo Romero Villarreal. Es bueno aclarar que este personaje era hermano de la abuela de Alejo Durán, lo que quiere decir que la mamá de Alejo Durán era sobrina de mi abuelo. O sea, que mi padre, Escolástico Romero, vendría a ser primo hermano de Alejo Durán. Ya sería como en el segundo grado de consanguinidad, para ser más claros.

Mi abuelo, Rosendo Romero Villarreal, era un gamonal, hijo de un español, que seguramente se hizo propietario de todo ese terreno de Boquerón, parte de Becerril. La finca de Rosendo Romero Villarreal era enorme y a mi papá, siendo un joven de 15 años, le tocaba hacerle frente a eso, porque Rosendo Romero Villarreal cogía su acordeón y se iba de parranda hacia otros pueblos, hacia las fiestas patronales y dejaba al “pelao” allí a cargo de semejante gigante. Mi papá se aburrió de eso y decidió irse para Villanueva en busca de un tío que tenía allá, llamado Adolfo Romero, hermano de Rosendo Romero Villarreal. La oportunidad que él vio para irse fue que un día un grupo de vaqueros llevaban un viaje de ganado hasta Fonseca, La Guajira. Allí otro grupo de vaqueros recibiría ese ganado para salir hacia Venezuela. Entonces mi papá aprovechó la oportunidad. Lo cierto es que él logró convencer a los vaqueros para que lo engancharan en el viaje, que era una cosa realmente riesgosa, porque en 1930 no había carretera. Todo eran trochas y caminos y tenían que pasar por las selvas espesas de Codazzi y de Casacará, que eran unas selvas muy peligrosas, infestadas de serpientes, salía el tigre, mataba el ganado. Había partes pantanosas y los atacaban los zancudos infecciosos. Esos viajes siempre estaban rodeados de lágrimas por parte de las mamás de los vaqueros, de las esposas y de los hijos, porque algunos de ellos vaqueros nunca volvían. Esas travesías duraban hasta un mes (hoy solo serían dos o tres horas en carro), porque los ríos crecían, no dejaban pasar el ganado, no dejaban pasar a la gente. Tenían que esperar que los ríos se aplacaran. No había puente, no había nada y a veces las crecientes eran tan grandes, que tenían que acampar por espacio de siete u ocho días en un sitio y mantener allí la custodia del ganado. Y no era un solo río. Tenían que atravesar cerca de siete ríos para llegar a Villanueva, por lo menos.

Además de eso existían los cuatreros que atracaban y robaban el ganado, gente que asaltaba las caravanas, las recuas de ganado. También ocurría que algunos morían en el camino por causa de una fiebre o de la picadura de una culebra o de una diarrea mal tratada, y los enterraban en el camino. Otros regresaban enfermos a sus pueblos y a veces, si eran fiebres malignas, se morían. Aquello era un riesgo muy grande y eso era a lo que le temían las esposas de los vaqueros y las mamás y los hijos cada vez que uno de ellos se montaba en un caballo para hacer esas travesías. Era difícil que engancharan a mi papá porque no tenían animales de más, de sobra, de modo que le tocó hacer esa travesía de a pie desde Becerril hasta Villanueva. Cuando llegó allí a Villanueva estaba muy débil.

Yo, gran parte de esta historia la conocí por boca del viejo Emiliano Zuleta Baquero. Le pregunté a él como se habían conocido y me dijo que mi papá había llegado con un viaje de ganado y que el ganado lo apacentaron allí para que pastoreara en lo que hoy es el cementerio de Villanueva, que era entonces un playón de mucha yerba, de mucha paja fresca. Allí, en una mesa, había unos acordeones y mi papá preguntó que si le dejaban tocar uno. Buenaventura Rodríguez le dijo que allí había uno recién arreglado. Mi padre tomó el acordeón y tocó un pasillo. No tocó un vallenato, sino un pasillo. Los hijos de Escolástico sabemos de ese pasillo. El pasillo tiene algunos registros muy musicales; es mucho lo que hay que saber del conocimiento a fondo del instrumento. La interpretación del pasillo le llamó la atención a Buenaventura, por eso le preguntó que quién lo había enseñado. Mi papá le respondió que Miguel Sierra, que era un músico primo de él, que leía música, aprendiendo a tocar de esa manera distinta el acordeón. Mi papá era considerado músico fino. Todos los músicos que en esta región tocaban colita eran considerados músicos finos, porque esos músicos tocaban en tono menor, tocaban pasillos, tocaban corridos rancheros, no rancheras sino corridos rancheros, tocaban vals, tocaban boleros, tocaban porros, tocaban cumbia, es decir, tocaban todos los ritmos. Y tocaban el paseo y el merengue. A mi papá nunca lo oí tocar una puya, no lo oí tocar un son. En el sur de La Guajira nunca oí a Emiliano tocar un puya, nunca lo oí tocar un son, nunca oí a Luis Verdecia, tampoco a Rafael Sarmiento, a Luis Enrique Daza, que fue el juglar más importante que tuvo La Guajira, nunca lo oí tocar eso por allá en los años 40, 50 y 60, pero todos los músicos que tocaban las colitas eran considerados músicos finos, y mi papá estaba clasificado dentro de esos. Me decía Emiliano, que los músicos de parranda eran considerados músicos perratas.

 

Mi papá se estableció en Villanueva y allí aprendió, con Buenaventura Rodríguez, a arreglar los acordeones y el oficio de entechar casas. Cuando no estaba tocando su acordeón en parrandas, se ganaba la vida entechando casas o arreglando acordeones. Y en cierto espacio de tiempo tuvo varias mujeres con las que vivió. En esa época un muchacho de quince años ya era una persona con cuerpo de hombre, con músculo, con fibra, porque en esa época no había estudios para la gente joven, sino que los enseñaban a trabajar fuertemente desde los siete años, de tal suerte que cuando ya llegaban a los diez, once o doce años ya tenían fibra en los músculos. A los quince años realmente ya eran hombres hechos y derechos, por eso mi papá andando libre, sin la presión del abuelo anduvo con varias mujeres.

En el año 1947 conoció a mi mamá, porque la mamá de mi mamá (mi abuela), que se llamaba Petra Campo, hacía bailes de colitas en su casa. Había unas matronas allá que se daban el lujo de poner colitas. No había sitio público para hacer el baile como pasa hoy en día, sino que habían ciertas matronas, como Carmen Díaz, mi abuela, Margot Silva y Rafaelita Molina que hacían colitas y en esas colitas cobraban y recogían para pagar a los músicos. El músico no se iba sin plata. Ellos cobraban, pero las colitas eran un formato distinto a lo que es caja, guacharaca y acordeón. El formato de las colitas era el bombo, un redoblante, un platillo y el acordeón. Ese era el formato de la colita y eso suena muy bien, diría que espectacular, para lo que es bailar. Yo escuchaba a mi papá en esa época tocar Lirio rojo y se oía muy sabroso, también tocaba El muegue, (“mi nombre completo es Juan Manuel, pero me quieren llamar el Muegue…”) y oía bonito. Recuerdo que mi papá tocaba algunos porros de Rufo Garrido y otras canciones de esa gente que tuvieron ustedes, de los años 30 y 40, época de oro de lo que fue el porro maravilloso, una música casi celestial que tuvieron en la sabana y que más adelante no sé por qué se cayó. Algunos se lo atribuyen a la incorporación de la música vallenata; pero no creo, pues a nosotros la salsa nos penetró con todo y eran los mismos instrumentos con los que se tocaba el porro y mucha gente giró del porro a la salsa. Y la música tropical se fue como abriendo en un abanico.

 

Obviamente la influencia del vallenato también incide en eso. Pero no creo que se deba recargar toda la responsabilidad a la música vallenata. Quiero que tengan en cuenta eso. ¿Por qué? Por una sencilla razón: porque a nosotros también nos invadió el merengue dominicano, la música ranchera, muchas cosas que tienen que ver con eso; pero, de hecho, mi papá fue un buen intérprete de porros en acordeón. En el año 1947, tocándole algunas colitas a doña Petra Campo, empezó a hablar con mi mamá y empezó a visitarla, y de la noche a la mañana le pidió su mano a mi abuelo José Antonio Ospino. Se casaron en 1947.

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Fuimos criados entre el pueblo y la sierra

Mi mamá es villanuevera. Ella nació en el barrio El Cafetal en el año 1932, precisamente el mismo año en el que mi padre llegó a Villanueva a la edad de quince años. En 1947, cuando ella tenía quince años y mi papá treinta, se casaron. Ella es hija de Luis Antonio Ospino, un villanuevero hijo de un ocañero, quienes llegaron a Villanueva en la Guerra de los Mil Días. Lo anterior quiere decir que mi bisabuelo es ocañero y mi abuelo villanuevero por parte materna, quien también tocaba acordeón. No era un acordeonista de fama, pero sí tenía su acordeón y tocaba; tocaba solo y a veces acompañado. Normalmente los músicos de antes no tenían caja, guacharaca y acordeón. Por lo regular, los acordeonistas viejos tocaban solo el acordeón, tocaban merengues y paseos.

 

Luego del matrimonio mis padres tuvieron el primer hijo: Rafael, que es el mayor; luego viene Norberto; luego nace Misael, después vengo yo, el quinto es Israel; la sexta es una mujer, Dubys María; séptima, Omayra María; octavo, otro varón, Limedes, de novena una niña que murió y después la bordona: Dolbelja Inés, que completa la prole con seis hombres y tres mujeres. Los seis varones todos somos músicos. Todos tocamos acordeón, solo que con la conformación del Binomio de Oro algunos pasaron a tocar otros instrumentos (como la conga, por ejemplo). Mis hermanos mayores (Rafael, Norberto y Misael) fueron los primeros que empezaron a tocar acordeón, fueron los pioneros. A nosotros no se nos dificultaba aprender a tocar acordeón, porque mi papá era técnico de acordeón. También se ganaba la vida tocando acordeón, de tal forma que en la casa nunca faltó este bello instrumento: en la mesa, en la cama, en los asientos siempre reposaba un acordeón. Uno llegaba y lo encontraba inevitablemente, de modo que no hubo obstáculo en este destino; uno llegaba y lo cogía y lo sonaba y lo volvía a poner allí, así como algo lúdico. En la familia de nosotros el acordeón era como un juguete más en la casa.

 

Nuestra crianza se dio del pueblo a la sierra. Por ejemplo, yo demoré subiendo diecinueve años a la cordillera, pero llegó un momento en el que me dije que no quería subir más a la sierra, quería conocer una ciudad, yo quería tener un teléfono en la mano, lo veía por películas y me gustaba, quería ver las avenidas y esas cosas que no veía en mi pueblo, llegar a sitios de caché, sitios que veía en las películas; había muchas cosas de las películas que yo quería conocer en la ciudad, ese era mi anhelo. Viajé primero a Riohacha, pero me pareció que tenía mucho parecido a Villanueva, aun siendo la capital de La Guajira. Allí vi por primera vez los teléfonos y otras cosas que no eran suficiente para mi plan. De allí arranqué para Cartagena. Llegué a “La heroica” en el año 1975 para estudiar en el colegio Liceo Bolívar. Recién salido de la cordillera llegué a Cartagena. ¡Tremendo salto!, un cambio muy brusco para mí.

 

Recuerdo que durante mi época de colegio las vacaciones siempre fueron en la cordillera, no teníamos la oportunidad de irnos para otro lado, salíamos del colegio e inmediatamente nos íbamos para la sierra. Para nosotros era camino y gloria. Es más, cuando se acercaban las vacaciones ya uno se figuraba los caminos, los ríos, esos paisajes tan hermosos los anhelaba. Deseaba que llegara vacaciones para embeberme en esos andurriales que fueron los que alimentaron mi poesía: el canto de los pájaros en los matorrales, las frutas maduras a las que uno podía acercarse desde el camino y arrancarlas del frutal con sus propias manos, el relincho de los caballos en los potreros. Para mí todo eso fue fundamental, a veces encontrábamos la niebla brotando en los caminos, que para nosotros era parte de la recreación y parte de la diversión que teníamos; poder detenernos un rato en el camino y pegarnos unos chapuzones en el río y luego seguir trepando la montaña era parte de la diversión que podíamos tener. Además, la parte de los juegos cotidianos y pueblanos que teníamos: el trompo, el juego de las canicas, el boliche como decimos nosotros acá, y algunos otros juegos campesinos, el juego de la macana con los palitos, por ejemplo, que era muy divertido para nosotros. A veces jugábamos fútbol con las naranjas más grandes porque no teníamos balones; a veces nos agarraba la Navidad y el año sobre la cordillera. Si no había para un pitico de lata con una bombita de soplar de esas que se inflan, entonces el niño Dios nos regalaba buñuelitos, deliciosos, buñuelos grandes, porque los navideños eran más grandes que el resto del año, pues eran prácticamente los aguinaldos en una vida netamente campesina y serrana. Éramos serranos manchaditos por el plátano, los dedos amarillos por la miel del café maduro cuando uno los cogía, de mochila terciada, un machete en la cintura y un sombrero. Eran las características que debía tener un niño que aspiraba a ser un hombre de trabajo, y de pequeño le colgaban a uno un machetico, la mochila y un sombrero, para que fuera pareciéndose a su papá y a sus abuelos. A los diecinueve años me cansé, dije no más, no vuelvo a la sierra. Y por allí empecé a buscar la ruta de los libros, a encontrar esos nuevos mundos, todas esas experiencias maravillosas eso representa la literatura universal; poder tener un libro de un escritor de otro país para mí era un logro, me asomaba a culturas distintas a la mía y podía imaginar cosas. Alimentar la imaginación, además de todo el legado en valores que nuestros papás nos habían transmitido.

 

Estoy convencido de que pertenecí a una generación afortunada. Nosotros sí vivimos en un mundo donde el respeto tenía cabida, en donde se cargaba luto, donde había vergüenza, en donde había honradez, había honestidad, humildad, esos valores que hoy en día escasean en la juventud. Y pudimos escuchar una música tan maravillosa, una música repleta de cosas bellas de la vida, una narrativa tan maravillosa que pudimos escuchar en todo ese tiempo y vivenciar también las costumbres de la gente que tenía grandes valores, además de ese temperamento inquebrantable, con un espíritu festivo y, yo diría, fraternal. Esa fue una época maravillosa. Creo que a la gente de pueblo le tocó vivir una época maravillosa, que bien vale describir. Yo me acuerdo que para uno tomarse un jugo helado tenía que ir por allá donde un señor que tenía los bloques de hielo enterrados en afrecho o brozas de arroz, con un punzón partía los veinte centavos de hielo y lo echaban en la olla que uno llevaba en bolsas de arroz para que en el camino no se fuera a deshelar. Y uno llegaba con el hielo completo a la casa y la vieja lo revolvía con guanábana y tomábamos aquello helado, ¡una ricura! Era la época en que no había cerradura, pasadores ni nada, sino que las puertas se trancaban y el mobiliario de una persona pobre estaba representado en una mesa de tabla con cuatro taburetes, el tinajero con dos tinajas y los dormitorios eran siempre con hamacas y las argollas para que cada quien colgara la suya. Por la mañana cada uno descolgaba su hamaca, para volverla a colgar por la noche.

Esos fueron los tiempos que pertenecieron a mi infancia, los tiempos o la época en que los conejos pasaban de un lado para otro como si estuvieran huyendo de una guerra y la gente comía mucho conejo. Comíamos mucho conejo. Fue una época de abundancia en todos los sentidos.

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 De Mi poema a Fantasía

Rosendo Romero nació en un pueblo a la orilla de un río de aguas diáfanas, donde el sol nace y se oculta entre la cordillera, en partes exactas, simétricas, como la colina que sube lo que baja y vuelve a repetirse a la inversa, de modo que las auroras matinales y los oscuros y claros de la tarde son iguales, lo que permite a sus habitantes tener un roce especial con la poesía. Pocos pueblos en el mundo han tenido el privilegio de Villanueva, como si toda la nutria del encanto se hubiese depositado en un solo barrio: El Cafetal, que se hizo famoso con la fama de sus hijos. El sol nace y se oculta por la misma cordillera del Perijá, en una explosión de colores y ternura. No se explica esto de manera fácil, pero parece ser la primera condición para que de esas tierras brotara tanto talento. Como diría esa pareja genial que se juntó para grandes cosas —Andrés Landero y Adolfo Pacheco— “No sabemos cómo lo hicimos, pero lo hicimos”.

 

 

Siendo con Israel de los intermedios de nueve hermanos, un año mayor que el acordeonista del Binomio de Oro, los Romero Ospino musicalmente anduvieron muy bien desde siempre, pero mejor desde que “El pollo Isra” empezó a revolucionar su entorno y les mostró otros espacios. Superaron la pobreza material, porque fueron ricos en otros aspectos desde niños. Todos tocan acordeón. Eso fue lo que vieron sus ojos al abrirse al mundo. Si el niño Dios los privó de otros regalos, el acordeón figuró desde siempre entre las cosas que tenían a la mano, en los taburetes, en la cama, en los rincones, en todos los vericuetos de la casa, porque Escolástico, que le llevaba quince años a su mujer, además de tocar el instrumento, se le metía por dentro para descifrar sus nostalgias, tristezas y alegrías. Los desbarataba y los volvió a armar, entonces quedaban en espera de manos ansiosas por trasformar el medio ambiente en mensajes de esperanza. Y esos animales mansos que parecían enroscados, empezaron a pasar de mano en mano, y ya no hubo manera de aguantar aquellas aguas desbordadas del talento. En sus manos cobraban vida, como si abrieran los ojos y la mente para contar y cantar en colores.

 

“Chendo” es un poco tímido para hablar, como si fuese un sabanero que habla en diminutivo. Con su hermano Israel siempre tuvo entendimiento, de modo que hicieron una especie de “tallercito” musical. Uno de esos días Israel se le presentó con la idea de un canto de Navidad, apenas los pequeños trazos de lo que sería una de sus mejores canciones. Al parecer el tema le había quedado grande, pues desbordaba sus intenciones. O le dio flojera porque allí tenía su alcahuete. No tenía que pagarle por eso. Se buscaban. El talento bullía. El poeta tuvo que voltearla casi toda y buscó que en ella estuviera plasmada la pobreza casi absoluta de la infancia, por las limitaciones en que nacieron, el niño sin juguetes, le tira el balón de la desdicha al Niño Dios perverso. O era posible que el juguete sí llegaba, pero lo tomaba el que primero se tirara de la hamaca. Y, además, en los tiempos en que El Binomio de Oro era una máquina de talentos, aparece Rafael Orozco, a quien se le ocurre usar a su hija Kelly Johana para la voz introductoria: “Papi, Papi, yo quiero que el niño Dios me regale una muñeca y otra para Wendy”.

 

En materia de música navideña, los colombianos estábamos acostumbrados a La víspera de año nuevo de Don Toba, un rapto a la usanza de La Ilíada que inicialmente había aparecido a nombre de Guillermo Buitrago, mientras en la sabana surgía la impronta del paseíto como el envase original para los villancicos y temas navideños del maestro Gilberto Torres, quien alcanzó a grabar 25 temas, desde el día en que se le ocurrió hacerle una canción a su madre, Diciembre 24, que cumplía años ese día. Al principio se creía que no iba a gustar porque era comercial, por ser dedicada su madre, pero allí arrancó la historia de canciones navideñas que suenan el resto del año. Igual ocurre con Faltan cinco pa´ las doce, de Aníbal Velásquez, entre muchas otras.

 

En su crónica de WhatsApp —reproducida en el punto anterior—, el maestro Rosendo habla de su pensamiento una vez se aburrió de trepar y bajar la cordillera, a la que le dedicó sus primeros 18 años, en el sentido de irse a vivir a una ciudad más adelantada que Villanueva, incluso que Riohacha, donde probó unos meses, hasta caer en Cartagena, ciudad que lo emparentó con los libros y le permitió saborear otras culturas musicales. Cartagena lo forjó para una vida intelectual y trascendente. “Fui un hombre joven que se maduró en Cartagena”, le dijo al maestro Vicente Periñán, en el programa “Valores de la Provincia” en el año 2012.

 

Cartagena le dio la posibilidad de soñar a un provinciano que llegó untado de poesía, pero demasiado inmiscuido en la raíz del vallenato profundo, elemental y prístino, cuando apenas empezaba a salir de la provincia. Cartagena era la ciudad ideal por su historia de piratas y corsarios que le puso a volar su imaginación. Fue la parte donde empezó a soñar Mi poema, hasta llegar a Fantasía, que es su máximo estado de madurez espiritual. La decisión fue correcta, pero seguiría explorando más allá de “El corralito de piedra”.

También influyó mucho en Rosendo “El tallercito” que tenía con su hermano Israel, quien le envió la idea de Mensaje de Navidad, y la ciudad de Barranquilla, donde el acordeonista se radicó como estudiante de Administración de Empresas en la Universidad Autónoma del Caribe. Solo alcanzó tres semestres, quizá los suficientes para su vida aventurera de un hombre serrano. “El poeta de Villanueva” hizo tres semestres de Sociología, que, sumados a las lecturas de autores soviéticos y españoles, le fueron moldeando su estilo musical. Si Cartagena le había abierto la inspiración para pensar en las historias de los personajes cuyas estatuas llenaban la ciudad, con sus aires caribeños, Barranquilla lo acercó a la salsa. Israel compraba las colecciones de los mejores salseros de moda, por eso la propuesta del Binomio de Oro al principio representó un cambio muy brusco para los ortodoxos del vallenato. Eran tiempos en que quien escuchaba a Alejo Durán era considerado corroncho. Irrumpía con fuerza la radio en Frecuencia Modulada (FM), exclusiva para oídos finos, con música clásica, baladas y rock. Ni siquiera las noticias eran admitidas en unas ondas tan puras, dizque para proteger el sistema de Amplitud Modulada (AM). Oír allí un vallenato era una rareza, una casualidad. Los vallenatos estaban relegados a una frecuencia más popular. Las emisoras AM, una amplitud que esquiva los obstáculos, pero que se ensucia en el viaje. Las FM necesitan antenas de repetición para obviar los cerros. El primer programa especializado en vallenato lo fundó en Barranquilla Lenin Alfonso Bueno Suárez, Leabus, en Emisora Atlántico, el 17 de diciembre de 1969: “Festival Vallenato”. En 2019 cumplió cincuenta años y Lenin tiró la casa por la ventana con una nueva producción musical.

 

Era imposible escuchar versos como: “Estaba Isabel Martínez en un aserrío, allí la encontré solita y la enamoré”. En cambio, la FM estaba llena de estupideces: como “Por un caminito yo te vi pasar…”. Apenas Rosendo Romero, cuya imaginación bullía de gracias, oyó esas canciones en balada se dio alientos y se dijo que él podía hacer muchas de esas cosas como beber agua. Y así lo hizo. Eran tiempos en que a la crítica le costaba asumirnos como personas con un talento especial. Para “pordebajearnos”, para excluirnos de lo que se llamaba cultura de élite (hay cultura individual y de masas), decían que esto era “cultura popular”. Todo ese movimiento lo entendió y lo sufrió Rosendo Romero y lo plasmó en su inmensa obra, no tan larga como profunda. Entonces llega algo de lo que Romero no reniega ni critica negativamente, que es la parte comercial de la música, pero advierte que aquello había que ponerlo al servicio de esa cultura popular que se venía abriendo paso como un vendaval, rehendiendo los montes. Es cuando aparece lo que algunos consideran un bajón en la producción del poeta de Villanueva, que él considera como un paréntesis, mientras se preparaba mejor para esa batalla que ha librado como pensador rebelde. Algunos decían que a Rosendo se le había acabado el amor, que por eso ya no componía. El tipo no era pendejo, lo que estaba haciendo era rebuscando en su interior la mejor forma de presentarse, mientras analizaba lo que iba pasando en materia de vallenato.

 

Antes de que viniera ese son montañero de alguien que lleva por dentro la música de acordeón, hubo mucho arroyito que pasar, y con la evocación de Dios, que aparece en gran parte de su obra, más la apertura de Israel, que mete a varios de sus hermanos en el proyecto Binomio de Oro, surge este poeta que vive hoy por hoy su mejor Fantasía. Los Romero Ospina subieron a las élites de la cultura con todos los dientes. Y lo hicieron sin estridencias, porque Escolástico tampoco era pendejo, porque cuando afinaba los acordeones después que las había despedazado —sin pensar que le iban a sobrar tuercas o botones—, lo hacía con unas notas celestiales que no se sabía de donde las sustraía, emparentadas con los mensajes que llegaban del viejo mundo, pero que en sus sones montañeros tomaban connotaciones distintas.

 

Rosendo Romero, considerado entre los cuatro mejores poetas del vallenato, sigue, como Adolfo Pacheco, estudiando nuestra cultura terrígena. Ahora quiere empaparse más del concepto caribeño, una apalabra prioritaria en su trasegar de poeta e investigador. También se interesa por la cumbia y por la música sabanera que, como García Márquez, considera fue lo mejor que le pudo pasar al vallenato a la hora de descubrirla, por sus sugerencias rítmicas y por esa maleabilidad de poder conectarse con otros aires. Es un poeta y pensador universal.

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Rosendo Romero: el filósofo de Fantasía

 El origen del nombre

San Rosendo es un santo italiano llamado Rodesindus Guterri, noble galaico que vivió en el siglo X (907 – 977). Fue abad y fundador de varios monasterios, virrey de Galicia, obispo de Mondoñedo y político, canonizado por la Iglesia Católica. Rosendo Romero Ospino, el “poeta de Villanueva”, heredó el nombre de su abuelo materno, Rosendo Romero Villarreal, quien era cercano a los Durán Díaz, por donde le viene también la vena artística. Al principio, cuando estaba en la escuela, el nombre le parecía muy grande para su empaquetadura. El niño era tan delgado y pequeño que los compañeros le decían “Chendito”, pero en la medida que se fue haciendo poeta y fue dando respuesta a muchos interrogantes, aquel nombre, eufónico, de gran personalidad, le fue gustando. Quien le puso Rosendo de pronto avizoró que allí debía surgir un hombre grande. Otros, por cariño le dicen “Chendo”. Hoy, el “poeta de Villanueva”, se ubica, de acuerdo a los sabedores de este género, entre los cuatro más grandes poetas del vallenato.

 

Cuando uno ve a Rosendo no cree de plano que ese hombre humilde, a veces con sombrero panameño, diminuto, y otros de corte wayuu, mochila terciada, de ojos inteligentes y pequeños, un poco “atigrillados”, de baja estatura, sea el dueño de tan magna obra. En su actitud parece sabanero, una combinación entre Adolfo Pacheco y Rubén Darío Salcedo, que usa diminutivos, con un relato poético que se le escapa sin dificultades. Pero cuando despiertan su ego y defiende su heredad, Rosendo es un tigre villanuevero de palabra severa, orgulloso de sus logros y de su estirpe, en que no hay tierra mejor que Villanueva y el barrio El Cafetal. A veces toca llegarle al alma, pues al principio parece reservado, quizá porque proviene de la propia tierra, de una pobreza material que reconoce, pero que a la vez le sirvió para conocerse más y entender mejor al ser humano, de lo que nada le es indiferente. Aunque su obra no ha sido analizada profundamente, muchas de sus canciones buscan una respuesta ontológica: de dónde vengo, quién soy y, con una imaginación desbordada, propia de la gente que nace en los andes, entre cordilleras, viendo de mañana a tarde el mismo espectáculo que le brindan el sol que nace y se oculta por la misma colina en una explosión de colores y de silencios, donde toda la naturaleza le entra por los poros, quizá en el mismo hechizo que sedujo al maestro Andrés Landero al ver a una araña a través de una gota de agua pintar sur redes sobre dorado cuando moría la tarde en la montaña de María. Pocos pueblos del Caribe tienen esa doble condición de ser costeros y andinos a la vez, como San Jacinto Bolívar, Patillal, Juan de Acosta y Villanueva. Rosendo no sabe cómo funciona aquel embrujo, pero funciona. Como el mismo Adolfo Pacheco, acompañado de Landero, no sabe cómo hizo su obra, pero lo hizo. Rosendo, sin duda, buscaba salvarse del olvido y tenía que sacar aquello que llevaba por dentro y en esos interrogantes salta su yo (“Yo que creía ser el rey de los amigos y que podía enamorarme de cualquiera”), pero surge un Dios ontológico que le pone reglas, el corazón, que lo encadena y en esa búsqueda afinca su obra. Le compone a una sortija que le enaltece el alma, toda una imaginación desbordada e ingenio que como el primer amor se pierde por falta de experiencia. Y encuentra para ello no solo un lenguaje poético que a él mismo se sorprende, pocas veces entendido por sus amigos, pero bonito, envasado en ritmos básicos, como el son montañero. Su primera canción, que tararea mientras se baña y es escuchado por su hermano Norberto, La custodia del Edén, es la respuesta a los interrogatorios que se viene haciendo sobre los trovadores que le preceden. Y en la voz de Armando Moscote, que estaba de moda, con su hermano Norberto, se convierte en la canción de la semana en el colegio de bachillerato. Era la primera oportunidad para atraer a las niñas bonitas que quizá antes lo veían como poca cosa. Además de la inspiración que brota, aun saltando una tapia, cuando andaba como lunático, se destaca el trabajo de pulimento de sus versos, en el que no existe un nombre mal puesto, dado que a ese carbón inicial se agrega la lectura. También su obra es el producto del dolor, porque resulta fuerte que a una mujer se le hagan tres canciones y no se logre sacarle siquiera un beso o que el primer amor se lo vendan como se vende a un chivo. No ha sido, pues un parto fácil la obra inmaculada de Chendo Romero, quien decide componer a la muerte de Fredy Molina, hacia 1972, a quien emula realmente, siguiendo los pasos del gran Gustavo Gutiérrez.

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La historia de Fantasía

Oscar Palmera salió por tierra para Valledupar desde Caracas, Venezuela, donde el Binomio de Oro había tocado una serie de conciertos, dado que la prestigiosa agrupación del vallenato gozaba de mucho prestigio en Suramérica y de allí debía volar a los Estados Unidos. No había entonces los mecanismos de hoy para enviar dinero, de modo que Palmera debía pasar obligatoriamente por Maicao y Villanueva rumbo a la capital del César y dejar una encomienda a la madre de los Romero Ospino, Ana Antonia Ospino Campo, que había enviudado años antes. Con la irrupción de Israel Romero como líder musical, la familia empezó a mejorar su nivel de vida, no solo porque “El Pollo” enviara dinero a su prole, sino porque todos se beneficiaron con el movimiento musical, habidas cuentas de que Norberto, que fue el pionero, Rafael, Misael, Limedes y después Rosendo como compositor, hicieron parte del cotizado conjunto. Trabajaban en común. Rosendo siempre tuvo entendimiento musical con Israel, y mantenían una especie de tallercito que les funcionaba, intercambiando ideas, como cuando hacen a cuatro manos Mensaje de Navidad, tema inicialmente bosquejado por Israel, pero que había terminado de componer el poeta.

Transcurría 1978. Mientras Óscar Palmera recibía el encargo en Venezuela, Rosendo Romero, de 24 años, trataba de saltar la tapia del patio para llegar a la casa de su abuela Petra Campo. Fue cuando se le prendió la melodía de aquella canción. Se trataba de un golpe súbito de inspiración y enseguida algo le dijo que el parto era de una canción grande. La primera frase le llegó enredada en la melodía en forma de pregunta. “Ese que escribe versos” se le vino de repente, al saltar la tapia. Cayó al otro lado y con las mismas rebotó. Se acordó de la grabadora de mano, que había dejado en casa, de modo que se devolvió a recogerla. Su abuela alcanzó a verlo, pero solo vio el visaje fugaz de quien era espantado por un tigre y se preguntó que si su nieto se había vuelto loco, porque en esos tiempos caminaba mucho, se iba al río y en el pueblo creían que en cualquier momento iba a tomar camino, con el pelo largo desgreñado, una mochila y cierta rebeldía. Nadie creía que podía ser compositor. Además, eso no era importante. ¡Tan serio el padre!, decían.

 

Eran las nueve de la mañana en Villanueva. Mientras Óscar Palmera cogía viaje para Valledupar, Rosendo tomaba la grabadora y se iba al río, su lugar preferido para rematar la idea musical que le había nacido precisamente cuando saltaba la pared que dividía los patios comunes. Regresó a la una de la tarde, sin hambre, porque cuando tomaba un tema se olvidaba de lo demás, pero ya tenía hecha la canción. Aún no tenía la flor de la camelia inserta. Era una canción distinta a todas las que había hecho, aunque la dedicaba a la misma musa, la misma mujer, e inicialmente había pensado en Jorge Oñate, quien ya le había grabado Noche sin luceros y Cadenas. Era precisamente la canción donde no aterrizaba, pero rompía las cadenas, la que sin duda lo iba a marcar, pero también a retar.

Sin reparar en el almuerzo, Rosendo Romero llamó a sus calanchines, nombre demasiado duro para aquellos forajidos que lo acompañaban en la tarea de inmortalizarse. Se trataba de Hugo Rivera y Amílcar, un guitarrista villanuevero, del que a veces se le olvida el nombre. Tenían que grabar la canción y enviarla a Jorge Oñate, aprovechando que Óscar Palmera pasaría por Villanueva al siguiente día. Tenía que aprovecharlo porque no estaba fácil de dinero y no iba a tener para tomar un bus a La Paz o Valledupar. El tiempo no daba espera, los de adelante iban muy lejos.

 

Era la canción autobiográfica en la que se interrogaba y se respondía, ese que escribe versos, el que poco saludaba, que siempre andaba en la luna, el mismo visaje que vio la abuela como a alguien que se espanta y regresa como si lo hubiera asustado el tigre. Varios años después, Rosendo confiesa que al terminar aquella fantasía en la orilla del río algo en el interior le dijo que en ella estaba el espíritu de Diomedes Díaz, quien aún no pasaba del puente Pumarejo con sus canciones.

 

Óscar Palmera, en efecto, llegó con la plata para la madre de los Romero Ospino, tal como estaba previsto, al siguiente día y ya el casete que contenía Fantasía lo esperaba. Palmera, quien incursionaba en la radio venezolana como Show Man andaba a las volandas, de modo que apenas pudo oír las recomendaciones que Rosendo le dio al entregarle el casete, en su itinerario al Valle: “Cuando pases por La Paz déjale este casete a Jorge Oñate y si no está llévaselo a Diomedes a Valledupar”. Pero ocurrió que Palmera se pasó de largo para Valledupar y se lo entregó a Diomedes.

 

En los primeros garabatos, cuando escapó de la mirada severa de Petra Campo, la canción usaba la palabra “azucena”, que era una flor bastante conocida en el canto de Noel Petro, pero por esos días Rosendo Romero leía la novela “Las Camelias” de Alejandro Dumas y tomó el nombre de allí. Se trata de una flor muy bonita pero no huele a nada. Era la manera más sutil de castigar a la muchacha a la que le iba dedicando cada canción, porque lo había dejado con el alma herida. En vez de decir Soraya, que había mencionado en otra canción, prefirió “camelia”, sin olor. La canción pudo llamarse “La de ojitos negros”, que está también en el texto, pero Fantasía pegó desde que iba en aquella cajilla mágica que Rosendo le entregaría a Óscar Palmera para que se la llevara a Jorge Oñate a sabiendas de que era para Diomedes Díaz, tal como su conciencia profunda se lo había indicado.

 

 

Sin saberlo, había iniciado un tema paralelo con Andrés Landero, quien hacia 1952 le había cantado a Marta, aquella que era como una miosota, una flor que nace en el fango.

Fantasía trajo cosas malas y buenas para los protagonistas. En Bogotá duró un año ocupando el primer puesto, hacia 1980, en casi todas las emisoras y empujó a Diomedes a la fama. A Rosendo el compromiso, al alcanzar el techo, de superarse a sí mismo. Y de por contera le quedaron dos culebras, una con Jorge Oñate, que aún le reclama, y la de su hermano Israel, porque no se la dio al Binomio de Oro. En realidad, queda la incógnita de qué hubiese pasado con Fantasía si inicialmente la graba Oñate.

 

Óscar Palmera, luego de la crisis venezolana, país donde se había radicado, se fue a vivir en Estados Unidos. No fue manager del Binomio de Oro, pero recibió el beneficio de hacerse célebre al ser saludado cuatro veces en sus 19 producciones. Una en el tema Las serpentinas, tema de Beto Murgas, corte seis del lado B del LP “Súper Vallenato”, con el sugestivo mensaje de Rafael Orozco: «Para Óscar Palmera, el binomista de oro» y otro saludo en Canción para una amiga, de Rosendo Romero.

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Barranquilla, la luz

Si Villanueva fue el primer contacto con la tierra, con el rocío, las luces de alborada y cenitales que lo embriagaron de poesía, y Cartagena la apertura a otras músicas más allá del contacto directo con los trovadores del vallenato, Barranquilla fue la luz. No en balde allí se unen el majestuoso río del Magdalena con el ancho mar, en una mezcla de luz que no puede ser indiferente a una mente que apenas se abría a otras culturas. Barranquilla se convertía en el epicentro del vallenato que dejaba atrás la provincia, no sin dificultades, porque en el carnaval preferían decir carnaval de orquestas o de acordeones, en el que el vallenato apenas era un invitado más. La salsa, que era vital en las emisoras, fue motivo de colección por parte de los hermanos Romero, que se habían ido a vivir en el encopetado barrio de Las Delicias. Eso fue vital, no solo en el joven compositor, sino en ese laboratorio musical del conjunto que mejor visionaba la música de acordeón en Colombia, después del ya lejano experimento de Los Corraleros de Majagual. Israel ya no pensaba en un conjunto de la provincia, sino de tipo nacional, por eso desde la gran sabana se llevó puntales importantes como Mario Paternina y Virgilio Barrera, entre otros.

 

Tales ciudades, Villanueva, Cartagena y Barranquilla, aparecen en el proceso del poeta rumbo a la consagración; pero, por esos días en los que conoció a Sincelejo, Rosendo Romero comprendió por qué el maestro Calixto Ochoa escogió a Sincelejo como su vividero eterno.

Otra ciudad en la que le hubiera gustado vivir es Armenia, por el clima, pero Valledupar es vital para ese entronque estratégico en el trabajo que lo apasiona, en la búsqueda del ser Caribe y la cultura popular; el clúster vallenato y su anhelo de integrarnos en un plan de salvaguardia de todas nuestras músicas, en esa polifonía que es nuestro territorio. Certificar nuestros músicos es una de sus querencias. Un bocachico frito, un amigo leal y sincero y aquella oración que dice: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”, son otros de los gustos de nuestro poeta villanuevero.

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Rosendo Romero: el poeta madurado por el amor

 

Ese que escribe versos repletos de verano
estando en primavera ese soy yo […]
Ese que por ser bueno lo tiran a la nada
y que no cree en la fama ese soy yo […]

Ese que escribe versos que casi no saluda
que siempre está en la luna ese soy yo […]
(Rosendo Romero, Fantasía)

 

Si bien a Rosendo Romero se le conoce por varios remoquetes que aluden a su gran talento musical y creativo, lo cierto es que el más famoso y acertado de todos es el de “El poeta de Villanueva”. Y es que esta denominación no es gratuita y, mucho menos, fruto del azar. Es tal vez la expresión que mejor lo define, pues Rosendo Romero es, ante todo, un poeta, su extensa y profunda obra así lo deja ver. No en vano —y eso ya se ha dicho en varios apartados de esta obra—, los expertos lo ubican entre los cuatros más grandes poetas de la música de acordeón. Basta con mirar la letra de la mayoría de sus éxitos musicales para percatarse de ello. Pero, ¿por qué a Rosendo se le da el título de poeta?, ¿qué es lo que caracteriza a un poeta?, ¿qué tienen sus obras para que sean catalogadas como auténticas poesías? Veamos.

En sentido general se puede afirmar que poeta es la persona que mediante la escritura o las palabras expresa emociones, sentimientos o sensaciones. En sentido más estricto: “Es un individuo que se dedica a crear poesías. Una poesía, por su parte, es una composición literaria desarrollada en verso que también puede recibir el nombre de poema. Los poetas, por lo tanto, son escritores que se vuelcan a las obras en verso” (Pérez y Gardey, 2013).

Existen poetas desde la Antigüedad; de hecho, la poesía suele estar asociada a los relatos orales. La composición poética, sin embargo, cambió mucho con el avance de la historia y hoy la noción de poeta abarca a autores muy diversos, cuyos textos tienen pocos puntos en común.

 

Según Pérez y Gardey (2013), algunos de los poetas más importantes de la historia, que consiguieron trascender las fronteras y conquistar a lectores de todo el planeta son: el griego Homero (que vivió en el siglo VIII a.C.), el italiano Dante Alighieri (1265-1321), el español Federico García Lorca (1898-1936), la española Gloria Fuertes (1917-1998), el inglés William Shakespeare (1564-1616), la alemana Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), la alemana Herta Müller (nacida en 1953), la estadounidense Emily Dickinson (1830-1886), el francés Charles Baudelaire (1821-1867), la argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972) y el chileno Pablo Neruda (1904-1973), entre otros.

 

Un buen poeta tiene la particular capacidad de utilizar el lenguaje como si se tratara de una paleta de colores con la que puede crear imágenes que la gente de otros campos jamás podría imaginar; además, aprovecha las palabras de infinitas formas, las renueva, les brinda una vida y un color que nunca habían tenido y las pone al servicio del arte (Pérez y Gardey, 2013). Todas estas características y capacidades están presentes en la persona y en la obra de Rosendo Romero. Precisamente las canciones que analizaremos a continuación demuestran su talento y su versatilidad a la hora de comunicar sus emociones y sentimientos, que se materializan en bellas obras de arte cantadas. Las composiciones son las siguientes: Fantasía, Mi primera canción, Romanza, Canción para una amiga, Noche sin luceros, Villanuevera, La Zenaida y Mi poema.

Fantasía

Esta canción fue grabada por Diomedes Díaz en 1980 acompañado por Nicolás Elías Colacho Mendoza en el álbum “Tu serenata”. El mismo Rosendo Romero cuenta que la compuso para Jorge Oñate, quien cuatro años antes, en 1976, le había grabado dos grandes éxitos: Noche sin luceros y Cadenas. Acompañado por guitarra la grabó en un casete en Villanueva, Guajira, y se la envió a La Paz con su amigo Oscar Palmera, que en su viaje a Valledupar debía pasar por esta población, pero Palmera no se detuvo en La Paz y cuando llegó a la capital del Cesar se la entregó a Diomedes Días, por eso fue Diomedes quien la grabó y no Oñate.

 

 

Letra

I

Ese que escribe versos repletos de verano
estando en primavera ese soy yo
Y esa linda Camelia que se quedó sin alma
que no comprende nada eres sin duda tú.
Ese que por ser bueno lo tiran a la nada
y que no cree en la fama ese soy yo
Esa de ojitos negros y que se cree la dueña
de todas las miradas no entenderá el amor
Qué diferente sería mi vida si me quisieras
y que tus labios me dieran toda tu juventud
y me dejaras cambiarte un poco y hacerte buena
entonces si gustarí­an los ojos que tienes tú
Porque tú sabes que tienes preciosa
un atractivo que rinde a los hombres
que no resisten tus ojos, tu boca
y se someten a tus condiciones.
Porque derrochas amores y lujos
porque provocas tantos desengaños
Porque es muy triste vivir de apariencias
porque mujer que no quiere a ninguno
le mostrarán mil fracasos los años.

 

Coro
Si se te van esos años en fantasí­as placenteras (bis)
Se tornarán tus placeres en llanto y tu sonrisa quimera (bis)

 

II
Ese que escribe versos que casi no saluda
que siempre está en la luna ese soy yo
Y esa linda Camelia que está metida en todo
hablando más que nadie es un sueño de amor.
Esa que mira siempre con mucha picardí­a
con ojos aguileños esa me mata a mí.
Hay muchos que la adoran otros que la desprecian
y muchos que la elogian para verla feliz.
Es porque tiene ese algo extraño que al conocerla
uno presiente que ya hace tiempo la conocí­a
es como ver aquella esperanza que el alma sueña
en los instantes de soledad y melancolí­a.
Porque tú sabes que tienes preciosa
un atractivo que rinde a los hombres
que no resisten tus ojos, tu boca
y los someten a tus condiciones.
Por qué derrochas amores y lujos
por qué provocas tantos desengaños.

Porque es muy triste vivir de apariencias
porque mujer que no quiere a ninguno
le mostrarán mil fracasos los años.

 

Coro
Si se te van esos años en fantasí­as placenteras (bis)
Se tornarán tus placeres en llanto y tu sonrisa quimera (bis)


Perfectamente la canción hubiera podido titularse La Camelia o Esa de ojitos negros, pero se le llamó Fantasía debido a que su mensaje se centra en lo fantasioso o efímero del placer, de la belleza y de los lujos cuando no van acompañados de sentimientos y de valores verdaderos.

 

Precisamente la composición es una especie de autobiografía en la que Rosendo Romero se describe como poeta (ese que escribe versos) y se define, además, como una persona buena, que no cree en la fama, que casi no saluda y que siempre está en la luna. En contraste, a la destinataria de la canción la califica de “Camelia”, una flor muy linda, pero que no despide aroma; dice que es desalmada e incomprensiva, derrochadora de lujos y de amores, y causante de desengaños.

 

Por estas razones la canción es, en definitiva, una composición de desamor en la que el autor se lamenta por amar a una mujer muy bonita, pero fría e indolente; una mujer que aprovecha sus atributos para conseguir lo que quiere y que se queda en la fantasía de los placeres efímeros o momentáneos sin pensar en las consecuencias negativas que ello le traerá con los años. Por eso le advierte que, cuando el tiempo pase, sus placeres se tornarán en llanto y su sonrisa se volverá quimera, es decir, fría, vacía e incierta.

En síntesis, en Fantasía Rosendo Romero se autodefine como poeta: tiene alma de poeta y su forma de ser, de sentir, de pensar y de escribir lo delata.

 ROSENDO11

 Mi primera canción

Esta canción fue grabada en el año 1980 por Alberto “Beto” Zabaleta y Alberto “Beto” Villa —Los Betos—, en el álbum “Orgullo Guajiro”. A esas alturas ya el nombre de Rosendo Romero era conocido en el mundo de la música vallenata, pues varias de sus composiciones habían sido convertidas en verdaderos éxitos por reconocidos intérpretes del género: Armando Moscote, Daniel Celedón, Gustavo Bula, Jorge Oñate, Juan Piña, Rafael Orozco, Silvio Brito y Alfredo Gutiérrez, entre otros.

 

Letra

I

Llevo en mi mente la canción que fue primera
que bien recuerdo la compuse una mañana
Y se la hice a una muchacha de mi barrio
y así me fui acostumbrando a cantarle a lo que amaba.
Pero fue triste mi canción no era excelente
aunque sincera nadie la quería escuchar.
Me atormentaba pero le juré a la gente
que a miles de corazones yo tenía que llegar.
Porque el rumbo del camino
me azuzaba a ser valiente (bis).

Coro
Y así una noche de parranda
alguien lloraba mi cantar doliente (bis).
Nació una mañana mi primer amor
recuerdo que fue mi primera canción (bis).

II
Primer amor con la inocencia de otros años
que se esfumaron llevándose la ignorancia
de que los hombres apasionados son esclavos
de canciones lastimeras del amor y la parranda.
Aquel cuaderno donde estaban mis canciones
un día la Muñe lo quemó con la basura.
Pero en mi alma palpitaban acordeones
descifrando nuevos sones arrancados con ternura.
Me fui siguiendo el estilo

del gran Gustavo Gutiérrez (bis).

Coro
Por ser romántico y sentido

cuando cantaba penas y placeres (bis).
Nació una mañana mi primer amor,
recuerdo que fue mi primera canción (bis).

 

En esta canción Rosendo Romero deja claro que la principal fuente de inspiración para sus composiciones es el amor, que lo acompañó a lo largo de su vida artística y que lo fue moldeando como poeta (un poeta madurado por el amor, como reza el título de este capítulo). En efecto, esa canción se la hizo a una joven de su barrio, y así se fue acostumbrando “a cantarle a lo que amaba”. Sin embargo, con esa primera composición también se fue percatando de sus limitaciones: “Fue triste, mi canción no era excelente; aunque sincera nadie la quería escuchar”. Eso lo atormentaba, pero también fue el motivo por el que se propuso el reto de triunfar: “Le juré a la gente que a miles de corazones yo tenía que llegar”. Además, él estaba seguro de que no sería fácil, de que no se podía permitir el “lujo” de acobardarse, pues el rumbo del camino “lo azuzaba a ser valiente”. Y a fe que lo logró, pues, algún tiempo después, en una noche de parranda “alguien lloraba” su cantar doliente.

 

Así, la primera estrofa deja una lección: el camino del éxito es difícil, requiere de templanza, disciplina, determinación y confianza en sí mismo. Conquistar los sueños no es asunto del azar o de la suerte: es fruto del talento natural y del trabajo constante por ser cada día mejor. Los obstáculos no pueden ser percibidos como amenazas, sino como oportunidades que nos llevan a ser mejores. Los que en un principio no lo querían escuchar son los mismos que, algún tiempo después, lloran con sus canciones: ¡había logrado convencerlos!

 

En la segunda estrofa retoma el tema del amor, que es el verdadero motor de sus canciones y que lo va madurando como poeta. Recuerda en esta letra que los primeros amores son inocentes y, en cierta forma, ingenuos, pero que cuando pasan los años y los corazones maduran asoman pasiones más profundas que pueden, incluso, llegar a esclavizar los sentimientos y atarlos a ciertas canciones que lastiman (“canciones lastimeras”), amarrarlos al amor que duele y encadenarlos a parrandas que lo rememoran. También en esta estrofa Rosendo deja claro que la vocación —entendida como la inclinación natural hacia algo, por ejemplo, a una profesión o a un arte u oficio— nunca muere aunque haya obstáculos, fracasos y dificultades. Por eso, a pesar de que sus primeras canciones fueron quemadas con la basura, en su alma de poeta seguían palpitando acordeones y “descifrando nuevos sones arrancados con ternura”. El coro remata con un aspecto muy importante: siempre hay que tener émulos, referentes, personas que ya han andado el camino, personas que sirvan de inspiración y de modelo. En este caso el prototipo de compositor es Gustavo Gutiérrez, pues es “romántico y sentido”.

 

En fin, la canción se constituye en toda una lección de pasión, perseverancia, disciplina, motivación, metodología y consejos para todos aquellos aprendices que acarician un sueño y que quieren algún día verlo realizado.

Romanza

El título real de esta canción debió ser Romanza de ilusiones, pero se conservó solo la primera palabra. Fue grabada en 1978, un año antes que Mi poema, y canta Silvio Brito y Orangel, “El Pangue” Maestre, toca el acordeón. El álbum se tituló “Horizonte”. Dos términos clave que le dan identidad a la letra y la hacen diferente son los ya aludidos “romanza” y “romería”. Como se sabe, esta última alude a una peregrinación religiosa que se hace a un lugar sagrado normalmente para agradecer o pedir algo a la divinidad que allí se adora; mientras que la primera, es decir, “romanza” —que viene de la palabra romance— es una composición musical de carácter sentimental o amoroso.

 

Esto quiere decir que la canción se titula Romanza porque es una composición de amor en la que Rosendo Romero se propone, metafóricamente, hacer una peregrinación (una romería) para pedir al dios de la música que no se derrumben sus canciones. En efecto, observen que la canción inicia con tres versos que hablan de ello, dice: “Se derrumban mis canciones / yo me voy de romería / en romanza de ilusiones”.

 

Letra

I

Se derrumban mis canciones
yo me voy de romería
en romanza de ilusiones
entre lágrimas de fuego
un amor que desespero
vino rojo de manzana
que en sus labios se engalana
para hablar de estos amores.
Huracanes impacientes
en promesas que palpitan
muy despacio nuestro adiós
qué tarde fue conocerte mi amor para mis viejas canciones
te juro que no le hubiera cantado a otra mujer
incomprendido me fui soñador de otros amores
que entre sollozos me hicieron cantar de padecer

 

Coro
Vuelvo a ser alegre y así sencillo igual que un niño del pueblo aquel
donde un día mis viejos sobre sus calles
su última huella dejó sin mí.
Yo te esperaré qué puedo hacer
si yo solo contigo soy feliz (bis)
Si tú me quieres yo te adoro tanto
que hasta mi tierra dejaría por ti (bis)

 

II
Que las horas en silencio
se detengan en mi voz
como abriéndome una herida
que la brisa bailarina
se lleve mi despedida
ahora siento que en el aire van flotando los cantares de Escalona y de Molina.
Ahora siento la presencia de mi rara alegría triste
ya Soraya me inspiró.
Sé que te vas
ojalá que este mundo se hiciera más pequeño
para encontrarte a la vuelta del mar
en el alma de una rosa
eterno azul sé que tu volverás
al balcón de nuestro cielo
y aquel domingo no debe llegar
porque tú te vas mi diosa

 

Coro
Mueran los luceros y nuevamente
la noche negra se abrase a mí
que se acabe el mundo de un cataclismo
si no te espero con más amor.
Te alzaré en mis manos y al partir
camino a mi pueblo será un son (bis)
Si tú me quieres yo te adoro tanto
que se me apague en un instante el sol (bis)

 

En esta composición Rosendo Romero demuestra lo habilidoso que es en el uso del lenguaje y lo bien que utiliza las principales figuras literarias. En eso se parece a los grandes poetas. Nos referimos al uso de la metáfora o comparación, del símil o paralelismo, de la alegoría o asignación de significados simbólicos y de la personificación o prosopopeya, que consiste en dotar de cualidades humanas a los animales o a las cosas. Veamos.

 

En Romanza la prosopopeya, por ejemplo, se puede observar en la frase: “Huracanes impacientes en promesas que palpitan muy despacio nuestro adiós”. Como se sabe, la paciencia es una cualidad humana, los huracanes no son ni pacientes ni impacientes. Decir que los huracanes son impacientes es dotar a estos fenómenos naturales de facultades propias de los seres humanos. Por otro lado, las promesas no “palpitan”, el palpitar es propio de objetos materiales, no de las acciones, juicios o valoraciones humanas.

 

También en esta composición el poeta utiliza la alegoría. En efecto, cuando dice: “Se derrumban mis canciones yo me voy de romería en romanza de ilusiones”, le está otorgando un significado simbólico al término “derrumbar”, pues literalmente las canciones no se “derrumban” —como ocurre con un edificio, una montaña o un puente—, sino que se vuelven obsoletas, se dejan de escuchar o ya no son significativas.

 

La metáfora, figura retórica predilecta de los poetas de todos los tiempos, se puede apreciar en la expresión: “Entre lágrimas de fuego un amor que desespero vino rojo de manzana”. Las lágrimas tienen características muy distintas a las del fuego, pero aquí se utiliza el calor que emana de ambos para compararlos, pues tanto las lágrimas como el fuego “queman” —recuérdese que la metáfora es, básicamente, “la comparación entre dos términos que aparentemente no guardan relación alguna” (Hamburger, 2017, p. 33)—.

El símil aparece en la frase: “Que la brisa bailarina se lleve mi despedida…”. Decir que la brisa es bailarina y hacer un paralelismo de los movimientos propias del baile y de la danza con los movimientos que ocasiona la brisa al soplar sobre las olas, las ramas de los árboles y otros objetos es, sin duda, usar esta figura literaria.

 

  1. Canción para una amiga

El sello Codiscos grabó el álbum Clase aparte en 1980. En él se incluyó Canción para una amiga, de Rosendo Romero. En esos tiempos el conjunto del “Binomio de Oro”, integrado por Rafael Orozco e Israel Romero, estaba en pleno esplendor.

 

Letra

I

¿Qué será de María Eugenia
que se fue de Barranquilla a California?
¿Qué será de María Eugenia
que sus cosas no se van de mi memoria?

Se marchó con la esperanza de acabar
con un amor que era indecible
y el amor se fue detrás
cazador te cazarás de lo imposible

Fue con su furor latino
halagando los caminos de sus sueños
y en su empeño logrará
sonreír para llorar en las alas del amor

Coro

Tanto te quiero y tanto te quiero amiga
que hay veces juego a la vida de sueños entre tú y yo

Yo que suspiré tu aliento yo que vi tus ojos verdes
lagrimeando aquí en mi pecho desventuras de quereres
tuve miedo de decirte que el amor es amistad

Coro
Que una amiga amor inspira
sobre todo si se admira, con toda sinceridad

Regresa a tu terruño María Eugenia
antes que los rosales se amanezcan

II

¿Qué será de María Eugenia
tan romántica y sincera tan latina?
¿O quizá se fue añorando la conquista
de Miami en la Florida?

En el pueblo de Campeche
las noches son transparentes noche a noche
y las aves libremente van picando los frutales cada día
sin embargo tú tan lejos apagando los luceros con la nieve
bailarina del ballet, esta noche cantaré para siempre recordar

Coro

Tanto te quiero y tanto te quiero amiga
que hay veces juego a la vida de sueños entre tú y yo

Yo que suspiré tu aliento yo que vi tus ojos verdes
lagrimeando aquí en mi pecho desventuras de quereres
tuve miedo de decirte que el amor es amistad

Coro
Que una amiga amor inspira
sobre todo si se admira, con toda sinceridad

Regresa a tu terruño María Eugenia
antes que en los rosales se amanezcan.

Esta canción narra la historia de una amistad profunda y de un amor inconfeso. Deja en el protagonista una sensación de nostalgia y de arrepentimiento por no haber sido capaz de expresar sentimientos reprimidos. Es la circunstancia típica en la que un hombre y una mujer se funden en un lazo de amistad, por lo cual los niveles de confianza son tan altos que se convierten en confidentes. Pero suele ocurrir que uno de los dos (y a veces ambos), se enamoran y no lo revelan al otro por el temor de dañar la relación. Al final no se sabe si callar es un acto de honestidad o de cobardía. Además, la situación se agudiza cuando, como en el caso de la canción, ya ha habido entre los amigos revelaciones de amores perdidos e historias de desamor.

 

María Eugenia es la amiga y confidente que se va a otro lugar, exótico y extraño, buscando olvidar una pena de amor como si la distancia por sí misma fuera suficiente para borrar el pasado. Pero el amor se va detrás como “cazador que cazará de lo imposible”, y al final lo único que ella logra es “sonreír para llorar”. El amigo, que no pudo o no quiso detenerla, ahora la recuerda y se pregunta: “¿qué será de mi amiga?”. Y reconoce que lo que sentía por ella era más que una amistad; que en realidad la quería y que ese amor sigue vigente, tanto así que a veces juega a la vida de sueños entre ambos, es decir, se imagina una vida juntos. Por eso confiesa su error: “Tuve miedo de decirte que el amor es amistad”, y le pide que regrese, pero parece que ya es tarde. Constatar que definitivamente la ha perdido y que ya no hay nada que hacer es quizá la parte más desgarradora de la historia; en efecto, su resignación es total: “Bailarina del valet, esta noche cantaré para siempre recordar”. De aquí en adelante ese amor no será más que un recuerdo, un doloroso recuerdo.

 

  1. Noche sin luceros

Esta canción fue grabada en el año 1976 por Jorge Oñate y Nicolás Elías “Colacho” Mendoza en el álbum “Campesino parrandero”. Aunque a estas alturas ya le habían grabado unas siete canciones, este fue su primer gran éxito y la composición por la que empezó a ser conocido y reconocido, pues Noche sin luceros fue todo un boom en su momento y se perpetuaría en el tiempo, tanto así que luego fue grabada también por Diomedes Díaz y más recientemente por Carlos Vives.

 

Letra

I

Quiero morirme como mueren los inviernos
bajo el silencio de una noche veraniega
Quiero morirme como se muere mi pueblo
serenamente sin quejarme de esta pena
Quiero el sepulcro de una noche sin luceros
luego resucitar para una luna parrandera

Quiero morirme bajo el beso de una novia
y en cada verso de un paseo villanuevero
Quiero robarle los minutos a las horas
pa’ que mis padres nunca se me pongan viejos

Quiero espantar la mirla por la media noche
y reemplazar su nido por un gajo de luceros

Coro

Quiero a mi novia casi una niña
flaquita y tierna
muy sencillita y del alma buena
con su expresión soñadora
Quiero lo dulce de cañaverales
la fruta madura y un río musical

Para endulzar lo amargo de esta pena
ahogando el sufrimiento de este mal (bis)

II

Si me enamoro me verán entristecido
porque mi suerte tiene alma de papel
Me ponen triste tantos sueños ya perdidos
amores buenos que murieron al nacer
Cuantas promesas se orillan en el camino
se fueron lisonjeras y hoy las quiero como ayer

Quiero escuchar la melodía de aquel canario
que en un descuido se ha escapado de su jaula
y canta alegre sin embargo solitario
bajo la sombra de un manguito en la sabana
Quiero partirle el corazón a los guayabos
a filo de una pena que me duele aquí en el alma

Coro

Quiero a mi novia casi una niña
flaquita y tierna
muy sencillita y del alma buena
con su expresión soñadora
Quiero lo dulce de cañaverales
la fruta madura y un río musical

Para endulzar lo amargo de esta pena
ahogando el sufrimiento de este mal (bis).

La canción, definitivamente, le apunta a un deseo profundo del poeta, a un querer o a una esperanza. En efecto, la palabra “quiero” encabeza diez de los 32 versos que constituyen la canción:

 

  1. Quiero morirme como mueren los inviernos
    Quiero morirme como se muere mi pueblo
    3. Quiero el sepulcro de una noche sin luceros
    4. Quiero morirme bajo el beso de una novia
    5. Quiero robarle los minutos a las horas
    6. Quiero espantar la mirla por la media noche
    7. Quiero a mi novia casi una niña,
    8. Quiero lo dulce de cañaverales
  2. Quiero escuchar la melodía de aquel canario
    Quiero partirle el corazón a los guayabos

La primera estrofa está llena de elementos cósmicos y naturales como la muerte, el silencio, el invierno, la noche, el verano, la luna, los luceros, los minutos, las horas, la vejez y un pájaro (la mirla); mientras que la segunda posee conceptos más humanos y psicológicos como el amor, la tristeza, la suerte, el alma, los sueños, la muerte, el nacimiento, las promesas, el canto, la alegría, el sentimiento y el guayabo. El coro, por último, habla de dos sentimientos que atormentan al poeta: la amargura y el sufrimiento. Para curar la amargura propone “lo dulce de cañaverales y la fruta madura”; en tanto que para ahogar el sufrimiento quiere “un río musical”.

 

Finalmente, Rosendo Romero hace gala de su origen humilde y campesino al poner como protagonistas de su canción a dos aves silvestres de su región: la mirla (a la que quiere espantar por la media noche y reemplazarle el nido por un gajo de luceros), y el canario (aquel que en un descuido se ha escapado de su jaula y del que quiere escuchar la melodía que canta bajo la sombra de un manguito en la sabana).

Villanuevera

Los oriundos de Villanueva, La Guajira, responden al gentilicio de “villanueveros”. Rosendo Romero compone esta canción para una paisana suya, por eso la titula Villanuevera. Fue grabada por el Binomio de Oro —Rafael Orozco e Israel Romero—, en 1980 en el álbum “De caché”.

 

Letra

I

Mujer que naciste en mi pueblo
cerquita al río frente a la sierra
por ti que el mar se me hizo cielo
sobre tu sombra villanuevera
por ti que guardas de la infancia
esa fragancia esa ternura
por ti que lloras en silencio
las penas mías y no las tuyas.
Hoy te voy a dedicar la fuente natural
de un pueblo en mis poemas y te voy a adivinar
las noches que al partir te hablaban de mi ausencia
sé que en todo hay un lugar dispuesto
a reflejar mis lágrimas y penas

 

Coro
Luego entonces callaré porque eres con razón
más noble que sincera.


Yo sé que nada tengo yo tan solo tu sufrir allí

y traigo vanidades que no están.

 

Coro
No sé qué penas me enloquecieron
no sé qué penas te estoy cantando (bis)
Serán mis penas por ti de amor
no sé si es mi desconsuelo, será que el mismo recuerdo
me da la gran confusión.

 

II
Por ti que el sol me sabe a vino
en mañanitas villanueveras
por ti que guardas del invierno
las aguas mansas bajo tu cejas
sé que todo está perdido
que nuevamente rodea la arena
ya sé que tú mañana mismo
te vas dejándome primavera
sé que frente al mundo soy un hombre de cristal
con alma transparente
sé por tu dulce mirar que puedes comprender
lo que nadie comprende
otra vez volvió a quedar en el mismo lugar
para empezar de nuevo

 

Coro
Sé que voy a recorrer un caminito igual
a mis caminos viejos.


Ya sé que nada es como ayer
mas luego llegará un final y siempre
llega un nuevo amanecer.

 

Coro
No sé qué penas me enloquecieron
no sé qué penas te estoy cantando (Bis)
Serán mis penas por ti de amor
no sé si es mi desconsuelo,
será que el mismo recuerdo me da la gran confusión.

 

Villanuevera es una hermosa canción en la que Rosendo Romero expresa todos los sentimientos hermosos que un ser humano puede experimentar y todas las emociones que el amor despierta en quienes se aman. Es una composición que tiene fragancia de pueblo, de campo, de naturaleza. En efecto, la primera estrofa está llena de trazas provincianas: pueblo, ríos, sierra, mar, cielo, sombras y noches, todas (elementos cósmicos o naturales) relacionadas con una mujer lugareña: la que nace en ese pueblo, cerquita al río, frente a la sierra; esa por la que el mar se hace cielo sobre la sombra del pueblo; la que guarda la fragancia y la ternura infantil; la que llora en silencio
las penas del amado y no las propias. A esa mujer (más noble que sincera) es a quien el compositor le dedica “la fuente natural de un pueblo en sus poemas” y es a ella a quien le adivina “las noches que al partir le hablaban de su ausencia”. A ella, además, le hace una confesión desgarradora: “Yo sé que nada tengo ya tan solo tu sufrir allí/ y traigo vanidades que no están. No sé qué penas me enloquecieron/ no sé qué penas te estoy cantando/ Serán mis penas por ti de amor/ no sé si es mi desconsuelo, será que el mismo recuerdo/ me da la gran confusión”.

 

Es realmente impresionante (y conmovedor) ver cómo la estrofa está llena de detalles, calificativos y cualidades que ensalzan, elogian y engrandecen a la destinataria de la canción, a la villanuevera: la define como una mujer pueblerina pura, inocente, natural, fragante, tierna, sensible, altruista, noble, comprensiva y sincera. En contraste, el poeta enamorado ante ella se siente pequeño, frágil, vulnerable y responsable del sufrimiento de ella, pero sincero y arrepentido.

 

La segunda estrofa sigue describiendo las sensaciones y sentimientos que la villanuevera despierta en el poeta. Da la sensación de ser un amor no correspondido, pero el enamorado en ningún momento la culpa a ella; por el contrario, la elogia y hace recaer las razones en sí mismo: se autodefine como un hombre sincero (con “alma transparente”), pero que reitera en sus errores. Aun así, guarda la esperanza de que la situación cambie: “Siempre llega un nuevo amanecer”.

 La Zenaida

Zenaida es el nombre de la palenquera, vendedora de fruta, que inspiró al maestro Rosendo Romero en esta canción que fue grabada en 1983 por Armando Hernández en el álbum “El cariño que me tenías”.

 

 

Letra

I

De mañanita la Zenaida sale temprano del tugurio
De mañanita la Zenaida sale temprano del tugurio
Arremolina su tabaco y se va a vender fruto maduro
Arremolina su tabaco y se va a vender fruto maduro

Zenaida camina duro
Zenaida la chancletera
Zenaida fruto maduro
Zenaida la callejera

Eey negrita del manglar hormiga de ciudad
tu fruta me sabe a cumbia cumbia cumbia de mi playa
tu fruta me sabe a cumbia cumbia cumbia de mi playa
Zenaida baila mi cumbia Zenaida baila mi cumbia
baila mi cumbia Zenaida baila mi cumbia

II

De mañanita la Zenaida sale temprano del tugurio
De mañanita la Zenaida sale temprano del tugurio
Arremolina su tabaco y se va a vender fruto maduro
Arremolina su tabaco y se va a vender fruto maduro

Zenaida camina duro
Zenaida la chancletera
Zenaida fruto maduro
Zenaida la callejera
Eey negrita del manglar hormiga de ciudad
tu fruta me sabe a cumbia cumbia cumbia de mi playa
tu fruta me sabe a cumbia cumbia cumbia de mi playa y
Zenaida baila mi cumbia Zenaida baila mi cumbia
baila mi cumbia Zenaida baila mi cumbia

 

Mango y papaya Zenaida mango y papaya

y limón
Mango y papaya Zenaida mango y papaya

y zapote
Mango y papaya Zenaida mango y papaya

y melón
Mango y papaya Zenaida mango y papaya

aguacate
Mango y papaya Zenaida mango y papaya

y guayaba
Mango y papaya Zenaida mango y papaya

y patilla.

 

Lo curioso de esta canción es que fue compuesta y grabada en ritmo de cumbia, un aire musical poco usual para los compositores pertenecientes al vallenato del Cesar y la Guajira (región en la que nació y se crió Rosendo Romero). En contraste con el sabanero de la región del Bolívar grande —Bolívar, Córdoba y Sucre— (Hamburger, 2017), donde la cumbia es interpretada de manera natural. De hecho, muchos se sorprenden al saber que “El poeta de Villanueva” también compuso cumbias.

 

La canción se remonta a los años en los que Rosendo Romero vivió en Cartagena. Él cuenta que de esta ciudad le impresionaron mucho las raíces africanas presentes en gran parte de la población. De tal manera que barrios como Chambacú —habitado en su gran mayoría por afrodescendientes—, por ejemplo, y las playas —con sus pescadores y trabajadores nativos— captaron poderosamente su atención. Particularmente se fijó en las llamadas “palenqueras” o vendedoras de frutas, que con sus palanganas o poncheras repletas de frutos maduros caminan la ciudad vendiendo sus productos a turistas y lugareños. Una de estas vendedoras, a la que él llama Zenaida, es la fuente de inspiración en este caso.

 

La canción parece ser un homenaje a la raza negra y a sus raíces culturales, folclóricas y sociales. En efecto, Zenaida, a la que define como “negrita del manglar” y “hormiga de ciudad”, es el prototipo de esta gente pobre que sale muy temprano del tugurio a “rebuscarse” la vida en actividades muy ligadas a la vida del mar (por eso la alusión a playas, mar, manglar y frutos tropicales). Pero no es un trabajo aburrido o pesado, sino un trabajo que se hace cantando, con alegría, al ritmo de la música. Por eso la fruta que vende Zenaida “sabe a cumbia”, a cumbia playera.

 

  1. Mi poema

Por último, nos detendremos en esta hermosa canción de amor, grabada en 1979, un año antes que Fantasía, por Silvio Brito y Orangel, “El Pangue” Maestre, en el álbum “Dominando el Panorama”. Como su título lo indica la composición es un poema, la poesía del poeta Rosendo Romero. Es un poema de amor, pues Rosendo es un poeta romántico, un poeta que le canta al amor.

 

Letra

I

Si no me hubiera pasado lo que me pasó
Es seguro que mi mundo fuera diferente
Cuando pienso que no soy lo que he querido yo
Analizo que he perdido más tiempo en quererte
Algo en mí se está muriendo sin sentir dolor
Van cayendo mis palabras como flor al río
Soy serrano en tus montañas y al besarte soy
Como un pájaro en la mano manso de cariño
Acorralado me tienes tú
Más por quererme que por mi amor
No haré castillos en el aire ni en el cielo azul
Mañana ya no habrá un ayer de recordación
Cuál sería mi desdicha
Cuál sería mi poema
Si te vas de mi vida
Cuál sería mi condena
Porque me dominan tus palabras
Y en cada beso quiero hacerte mi mujer
Si tu mirada tiene el filo de una espada
Mi corazón es un ejército al querer

II

Esa mirada profunda y misteriosa es
Como los claros de luna entre sombras de almendros
Se encanta como un manantial entre juncos y helechos
Romántica como la lluvia de un atardecer
Yo te buscaré en la noche, noche transparente
O en la pintura salvaje del camino real
Yo sé que te voy a encontrar esperándome siempre
Entonces qué me importa el mundo si tu amor vendrá
Acorralado me tienes tú
Más por quererme que por mi amor
No haré castillos en el aire ni en el cielo azul
Mañana ya no habrá un ayer de recordación
Cuál sería mi desdicha
Cuál sería mi poema
Si te vas de mi vida
Cuál sería mi condena
Cuando no haya sol en mi camino
Y ya tus cartas no me traigan primavera
Serán mis versos caravanas de tristeza
Será mi llanto más amargo y cristalino.

 

Precisamente el tema del amor ha ocupado gran parte de la obra de los más grandes poetas románticos de la historia y, particularmente, de los poetas latinoamericanos, como el nicaragüense Rubén Darío y su libro Cantos de vida y esperanza, publicado en 1905; el chileno Pablo Neruda y su obra Veinte poemas de amor y una canción desesperada, editada en 1924; y del uruguayo Mario Benedetti y su escrito Amor de tarde, que vio la luz en 1956. Yo me atrevería a afirmar que en Mi poema el maestro Rosendo Romero, desde una óptica moderna, sintetiza el concepto de amor de estos grandes poetas (Hamburger, 2019).

 

En la primera estrofa de Mi poema, el compositor utiliza una figura literaria de contraste muy bella. Cuando dice: “Soy serrano en tus montañas”, se refiere a la sierra, a lo indómito, a lo que no ha sido domesticado y, por lo tanto, es libre. Pero cuando dice: “Al besarte soy como un pájaro en la mano, manso de cariño” reconoce que el amor tiene la facultad de hacer posible lo imposible, de domar lo indómito, de apaciguar la rebeldía. Por amor el ser humano es capaz de renunciar a la libertad, de deponer los intereses personales, de entregarlo todo por quien se ama. Esa es la razón por la que, el que antes era insurrecto y sublevado, termina afirmado que: “Me dominan tus palabras/ Y en cada beso quiero hacerte mi mujer/ Si tu mirada tiene el filo de una espada/ Mi corazón es un ejército al querer”.

 

En la segunda estrofa, el enamorado expresa la seguridad y la confianza que le produce el saberse amado de verdad: “Yo sé que te voy a encontrar esperándome siempre/ Entonces qué me importa el mundo si tu amor vendrá”. Luego se refiere a la angustia que le produciría perder ese amor: “Cuando no haya sol en mi camino/ Y ya tus cartas no me traigan primavera/ Serán mis versos caravanas de tristeza/ Será mi llanto más amargo y cristalino”.

 

 

Rosendo Romero cantando sus propias canciones (Foto: elinformador.com.co).

 ROSENDO5

 Discografía de Rosendo Romero

 

Al maestro Rosendo Romero le han grabado alrededor de 200 canciones. No existe hasta el momento un trabajo que haya compilado esta información, razón por la que lo que presentamos a continuación es una primera aproximación a su discografía que, sin duda, deberá ser completada en el futuro por investigadores y escritores interesados en la temática. De todas formas, en un esfuerzo por recopilar, reconstruir y sistematizar toda su producción. En esa medida, presentamos a continuación la Tabla 1, que se ha elaborado con mucho esfuerzo, pues la información es fragmentaria y no está lo suficientemente documentada. Ha sido necesario recurrir a algunas colecciones particulares y, en tal sentido, agradecemos a Julio César Escorcia Vizcaíno, quien amable y generosamente nos envió una lista con más de 200 canciones, organizadas por año, álbumes e intérpretes.

 

Tabla 1. Discografía del maestro Rosendo Romero

 

Año Canción Álbum Acordeón Canto
1 1974 La custodia del edén El hachero Norberto Romero Armando Moscote
2 1974 La caída Contienda vallenata Felipe Paternina – Antonio de Jesús “Chongo” Rivera “Quique” Ovalle
3 1975 Acordeón sonoro Mil canciones y un acordeón sonoro Norberto Romero Armando Moscote
4 1975 Compañera del alma Rumor vallenato Israel Romero Daniel Celedón
5 1976 Corazón de oro Dos guayabos Antonio de Jesús “Chongo” Rivera Anselmo Gámez
6 1976 Llora mi corazón La renovación vallenata Norberto Romero Gustavo Bula
7 1976 Separación La renovación vallenata Norberto Romero Gustavo Bula
8 1976 Noche sin luceros Campesino parrandero Nicolás Elías “Colacho” Mendoza Jorge Oñate
9 1976 Cadenas Únicos Nicolás Elías “Colacho” Mendoza Jorge Oñate
10 1977 Nuestros corazones La llave del éxito Francisco “Pacho” Rivera Alfredo Celedón
11 1977 Amor pasajero Mis canas al aire Antonio de Jesús “Chongo” Rivera Medina Anselmo Gámez
12 1977 Gira mundo Gira mundo Norberto Romero Daniel Celedón
13 1977 El adiós Excelencia vallenata Andrés “El turco” Gil Gabriel Chamorro
14 1977 Macumba yambé El emigrante latino (Orquesta La revelación) Juan Piña
15 1977 Sueños de conquista Por lo alto Israel Romero Rafael Orozco
16 1978 Luz de luna A todo full Francisco “Pacho” Rivera Alfredo Celedón
17 1978 Caminando Diferentes Norberto Romero Daniel Celedón
18 1978 Sombra de amor Silencio Nicolás Elías “Colacho” Mendoza Jorge Oñate
19 1978 Despedida de verano Los elegidos Israel Romero Rafael Orozco
20 1978 Romanza Horizonte Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
21 1979 Mi nidito El Conquistador Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
22 1979 Gotitas de lluvia El rey del carnaval Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
23 1979 Mis aspiraciones Mil detalles Eduardo Dangond Andrés Ávila
24 1979 En un rincón del mundo El sentido de mi vida Rafael Salas Armando Moscote
25 1979 Amor en la distancia Grito de amor Norberto Romero Daniel Celedón
26 1979 La marquesina Por encima de todo Julio Rojas Gustavo Bula
27 1979 Soraya Furor guajiro “Pacho” Rivera Humberto Herrera
28 1979 Cántaro de amores Siempre unidos Raúl “El Chiche” Martínez Jorge Oñate
29 1979 Picardía Los copilotos del vallenato Adaúlfo Herrera Miguel Herrera
30 1979 La primera cita La primera cita Virgilio de la Hoz Osvaldo Rojano
31 1979 Alma grande, amor mío Amor grande, amor mío Ramón “Monche” Vargas Pedro Mendoza
32 1979 Tu dueño Supervallenato Israel Romero Rafael Orozco
33 1979 Mi poema Dominando el panorama Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
34 1979 Fuente de amor Fuente de amor Gabriel Julio David Henríquez
35 1980 Corazón a corazón Nostalgia vallenata, vol. 2 Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
36 1980 La senda Quiero estar contigo Rafael Salas Armando Moscote
37 1980 Mi primera canción Orgullo guajiro Alberto “Beto” Villa Alberto “Beto” Zabaleta
38 1980 Volveré La amistad vallenata Mariano Pérez Carlos Castellón
39 1980 Fantasía Tu serenata Nicolás Elías “Colacho” Mendoza Diomedes Díaz
40 1980 Mensaje de Navidad Para mi fanaticada Nicolás Elías “Colacho” Mendoza Diomedes Díaz
41 1980 Carnaval Mi canción Norberto Romero Elías Rosado
42 1980 Paisanita Mi canción Norberto Romero Elías Rosado
43 1980 Razones del alma La nueva estrella Andrés “El Turco” Gil Héctor “El Chacho” González
44 1980 Con amor del alma Con amor del alma “Pacho” Rivera Humberto Herrera
45 1980 Negra Leo Dan Vallenato Gustavo Gutiérrez Leo Dan y Gustavo Gutiérrez
46 1980 Amor y penas Somos Julio Rojas Lizardo Bustillo
47 1980 Sabor a fiesta Sabor a fiesta Virgilio de la Hoz Osvaldo Rojano
48 1980 Tu porvenir Tu porvenir Mariano Pérez Osvaldo Monterrosa
49 1980 Viajando Cultivando amores Carlos Rodríguez Poncho Cotes Jr.
50 1980 Canción para una amiga Clase aparte Israel Romero Rafael Orozco
51 1980 Villanuevera De caché Israel Romero Rafael Orozco
52 1980 La montañera (sueño fugaz) Golpe a golpe Emilio Oviedo Reinaldo “El Papi” Díaz
53 1980 Corazón de viento Mi sanjuanera y tú Alonso Gil Rumualdo Brito
54 1980 Villanuevera Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
55 1980 Ave María Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
56 1980 Mi poema Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
57 1980 Tu dueño Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
58 1980 Noche sin luceros Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
59 1980 La lucha de mis años Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
60 1980 Fantasía Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
61 1980 El gavilán blanco Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
62 1980 Cadenas Rosendo interpreta a Rosendo Rosendo Romero Rosendo Romero
63 1980 Adiós morenita Esto se respeta Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
64 1980 Romanza Vallenatos de oro vol. 5 Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
65 1980 Las piedras del río Los sorprendentes Ender Alvarado Toby Murgas
66 1981 Gotitas de lluvia Dos mujeres Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
67 1981 Cuidado que te enamoras Fuera de concurso Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
68 1981 Pobrecita mía Con pasos agigantados Hermanos Sarmiento Arturo Durán
69 1981 Qué pasará Para todos Alberto “Beto” Villa Alberto “Beto” Zabaleta
70 1981 Son montañero Con mucho estilo Nicolás Elías “Colocho” Mendoza Diomedes Díaz
71 1981 Cobijas En primer plano Mario Zuleta Díaz Jairo Serrano
72 1981 Mi esperanza Las estrellas vallenatas Sergio Amarís Miguel Patiño
73 1981 Qué será Siempre románticos Rafael Ricardo Otto Serge
74 1981 Renuncia Vendaval vallenato Darío Díaz Pedro García
75 1981 Cobijas Dos luceros Norberto Romero “Quique” Ovalle
76 1981 Luna de junio Cinco años de oro Israel Romero Rafael Orozco
77 1981 Tardecita de lluvia Inspiración Emilio Oviedo Reinaldo “El Papi” Díaz
78 1981 Beso de luna Los consentidos Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
79 1982 Es un cielo de amor El vallenato que no tiene igual Orlando Díaz Eddie Gutiérrez
80 1982 Mujer de ilusión Humberto Herrera y “Pacho” Rada vol 3 “Pacho” Rada Humberto Herrera
81 1982 Cobijas Jorge Cabrera y Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez Jorge Cabrera
82 1982 Decisión Julio Morillo y Egidio Cuadrado Egidio Cuadrado Julio Morillo
83 1982 Larga distancia Soberanía vallenata Ramón Vargas Luis Carlos “El Papi” Daza
84 1982 Junto a ti Con orgullo Gustavo Maestre Miguel Patiño
85 1982 Llora mi corazón Festival vallenato Israel Romero Rafael Orozco
86 1982 Navidad Fuera de serie Israel Romero Rafael Orozco
87 1982 Una pena Fabulosamente vallenatos Alonso Gil Rumualdo Brito
88 1982 Fuga Camino alegre Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
89 1983 Siete rosas El cariño que me tenías Armando Hernández Armando Hernández
90 1983 La Zenaida El cariño que me tenías Armando Hernández Armando Hernández
91 1983 Recuerdas El cariño que me tenías Armando Hernández Armando Hernández
92 1983 Copitos de pino Mucha calidad Israel Romero Rafael Orozco
93 1984 Pueblo lejano Con notas de amor Norberto Romero Édgar “More” Ovalle
94 1984 No mueras por quererme Dulcemente romántico Luis Fernando Oviedo Guillermo Cepeda
95 1984 Solo mía Rebeldía Felipe Paternina Jairo Serrano
96 1984 Cazando el pajarito (El canario) Sueño de niñez Ismael Rudas Daniel Celedón
97 1984 Amor de vida eterna Somos el vallenato Israel Romero Rafael Orozco
98 1985 Imágenes de poesía Apoyándonos mutuamente Gabriel “Chiche” Maestre Daniel Celedón
99 1985 Como si fuéramos novios La mejor época Emilio Oviedo Farid Ortiz
100 1986 El amor es un cultivo Vamos a amanecé Raúl “Chiche” Martínez Iván Villazón
101 1986 Vengo de nuevo Fiesta vallenata “Pompi” Rosado Jairo Serrano
102 1986 Buscando la primavera Diez vidas Elberto “El Debe” López Osvaldo Rojano
103 1987 Zaida Que amanezca Norberto Romero Daniel Celedón
104 1987 Buscando la primavera Mis mejores momentos Egidio Cuadrado Fredy Hernández
105 1987 Cosas de amores Con más poder “Pacho” Rivera Humberto Herrera
106 1987 A dos voces En concierto Israel Romero Rafael Orozco
107 1988 Poquito a poco Yo cantaba contigo Alfredo Gutiérrez Alfredo Gutiérrez
108 1988 Cantor de navidad Diviértete Ismael Rudas Daniel Celedón
109 1988 Pasiones Mi canto Rodrigo Rodríguez Jairo Gil
110 1989 Soy canción Soy canción Hermanos Naranjo Carlos Tirado
111 1989 El noviazgo Los cariñosos Limedes Romero Elías Rosado
112 1990 Después de enero Un dúo sensacional Gustavo Maestre Carlos Malo
113 1990 Más querida Y sus amigos Alberto “Beto” Villa Daniel Celedón
114 1990 Flor del cielo Directo al corazón Ismael Rudas Jesús Manuel Estrada
115 1991 Qué va a pasar Para todo el mundo Iván Márquez Jairo Serrano
116 1991 Todo pasa Guerreras del amor Graciela Ceballos Patricia Teherán
117 1992 El misterio del amor Vallenato mundial Alfredo Gutiérrez Juan Carlos Mendoza
118 1992 Déjenme jugar Mi primer disco con amor Los delfines del vallenato Los delfines del vallenato
119 1993 Sentirse enamorado De todo corazón Israel Romero Jean Carlos Centeno
120 1995 Con el tiempo a mi favor Con el tiempo a mi favor Orangel “El Pangue” Maestre Juan Piña
121 1996 Baila feliz A su gusto Israel Romero Jorge Celedón
122 1997 La Zenaida 16 grandes éxitos Armando Hernández Armando Hernández
123 1998 Canto al amor Binomio de oro 2000 Israel Romero Jean Carlos Centeno y Jorge Celedón
124 1998 Cobijas En misión vallenata Los embajadores del vallenato Los embajadores del vallenato
125 1999 Los ideales Más cerca de ti Israel Romero Junior Santiago
126 1999 Fantasía Las voces del vallenato Nicolás Elías “Colocho” Mendoza Diomedes Díaz y Poncho Zuleta
127 1999 Tu dueño Para siempre William Torres “Gabi” García y Arnaldo Bustos
128 2000 Beso de luna Los 30 mejores, cd 2 Orangel “El Pangue” Maestre Silvio Brito
129 2000 Yo no tengo plata ni nada Solo Dios Pablo Araujo Arnold Rincones
130 2001 El amor es Dios Música de la casa Dinastía Romero Dinastía Romero
131 2001 Canta corazón Diez acordeones para un poeta “Chane” Meza Rosendo Romero
132 2001 Entre tambores y flautas Diez acordeones para un poeta Julio Rojas Rosendo Romero
133 2001 Romancero alegre Diez acordeones para un poeta Norberto Romero Rosendo Romero
134 2001 La sarbatana y los pajaritos Diez acordeones para un poeta Pablo Araujo Rosendo Romero
135 2001 Buscando a macondo Diez acordeones para un poeta Pablo Araujo Rosendo Romero
136 2001 Rumba flamenca Diez acordeones para un poeta Aníbal Velázquez Rosendo Romero
137 2001 Va de corazón Diez acordeones para un poeta “Chane” Meza Rosendo Romero
138 2001 Nuestra historia Diez acordeones para un poeta “Chelito” De Castro Rosendo Romero
139 2001 Las dinastías Diez acordeones para un poeta Gabriel “Chiche” Maestre Rosendo Romero
140 2001 Lo que la experiencia me dio Diez acordeones para un poeta Ismael Rudas Rosendo Romero
141 2001 Cómo dejar de quererte Diez acordeones para un poeta Ismael Rudas Rosendo Romero
142 2001 Mujer de mi sueño Diez acordeones para un poeta Limedes Romero Rosendo Romero
143 2001 La perdiciña Diez acordeones para un poeta Orangel “El Pangue” Maestre Rosendo Romero
144 2002 Mi poema Con más sentimiento cd 2 Osmel Meriño Silvio Brito
145 2002 Cobijas Sanjuanero y vallenatos Sergio Amarís Jairo Serrano
146 2003 Cuento de hadas Voces de la provincia José López Alfonso “El Chiche” Celedón
147 2003 En un rincón del mundo Voces de la provincia José López Daniel Celedón
148 2003 Mi mejor conquista Voces de la provincia José López Diego Álvarez
149 2003 El hijo adoptivo Voces de la provincia José López Diego Álvarez
150 2003 Sueños de conquista Voces de la provincia José López Marcos Díaz
151 2003 Caminando Voces de la provincia José López Roberto Morón
152 2003 Poesía y canto Voces de la provincia José López Roberto Morón
153 2003 Y no vale llorar Voces de la provincia José López Rosendo Romero
154 2003 Pa´ canalete Voces de la provincia José López Rosendo Romero
155 2003 Romancero alegre Voces de la provincia José López Rosendo Romero
156 2003 La puerta del amor La puerta del amor Eduardo Lora Rosendo Romero
157 2003 Camas en el suelo La puerta del amor Eduardo Lora Rosendo Romero
158 2003 Mi arpa de amor La puerta del amor Eduardo Lora Rosendo Romero
159 2003 La cumbia de Juana La puerta del amor Eduardo Lora Rosendo Romero
160 2003 Música de mis amores La puerta del amor Ismael Rudas Rosendo Romero
161 2003 Fantasía La puerta del amor José López Rosendo Romero
162 2003 Villanuevera La puerta del amor José López Rosendo Romero
163 2003 Mensaje de Navidad La puerta del amor José López Rosendo Romero
164 2003 Tu retrato La puerta del amor Marcos Bedoya Rosendo Romero
165 2003 Colombia en paz La puerta del amor Marcos Bedoya Rosendo Romero
166 2003 Cuando llega el amor La puerta del amor Marcos Bedoya Rosendo Romero
167 2003 Mi poema La puerta del amor Orangel “El Pangue” Maestre Rosendo Romero
168 2005 Cobijas 25 años de vida artística Mario Zuleta Jairo Serrano
169 2006 Va de corazón Detalle de amor Víctor “Rey” Reyes Diego Luis Lara
170 2006 Mi poema Son para el mundo Jimmy Zambrano Jorge Celedón
171 2006 Noche sin luceros Identidad vallenata Hildemaro Bolaño Marina Quintero
172 2006 Mi poema Violines vallenatos (Instrumental) (Instrumental)
173 2007 Noche sin luceros La voz Iván Zuleta Diomedes Díaz
174 2007 Mi buena suerte Memorables Saúl Lallemand Fabián Corrales
175 2007 Fantasía Embrujo vallenato Javier Ricardo Javier Ricardo
176 2008 Me sobran las palabras Vuelve y pica el pollo Israel Romero Dubán Bayona
177 2008 Noche sin luceros Clásicos de la provincia Egidio Cuadrado Carlos Vives
178 2009 La esmeralda y la siempreviva Auténticamente vallenatos Hugo Carlos Granados Ivo Díaz
179 2009 Musicales de ensueño Musicales de ensueño Hugues Martínez Jr. Orlando Liñán
180 2010 Despedida de verano Homenaje a Rafael Orozco “Chane” Meza Elías Rosado
181 2011 Noche sin luceros Bajo el cielo e´ Valledupar Emiliano Zuleta Rosendo Romero
182 2011 Corazón de miel Corazón de miel Israel Romero Dubán Bayona
183 2011 Soy poeta El acordeón es el rey Almes Granados Jimmy Murgas
184 2011 Río de montañas Mejor que siempre Almes Granados Lucy Vidal
185 2011 La montañera Ayer y hoy Allendi Sierra Reinaldo “El Papi” Díaz
186 2011 Tardecita de lluvia Ayer y hoy Allendi Sierra Reinaldo “El Papi” Díaz
187 2012 Unidos por siempre Otro cuento Guido Malo Carlos Malo
188 2012 El trío y la rosa El trío y la rosa Carlos Mendoza Jairo Serrano
189 2012 Cadenas Con dos grandes Freddy Sierra Jairo Serrano
190 2012 La música del agua Colombia está de fiesta Jorge Martínez Rosendo Romero
191 2012 Un corazoncito con su nombre Los niños claman Los niños vallenatos del “Turco” Gil Los niños vallenatos del “Turco” Gil
192 2012 Oye mi canción El sentimiento continúa “Nayo” Quintero Rolan Valvuena
193 2014 Eternamente me gustas Quiero compartir contigo Rosendo Romero Jairo Serrano
194 2015 Me sobran las palabras Maraca registrada Israel Romero Dubán Bayona
195 2015 Mi poema Que siga la fiesta Orangel “El Pangue” Mestre Silvio Brito
196 2016 El amor es un cultivo Solo clásicos Sergio Luis Rodríguez y Emiliano Zuleta Peter Manjarrez
197 2017 La camisa dominguera Vuelve el vallenato Gustavo García Alex Manga
198 2017 Me gusta tanto Bogotá Vuelve el vallenato Rosendo Romero y Samir Vence Alex Martrínez
199 2017 Acordes de guitarra Vuelve el vallenato Gonzalo “El Cocha” Molina Carlos Ospino
200 2017 Son del cafetal Vuelve el vallenato Gustavo “Tavo” García Carlos Ospino
201 2017 La gran fiesta Vuelve el vallenato Norberto Romero Carlos Ospino
202 2017 Bella Vuelve el vallenato Hugo Carlos Granados Dubán Bayona
203 2017 Novios para siempre Vuelve el vallenato Osmel Meriño Elías Rosado
204 2017 Tanto amor Vuelve el vallenato Juan José Granados Erick Escobar
205 2017 Me sale fácil cantarte Vuelve el vallenato Gustavo “Tavo” García Fabián Corrales
206 2017 Las cosas del amor Vuelve el vallenato Emiliano Zuleta Ivo Díaz
207 2017 La puya Vuelve el vallenato Norberto Romero Ivo Díaz
208 2017 Los días dorados Vuelve el vallenato Almes Granados Luisfer Cuello
209 2017 Mil Navidades Vuelve el vallenato Fernando “Morre” Romero Martín Elías Díaz
210 2017 La canción de nuestro amor Vuelve el vallenato Fernando “Morre” Romero Nelson Velásquez
211 2017 Voy a cantar un vallenato Vuelve el vallenato Norberto Romero Silvio Brito
212 2017 Naranja dulce Las mieles del triunfo Juan José Granados Rafa Pérez y José Nieto
213 2018 Cantando y cantando El amor es mejor que la guerra Gustavo “Tavo” García Alex Duarte
214 2018 Y tú al frente El amor es mejor que la guerra Norberto Romero Alex Martínez
215 2018 A estilo binomio El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Brayan Oñate
216 2018 El portero El amor es mejor que la guerra Juan José Granados Carlos Ospino
217 2018 Una caleña El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Carlos Ospino
218 2018 El amor es mejor que la guerra El amor es mejor que la guerra Norberto Romero Carlos Ospino
219 2018 Página blanca El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Eduard Ibarra
220 2018 Manos al amor El amor es mejor que la guerra Norberto Romero Dubán Bayona
221 2018 Estrella de mi norte El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Jhon Rueda
222 2018 Son de sol El amor es mejor que la guerra Juan Carlos Granados María Isabel Cabarcas
223 2018 Gozar de tus besos El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya “Mono” Zabaleta
224 2018 Aumentando el amor El amor es mejor que la guerra Juan José Granados Niky Jam
225 2018 Si las flores cantaran El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Orlando Acosta
226 2018 Perlas blancas El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Rafa Pérez
227 2018 Melodía de tu risa El amor es mejor que la guerra Marcos Bedoya Ronald Valbuena
228 2018 Me sobran las palabras El amor es mejor que la guerra Norberto Romero Rosendo Romero

 

Fuente: elaboración propia con base en la colección discográfica particular de Julio César Escorcia Vizcaíno (Cartagena de Indias).

Un análisis de la Tabla 1 nos arroja varios datos de interés. Por ejemplo, entre 1974 y 2018 al maestro Rosendo Romero le grabaron 184 canciones; sin embargo, la lista asciende a 228 canciones pues, como se muestra en la Tabla 2, veintitrés (23) de ellas fueron regrabadas en varias versiones por distintos grupos musicales. Las grabaciones aparecen en 153 álbumes en los que intervienen 75 acordeonistas y 95 cantantes. Veamos estos datos de manera más detallada:

  • Canciones grabadas en varias versiones. En la Tabla 2 se listan las canciones que fueron grabadas al menos dos veces, indicando el número de versiones y los años de las mismas.

Tabla 2. Canciones grabadas en varias versiones

No. Título Versiones Años
1 Mi poema 7 1979, 1980, 2002, 2003, 2006(1), 2006(2), y 2015.
2 Cobijas 6 1981(1), 1981(2), 1982, 1998, 2002 y 2005.
3 Noche sin luceros 6 1976, 1980, 2006, 2007, 2008 y 2011.
4 Fantasía 5 1980(1), 1980(2), 1999, 2003 y 2007.
5 Villanuevera 3 1980(1), 1980(2) y 2003
6 Tu dueño 3 1979, 1980 y 1999
7 Cadenas 3 1976, 1980 y 2012
8 Me sobran las palabras 3 2008, 2015 y 2018
9 Romanza 2 1978 y 1980
10 Gotitas de lluvia 2 1979 y 1981
11 Llora mi corazón 2 1976 y 1982
12 Buscando la primavera 2 1986 y 1987
13 La Zenaida 2 1983 y 1997
14 Beso de luna 2 1981 y 2000
15 En un rincón del mundo 2 1979 y 2003
16 Sueños de conquista 2 1977 y 2003
17 Caminando 2 1978 y 2003
18 Romancero alegre 2 2001 y 2003
19 Mensaje de Navidad 2 1980 y 2003
20 Despedida de verano 2 1978 y 2010
21 La montañera 2 1980 y 2011
22 Tardecita de lluvia 2 1981 y 2011
23 El amor es un cultivo 2 1986 y 2016

 

 Fuente: elaboración propia.

  • Canciones grabadas año por año. Durante cinco décadas (de 1974 a 2018) al maestro Rosendo Romero le han venido grabando casi que ininterrumpidamente. Las 228 grabaciones se distribuyen así:

-Década del setenta (1974 a 1979): 34 canciones (2 en 1974, 2 en 1975, 5 en 1976, 6 en 1977, 5 en 1978 y 14 en 1979).

-Década del ochenta (1980 a 1989): 77 canciones (31 en 1980, 13 en 1981, 10 en 1982, 4 en 1983, 5 en 1984, 2 en 1985, 3 en 1986, 4 en 1987, 3 en 1988 y 2 en 1989).

-Década del noventa (1990 a 1999): 16 canciones (3 en 1990, 2 en 1991, 2 en 1992, 1 en 1993, 1 en 1995, 1 en 1996, 1 en 1997, 2 en 1998 y 3 en 1999).

-Primera década del siglo XXI (2000 a 2009): 52 canciones (2 en 2000, 14 en 2001, 2 en 2002, 22 en 2003, 1 en 2005, 4 en 2006, 3 en 2007, 2 en 2008 y 2 en 2009).

-Segunda década del siglo XXI (2010 a 2018): 49 canciones (1 en 2010, 6 en 2011, 6 en 2012, 1 en 2014, 2 en 2015, 1 en 2016, 16 en 2017 y 16 en 2018).

Los anteriores datos muestran que la década del setenta fue la época del “despegue” para Rosendo Romero, fue en la que se dio a conocer y en la que empezó a mostrar su talento. La década siguiente, es decir, la del ochenta, fue la de la consolidación; en efecto, la producción fue enorme: solo en el trienio 1980-1983 le grabaron ¡54 canciones! La última década del siglo XX muestra una notable disminución en cuanto a temas grabados (solo 16 canciones), pero las dos primeras décadas del siglo XXI marcan un auténtico resurgir con 101 grabaciones (52 en la primera década y 49 en lo que va corrido de la segunda).

  • Un total de 75 acordeonistas han sido los encargados de grabar la vasta obra musical del maestro Rosendo Romero. En la lista aparecen los principales ejecutores de este bello instrumento musical, incluso, el mismo Rosendo, que interpreta muy bien el acordeón, se hace acompañar en once de las 228 grabaciones realizadas. Precisamente un hermano suyo, Norberto Romero —quien le grabó su primera composición en 1974— es el acordeonista que más temas le ha grabado (20 canciones). Le sigue otro hermano suyo, Israel Romero, con 19 temas. En el tercer lugar aparece José López (13 temas), seguido en el cuarto puesto por Orangel “El Pangue” Maestre, Rosendo Romero y Marcos Bedoya (con 11 grabaciones cada uno). Ocho grabaciones tiene Alfredo Gutiérrez en el quinto puesto, siete Nicolás Elías “Colacho” Mendoza en el sexto, seis Ismael Rudas en el séptimo, cinco Francisco “Pacho” Rivera y cinco Juan José Granados en el octavo. El noveno puesto lo ocupan tres acordeonistas, cada uno con cuatro grabaciones, Armando Hernández, Eduardo Lora y Gustavo García. El décimo puesto lo ocupan nueve personas, con tres grabaciones cada una: Antonio de Jesús “Chongo” Rivera, Julio Rojas, Alberto “Beto” Villa, Emilio Oviedo, Egidio Cuadrado, Pablo Araujo, “Chane” Meza, Emiliano Zuleta y Almes Granados. Cierran la lista 15 acordeonistas con dos canciones cado uno y 36 acordeonistas con una canción cada uno. La Tabla 3 presenta la lista de los acordeonistas que le grabaron dos (2) o más canciones.

 

Tabla 3. Acordeonistas que grabaron las composiciones de Rosendo Romero

No. Nombre Canciones grabadas
1 Norberto Romero 20
2 Israel Romero 19
3 José López 13
4 Orangel “El Pangue” Maestre Rosendo Romero

Marcos Bedoya

11
5 Alfredo Gutiérrez 8
6 Nicolás Elías “Colacho” Mendoza 7
7 Ismael Rudas 6
8 Francisco “Pacho” Rivera

Juan José Granados

5
9 Armando Hernández

Eduardo Lora

Gustavo García

4
10 Antonio de Jesús “Chongo” Rivera

Julio Rojas

Alberto “Beto” Villa

Emilio Oviedo

Egidio Cuadrado

Pablo Araujo

“Chane” Meza

Emiliano Zuleta

Almes Granados

3
11 Felipe Paternina

Andrés “El Turco” Gil

Rafael Salas

Raúl “Chiche” Martínez

Virgilio de la Hoz

Ramón Vargas

Mariano Pérez

Alonso Gil

Sergio Amarís

Gustavo Maestre

Gabriel “Chiche” Maestre

Limedes Romero

Osmel Meriño

Hugo Carlos Granados

Allendi Sierra

Fernando “Morre” Romero

2
12 36 acordeonistas ocupan esta posición con una canción cada uno. 1

 

Fuente: elaboración propia.

 

  • Casi un centenar de cantantes han grabado las canciones de Rosendo Romero. En efecto, un total de 95 de ellos han interpretado al menos un tema del maestro. La mayoría de estos son ampliamente conocidos y reconocidos vocalistas de la música de acordeón: Silvio Brito, Jorge Oñate, Rafael Orozco, Alfredo Gutiérrez y Diomedes Díaz, entre otros. Quien más canciones ha grabado de Rosendo Romero es precisamente él mismo (40 temas), le sigue de muy lejos Rafael Orozco con once temas; mientras que Silvio Brito y Daniel Celedón le grabaron diez temas cada uno. La Tabla 4 presenta la lista completa de los cantantes que le grabaron dos (2) o más canciones.

 

Tabla 4. Cantantes que han grabado composiciones de Rosendo Romero

No. Nombre Canciones grabadas
1 Rosendo Romero 40
2 Rafael Orozco 11
3 Daniel Celedón

Silvio Brito

10
4 Jairo Serrano 9
5 Alfredo Gutiérrez

Carlos Ospino

6
6 Diomedes Díaz

Elías Rosado

Dubán Bayona

5
7 Armado Moscote

Jorge Oñate

Humberto Herrera

Reinaldo “El Papi” Díaz

Armando Hernández

4
8 Gustavo Bula

Osvaldo Rojano

Jorge Celedón

Ivo Díaz

3
9 “Quique” Ovalle

Anselmo Gámez

Alfredo Celedón

Juan Piña

Alberto “Beto” Zabaleta

Alex Martínez

Carlos Malo

Jean Carlos Centeno

Diego Álvarez

Roberto Morón

Fabián Corrales

Rolan Valbuena

Rafael Pérez

2
10 63 acordeonistas ocupan esta casilla con una canción cada uno. 1

Fuente: elaboración propia.

ROSENDO

 

Rosendo Romero: el ilustrísimo poeta de Noche sin luceros

 

“Quiero morirme como mueren los inviernos

bajo el silencio de una noche veraniega.

Quiero morirme como se muere mi pueblo

serenamente sin quejarme de esta pena”.

(Rosendo Romero, Noche sin luceros)

 Mientras la gran mayoría de los poetas, y mucha gente del común, se valen de la claridad e imponencia de la luna y las noches estrelladas para sacarle fruto a la imaginación y crear sus versos más significativos, Rosendo Romero, el fecundo compositor villanuevero, tuvo la suerte de inspirarse en una “noche sin luceros” para crear una hermosa canción, que desde su nacimiento lo consagró como un verdadero poeta, le abrió las puertas de la fama y lo situó en el trono de la excelencia, desde donde se ubican hoy los más grandes compositores de la música vallenata. La magistral composición tuvo la fortuna de ver la luz de la existencia a mediados de 1976, cuando fue grabada por el destacado cantante Jorge Oñate en compañía del consagrado acordeonista Nicolás Elías “Colacho” Mendoza. Apareció en el álbum titulado “Campesino parrandero”, al lado de otros éxitos indiscutibles como: Qué parranda de Sergio Moya Molina, Esperando a Rafael de Julio Oñate Martínez, Costumbres viejas de Luciano “Gullo” Fragoso, Ojos penetrantes de Tobías Enrique Pumarejo, Yo comprendo de Leandro Díaz y Campesino parrandero de Hernando Marín, la canción que honró el título del larga duración.

 

Cuando apareció la canción Noche sin luceros habían trascurrido dos años de haberse iniciado el gobierno del “mandato claro”, que comenzó en 1974 con la llegada de Alfonso López Michelsen a la Presidencia de la República. En ese momento, la música vallenata vivía una época dorada y, como si fuera un tablero de ajedrez, se habían producido algunas jugadas en los grandes conjuntos vallenatos existentes. En 1975, Jorge Oñate se había separado del conjunto de los Hermanos López, había grabado un elepé, “La parranda y la mujer”, con Emilianito Zuleta y finalmente se había unido a “Colacho” Mendoza, quien había sido rey vallenato en 1969. A su vez, “Poncho” Zuleta se había separado de su hermano, había lanzado un álbum, “Una voz y un acordeón”, con Colacho Mendoza, y nuevamente se había unido a Emilianito para grabar un elepé titulado “El reencuentro”. Por su parte, los hermanos López trataban de proyectar a Freddy Peralta como nuevo cantante de esa agrupación. Con él grabaron dos álbumes, “Acordeón bendito” y “Con toda el alma”, que tuvieron una presencia efímera y muy pronto fueron olvidados por la fanaticada vallenata.

 

La aparición de Rosendo Romero como compositor insigne de la música vallenata, cuando apenas contaba 23 años de edad, fue un hecho significativo que causó admiración, no solo en la provincia de La Guajira, sino en toda la región Caribe. Y desde el mismo momento en que se reveló como el autor de Noche sin luceros, se ganó el respeto de la fanaticada y con sobrado fundamento fue calificado por su gente como “El poeta de Villanueva”. La maestría con que fue elaborada la canción demuestra los profundos conocimientos métricos y el talento poético que acompañan al autor. Es una pieza perfecta en la forma y el fondo. En el primer aspecto se observa el arte en el manejo de los metros largos, de 13 y 15 sílabas, con sus acentos rítmicos cabalmente marcados: “Quiero morirme como mueren los inviernos / bajo el silencio de una noche veraniega / quiero morirme como se muere mi pueblo / serenamente sin quejarme de esta pena”. Con relación al contenido, en estos versos iniciales, apreciamos el uso reiterado de diversos recursos poéticos, los cuales embellecen la expresión y acentúan el tono lírico que motiva los deseos enfáticos del compositor.

 

La secuencia metafórica continúa fluyendo en los versos siguientes: “Quiero el sepulcro de una noche sin luceros / luego resucitar para una luna parrandera / Quiero morirme bajo el beso de una novia / y en cada verso de un paseo villanuevero”. Como vemos, la reiteración de la palabra quiero, es el signo anafórico que identifica la composición. Y sigue la metáfora hasta completar una estrofa de 12 versos, utilizando ahora unas figuras más profundas, de carácter hiperbólico. “Quiero robarles los minutos a las horas / pa’ que mis padres nunca se me pongan viejos / quiero espantar la mirla por la media noche / y remplazar su nido por un gajo de luceros”. Tras una intervención del acordeón, ennoblecida con las notas seductoras de Colacho Mendoza, sigue una estrofa de metro irregular a manera de coro, pero muy llamativa en el contenido, por la enumeración adjetival que sugiere: “Quiero a mi novia casi una niña flaquita y tierna / muy sencillita y del alma buena / con su expresión soñadora/ Quiero lo dulce de cañaverales / la fruta madura y un río musical / para endulzar lo amargo de esta pena/ ahogando el sufrimiento de este mal”.

La segunda estrofa, también de 12 versos, presenta un concierto de recursos poéticos que describen, contrastan, relacionan, comparan y exageran los sentimientos del autor: “Si me enamoro me verán entristecido / porque mi suerte tiene alma de papel / me ponen triste tantos sueños ya perdidos / amores buenos que murieron al nacer / cuantas promesas se orillan en el camino / se fueron lisonjeras y hoy las quiero como ayer”. En los versos finales, nuevamente, el autor recurre a la palabra “quiero”, para hacer énfasis en el subjetivismo que arropa toda la composición: “Quiero escuchar la melodía de aquel canario / que en un descuido se ha escapado de su jaula / y canta alegre sin embargo solitario / bajo la sombra de un manguito en la sabana / quiero partirle el corazón a los guayabos / al filo de una pena que me duele aquí en el alma”. En este último verso, el poeta culmina la deprecación al tiempo que satisface sus deseos con las súplicas vehementes que aparecen en los versos que sirven de coro. Como lo podemos notar, Noche sin luceros es un poema de arquitectura impecable, donde se puede apreciar, en toda su plenitud, la belleza artística de las palabras.

 

Luego de todos los detalles que hemos mencionado, no podemos desconocer que Noche sin luceros es tal vez la composición más representativa de Rosendo Romero. Esto ha sucedido con muchos compositores, cuya primera composición es considerada la más relevante. Sin embargo, Jorge Oñate también se deleitó cantando otros temas magistrales del poeta villanuevero, entre los que recordamos: Cadenas, Sombra de amor y Cántaro de amores, este último con el acordeón de Raúl “El Chiche” Martínez. Con la aparición de estas canciones en los años siguientes, la figura del compositor villanuevero se fue cimentando y la simpatía que le profesaban sus admiradores le resultaba cada vez más desbordante. Por su parte, él se entregó de lleno a perfeccionar sus cantos y a producir letras sugerentes y atractivas. En 1980, Diomedes Díaz, unido ahora con “Colacho” Mendoza, le grabó el tema Fantasía, una canción que, por su letra exquisita, terminó arrasando con la fanaticada. Después le interpretó los paseos: Mensaje de navidad y Son montañero, temas excelentes que corrieron con la misma suerte.

 

Otro acontecimiento trascendental de la música vallenata en 1976 fue la aparición a mediados de ese año del conjunto “El Binomio de Oro”, conformado por el prestigioso cantante Rafael Orozco Maestre, conocido como “El niño mimado de Becerril” y el genial acordeonista Israel Romero, hermano de Rosendo, llamado familiarmente “El Pollo Isra”. Esta agrupación perduró durante dieciséis años y, según la crítica, ha sido uno de los conjuntos más serios y disciplinados del folclor vallenato. El pueblo ponderaba el estilo y la responsabilidad que lo identificaba, y durante su permanencia en el medio, jamás incumplieron un contrato o presentaron conflictos internos. A estos atributos se sumaban la confianza, la sencillez y el carisma que exhibían el cantante y el acordeonista. Su existencia se truncó el 11 de junio de 1992, cuando fue asesinado Rafael Orozco en la ciudad de Barranquilla. Durante su corta, pero fructífera trayectoria, alcanzaron a grabar diecinueve álbumes de once canciones cado uno y muchas más, en discos de menor revolución. Dieciocho años después, parece que el conjunto aún existiera, debido a la fuerza e intensidad con que se escuchan sus canciones.

Desde los albores del prestigioso conjunto Binomio de Oro, se sabía de la amistad y hermandad que tenían sus artistas con Rosendo Romero. Por eso, el poeta villanuevero tuvo una presencia inmancable en la mayoría de los elepés grabados por esta agrupación. Su aparición estelar fue en 1977 con el tema Sueños de conquista, un hermoso paseo lírico incluido en el álbum “Por lo alto”. Al año siguiente se consagró con Despedida de verano, un tema similar aparecido en el elepé “Los elegidos”. La fanaticada costeña y colombiana llegó al clímax de la satisfacción en 1979 con la grabación de Tu dueño, que se consagró como el éxito indiscutible del elepé “Súper vallenato”, y en 1980 el fervor se lo llevó Villanuevera, una canción romántica, donde el poeta rinde tributo a la mujer de su pueblo, incluida en el álbum “De caché”. Ese mismo año, Canción para una amiga, aparecida en el elepé “Clase aparte”, también tuvo una acogida rotunda. En 1981 y 1982, los aplausos se los llevaron los temas: Luna de junio y Llora corazón, incluidos en los fabulosos álbumes “Cinco años de oro” y “Festival Vallenato”, respectivamente.

 

Sin embargo, de toda esta galería de canciones grabadas por el “Binomio de Oro”, indiscutiblemente “Tu dueño”, se catalogó como una de las más bellas, sino la mejor, de Rosendo Romero. Su texto es un excelente poema que emplea un lenguaje sencillo, pero de una tremenda profundidad lírica. Se estructura en cinco estrofas de varios versos de metros irregulares con ausencia total de rima. La introducción canta: “Dices que soy tu dueño / y que me empeño por ser tu vida / dices que yo a tu lado / soy buen amigo de día tras día, / dices que no te cansas / de amarme tanto siempre sincera / dices que soy la parte / más importante de lo que tú piensas”. En la segunda entrada continúa la metáfora: “Dices que soy una luz en tu vida / que nada puede impedir nuestro amor/ que si tu frente la luna ilumina / es porque estás oyendo mi canción / y si yo siempre canto al amor / es porque tú me lo inspiras”. Sigue el coro: “Siento que la vida se me va / en tus labios dulces y primorosos / y si suspiro por tu mirar / quisiera entrar por tus ojos”. La tercera estrofa dignifica a la mujer: “Dicen que tú eres buena / que a la azucena eres comparable/ dicen que eres amiga/ la más querida, sincera y amable/ Dicen mi querendona / que estando sola te oyen cantando / esas canciones mías / que hice en los días de ratos amargos”.

 

Luego vinieron las canciones Navidad del álbum “Fuera de serie” en 1982, Copito de pinos del elepé “Mucha calidad” en 1983, Amor de vida eterna del long play “Somos el vallenato” en 1984 y A dos voces del álbum “En concierto”, en 1987. Y, curiosamente, en los años posteriores, hasta el último elepé grabado en 1991, no figuran más canciones del destacado compositor villanuevero. Su nombre reaparece en la nueva agrupación “Binomio de Oro de América” con el tema Baila feliz interpretado por Jean Carlos Centeno. También “Los Betos”, en sus inicios le grabaron las letras Que pasará y Mi primera canción. La voz diáfana e inconfundible de Silvio Brito popularizó los temas Beso de luna, Fuga, Romanza y Mi poema, este último cantado hace poco por Jorge Celedón. Y, recientemente, Diomedes Díaz con Iván Zuleta y Carlos Vives con Egidio Cuadrado, grabaron Noche sin luceros, con tan mala suerte que ninguna de las dos interpretaciones satisfizo las expectativas anunciadas, pues no lograron superar la versión original grabada magistralmente por “El ruiseñor del Cesar” a mediados de 1976.

 

Asimismo, otros reconocidos cantantes y agrupaciones como Iván Villazón y Saúl Lallemand, Juan Piña y su orquesta, Alfredo Gutiérrez y su conjunto, Ismael Ruda y Daniel Celedón, Otto Serge y Rafael Ricardo, Elías Rosado y Juancho Rois, y Pacho Rivera y Humberto Herrera, integrantes de “El doble Poder” han sido fieles intérpretes de sus composiciones. También, el famoso cantante argentino Leo Dan le baladizó algunos temas. Sin embargo, es curioso notar que en medio de esta profusa lista de cantantes no figura “Poncho” Zuleta, quien, me atrevo a comentar, es el único que no le ha vocalizado sus canciones, a pesar de haber nacido en la misma población. Por su parte, el mismo poeta villanuevero ha realizado algunos trabajos musicales, interpretando sus propias canciones. En 1980 lanzó el álbum titulado “Rosendo interpreta a Rosendo” en el que incluyó varios de sus éxitos. Después grabó el disco “10 acordeones para un poeta”, en el cual estuvo acompañado por 10 grandes acordeonistas, entre ellos, Aníbal Velásquez y “El Pangue” Maestre. Y, finalmente, en el 2003 lanzó el álbum “La puerta del amor y voces de la provincia” con Daniel Celedón, Marcos Días y otros vocalistas reconocidos.

 

El talento musical de Rosendo Romero viene marcado por sus ancestros y por el lugar donde nació, creció y se tornó adulto. Tanto su abuelo, Rosendo Romero, como su padre, Escolástico Romero, ambos nacidos en Villanueva, fueron aficionados a la música y amantes de la guitarra. En el barrio “El cafetal” de esa población, donde Rosendo abrió los ojos el 14 de junio de 1953, un día después de que el general Gustavo Rojas Pinilla derrocara al doctor Laureano Gómez y se tomara el poder presidencial, también nacieron otros grandes compositores y cantantes. Entre ellos podemos mencionar a Egidio Cuadrado, Daniel Celedón Orsini, Poncho y Emilianito Zuleta, Jorge Celedón y Norberto e Israel Romero, sus hermanos, ambos catalogados excelentes acordeonistas. También abrieron los ojos en Villanueva, Ildefonso Ramírez Bula, Jean Carlos Centeno, Orangel Maestre, Alberto Murgas Peñaloza, Poncho Cotes Junior y Gabriel “El Chiche” Maestre. Como vemos, su tierra natal, pródiga en tantos talentos, fue el lugar propicio para que Rosendo se nutriera y despertara desde muy joven su pasión musical. Una actividad que lo ha mantenido inalterable durante casi medio siglo.

 

Actualmente, Rosendo Romero reside en Valledupar, la ciudad que, por su atracción urbanística, se ha convertido en el centro vivencial de muchos acordeonistas, compositores y cantantes. Además, es el lugar adecuado para tener contacto con los conjuntos y agrupaciones más cotizados en cualquier momento. Aquí, diariamente recibe los aplausos, los respetos y los parabienes a que se ha hecho merecedor por sus muchísimas composiciones. Con frecuencia asiste a las diferentes programaciones culturales que se realizan y que son propias de los medios citadinos. Generalmente, se celebran para promocionar, revelar o bautizar nuevos talentos artísticos. También, se desplaza por otras ciudades a cumplir con invitaciones que nunca le faltan y a las que asiste siempre complacido. Y en estos momentos, cuando ya se encuentra transitando hacia los setenta años, continúa entregado de lleno a la composición musical, recordando, lógicamente, los lejanos tiempos de Noche sin luceros, aquella hermosa canción vocalizada por Jorge Oñate que, siendo bastante joven, le abrió las puertas del éxito, le prodigó bien merecido el título de “El poeta de Villanueva” y lo proyectó nacional e internacionalmente.

Eddie José Daniels García

Cronista, cuentista, ensayista, sonetista y crítico literario.

Profesor del Instituto Simón Araujo

Sincelejo, Sucre, enero de 2020.

Referencias bibliográficas

Pérez, J. y Gardey, A. (2013). “Definición de poeta”, en: https://definicion.de/poeta/. Consultado el 7 de septiembre de 2019.

Hamburger, A. (2017). Adolfo Pacheco Anillo. El rey del símil y la metáfora. Cartagena: Editorial Bonaventuriana.

Hamburger, A. (2019). Sergio Moya Molina. El sentimiento hecho canción. Cartagena: Editorial Bonaventuriana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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