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RAMONCHO CUMPLE HOY DOS AÑOS Y YA TIENE UN PREMIO NACIONAL.

 Nieto de Rita y Piero, nacido un seis de julio de 2019 en La Variante de San Jacinto, Ramoncho Fernández, protagonista del cuento «Una precita Negra Bajo la lluvia», ganador del premio nacional de cuento de la editorial ITA de  Bogotá, está cumpliendo hoy dos años.  El texto hace parte del libro Compañía Soledad, que circula internacionalmente.

 

UNA PRECITA NEGRA BAJO LA LLUVIA.
– Perros negros no amenazan todos los días.

Texto ganador del concurso de editorial ITA, sobre la soledad, en el mes de mayo.

RAMONCHO

Por ALFONSO RAMON HAMBURGER

Ramoncho acaba de ser sentenciado a pena de muerte. Esto me aterra. No porque la sentencia mortal la hayan hecho en plena pandemia, sino porque quien lo anunció lo hizo a voz en cuello, para que lo oyeran en todo el condominio, sin esconder su rostro.
Aunque sea un niño el que lanzara tan temeraria amenaza, la voz de un niño suele ser el reflejo de la conciencia de los padres. Y si lo dijo debe ser porque que sale de su corazón. ¿Cómo habrían de matarlo? ¿Con un tiro? ¿Con un veneno? ¿Con un madero? No sé, hay tatas formas de matar en estos pueblos salvajes, que hasta los niños rompen la posibilidad de la ternura. Y parece que no lo dijo por Juego, porque cuando Margarita lo confesó, también en voz alta y alarmada, estaba muy preocupada, con sus ojos bien despepitados, ojos de luna, ojos de loca. Y a esos niños del frente nunca se les ha dado juego más allá de arrebatarles una pelota suelta durante un improvisado y fugaz partido de futbolito callejero. Recordé mis viejos tiempos en el equipo La Caja Negra de Tenerife y les hice varios pinoles y después repenticé la voltereta del paraguayo Roberto Cabañas, una especie de chilena tan tenaz que el balón se estrelló con un espejo, que se volvió añicos. Extraño tan renovadas amenazas, cuando aquellos niños no salen de sus aparatos digitales. Ahora veo que no se trata de juegos, sino de fuego cruzado en el vecindario, quizás la gente se ha exacerbado con esto del coronavirus. Todos nos volvimos locos ya en el día cincuenta y tres del encerramiento brutal
Al principio, cuando Margarita tomó un vaso de agua para iniciar su discurso, pensé que era una forma más de la cantaleta del día, quizás para congraciarse conmigo, después que habíamos roto muchos años de silencio y ella se estaba volviendo a coger confianza conmigo. Queríamos reconciliarnos. No teníamos otra opción que unir nuestras soledades después de años de locura e intensidad, en los que desaprovechamos muchas energías peleando por enemigos y amores fantasmas. Y ahora la cuarentena nos parecía unir, pese a que cuando ella bajaba de su habitación al primer piso y empezaba su diatriba, yo subía al segundo piso y me encerraba a leer o a chatear. Era una forma ágil de evitar el roce en una casa tan pequeña, donde todo lo que se hablaba abajo se escuchaba arriba, y viceversa. Siempre le dije, cuando compró aquella casa tan cara, que parecía hecha con materiales de casas de interés social, no digna de tan grande esfuerzo. Había ocurrido allí un cambalache, un cambiazo des inteligente, que nadie denunciaba. Habían construido un conjunto residencial privado con recursos oficiales.
¿Matar a Ramoncho? ¿Quién y por qué? La pregunta me atormentaba y no me dejaba concentrar en el libro de mi vida, que tantos años había aplazado en el ajetreo de la rutina veloz que llevábamos, en medio de un capitalismo salvaje que nos había convertido en devoradores de cosas inútiles y superfluas. Ya era bueno un movimiento eslow. Ahora vivíamos con lo justo, sin tanta prisa y hasta nos habíamos creído que era posible reconciliarnos, pese a que dormíamos en la misma cama y no se nos ocurrían buenos ni malos pensamientos. Ya dormíamos como dos hermanitos, con Ramocho en la mitad, tan inocente, sin saber que una amenaza de muerte pendía sobre su bella cabeza como un péndulo que bajaba de alguna parte. Yo lo miraba, y él dormido tan tranquillo, a mis pies, como si nada. Le daba besitos en la cara y el pendejo, pechichón, solo “entornasolaba” más sus ojitos, quietecito, con pereza suprema, al menos por el momento, porque a veces, cuando bajaba al primer piso y observaba a sus amiguitos parecía una bolita de carne viva que brincaba como una pelota de caucho y se volvía incontrolable. Ya estaba mansito. Le pasaba mi mano por la cabeza, desde sus orejas, palpando sus largas pestañas, hasta la barbilla, y como le gustaban mis caricias, se hacia el dormido.

RAMONCHO1
Díaz antes de que Margarita me confesara aquella sentencia fatal sobre Ramoncho, yo estaba pensando en cuándo y cómo sería su muerte y cuál iba a ser nuestra reacción y la de las niñas, que eran las más juguetonas con él. Estaban pendientes de todos los detalles, de sus vacunas, de su comida, de sus vestidos, de sacarlo a pasear, de tomarle fotos y hasta le habían abierto su perfil oficial en el Facebook. Ramoncho ya era el chacho. Y no me daba celos que lo quisieran más que a mí, porque yo también lo amo. Sé que soy un hombre mayor, un hombre de la tercera edad como dicen ahora, aunque mi corazón sea el de un bebé y mi juventud vaya plena por dentro. No sabía si me enterrarían antes de Ramocho, porque sabía que él por lo menos viviría unos dieciocho años más. Ese era el promedio para su raza y linaje. Y yo había vivido ya por lo menos un ochenta por ciento del tiempo promedio en este país tan bello, donde la gente amenaza de muerte como si se bebiera un vaso de agua y donde algunos líderes de la guerrilla han muerto de viejos.
No sé por qué pero la posibilidad de que Ramoncho muriera primero que yo me atormentaba y me hacía preguntas existencialistas en medio del distòpico mundo de hoy y me figuraba el drama de mis hijas y de Margarita, que se habían encariñado tanto con nuestro bebé.
¿Pero porqué habrían de querer matarlo? Quizás por envidia, quizás por hacerse los más fuertes, quizás por sumar una salvajada más a la rutina de estos pueblos de corralejas donde a la vida le ponen poco precio. O de pronto por una apuesta en internet. Ramoncho no hacia lo que no quería. Todo en él no es más que gracia y ternura. Cuando juega con sus pares, es el que más grita, el que más besa, el que más corre, el que más salta, el que más agarra, el más juguetón con todos y el más bello. Sus ojos son redondos, negros y vivos. Su boca es colosal y su lengua roja. Siempre está en post de conquista y no gusta de los gatos. Cuando sale Matías, una perra gorda, esponjada y boba, se pone a llorar y reclama verla. Encarama a esta vecina y se le van los ojos cuando ella se asoma. Es muy enamorado y cuando se nos escapa corre de casa en casa, se mete casi en todas y nos da miedo de que un día lo secuestren. Y por estos días, en que han proferido su sentencia de muerte, siempre que se nos escapa, porque está pendiente de que la puerta esté abierta para hacerlo, estamos más pendientes de que no lo vayan a envenenar. Y como es tan inocente, recibe comida de cualquiera que le haga cariño. No es nada desconfiado, quizás porque en su corazón no hay malicia. Sólo huele la comida y se la traga con gran apetito. Y el peligro es que no desprecia hembra ni presa. Es buena boca. Come de todo.
Nunca pensé que también me iba a enamorar de Ramoncho. Y ahora que lo han sentenciado a muerte, es cuando se me ha despertado más este amor de padre, porque había pensado que era solo cosas de las niñas y de Margarita. Pero no, lo amo, y estoy muy preocupado, máxime cuando hace bulla y molesta al cachaco de la parte alta de la paredilla, que ha mandado a callarlo varias veces, ante el reclamo de Margarita, porque el molestoso vecino, desde las diez de la mañana enciende una máquina para cortar madera.
¿Por qué quieren matarlo?, le pregunté a Margarita.
¿No vez que es igualito a ti? Me preguntó sin responderme y apuntó: “ Ramoncho no hace lo que no quiere y tú eres lo mismo”. La frase llevaba veneno.
Ahora recuerdo la madrugada que me lo traje en la parte trasera de mi auto, como si fuese un objeto más. Fue la penúltima parranda grande que hice antes del coronavirus. Aquel día fue de lluvias perennes en San Jacinto. No llovía fuerte, pero tampoco escampaba. Todavía Ramoncho no tenía nombre. Había nacido en casa de Piero Fernández, a principios de agosto. No te vengas sin el bebé, me recomendó la niña menor. Yo debía madrugar para tomar trabajo desde las seis de la mañana en Sincelejo, de modo que tenía que salir a las tres de la madrugada y como andaba de pirata, también así eludía a la Policía, que montaba los retenes de rebusque cuando ya había salido el sol. Cuando llegué a buscarlo vi que en casa de Tía Rita lo mimaban. No querían soltarlo. Mis primas lo tomaron en los brazos y lo llenaron de besos, mimos y caricias. Algunas lloraban. Yo, que estaba bien borracho ni siquiera me bajé del auto y hasta tuve intenciones de venirme para Sincelejo, pero el limpia brisas del auto no estaba muy católico. El vidrio panorámico no me permitía manejar muy bien, de modo que tomé a mi nuevo bebé, que estaba dormitado y lo coloqué en la parte de atrás del auto y me fui a casa de mis padres, en la calle veinte. No fue posible hallar las llaves del garaje. Seguía lloviendo, ahora más fuerte. Había fuselajes de invierno profundo en la bóveda negra del cielo. Mi padre, que cargaba el mazo de llaves en su pantalón, dormía desde las siete de la noche y a esa hora- ya eran como las once- no se levantaba a abrir la puerta del garaje ni al papa de Roma en persona. De modo que no hubo más remedio que dejar el auto en el callejón de la calle principal, que estaba más obscuro y menos concurrido. Pensé que con ese tiempo tan crudo no habría ladrón con ánimos de abrir un carro en plena calle. Además, si alguien intentaba abrirlo, prendería las alarmas. Los vidrios oscuros quedaron herméticos y hasta se me olvidó la recomendación de las primas, en el sentido de que dejase un poco abajo los vidrios, para que el bebé respirara. Nada, los dejé hasta el peque, arriba, pensando en la seguridad.
Ahora pido perdón por mi olvido y descuido. Ramoncho, que estaba enroscado en un auto cerrado bajo la lluvia en una noche oscura, se me borró de la mente. Caí tan rendido de la borrachera en mi hamaca, que hasta llegué a pensar que no sería capaz de levantarme tan de madrugada, pero no. La lluvia metálica sobre el techo de palma me arrulló hasta las tres de la madrugada. Durante cuatro horas estuve como muerto, hasta que de pronto pegué un brinco, vi la hora en mi celular- estaba a tiempo justo para llegar al trabajo- me lavé la cara y corrí al auto. Todavía llovía, como llovió durante todo el trayecto. El reflejo de la madrugada en los charcos de la carretera y los guías de los trancones, donde arreglaban la vía, eran apenas lo poco que se movía más allá de la lluvia. Ni siquiera se me había ocurrido revisar a ver si el bebé iba atrás. Tampoco se sentía. No sabía si iba vivo o si estaba muerto o si se lo habían sacado del auto en el callejón, nada. Como si no existiera. Solo paré en la gasolinera del Carmen a surtir el auto, comprar galletas chepa corina y tomar tinto. No puse música para escuchar el chirriar de las llantas sobre el pavimento llovido, el ulular de la brisa fría sobre el capó y el sonido de mi corazón, mi terrible corazón de olvidos. Y lo mejor, no hubo un solo policía. Prendí la radio más adelante, pero la emisora donde laboraba estaba apagada. Llegué a las seis en punto a mi residencia. Mis niñas estaban despiertas, en espera de su bebé. No durmieron en toda la noche, porque sabían que ya el bebé venía en camino. Fue entonces cuando desperté de mi profundo sueño. Había manejado durante tres horas exactas como si viajara en un profundo sueño, de forma mecánica, como si viniera realmente solo, entonces fue como si despertara con el corazón deprimido. Él bebé era posible que estuviera muerto, entonces busqué y lo hallé en la misma forma en que lo había puesto en la noche. Estaba enroscado, dormido profundamente, lo tomé en mis manos y se lo entregué a las niñas, que empezaron a llenarlo de besos. La radio estaba apagada, entonces me tiré de bruces en la cama, a terminar de matar mi guayabo
Ramoncho fue desde entontes como una bendición, que trajo mucha armonía al hogar y empezó a transformar nuestras vidas. Se acabaron las peleas y las discusiones.
Y ahora que piensan matarlo, todos estamos en guardia, porque este bebé, a punto de cumplir un año, es la vida de nuestras vidas.

Sincelejo, mayo 15 de 2020.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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