¿Por qué metieron con un pueblo indefenso?

Los rastros de la memoria (III)

¿Qué era lo que buscaban quienes se ensañaron con un puñado de familias decentes?

Por: Alfonso Hamburger

Antes de que el pueblo fuera arrasado por los paramilitares y se desplazara para siempre, algunos hechos estuvieron al borde de propiciar una matanza familiar. Alfonso Hamburger Herrera tenía fama de valiente. Era el mejor tirador de la comarca. A los conejos los mataba en el salto, después de quebrar adrede la hojarasca para que se espantaran y coserlos a plomo certero en el aire. Su mejor amigo era Mito Barreto, con quien salió de malas en una parranda. Fue a su casa a buscar la escopeta para matarlo. Regresó resuelto a sellar la afrenta. Su amigo se abrazó a su madre, Ninfa de Barreto, dispuesto a recibir el castigo. Alfonso lo apuntó y se aprestó a disparar, pero cuando apretó el gatillo, ocurrió algo providencial.

El tiro falló. Fue cuando sucedió algo mágico. Allí todos parecieron despertar de una especie de sueño pesado, entonces terminaron en un abrazo colectivo, en medio de llantos. La parranda que celebra la vida duró tres días más. Nunca se pudo establecer qué tipo de afrenta le había hecho Mito a Alfonso, pero sí de los comentarios de los familiares. Si el tiro hubiese hecho fuego, las dos familias se hubiesen acabado en una venganza interminable, como la de Los Méndez con los Fernández, que en el vecino municipio del Carmen de Bolívar, se había convertido en un espiral de venganzas que los fue envolviendo a todos, hasta menguar la imagen del pueblo.

Allí nacieron grupos de autodefensa que todavía la historia no registra plenamente. Hasta Bajo Grande, que estaba muy distante, por reflejo recibió las emigraciones de bandidos- o inocentes que huían de la ley- que llegaban a refugiarse en sus tierras, cargando el peso de un muerto y recuas de caballos robados. De algo tenían que vivir, en tiempos en que el rebusque iba ligado con visos de ilegalidad. Algunas familias se fueron al monte para defenderse de otras familias y del Gobierno. Mito Barreto también fue un desplazado sentimental antes que llegara la barbarie guerrillera y paramilitar. Manejaba un tractor en Zambrano, Bolívar, donde murió aplastado por esta máquina, cuando la maniobraba en estado festivo. Al parecer estaba borracho ese día trágico. Como Alfonso, cuando esto sucede, estaban uno viudo y otro abandonado. Parecían una estirpe condenada a la muerte o a la soledad. MOTIVOS PARA ATACAR UN PUEBLO A estas alturas, cuando el pueblo ha sido desminado por un pelotón a un costo de mil millones de pesos- cifra nunca soñada siquiera para hacer un represa y matarles la sed- han aparecido extraños compradores de tierra y la gente empieza un retorno incierto, la pregunta es: ¿qué motivos tenían los violentos para propiciar su desplazamiento?

En octubre de 1999, cuando los paramilitares mataron a cuatro muchachos inocentes, escogidos al azar, y le prendieron fuego a las casas, que se resistían a arder, pues toda la mañana había llovido, ya habían ocurrido varias masacres, que si bien salieron en la prensa, no tuvieron las connotaciones de las del Salado, Chengue o Mampuján, ocurridas en sus alrededores. Carlos Herrera, quien presenció esa última masacre, recuerda que la gente se desplazó a pie hasta San Jacinto, con el barro hasta los tobillos y rodillas en partes fangosas. Los cadáveres quedaron en la mitad de la calle, en el barrio Abajo, y nadie se atrevió a levantarlos. Cuando el Ejército llegó con un tractor a los dos días- que era la única máquina capaz de penetrar por los caminos convertidos en lodazales- ya los perros se habían saciado con sus carnes podridas. Ese día trágico, Walberto Hamburger Herrera, uno de los hermanos de Alfonso, había madrugado a cortar una huerta de tabaco a un kilómetro del pueblo, en la finca El Bajo. A las 10 de la mañana se aprestaba a cruzar una cerca de alambre con una brazada de hojas cuando observó la humarada en lo alto, sobre el pueblo, entonces se llenó de malos presagios. Hoy vive de vender suero en Valledupar, después de ser ganadero y cosechero de tabaco.

No regresó. Avelino Escobar, el carpintero del pueblo, también afamado gaitero, quien jamás pudo en más de 50 años de trabajo terminar de parar su casa, era el padre de “El Chino”, uno de los muchachos acribillados a tiros, como si los paramilitares hubiesen probado puntería con él, pues nunca tuvieron relaciones con personas fuera de la ley, más allá de la gente del pueblo que solía hurtarse una gallina para una parranda. De los solares del pueblo no salió un sólo bandido en todo su historial. En una rápida investigación, se pudo establecer que ningún habitante del pueblo fue guerrillero o paramilitar. Si colaboraron con alguna de las partes en conflicto fue presionados, como en el caso de Gadimedes Navarro, de 42 años y su hijo Eduardo Navarro Arroyo, de 18, quienes tenían una tienda y fueron muertos por la guerrilla, acusados de colaborar con los paras. El primer muerto grande había sido el Inspector de Policía, Ramón Heriberto Ortega Arroyo, “ajusticiado” por el EPL en plena plaza pública, el 11 de Julio de 1987, después de un juicio revolucionario.

Desde allí cada grupo fue cobrando víctimas, alternadamente. Y muchos de los que se fueron, especialmente los descendientes del Inspector, empezaron a morir en forma trágica, en una cadena que daría para una crónica escabrosa por aparte. De los descendientes directos del Inspector inmolado, han muerto siete, desde Valledupar a Bogotá. La violencia los ha ido persiguiendo, como si viajaran con esta costra o especie de atadura extraña. La manera en que Vilma Ortega, hija del Inspector- hoy residente en Sincelejo- narra cómo le mataron el último sobrino en Bogotá es espeluznante. Raúl Cuadros- como era su nombre- se fue huyendo a Bogotá de perseguidores extraños y no habiéndose aclimatado allá, decidió llamar desde un teléfono público para anunciar su regreso.

Su madre quedó atónita, esperando en el teléfono. Alguien tomó el auricular y le dijo: Señora, al muchacho que hablaba con usted lo acaban de matar de un tiro. Desplazados habían muerto, Ulfran, hijo del Inspector; Ulfran Javier, hijo de Ulfran; Edgar, hijo de Vilma y Raúl, hijo de Pablo, nieto de Ramón Heriberto. Raúl había sido el niño que se atrevió a salir de Bajo Grande a llevar el aviso, cuando mataron a su abuelo, el 11 de junio de 1987. EN ESTA TIERRA NADIE ERA COMUNISTA Bajo Grande jamás tuvo ideas comunistas. Los corredores de tabaco, que en otras partes fueron parte del proceso de explotación que generó revueltas campesinas, aquí eran personas que mantuvieron relaciones más bien familiares con los cosecheros. Siempre hubo armonía más allá de cualquier discusión por un partido de fútbol o por las travesuras de un perro que se metió a la casa ajena y se llevó una presa de carne. O por la vaca que se metió en una huerta vecina o por la negativa de alguien a casarse con la muchacha que ya estaba perjudicada. Solo se hablaba mal de un corredor proveniente del Carmen de Bolívar, quien tenía una romana (pesa) tramposa.

A la hora de pesar el tabaco, dejaba caer un objeto (Lapicero, gafas), y cuando se inclinaba a recogerlo bajaba adrede la balanza, ganándose allí unos kilos. Los campesinos jamás utilizaron la pesa que quiso imponer la Asociación Municipal de Usuarios Campesinos, que en Bajo Grande no cuajó. Sin embargo, la malicia indígena los llevó a “empuercar” el tabaco que muchas veces era bañado con agua caliente o le dejaban venas verdes en el centro para lograr mayor peso. Dicen que otros- para defenderse de la pesa tramposa- envenenaban los mazos con tierra. Eran puras conjeturas, pues sabían que si el tabaco se dañaba en la bodega, todos perderían.

El Blanco Castellar, un viejo de apariencia bonachona y perezosa, fue el único habitante que se negaba a votar en las elecciones y hablaba con frecuencia de sus ideas comunistas, pero nadie se lo tomaba en serio, más aun cuando lo ablandaba una botella de ron. Nunca hubo organizaciones campesinas ni peso discordante al del corredor para pesar el tabaco, como en otras partes, que la balanza con la que se calculaban los kilos era de La Casa Campesina, vigilada por la Asociación de Usuarios Campesinos, Anuc. Los godos, que eran minoría, sacaban sus buenos votos liberales, por compadrazgo. Eso sí, nunca superaron la derrota de Gustavo Rojas Pinilla a manos de Misael Pastrana Borrero en abril de 1970. Esa fue la primera gran derrota.

Las ideas comunistas habían quedado plasmadas sólo en unos versos improvisados del gaitero Toño Fernández, una vez regresaron de Europa Los Gaiteros de San Jacinto, quienes llegaron con ego argentino: El godo y el liberal/ sufren de la misma ancheta/ pelean por la misma teta/ que los dos quieren chupar. Yo no soy conservador/ pero liberal tampoco/ desde que estuve en Moscú/ ahora pienso de otro modo. MASACRES DEVELADAS… La masacre de EL Salado, en el año 2000 las justifican las AUC por el trazo de una operación de barrido insurgente que les llevó año, seis meses y 19 días, según informe de www.Verdadabierta.com.

Querían romper los nexos de los habitantes con los guerrilleros, cuyo campamento principal estaba a cuatro kilómetros del pueblo. Las Farc habían reemplazado al EPL en su accionar perverso para estos pueblos, desde 1991. El Salado, donde ocurrió la más cruel masacre, había sido escenario del grupo Patria Libre. No se sabe qué peso tuvo este hecho en la decisión de matar a su gente. En el Sur de Bolívar, donde estaba enquistado el ELN y después las Farc en algunas poblaciones, la disputa se parecía justificar en las 10 toneladas de oro que produjo la zona en 1995 y las miles de hectáreas de cultivos de coca. Ya existían serios nexos de los grupos armados con el narcotráfico y el manejo de un estado paralelo, impuesto por los subversivos, lo que tenía a la comunidad inconforme, por los abusos reiterados. Pero en Bajo Grande, que había dejado de ser el cruce obligado al Rio Magdalena y las grandes haciendas habían dejado de ser productivas, el desplazamiento de la comunidad no parecía justificarse por ningún lado.

¿Qué había petróleo en la zona? Recuerdo que alguna vez cuando niño, mientras caminábamos por la finca Flores Negras, de Miguel Hamburger, nos encontramos con un tubo de hierro sembrado en un mojón, con letras de la Shell. Se comentaba que en la zona, plagada de trupillos, zarza brava pata de grillo y pringamoza, el petróleo aún estaba revuelto con agua. Que los gringos habían dejado que pasara un tiempo de maduración. -Aquí no hay petróleo, dijo Piero Fernández, nuestro tío materno.

– ¿Y el tubo marcado para qué es? Le pregunté, siendo un niño. Entonces, tras una mirada picara, respondió: -Ni por las chiras, los gringos son muy inteligentes. De seguro dejaron el tubo para no volver a cavar allí, para no equivocarse. Allí no hay nada de riquezas. Si no había petróleo, ni gas, ni las tierras eran tan fértiles, si los caminos no eran estratégicos para la guerra o para el narcotráfico ¿por qué arrasaron con el pueblo? Fue tan precaria la información sobre las masacres que se cometieron contra este pueblo, el pueblo del que Alfonso Hamburger Herrera fue el primer desplazado, que tampoco lo tuvieron en cuenta para el programa “Rutas por la Vida”, de la Fundación de Desarrollo y Paz de Los Montes de María. Las ayudas sólo llegaron hasta Las Palmas, ocho kilómetros antes.

Hasta la prensa ha sido esquiva con Bajo Grande. Culminado el proceso de desminado, emprendido por el gobierno colombiano con apoyo extranjero sólo hallaron algunos trastos viejos: Tres minas anti personas averiadas y cuatro municiones sin explotar. Ese día hicieron un show mediático, aprovechando la presencia de los embajadores de Estados Unidos, del Japón y de la Unión Europea, guiados por el entonces vicepresidente Francisco Santos, quien anunció que de ahora en adelante “a este pueblo lo atropellará el progreso”. Para algunos nativos no se justificaba una inversión tan alta- mil millones de pesos-, cuando muchos siguen padeciendo hambre en ciudades que para ellos siguen siendo extrañas. Años después, en abril de 2015, Las Palmas festeja el retorno de la luz. Bajo Grande sigue forrado por el monte y el olvido. Para colmo de males, quienes fueron desde San Jacinto a escuchar los discursos del anuncio, una vez los helicópteros de la delegación levantaron vuelo, quedaron tan desamparados que tuvieron que regresar a pie, como si para ellos comenzara de nuevo otro desplazamiento.

Los habían mantenido a raya, con cintas preventivas- mientras 41 hombres del IV Pelotón de desminado- rastreaban supuestamente 103 mil metros cuadrados en los que no germinó una sola mata de yuca en más de un año. El hambre cabalga en ellos. Y lo más curioso, el helicóptero no había rebasado el ensilles de las lomas de Arroz Con Gallo, la finca de Juan Vásquez, cuando llegaron extraños provistos con carrieles, ofreciendo comprar la hectáreas de tierra a 300 mil pesos. Comenzaba allí el otro arrasamiento: la compra de tierras por el sindicato antioqueño, que ya supera las 200 mil hectáreas, para los analistas, significa un golpe abrupto a la cultura popular, acostumbrada a prestarse la candela por la cola del patio. Los paisas, recelosos y desconfiados, lo primero que hicieron, fue cercar con alambres electrificado sus nuevas propiedades. Desde entonces se sellaron los caminos reales.

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