MI GRAVE ERROR FUE ENGAÑAR A MI MUJER: GILBERTO FONTALVO!

GILBERTO 1Gilberto Fontalvo:
EL RETORNO DEL HOMBRE ENAMORADO.

Port Alfonso Hamburger

Si a Gilberto Fontalvo Arrieta le dieran la posibilidad de vivir una nueva vida lo haría de otra manera. Lo primero que haría sería pedirle perdón a su esposa, quien lo abandonó por sus perrerías de hombre promiscuo. Ella se rehusó a seguirlo y jamás la pudo recuperar. Estuvo a punto de suicidarse. Tenía la fama de los músicos y era, además, chofer. No necesitó hacer un curso de policía, porque con ser músico y chofer le bastaba para ir por el mundo arrumando mujeres. Conoció a su esposa- la mujer de si vida- precisamente cuando tocaba la timba al lado de Alfredo Gutiérrez, en el barrio Veinte de Julio. Por esos días Alfredo Gutiérrez se había desprendido del pobre Babucha, debido a que se le había cansado el brazo, pues tocaba en tres conjuntos una sola noche y eso lo averió, afectándosele el brazo. De modo que estar de guacharaquero y timbero de Alfredo Gutiérrez, a Gilberto lo puso de cara con la mujer de su vida, con quien vivió hasta hace diez años, en el barrio Versalles. Le encajó ocho hijos. Ella fue sabia y se preparó espiritualmente y de la forma más sincera, un día lo echó de la casa y de su corazón, pero siguió preparándole el tinto en las mañanas y mientras estuvieron bajo el mismo techo siempre él encontró por las noches el plato de comida tapado al regresar de su dura jornada de chofer urbano. Cuando regresaba de su ardua labor de conductor guardaba la buseta en el patio, comía, se tomaba el jugo, reposaba viendo la televisión y se acostaba a llorar, mientras ella se iba donde su hija mayor, que vivía cerca. Compartían todo, menos aquello. El intentaba buscarla con los dedos de sus manos inteligentes en el curucuteo del amor, pero ella estaba cerrada y atrancada por dentro. Aquella indiferencia lo estaba matando, hasta llegar a pensar en suicidarse en las largas noches de desvelo. Atormentado por aquella situación un día tiro su trabajo, y se fue a Montería, donde curó su corazón y se casó con una joven a la que le lleva 38 años, madre de dos niñas de otro hombre. Su vida, sin duda, es una novela.

II

Yo fui el culpable de la destrucción de mi hogar, dice Gilberto, mientras sus ojos se “vidrian”, bajo unas pestañas coposas entre canas, que miran a través de unas gafas medicinales. Su voz se rompe como un cristal y sus gestos buscan a Dios. Sus canciones, que promueve por estos días, narran su vida de dificultades, pero apartándose del doble sentido. Lo más cercano a su crítica social, es un tema llamado el candado, de doble sentido, que parece ir en contra de sus lágrimas. Lo demás son historias verdaderas, cantadas y contadas con una cadencia sabanera, como legado de su tío, el gran Julio Abel Fontalvo Caro.
Fue un hombre perrísimo en sus viejos tiempos. Y su mujer lo perdonó en sus primeras infidelidades, pero después nunca más. Todo comenzó un día que a la vecina más bonita de la cuadra, se le dio por llegar a su casa para que su esposa le diera lecciones a domicilio. Se sentaban los tres en la misma mesa a repasar las lecciones y él, travieso y enamorado, le pasaba el pie por debajo a la alumna. La pellizcaba. La vecina no decía nada, al contrario, se sentía gozosa con aquel pie que la zarandeaba por debajo, mientras ella hacia que estaba interesada en la lección. Después, en la primera oportunidad, empezó a vivir con ella a escondidas. Al poco tiempo, a la alumna la delató una inmensa barriga, hasta que se supo que el bebé que esperaba era de Gilberto. Sin remilgos, la alumna de su esposa, seguía asistiendo a las clases con el hijo de ambos, como si nada.

Su esposa, aferrada a la palabra de Dios y en el afán de salvar la relación, negoció con la muchacha. Una vez diera a luz le entregaría el bebé y se iría para Bogotá. El mismo día del parto recibió al niño para criarlo como suyo, pero la alumna la engañó, se fue a vivir, pero en otro barrio de Sincelejo. Una vez se le pasó la dieta de los cuarenta días, ya estaba viviendo a escondidas con Gilberto, y en menos de dos años, volvió a parirle otro niño. Hasta allí llegó la paciencia de la mujer.
– Yo fui un bandido y hoy me duele, dice el cantor.

III

El ambiente musical de Sincelejo se enrareció. Algunos líderes naturales se volvieron envidiosos de los nuevos valores, a quienes les cerraron los espacios. Muchos hacen parte de lo que se denomina la generación perdida. Algunos le atribuyen esa desbandada a la irrupción de los vallenatos. Sin embargo, la fiebre está es en la propia sabana. La desorganización de algunos, la falta de visión empresarial de otros, la indisciplina personal y la falta de preparación de algunos, acabó en parte con la sonoridad sabanera y Sincelejo dejó de ser epicentro de la música. El músico sabanero se pauperizó. Alfredo Gutiérrez se radicó en Barranquilla y se fue tras los festivales vallenatos. Lo mismo hizo Lisandro Meza y otros grandes. Con el tiempo, muchos músicos de valía, un día se vieron sentados en las bancas del parque Santander, rumiando el mal presente.
Gilberto Fontalvo Arrieta hace parte de esa generación perdida. Tenía agilidad para tocar la percusión, especialmente en los timbales y después de andar con Alfredo Gutiérrez, fue tentado por Jorge Oñate, pero como a Jaime Urzola, no le gustaba el ajetreo de y trato de algunos jefes y renunció a las giras. Se resguardó en un timón, hasta pensionarse.
En aquellos tiempos surgió la voz de Juan Jiménez, que se pegó con el éxito Elvia María y Oswaldo Monterrosa con el pobre y el rico. Eran voces que se codeaban con los mejores del país, pero llegó la envidia y acabó con los conjuntos.
Dice Gilberto que el maestro Rubén Darío es muy celoso. No permitía que nadie le robara el protagonismo, e incidió en el desbarajuste del grupo que tenían armado con Juan Jiménez. Alguna vez tocaron dos bailes en el Hueso, Municipio de Coveñas, alternando con Diomedes Díaz. Llegaron a ganar dos millones de pesos, como artistas exclusivos de las fiestas, donde Díaz fue una sola noche. De regreso empezaron a sacar las cuentas en el bus. Según el manager, sólo habían quedado 400 mil pesos de la fiesta. Muchos no estuvieron de acuerdo y prefirieron romper los billetes, lanzándolos por la ventana. Ya el grupo venia agrietado porque Salcedo- reafirma Juan Jiménez- quería imponer sus criterios y había firmado un contrato para Colosó, mientras Juan Jiménez había firmado una gira de tres bailes grandes por los lados de Mompox. Marcos Russo, guacharaquero, y Gilberto Fontalvo, timbero y Corista, le siguieron a Jiménez. Salcedo buscó a Jairo Gil, pero fueron demandados, porque en el contrato figuraba la presencia de Juan Jiménez. Esas diferencias acabaron con el grupo.
Yo aporté los recursos para la grabación del disco de Juan Jiménez, dice Fontalvo, quien decepcionado por la derrota del grupo y los problemas con su esposa, se radicó en Montería, donde grabó los 4 CD de su carrera musical.
Hoy, pensionado, está de regreso a Sincelejo, donde espera dedicarse de tiempo completo a la música. Y ya curado del corazón, jura que no volverá a ser infiel, pero eso sí, sin atreverse a dejar sola a su mujer, que sólo tiene 29 años.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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