Crónicas

Lo crónico del mototaximso

pajizo¡MI DIA SIN MOTO EN SINCELEJO!

MOTOTAXISMO
La mañana se abre ante mis ojos, luminosa. Algo está pasando en mi interior y diciembre se viene con ese cielo azul de nubes altas y una luna amarilla que se asoma en el patio entre los edificios que tratan de cubrir el conjunto residencial donde vivo. Respiro profundo la mañana. El invierno huele a chicharrón hervido. Es el día sin moto. Decido caminar a mi oficina. A paso pausado y seguro me gastaré media hora, de modo que salí poco después de las cinco y he desechado a aquella motociclista de 90 kilos que me pone sus potentes nalgas cuando la uso. Tiene la moto en el taller y me escudo en que nadie se atreve a romper la regla. La ciudad está llena de policías que se apertrechan en algunas esquinas y vigilan, pese a que algunos miran y puyan su celular. Camino el largo callejón casi oscuro y lo cruzo a la izquierda, sobre las pajas de engorde que tienen un futuro urbanístico asegurado. Las quieren para edificios de varios pisos, supermercados y hoteles. En la oscuridad veo la cola del perro que saluda, en señal de que el amo está muy cerca. En la penumbra del jardín una mujer se despide de un hombre. El tipo es un enigma porque no ve su rostro en la penumbra. Yo paso sin prisa y sin saludarlos. No los había visto nunca. La mujer cruza el portillo de alambre de púas y me sigue. Mi deber- pienso- es esperarla, pero antes de ello miro el tiempo lluvioso como pretexto. He dado media vuelta para simular distracción, pero el tiempo se confunde con la oscuridad de los árboles y hacia arriba hay más oscuridad. Tengo media hora exacta para estar en mi oficina. Debe ser antes de las seis para preparar las noticias. Aun así bajo el paso a ver si la mujer me alcanza. He mirado varias veces atrás sin disimulo. Las motos que vienen por la avenida me pitan, ofreciéndome el servicio, pero las ignoro, hasta que la mujer me alcanza después de 200 metros.
– Buenos días, querida dama, le digo.
– Buenos días, señor, me responde.

electricaribe

La observo. Es una dama redonda y maciza, con pelo indio recogido en un moño. Lleva un jean apretado y una blusa. Aprieta una cartera sencilla, de puño, y una formula en uno de sus puños. Nos convidamos a caminar juntos hasta el centro. Yo por salud y economía. Y por extracción de busetas. No han preparado la ciudad para quitar las motos. Y ella, seguro que camina por lo mismo que yo. Llevo pocos sonantes en el bolsillo. Las claras del día se asoman en el firmamento. Ahora compruebo que sí hay tiempo de lluvias y que no eran árboles los que hacían ver el firmamento oscuro hacia el Este de la mañana. La mujer no me conoce, pese a que soy una figura pública. A ella es primera vez que la veo, pero se ve que es una mujer de pueblo, sencilla y leal. Su cara es bonita, pero tiene algunas picaduras de acné. Antes de llegar al Panorama, ya me ha contado parte de su vida, entonces dobla a la derecha, por la Peñitas, porque tiene una cita médica y debe estar en el barrio La Ford, antes que le cojan el primer puesto de la cola. Pertenece al sistema subsidiado y se le iluminan los ojos cuando dice: soy de la Mutual.
Viven en esa casa pertrechada en las pajas que están al frente del conjunto residencial donde vivo. Es una casa finca que sirve de taller, desvaradero de carros viejos. Allí llegó con su marido hace unos quince años, cuando todo eso era monte. Al principio pagaban arriendo, pero con el tiempo se convirtieron en los celadores del lugar, que pronto ha ido siendo absorbido por la ciudad que se expande hacia allá. Ella tiene apenas 38 años y cuatro hijos. Tres parió, un hombre y dos mujeres. El cuarto es criado, que recogieron de una hermana. La mayor ya empieza a trabajar en una clínica privada en diciembre, es enfermera recién graduada. La menor termina el bachillerato el año entrante y los dos mayores ya trabajan, uno en una tienda y el otro de moto taxi. Ellos llevan para la comida y para pagar los servicios, porque su marido – el hombre inasible que le abrió el portillo esta mañana- tuvo una isquemia y parte del cuerpo se le durmió. Era un hombre trabajador, de hacha machete y garabato, pero ahora está en recuperación y a expensas de sus hijos.
Ella, abnegada mujer, se dedica a hacer rendir la plata. Y por supuesto, esta caminata a mi lado, es un buen ejercicio de ahorro y de salud. Yo, que me las tiro de ejecutivo, también lo hago.
Pienso en el hambre del África, donde la única oportunidad de subsistencia de las familias es una larga prole. Eso les garantiza sobrevivir a la muerte. Si la mitad ( supongamos que tienen diez hijos) mueren en el camino, quedan cinco para velar por los más viejos. Se convierten en sus brazos, el relevo.
Ella me revela su nombre, que prefiero olvidar, porque no debe tener tocaya y me confiesa que jamás le ha sido infiel a su marido, pese a que en estos momentos es un hombre que no es capaz de mover una hoja.
Lo único que le preocupa es que el lote finca donde viven, ha sido negociado por sus dueños. Es más grande de lo que se ve a simple vista. Sus límites son la empresa Siledco, que también está en venta, la casita rosada que está antes de Linares y se extiende hasta llegar al nuevo centro Comercial Guacari. Un día allí se levantarà un complejo de cemento y varillas y ellos entonces seguirán luchando con su prole en algún lugar de la ciudad.
Se despide y la veo alejarse en la mañana con esa ternura y esa amabilidad de mujer pueblerina, de las de antes, esas que ya poco salen.
En este día sin moto, hemos experimentado bien, en medio de opiniones divididas en las redes. Lo cierto es que nos acostumbramos tanto al mal servicio de las motos, que pretendemos coger la buseta en la mitad de la calle y así no se puede.

VICKY2
Anterior

!La cultura del perrateo!

CARMELO
Siguiente

Carmelo Torres, la encarnación de Landero.

Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *