La muchacha de la fila

De repente la vi en la fila, tan radiante y tan bella, que tuve el deseo de brincar donde estaba para estamparle un beso. También un poco para reclamarle la huida repentina de mis brazos. A diferencia de la mujer vestida de rojo que hacía la fila en el interior del banco aquella vez, esta estaba afuera, en la intemperie de la calle, frente al cajero de la Plaza de Los Malecones. Eran las siete de la noche y pegaba una brisa suave, cortada por el ruido de los autos sobre la avenida y la incomodidad de haber dejado mi coche mal parqueado, con la llave puesta, porque una cantidad de motos se había apoderado del andén. Solo en una ciudad tan sana como ésta, donde todos me conocen, se puede dejar las llaves en el swiche del auto.

Cuando ella llegó supongo que yo estaba haciendo la fila en  el cajero de al lado, de la competencia, de modo que pudo haberme visto, entonces empezó a hacer un teatro perfecto. No quería verme- supongo- porque la última vez que nos citamos andaba de afanes con un perrito  pequeño y me había dejado plantado.  Estaba más hermosa que las reinas cuando ya han dejado la corona y actúan más espontaneas.  Era alta, delgada, morena, y con un trasero descomunal, tan grande que hacía chocar los taxis en la calle. La ultima razón de ella, me la había dado mi mujer, suspicaz, recelosa porque halló su número de celular en mi móvil y enseguida supuso que yo estaba saliendo con quien había sido su vecina. Había sido su alumna y tenía fama en el barrio donde vivía. Fama de rumbera, de pala viejo. El mundo era muy pequeño, pregonaba, segura de que yo andaba por esos senderos.

– ¡Ya te libraste de Yurissa Balaguer, está preñada!, me había dicho, unos meses antes. Yo me las tiré de loco, distrayendo el golpe. Mi mujer lo que no sabía se lo imaginaba.

Aquel embarazo me dejó pensativo, era probable que el niño fuese mío, porque después de varios años de coqueteo, en que solo era tin ti lin y de aquello nada,  al fin había aceptado una relación con todo incluido, y sin preservativos, como le gustaba. Fue una sola vez, pero con insistencia de ella, lo que me dejaba más sospechoso. Habia tomado la iniciativa de forma descarada. ¿Acaso me quería meter un gol? Y yo, que la amaba, que me estaba acostumbrando a su juego, ese bebè me lo hubiese tomado para mí, en caso de que fuese cierto. Me acordè del maestro Pacheco, en  su ultimo tiro de gol, cuando dijo: Si no es mio me lo cojo para mi. Pero no habia nada que dudar, porque los Pachco pagan en el amor y pintan muy bien.

– ¿Y cuantos meses lleva? Le pregunté, tratando de mostrar cierto interés, un poco lamentado.

– Debe estar para parir, tiene una barriga bien grande, me dijo mi mujer, contenta, porque al fin le habían puesto un estate quieto a esa loca.

Aun con aquella información se me había perdido del mapa, no había sabido más de ella con razones grandes ni chicas, se la había tragado la tierra. Jamás volvió a contestar su celular. De modo que al verla de nuevo en la fila callejera, mi corazón se alegró. Mientras esperaba mi turno en la fila, echaba un ojo a sus caderas de potranca domada, a sus muslos torneados en madera fina, a sus ojos de tigrilla, pero ella muy teatralmente se hacia la que no me había visto, siempre de lado, casi dándome la espalda.

Y yo, en estos casos, no disimulo para mirar la prenda. Lo hago de frente. Estaba alegre, no porque pudiera recuperar el dinero que le había prestado, sino por la posibilidad de un nuevo encuentro. Por su cuerpo de reina no pasaban vestigios de haber tenido un hijo. Supuse entonces, que había sido una de tantas fabulas de mi celosa mujer, para disuadirme de una conquista. He vivido casi toda la vida con un intento eterno de golpe de estado, pero cuando hallo la prenda adecuada, algo pasa. Y en ese “pasa” siempre ha tenido que ver ella, que no hacha ni presta el hacha.

Al frente mío, cuando solo faltaban dos turnos de la fila, habían entrado dos personas al cajero, que al parecer lo trabaron o eran inexpertos, porque se demoraban demasiado, lo que yo aprovechaba para verla, pero ella seguía inquieta, de espaldas, mientras le echaba los brazos a un joven vestido con la camiseta de la selección Colombia, con quien se secreteaba coquetonamente. Y lo hacia adrede, muy seguramente cuando supuso que yo la abordaría. Ella conocía de mis ímpetus de cazador de tigras, de mi altanería en estos asuntos, que a veces rayan en la estupidez y la indiscreción.

Fueron momentos eternos que aproveché para repasar nuestra relación. Habia llegado de 16 años a mi empresa con otras muchachas del último grado de bachillerato, a promover el reinado popular donde sería coronada. Quería ser modelo, cantante, comunicadora social y por allí me entró. Era apenas una bella adolescente de piernas torneadas y con aquel brillo en los ojos que muy pronto iba a ser su mejor vitrina para caer en el comercio del amor. Después la vi en un video promocional de un conjunto de acordeón,  en el que se mostraba casi desnuda, pero con un llamativo movimiento que la catapultaría a la fama fugaz del medio. Era casi improbable que saliera invicta ante el asedio de los productores y vallenateros, unos gavilanes patieros en esos asuntos, con la herencia de Calixto Ochoa.

De buenos y malos tropezones. Había caído perfecta para una carrera de prostitución avasallante, en medio de un hogar disfuncional, donde su hermana mayor se había fugado con un mototaxista siendo menor de edad y el padre se había ido con otra mujer. Se pasaron por lo menos cinco años, en los que no volví a saber de ella, hasta que un día apareció en las redes sociales, más bella y despampanante. Hice un rápido recorrido por su muro, donde la vi con sus poses de chica prepago. Aparecía en poses  de todo tipo, con dos o tres chicos de la barriada. Con uno de ellos se besaba. En otra foto estaba vestida de champetera.

El entorno donde se movía era de barriadas populares.  Entablamos diálogos agresivos, lanzados por parte de ella, que por la facilidad de las propuestas, me dieron suspicacia. Creía que era una trampa. Estaba en la etapa en que las niñas empiezan  a pedir desde la matrícula para la universidad, hasta para un celular inteligente, o para un viaje a hacer un examen laboral en una ciudad lejana. Su estrategia para captar clientes era apenas incierta, porque sus tarifas no eran concretas. Aun no era experta en lo que tenía en sus manos. Parecía explorar el mercado.

Al fin, después de una conversación en la que notaba desespero por dinero, logramos citarnos. Era día de quincena y mi billetera  respaldaba una buena aventura. Tenía que ser rápido, porque su padre- separado con su madre, tigre rejugado- era extremadamente celoso y como mujeriego que era, ya se había percatado de los cruces de su hija menor, que ya manejaba celulares costosos y salía con mucha frecuencia en mototaxis que se alcanforaban en las calles rapidas, que se habían convertido en grandes aliadas para la promiscuidad sexual que atravesaba la ciudad, desde los tiempos en que a Palomo- un viejo garrochero en retiro- se le dio por solicitar a una amiga que le presentara otras amigas y aquello terminó convirtiéndose  en un cartel, al que le salió competencia, entonces todo se  volvió promiscuo. Nacieron varios carteles que se peleaban el territorio, antes de que llegara el Internet masivo y el celular, con lo que todo se volvió un caos.

Yo le seguí el juego. Tomé un taxi después de salir del trabajo y le dije que me llevara a Los Alpes, un sitio alejado del centro, en las afueras de la ciudad, variante al mar, donde hay unos kioscos de palma individuales, perfectos para este tipo de citas. Llegué muy rápido, pero ella no aparecía. Pensé que el lugar, solitario y oscuro, con una plazoleta alrededor de  la cual se esparcían los quioscos, era perfecto para un crimen de siete de la noche. El mozo que me atendió me trajo una cerveza. Le pedí que estuviera pendiente de una joven que iba a llegar en una motocicleta. Ella se tardaba demasiado, lo que empezó a impacientarme.

Consumí mi primera cerveza escuchando música a bajo volumen, asediado por el crujir de una salamanqueja que se deslizaba por la palma, pensando en la forma de abordarla. No era conveniente tratar de besarla. Era mejor dialogar con ella sin demostrarle ganas. Pensaba también en lo que me había contado.  Su manera de actuar, su desespero por el dinero, sus problemas con el padre, empezaron resonar en mi mente, mientras esperaba. Ya habían pasado quince minutos. La llamé a su celular y se iba a buzón. Me había engañado, pensé. O a la mejor había tenido problemas para escaparse. Salí a la plazoleta a contemplar las estrellas, con la sensación de que iba  a ser víctima de un  atentado.  Pensaba que desde la oscuridad un revòlver me apuntaba. No había más clientes en el lugar y la soledad permitía escuchar los grillos del monte, mientras más abajo las luces de la ciudad titilaban, amarillas y tristes.

En medio de la plazoleta, como blanco perfecto para un tiro, volví a marcarle.

Contestó en medio del ruido de la moto que se acercaba. Mi corazón palpitó de gozo. Pocas veces una modelo tan bella se tiene en los brazos o al menos en  la posibilidad de conquista. Me froté las manos de contento y caminé rápido a mi escondite de amor, porque alcancé a ver el reflejo de los faros de la moto que se acercaba por la troncal y se enrumbaba al sitio y no era conveniente que me reconociera el chofer. Aun así, sentí que eran eternos los segundos que nos separaban, así que tuve la imprudencia de volver a salir del kiosco, pero ya el mozo la traía a mitad de la plaza. Caminé afuera para recibirla con un beso en la mejilla. Fue donde me percaté que me llevaba por lo menos diez centímetros de altura, aun sin llevar tacones altos. Supuse que en el camino se emparejarían las cargas.

– A la orden, patrón, dijo el mozo.

– Tráenos dos volantonas, por favor. Ya yo sabía sus gustos.

El mozo se perdió en el alar del kisoco, brioso.

Ella entrò encorvandose en el alar y con la confianza plena de quien ya conoce estos lugares. No esperé  a que se sentara, porque le eché los brazos en la cintura y me le pegué en los labios con ansiedad, como si la esperara desde siempre. Ella no chistó, sino que me correspondió con ternura. Supe que la estatura no era impedimento para amar. Estaba vestida con una blusita liviana, atada con un nudo moreno a la altura del ombligo, solo llevaba una pequeña carterita para la cèdula , algunas monedas y un jean descaderado.   Solo la presencia del mozo, que carraspeó la garganta afuera, pudo separarnos un instante. Nos sentamos mientras inaugurábamos las cervezas, pero yo estaba embelesado en sus labios, la tomé por las manos nuevamente, la levanté con suavidad, me le volví a pegar a los labios morenos y empecé a volar.

Le pedí que fuera mi novia, que nos fugáramos a una isla. Me volví loco en promesas.

Solo balbució que “tu mujer es muy celosa”. No escuchaba nada y de eso de mujer celosa menos.  Nos volvimos a sentar y no dejamos de besarnos.  Hacia tanto tiempo que no besaba de esa manera, que se me cuartearon los labios, como en los tiempos del primer amor. Volví a levantarla por las manos, bailamos, nos besamos, y mientras la besaba le desbotoné el jean, abriéndolo un poco. Ella era toda docilidad y dulzura. Volví a levantarle la corredera, poniéndola en su lugar, y el botón regresó a su puesto. La primera vez era inolvidable y tenía que hacerse bien hecho. Acordamos ir al motel más cercano, pero en ese momento entró la llamada de su madre, que la esperaba en el salón de belleza. Esa había sido la excusa para salir, el padre le dio media hora para ir y regresar, de lo contrario le pondría un bloque de búsqueda. Pedí un taxi. Cuando pasamos al frente del motel, le hice señas para entrar, pero ella me susurró:

– Ya habrá tiempo para eso, amor, mi mamá me espera.

El taxi, donde nos seguimos besando, me dejó en mi oficina y ella siguió al encuentro con su madre, en el salón de belleza. Llevaba cien mil pesos para viajar a Montería al siguiente día a una entrevista de trabajo. La promesa era vernos una vez regresara, pero apagó su celular, se pasaron meses y meses, hasta que un día volvió como el lucero rabón. Otra vez las redes sociales.

Y ahora le tengo a dos metros otra vez. Si en verdad tuvo un hijo, no se le notaba. Y si en verdad lo tuvo, yo he podido ser su padre, porque ella insistió tanto en que nos viéramos la única vez que estuvimos intimidad,  a lo natural, como ella quiso. Fue la mujer más bella y maravillosa que he visto en una cama desnuda y dispuesta, con los montes de venus completos, cosa extraña en una mujer de hoy. Ese día, que la fui a recoger a la universidad, estaba tan dispuesta a la entrega, que sus amigas le embolataron el celular.

A los tres días del primer encuentro volvió a llamarme. Quería que nos viéramos nuevamente. Necesitaba un celular para llamarme.  Quería entablar una relación seria conmigo. ¿Y por qué no? Era una mujer muy guapa, terminando ya una carrera en la universidad. Pensé que algunas familias distinguidas del pueblo habían tenido un pasado más negro que el de ella. Algunas mujeres sustraídas del cabaret, una vez casadas, llevaron una vida digna. Aquella vez se presentó con un perrito de lujo atado a una cuerda y debía llevarlo al médico. Le di para el veterinario y algo más para que regresara y  vernos al mediodía. Almorzábamos y almorzábamos. Seria la segunda y definitiva vez, pensaba yo.

Ella se fue de mi oficina, dejando unas llaves de su padre, quien la seguía por todas partes y también andaba por el centro de la ciudad, de modo que debíamos ser muy prudentes para aquella segunda cita de mediodía. El perrito era una buena excusa para el padre celoso. Yo estaba feliz, al fin había encontrado mi mujer perfecta. Y ahora la tenía allí, haciendo fila en el cajero, debía abordarla, quizás reclamarle su lejanía. No se me había presentado una oportunidad tan bella.

La segunda cita no se dio. La llamé insistentemente al celular y se iba a buzón. Abrigaba  la esperanza de su regreso, al menos por el mazo de llaves del papá, que desde entonces están en la gaveta de mí escritorio.

Esa última vez que la vi, después de varias llamadas infructuosas, alguien contestó. Era un joven, a quien le pregunté por ella.

– Ella no puede atenderlo, me dijo.

– ¿Quién habla?

– Yo, Pedro, su novio.

Colgué y seguí rumbo a mi casa. Ya a estas alturas no me ilusionaba con mujer alguna, como cuando jugaba la selección Colombia de Pedro Zape y Pablo Emilio Vilarete ( que ella quizás no conoció), porque siempre nos desilusionaba. Había tomado como filosofía de la vida no ilusionarme con mujer alguna, menos si era veinte años menor  que yo. Simplemente iba a la cita, pensando en que algo podía fallar, como ahora. Pero también, con la posibilidad, de que podía funcionar.

Pero ahora estaba de nuevo a dos metros de mí, haciendo fila para sacar plata de un cajero, más hermosa que nunca, sin rasgos de parto alguno. Y si tenía plata en el cajero era porque estaba trabajando formalmente o su actividad sexual banda ancha era próspera.  Ya casi me tocaba el turno cuando volteé a verla y seguía matrera, arisca, de medio lado, coqueteándole al joven vestido con la camiseta de la selección Colombia, con quien se secreteaba. Y el joven me miraba, seguro de que yo había tenido algo con ella.  Fue donde me percaté que ella se abrazaba al joven para que yo no me acercara imprudentemente. Allí había actuado con más inteligencia que yo.  Entré a mi turno, sustraje dinero y al salir el muchacho estaba distraído, lo que ella aprovechó para guiñarme sus bellos ojos zarcos. Y yo, que me había percatado de la patraña, salí caminando a mi auto con toda la indiferencia del mundo, a sabiendas de que el engañado ahora era el muchacho.

La brisa afuera era más cálida, el trancón de las horas pico cedía en el barullo de la plaza de Los Malecones. Mientras mi auto empezaba a rodar, eché un último vistazo a la muchacha. Ella seguía de espaldas y el gran carbrón que la acompañaba, no dejaba de mirarme.

Sincelejo, Diciembre 28 de 2014, 09:44 a.m., de un solo tirón.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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