Crónicas

La mejor forma de atajar el virus es el amor.

Manuel Ramòn Fernandez, Tio Ramo.
ETGCRÓNICA SOBRE EL CIELO CLARO DE SAN JACINTO.ç

Crónicas de a peste (I)

-Amor eterno a pesar del virus.

Por ALFONSO HAMBURGER.

El cielo de San Jacinto  ahora es limpio, sin las borrascas que dejaba en las nubes blancas- por lo regular a las cuatro de la tarde- el avión que despegaba puntual de Cartagena rumbo quizás a Bogotá y atravesaba los contornos del Cerro de Maco. Los jornaleros sin reloj de pulsera lo tenían como medida del tiempo para detener el machete. Decían: “oye al pendejero”, alzaban sus ojos al cielo y entonces recogían el calabazo del agua, la rula, la mochila y el garabato y regresaban al pueblo en fila india.
Ahora los pajarillos que se habían ido ahuyentados por los ruidos del lechero y la civilización del capitalismo salvaje, han vuelto a picotear en las ventanas de las casas cerradas. En el callejón de Mercedes Buelvas la gramilla retoña en el final del verano. Los pajarillos celebran la primavera. Revolotean por las calles sin alma.
Los cielos y las aguas se oxigenan. Las plantas reverdecen y los montes se tupen de animales, no sólo en San Jacinto sino en el mundo. No hemos llegado a la primera quincena del confinamiento y ya se perciben otros vientos. Llevábamos una vida tan acelerada que ningún tipo de sueldo alcanzaba para cubrir nuestros derroches y vanidades. Hemos entendido que podemos vivir con tan poco, pero si estamos en paz. Podemos vivir y respirar con lo justo. Era el movimiento slow que anhelábamos.
La alegría de los pajarillos en el callejón de Mercedes Buelvas, esa especie de bolsillo donde los niños pateaban la bola de trapo, contrasta con la tristeza de una casa cerrada. De mi residencia en San Jacinto, levantada en el viejo solar que era de la Vieja Narza Fernández- mi bisabuela materna -, en toda la esquina de la calle 20 con el callejón del veinte de Julio ( hoy de Mercedes), que a su vez empalmaba con un puente de tablas techado en zinc ya derrumbado, sólo hay que atravesar la canchita de tierra para llegar a la residencia de mi tío Manuel Ramón Fernández Vásque-, Tio Ramo-, marido de Mercedes.
No estoy allá, pero me imagino la tienda de José Ahuyama, ya sin la aglomeración de la gente comprando la leche del propio cántaro y la soledad del pueblo y la calle veinte sin la profundidad de campo, con la silueta de una mujer recortada por las ramas del abeto , antes del Pechi. En lo profundo no se ve la montaña. Sólo bruma y sueños. Soledad y pensamiento.
Manuel Ramón, de 86 años, de andado brioso y pasero, ya nos dio un susto en esta crisis. No sabemos cómo se enteró, pues no tiene celular ni internet, que el pasado 25 de Marzo estaban pagando una primera parte del subsidio de Familias bajo el sol, como antes le llamaban a este aporte que viene desde el gobierno de Andrès  Pastrana, efectos del llamado Plan Colombia: Familias en Acción. Lo de acción de pronto obedece a que las mujeres se pusieron a parir a tutiplén cuando se enteraron de que les pagaban por los hijos. Y pensar que Manuel Ramón se resistió por muchos años a entrar en los programas de la tercera edad, porque jamás se ha sentido viejo. No pensaba jamás, que en este 25 de Marzo se iba a escapar de la cuarentena, muy de madrugada, para reclamar aquella platica, de la que no olía hacía rato. Desde hace tiempo- picado por tres culebras- dejó de subir a Cerrolandia, en las faldas del cerro de Maco, donde una plaga acabó con sus 299 palos de aguacate. Había pasado muchos sustos, como la vez que llegó al rancho y lo halló lleno de guerrilleros acampando como si nada. Uno de ellos era conocido del pueblo y cuando le extendió la mano para saludarlo, el imberbe aquel se la dejó estirada. Que desprecio, carajo. Cuidado, viejo hijueputa, tú no me conoces ¿ oyó?. Y si me conoces te mueres. Mi tío lloraba echando el cuento, porque se tuvo que tragar las ganas de darle unos planazos. Después  a aquel muchacho se lo tragó la tierra.
Pero ahora era 25 de Marzo y naufragaba en la cola de la  fila  de Familias Bajo el sol. No era el único que se había enterado. Aquella noticia de pago se regó como pólvora en todo el pueblo. Y lo peor, la mayoría no llevaban tapa boca ni ninguna precaución para aglomerarse. Era posible que hubiesen picado el anzuelo como el pez que muerde la carnada. En ese estado de indefensión lo halló un familiar, quien, en el ahora si plausible gesto de violar lo que llaman tráfico de influencia, hizo que lo atendieran de primero. Al gobierno la crisis se lo había tomado asando mazorcas y no fueron capaces de entregar todo lo anunciado, sino la mitad. Bueno, pero algo era algo y Tío regresó al confinamiento que lleva con Mercedes desde hace setenta años  que llevan de casados. Ha tenido intentos de corcoveo jarocho, como el que tuvo alguna vez con una muchacha del corregimiento de Arenas, a quien deslumbró con la promesa de una casa de veinte mil pesos, para lo cual vendió varios palos de aguacate. Menos mal que Mercedes siempre gozó de un sexto sentido y picada por una cosa extraña en el corazón salió disparada por los lados de Coco Solo y pasando por Yuca Asada alcanzó a interceptarlo cuando se aprestaba a fugarse, con una botella de ron y la plata de los palos de aguacate. La muchacha se quedó esperando su galán.
Todos en San Jacinto están unidos contra la peste. Mi hermano José, confinado con Josefa en su casa de la calle de La Fuente, ha puesto un candado a la puerta, porque dicen que Piero, el más andariego de mis tíos, no quiere confinarse y como es hiperactivo , dicen que ha llegado varias veces a buscarlo, cerveza en mano, en una moto vieja, pero se ha ido cansado de tocar. Ni siquiera Wilson, que tiene la sede de los Maestros al lado, ha vuelto por esos lares. Y José Wilfrido, como tiene paso libre a la casa vecina, repleta ahora de pájaros, aprovecha la soledad del patio lleno de ciruelos y otros árboles, para hacer ejercicios, caminar y estirar los huesos. Las hamacas, me dicen que no se descuelgan.

mi viejoNelson Hamburger Herrera, 88 años, con un amigo.

Mi padre, de 88 años, amigo inseparable de Manuel Ramón, también está confinado en una casa que para ir a la cola del patio hay que tomar taxi. No quiero pensar en aquella soledad. Él, alardeando de su verbo crítico, dice que Wilson, su único acompañante, no le echa cuento malo ni bueno. Apenas los buenos días al levantarse y las buenas noches antes de acostarse. Me lo imagino con el mazo de llaves caminando la casa, cerrando puertas y ventanas- es maniático de la seguridad- con un foco de manos de cuatro baterías por si se va la luz. Suelta solo el foco para agarrar el control del televisor y el mata mosquitos. Siempre añoró, desde que estábamos en Bajo Grande, tener una nevera para el agua helada y un abanico para el fresco. Lo demás le vino después ya en San Jacinto.
La disciplina para afrontar esta oportunidad- porque en los momentos malos es cuando los hombres de valía se levantan- ha sido tanta, que mi padre y mi tío, separados por un pedazo de calle de tierra, llevan dos semanas sin verse, porque el susto que nos dio Manuel Ramón el día que se tiró a las calles para reclamar su medio bono, fue una buena lección. Mercedes nunca usó algo distinto al amor para confinarlo a su lado. Su riqueza, aquellos trece hijos desperdigados por todo el mundo, solo estuvieron a su lado mientras pudieron levantar vuelo. Hace tiempo que dispararon la bomba del amor, aquella que ataca la tristeza, la envidia y la codicia, pero ninguno de los dos supo que existió Albert Eisten , quien escribió una carta a su hija explicado lo que a ellos nadie les enseño: El confinamiento del amor. No sé porque Albert Esiten escondió aquel tesoro de verdad, cuando hoy todo se sabe. No tuvo el sentido de la chiva y era muy discreto.
En San Jacinto, me cuentan, salvo uno que otro impertinente, todos se cuidan. Han cerrado las fronteras para que no entre la peste. Sin llega un extraño lo denuncian. Me dicen que a Villa Alegría ( colonia de Bajo Grande), llegó un joven de Panamá o Cúcuta y le echaron la policía. Lo confinaron y después se descubrió que estaba sano.
Por lo mismo, a mi Tío Ramón no lo mató la langosta ni la guerra de los Mil Días, ni las posteriores, ni le temió nunca a una escasez de yuca. Sobrevivió a la mordedura de tres culebras venenosas. No le debe un solo peso a la Caja Agraria. Al Banco Agrario menos. Ya no siembra tabaco ni cosecha aguacates. Ni tiene ni necesita. Y por lo visto, no lo matará ningún virus venido de China. Dios vea mis paisanos San Jacinteros y a los colombianos en general. Que venga, pues, el virus del amor.
Sincelejo, Marzo 29 18 horas 32 minutos.

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Alfonso Hamburger

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