El mejor escritor del mundo!

• EL MEJOR ESCRITOR DEL MUNDO

Nada se parece al miedo de un escritor a no ser el mejor. En la noche de todo autor existe un sueño temido en el que atisba que es flojucho, de segunda división. De pronto, presiente que nadie se acordará de él pasado mañana. Se trata de un miedo evanescente, como de humo de cigarro, que dura unos apáticos segundos, que son como los días rojos a los que se refiere Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. En un día negro se está triste «porque se ha engordado o porque llueve. Pero los días rojos son terribles. De repente, uno tiene miedo y no sabe por qué». Cuando despierta de ese temor borroso, el autor sigue escribiendo, por si acaso al final fuese el mejor escritor del mundo. Es sabido que a veces los sueños no se cumplen.
El escritor de verdad, atrapado en su vocación de infelicidad, sabe que lo más importante es escribir, aunque se autodestruya. Desea seguir escribiendo aun cuando la derrota esté cantada. Tal vez nunca sea el mejor, pero querrá escribir como si ya lo fuese. En su cabeza lo es. No sería escritor en caso contrario. Ferrater Mora afirmaba que un escritor «está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco por debajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretende ser como un autor de cuarta fila…».
El sueño del escritor fracasado regresa cada cierto tiempo, y sin pretextos. No hace falta que estés triste o resacoso. Sin más, pasa. Nunca serás nadie, te confiesas en mitad de un cigarro, inopinadamente. ¿Cómo estar seguro del todo de que tu obra no es una basura? Hablamos de un miedo ya escrito. En Enoch Soames, el relato de Max Beerbohm, Soames es un poeta de medio pelo. Algunos días, cuando no esquiva la verdad, intuye su mediocridad y piensa en el suicidio. Sus amigos lo disuaden. Entonces aparece el diablo. Si Soames le vende su alma, le concederá la oportunidad de viajar cien años hacia delante, hasta la sala del Museo Británico donde acostumbra a trabajar, para que confirme si su nombre ha superado la prueba del tiempo. Acepta. Lamentablemente Soames no halla su nombre en ninguna enciclopedia. Su obra no ha trascendido. Nunca fue el mejor, ni casi el mejor.
Pero los escritores se reponen a su sueño tan temido e ignoran las enciclopedias y a los sabios. Pensar que esos señores siempre llevan razón por ser ilustrados denota un exceso de buenos modales. Exacerbados, los buenos modales te empujan a cometer aciertos imperdonables, que no sirven para hacer literatura. Eres tan idiota e ingenuo, que alimentas propósitos absurdos, como superar a tus maestros. Rara vez lo consigues, pero eso tú aún no lo has descubierto. Mejor. Todo procede de la ignorancia.
La literatura, el arte, todo lo grande, inteligente y bello parte del cero profundo. En la vida, cualquier posibilidad de alcanzar la solución a un problema complejo pasa a menudo por seguir al pie de la letra unas instrucciones que ni siquiera existen. En este sentido, un escritor debiera acometer libros, en la frontera del fracaso, que no sepa escribir. En algunos oficios hay que desarrollar la locura necesaria para tomar siempre caminos que lleven a la perdición. Tal vez conduzcan a un lugar hermoso y nuevo. Muchos autores querrían escribir como Bellow, Onetti, Proust, Borges… pero solo les sale como Rodríguez, o Gutiérrez, o Ruiz, o como demonios se llamen. Es grato pensar, sin embargo, que, si lo arrojas todo por la borda, y escribes como si paseases por la cornisa de un noveno piso, un día ventoso, al final tendrás un libro único, y durante un segundo, aunque solo sea en tu cabeza, serás el mejor escritor del mundo.

LOS MOSQUITOS.

Los mosquitos, que dos meses antes se estrellaban con las paredes y los objetos, empezaron a eludir los chorros de aire del abanico que habían sido mi defensa hasta el momento, instalado en una esquina de la mustia pared sobre el marco de la puerta del baño. Ahora, ya rejugados como el toro de corraleja se cuelan por los costados, chupando mi sangre dulce. Habían aprendido a esquivar la brisa artificial que molía el calor y enrarecían- revolvía- los olores a basura que se filtraban del patio, húmedo y enmontado. Sentía que se estrellaban torpemente con mis costillas, mis piernas, mis brazos y nuca y se enredaban en mi vellosidad, entonces tomaba la toalla, una camisa o un trapo, para espantarlos. Parecían en vano mis esfuerzos supremos. En ocasiones los descubría parados en un lugar de la pared en el baño, rendidos de la hartura que se habían dado con mi humanidad. Fue donde supe que habían sobrevivido a la posición estratégica del abanico, que siempre dejaba prendido de día y de noche para espantarlos a ellos y a estos calores pegajosos del fenómeno del Niño. Entonces era fácil destriparlos. Se paraban en la pared hartos de sangre, a punto de explotar por ellos mismos. Estos animalitos de aguas claras ya habían causado varias muertes en la ciudad entre los más de tres mil casos dengue clásico en los últimos años, pero ni eso me alertaba contra ellos, para erradicarlos definitivamente. Simplemente los dejaba que usaran mi cuerpo azucarado como un banquete. Para entonces ya casi todo se me olvidaba, como las citas, escribía en desorden y no sabía en qué parte del computador guardaba mis apuntes de cuentos, novelas y crónicas que me llegaban de repente y que casi nunca terminaba. Andaba sonámbulo por la vida. Los mosquitos me desvelaban, pero no era capaz de adquirir un aerosol para matarlos. Un día llegué equivocadamente a una ferretería donde me dijeron que no vendían mata mosquitos, mirándome con extrañeza, porque quizás ya estaban notando mi locura. Por la noche fui a visitar a una vieja amiga que vivía sola con sus dos pequeños, cuando un mosquito empezó a planear sobre el bebé más pequeño. Y ella, como toda una fiera fue a buscar el mata mosquitos, echó el aerosol y santo remedio. El mosquito quedó quieto.
– ¿Y dónde venden eso?, le pregunté, muy interesado.
– En cualquier almacén de cadena, me respondió ella.
Ese otro día saqué el tiempo. Siempre hay que sacar el ratico para todo, dice papá. Hasta para morirse, Fui al almacén, donde había una gama de aerosoles de todas las gamas y precios. Escogí el más barato. Lo que no me gustó fue la inmensa cola que tuve que hacer para pagar los 9.999 pesos que costaba. Estaba ansioso por llegar al apartamento oscuro donde vivía. Una vez llegué los acribillé de una. Los que quedaron empezaron a ser más torpes que antes, hasta que a los dos días no quedaba uno solo. Eso pensaba. Ahora podía poner a reposar al abanico y ahorrar energía. Así era mi vida, irresoluta, frágil. Estaba aturdido por llevarla. No encontraba el filón para el que servía. Empecé a burlarme de los amigos. El primero fue el Cachaco sabanero, que había aprendido a tocar acordeón sesenta años atrás, pero llevaba cincuenta que se le había olvidado. Tenía una tienda de repuestos de carros populares, que siempre estaba sola. Allí se la pasaba con su segunda mujer, en espera de nuevos tiempos, siempre con una sonrisa pícara e ingenua. Al fin, después de hacer de todo un poco, este cachaco había descubierto para qué serbia realmente: era excelente manejando las redes sociales y un oportuno fotógrafo. Cierto día me llamó para decirme que lo estaban extorsionando por teléfono. Le pedían dos millones de pesos, de lo contrario atentarían con su hijo de doce años y hasta le señalaron el horario en que el menor iba al colegio, las salidas, las rutas. Inmediatamente fue al banco y sacó el dinero. Ese otro día me llamó muy contento, diciéndome que los había engañado.
– ¿Por qué dices que los has engañado?, le pregunté.
Entones soltó aquella risita fiel, picara, muy suya, solamente suya:
– ¡Porque solo les giré un millón ochocientos mil!

Lo habían estafado desde la cárcel, pero estaba feliz. Yo en cambio, por estos días inciertos no sabía quién realmente era ni para donde iba.
¿Acaso estaba muerto?

***

Hoy amaneció lloviendo. Lo supe en la madrugada, cuando desperté y fui al baño. Solo se escuchaban las aspas del abanico en la esquina de la habitación y la llovizna en el platanal del patio. No zumbaban los mosquitos, porque desde el domingo duermo con el aerosol en la cabecera de la cama, entre el reguero de libros inconclusos y la ropa sucia. Tengo semanas repasando las mismas pintas, porque el automóvil está en el taller- al fin decidí quererlo- y me da flojera ir donde la lavadora. Por las rendijas de la puerta y de las ventanas parpadea el fuselaje del corcovado, ese tiempo mañanero que tiraba las gallinas de las trojas y hacia bramas los arroyos, mientras los burros y las vacas se encaramaban unos a otros como despertando celos de fertilidad. Enciendo el radio y el locutor dice que son las trece de la noche. Pienso que deben ser las tres y no las trece horas. Una de la madrugada. Rebusco mi celular de alta gama en la oscuridad entre las sabanas. El botón verde encendido me indica que la carga de la batería está al full. Aprieto por un costado y el pantallazo me dice que son las 00:48 minutos. Está más loco que yo, pienso. Me levanto de la cama, que a esa hora me pesa, camino en la oscuridad, entreabro las cortinas y veo la lluvia instalada en el patio. No llueve muy fuerte, pero llueve. Un trueno me remueve la nostalgia. Siempre los truenos me remueven la nostalgia, larga y tendida, porque cuando llovía no nos dejaban salir a la calle ni asomarnos en la puerta, porque el viento de lluvia siempre era malo para aquella gripa que nos pegó la partera. La misma que cargaba el abuelo asmático que murió de azúcar sin saberlo. Y sin la calle no había juegos ni diversión. Las jornadas más tristes eran los domingos sin futbol y los días sin calles y sin juegos. Aquella imagen de verme parado viendo desde la ventana la soledad de la calle en un corcovado, observando las corrientes de agua lluvia entreveradas que iban rumbo al rio es un recuerdo que siempre se me revela cuando estoy triste. Y es la misma imagen que ahora veo por la ventana de mi apartamento en el patio pequeño. Apago el abanico porque hace mucho frio. Regreso a la cama, recojo la manta que está amontonada con los libros sin terminar de leer, apago la radio, me cubro de pies a cabeza y me tiro a dormir. Hoy no habrá noticiero. La excusa es válida para seguir durmiendo, después de cinco años haciendo lo mismo, madrugando al noticiero de las seis. Ayer estuve seguro de que ha sido una cosa inútil, de hablar como un loro sin esperar respuesta de la gente. Nadie me dice por la calle que me oye, ni me tocan el hombro para felicitarme, como a tantos locutores que se ufanan de manejar una sintonía espantosa, una manta, para un millón de oyentes. Y supe que estaba perdiendo la batalla de tantas madrugadas a las tres de la tarde de ayer, cuando prendí el radio y escuché al viejo octogenario, orgulloso, presentando su programa de porros y fandangos, con una voz suave y ya gastada, con buen acento, sin comerse una sola ese, haciendo siempre lo mismo por más de sesenta años, sin poder cambiar nada de esta sociedad. Y para colmo, el pobre colega- en quien me reflejo yo ahora- se presenta como un amigo de siempre de ya hace muchos años, lee los números de su licencia de locutor y carnet de periodista de cuatro dígitos expedida por el Ministerio de Educación Nacional. ¿Para qué sirve eso hoy? Me pregunto. El Articulo veinte de la Constitución Nacional pregona una libertad de opinión y de crear medios masivos de comunicación por el solo hecho de ser ciudadano colombiano. Ni es el periodismo una profesión ni es de alto riesgo. ¿Qué más riesgo que ser pobre toda la vida, de morir abandonado en un cuarto oscuro como yo? A la mierda el periodismo. Yo no seguiré las huellas del viejo Juan, que mantiene su programita de media hora, poniendo porritos todos los días, leyendo dos o tres cuñitas para sostener su vicio radial y morir con dignidad, con siquiera una placa de honor del Gobierno. No. No seguiré allí. Eso pienso ahora que vuelvo a pegar los ojos para seguir en ese estado en que somos inermes al dolor de estar despierto. En pocos segundos fui un árbol inerme, pero a las 5 y 48 ya estaba despierto y en pie, me puse un jean arrugado, zapatos deportivos y un suéter amansa loco, me lavé la cara y salí. Ya no llovía casi, pero tuve que tranquear los charcos del patio e irrumpí en la calle solitaria, en medio del pis pis agobiante. El frutero de la esquina abría su kiosco, pero el tendero se había contagiado con este día de pajarito. No había abierto su chuzo de café y panela. Y con un día tan hermoso no dan ganas de ir al trabajo.
Me gusta tomarme el tinto con Fujimori, porque este muchacho, que tiene ganado su territorio en por lo menos cuatro cuadras, me saluda con el nombre de Ana María. Acababa de llegar en una moto con sus termos a lado y lado y se ufanó de hacer el nombre de Dios conmigo.
– Aja, Pocho…Y Ana maría?
– Se me fue para Barranquilla, pero antes que llegue diciembre la corono.
Todos los días es lo mismo. El parece más enamorado de ella que yo, que empecé a despreciarla un poco cuando se fue con un cantante paisa. Pero la culpa no es del paisa, sino mía, que me mostré débil cuando la tuve al alcance y al menos podía darle los buenos días todos los días. Ha sido ella, sin duda uno de mis peores fracasos.
A las ocho regresé a mi pocilga de mosquitos. Entré y no encendí el abanico, como todos los días anteriores de los meses anteriores. Tenía ganas de bañarme para ver si lograba depegoñarme de esa costra del sudor y la soledad. No hacía falta el abanico, porque el viento era frio y ya tenía controlado los mosquitos. Eso pensaba, porque cuando me preparaba para el baño, sentado en la tasa del inodoro, mientras ponía mi telegrama de suspiros y alivios, aparecieron dos pequeñuelos. Eran animalitos débiles, que muy seguramente habían nacido con el aguacero de la madrugada y habiéndose colado por la ventana, trataban de acomodarse de alguna manera en el baño. Fui inmediatamente a la cama y tomé el aerosol mata mosquitos. Regresé al baño, prendí el foco y vi el primero, pegado a la pared. Con el primer rocío voló a lo alto, hasta donde lo alcanzaron los siguientes chorros al estrellarse con el cielo raso. Cayó al piso muertecita. ¿Era hembra? Después seguí el rastro de otros dos pequeñines de vuelos lerdos que habían resucitado de la parte baja del bacinete y se habían perdido en la lugubredad de la habitación. Rocié bajo la cama, en el cortinaje (donde se camuflan eficientemente) y en el ropero. En este instante, con el aerosol en la mano, me vi idéntico a mi padre, enemigo número uno de los mosquitos, las cucarachas y los ratones. El foco de cuatro baterías, el mazo de llaves, y el mata mosquitos, son parte de su vida. Ahora soy igual a mi padre y a medida que envejezco, más a él me parezco.
Recuerdo que es miércoles y que no tengo muchas tareas pendientes. La cama esta aparente para seguir flojeando. Apago la luz, tomo la sabana y me acuesto. Al rato siento en los bellos de mis piernas un roce extraño, como si me acariciaran los pelos. Es casi imposible verlo. Se trata de un mosquito debilucho, que busca torpemente mi sangre, tomo el aerosol, le echo un chorro y me acuesto a dormir.
***-
Hoy amaneció un mosquito en la bruma espesa de la fría mañana. Lo vi de reojo, planeando acompasado con mí andar al regreso del baño. Pensé que era un sucio en la parte superior de mis cejas, que andaba a mi par, pero no. Los mosquitos sobrevivían a los venenos y en el reservorio de agua destapada, se reproducían como por encanto. Me acordé de María: La última vez que la vi.

EL COQUERO DE NARIÑO.

Sin el coquero, la vetusta caja de hicopor no es más que un depósito de basura. Con el coquero, que ofrece el agua de coco fresca para calmar la sed, la calle Nariño se vuelve una fiesta. Y el coquero es alegre. Y el coquero es coqueto. Ofrece el plan separa, como cualquier botica de ropa fina, que en sus vitrinas hace rebajas suntuarias para atrapar a sus clientes.
***
El dolor le comenzó un poco después del mediodía un jeme más arriba de la verija, en el entresijo de su flácida panza y ese pecho que alberga un noble corazón. Y en la medida en que caminaba se le nublaba la vista, pero no se detenía. En sus 56 años jamás había ido al médico. Una moto taxi lo recogió cuando ya iba perdido en los tiempos, pero no fue al médico directamente. Así llegó a su posada. Se reposó, habló con su mujer un rato y por la noche fue directo a la UCI. Todavía no sabe cómo lo logró, porque no había usado jamás aquello del Sisben, y pronto le dieron cuchilla. No me explico como este vendedor de patillas, magro como un bocachico desecado, de ojos inmensamente verdes y achicados, es atacado por la enfermedad de los ricos. Tenía tres arterias tapadas y el infarto le dio cuando caminaba bajo el calcinante sol de Sincelejo. Se había comido una sopa de mondongo en un almuerzo retrasado, recogió sus corotos y empezó a caminar a su casa, cuando le empezaron los dolores. Duró nueve días en la Uci y su enfermedad se sintió en toda la calle. Yo que lo saludaba con tanto cariño, preguntándole si había patillas, a sabiendas de que sí había, sentí ese inmenso vacío. El parapeto donde pone las frutas estaba guardado. La gente empezó a preguntar. Yo pregunté. Todos preguntamos por el vendedor de patillas. No sé cómo es su nombre. Alguna vez me contó que es desplazado de Colosó, a donde no regresó jamás. Al principio, instaló su parapeto en cercanías de la Droguería San Judas. Siempre vendiendo lo mismo. Hasta que un día lo echaron más abajo, en el Bancafé. Y así fue rodando, según las revueltas callejeras. Ahora está en la zona verde, protegida de motos, en la carrera 17 con calle 24, esquina, frente a la casa más vieja, que es parqueadero y restaurante a la vez, más restaurante que parqueadero. Allí ancla su alegría. Y allí vive al filo del desastre, porque al Alcalde de turno se le puede ocurrir que ya no querrá más ventas en el sector y lo echará, entonces le pasará como a los negros de Getsemaní de Cartagena o a los nativos de Barú, a quienes han ido echando a las orillas. Eso pensé desde que lo conozco, pero no había imaginado que sufría del corazón. Y lo más heroico, es que sin un carnet y sin más ayuda que su mismo corazón, alguien lo operó sin cobrarle un peso.
Por estos días ha vuelto al lugar y he sentido envidia de la buena. Este vendedor de patilla es muy querido en Sincelejo, todos lo saludan, a todos saluda. Su convalecencia la supieron todos y todos han acudido, ahora que ha regresado, para darle un saludo y desearle lo mejor, mientras sigue atento en la venta de torrejas de patillas, papayas y naranjas.
Su rutina es la misma. De madrugada va al mercado, donde adquiere los productos. Y desde la mañana se instala en su puesto, vende que vende. Allí mismo almuerza. Y antes de las tres, cuando calcula que se ha sacado el día, se va a casa a reposar, para ese otro día repetir la rutina de la vida, sin saber hasta cuando aguantará su corazón de patilla.
Y como siempre, cuando veo sus productos lo saludo:
– Niño, hay patillas.
…Y él, sin dejar la alegría a un lado me responde, sabiendo que su confirmación sobra:
– Si hay.

MI VIEJO, MODO MALICIOSO.
Mientras me servía el primer tinto del día mi viejo merodeaba por la cocina tirándoselas de pendejo. Yo me hacia el que no lo observaba, atento a echar el tinto en un vaso pequeño, más pendiente de darle el primer sorbo que de otra cosa y casi de forma mecánica puse la tapa al termo sin apretarla. Fue allí donde me soltó el regaño, que le apretara la tapa al termo porque se le iba a desconcentrar el calor y entonces ya no sería tinto sino un agua desabrida y tan fría como la nariz de un perro.

-¡Todos están cortados por la misma tijera! Gritó.

Mientras le apretaba la tapa al termo, le respondí:

– Claro, viejo, somos igualitos a ti-le dije como en forma de reproche- mientras terminaba de apretar la tapa al termo.

El, con el mismo desparpajo, sin camisa y preparándose para el baño, empezó abandonar la cocina, con la manta en el hombro, un poco rengo. Tomé el pocillo de café y me tragué de un solo sorbo lo que quedaba, pensando en la noche de anoche. Después que estuve tentado a volarme la paredilla y meditar profundamente, quedé rendido como una piedra. Mi mente volvió a navegar por los peladeros de Frio de Perros y me vi bajando lomas (buen sueño, según mi hermano José). La noche estaba muy fría, pero prendí el abanico de pie para espantar los mosquitos, de modo que ese fue el primer tema de conversación. No admitía que con una noche tan fría hubiese prendido el abanico. Es un tipo que cuida mucho del ahorro de energía, siempre está celando la economía y la cerradura de las puertas.

– ¡Esta casa parece una ciudad de hierro!

Es lo que siempre dice, cuando todos los bombillos de la casa están encendidos.
Esta mañana, como siempre, fue el primero en revolver los chócoros de la cocina. Lo sentí mover cosas en el auto. Lo revisó, lo prendió, lo apagó y se puso a hacer el café. Apagué el abanico y me quedé pereceando en la cama, donde había dormido enredado en varios cojines de los muebles y el celular, Él había tocado con sus nudillos en la puerta de mi cuarto antes de poner la olla del tinto en la estufa, pero no me levanté sino después, cuando ya estaba bien claro. Quería reclamarle porque un sector de la sala de estar estaba a oscuras.

-¿Qué le hiciste a la luz anoche?, me preguntó, algo contrariado.

– Nada, yo apagué el televisor y la luz, nada más, le respondí, saliendo para el baño a descargar mi próstata.

– Para eso es que sirven, todo lo dañan- me dijo- tienes que pagarme para buscar un técnico.

En realidad, supe más tarde, que las instalaciones venían con problemas y no era la primera vez que el interruptor de la energía que controlaba todas las luces del patio, se deñaban, pero quería buscar un culpable. Y yo, claro, era el perro más flaco.

Desayunamos en silencio. Ël ñame con pescado. Yo huevos revueltos con ñame y café con leche. Sus comidas siempre han sido superiores a la de los demás. Siempre se ha querido mucho, con una autoestima que va mucho más allá de su suerte- según él más torcida que un árbol de viva seca-. Recuerdo que de niño, comía pollo, pura pulpa, porque los pellejos se los tiraba a los perros y esperaba que las gallinas salieran cacareando detrás de los bultos de palma parados de cabeza contra las paredes para correr y tomar los huevos recién salidos del horno y así- calientes del culo de la gallina- los despicaba y se los tragaba sin cerrar los ojos.

MI QUERIDO SEÑOR GUAPO.

Mi querido señor guapo, se ve que usted es lanzadito, no llevamos un día de conocernos y ya usted está haciendo insinuaciones y cosas con la mirada. Le veo sus ojos lujuriosos mirándome las piernas. Si quieres me bajo de este auto antes que me arrepienta, bueno, pero ya estamos en esto, que le digo, ya no soy una niña, conozco a los hombres. Si ayer hubiese tenido la experiencia que hoy tengo como mujer, mi marido no se hubiese ido con otra. Hoy sé cómo se explota el cuerpo de una dama, cuando tenga la oportunidad de demostrarle, que no será hoy, verá lo experimentada que soy. Tengo nueve años dejada de mi marido, con tres hijos que adoro, y en estos años he tenido algunos novios, novios con derecho, como dice usted, señor guapo, que me han enseñado que todos ustedes quieren lo mismo, sexo, sexo, sexo y ya. Hay cosas mejores que el sexo, como una conversación sana, unas cuantas cervezas en el kiosco mi Tío, donde Lencho no me gusta, ser amigos, ayudarnos. Hoy soy muy experimentada, y puedo servirle como es debido. Y no es que la tenga pequeña, como usted insinúa, lo que pasa es que no puedo demostrárselo, porque no vine a costarme con usted, señor guapo, ni estoy preparada. Además, estoy estresada, porque llevo tres meses sin trabajo y tengo a mi mamá y a tres hijos para mantener. Y esas empresas que lo contratan a término fijo son muy explotadoras.
–¿por qué te dejaste con el hijueputa?
Me la hacía con otras. Pero ahora que ya sé cómo es la cosa, hasta razón tenía. Yo era muy pendeja y delicada, después de cada parto me tomaba dos meses en que no había sexo con él, era chapada a la antigua, me cuidaba. Eso eran baños y cuarentena, en que él pobre me cuidaba mucho. Y obvio, se aburrió y se fue con otra.
Aquí donde usted me ve, señor guapo, en este cuerpecito pequeño, hay un fogaje máximo que algún día le demostraré. Usted tendrá su porción, pero no será esta noche, porque debo irme. Además, señor guapo, usted me gusta por el color de su piel, jamás he estado con un negro.
– Y como aprendiste los asuntos del amor?
Con mi sobrino y una amiga. Mi sobrino es un revolucionario en eso de la Internet. Nos encerrábamos a bajar videos y mirar las estrategias, de modo que fui aprendiendo a sacarle el máximo provecho al cuerpo. Si uno lo usa bien, no habrá marido que lo deje.
Bueno, señor guapo, me voy, deme para la moto, que nos veremos pronto.

MI HISTORIA ES MUY TRISTE.

Algo había de extraño en aquellos ojos verdes, tan verdes como el mar de Coveñas, que llevó a aquella mujer cincuentona a mi oficina una tarde de Mayo. Su alegría espontanea iba más allá de su amor por la música y por la radio. Era la segunda vez que la veía en el estudio de grabación que dirijo y creía que coqueteaba con el grabador, a quien le fue a pedir unos discos de la vieja guardia.

– Duermo oyendo música, dijo, mientras le acariciaba la cabeza.

Tenían una confianza única y pensé que eran amigos ratón del queso.
Pero en esta segunda visita, con el pretexto de reclamar un CD con temas de Los corraleros de Majagual, me di cuenta que más allá de ese amor desmedido por la música y por la radio, la visita conllevaba otras intenciones.
Esta vez fue hasta mi aposento con algo de cautela, como gata que caza una marioneta y se asoma al acecho. Asomó sus ojos y pidió permiso. Como vi que sus hermosos ojos verdes, bajo un pelo recogido un poco cano y amarillo, se posaron en el texto que leía, le dije que Jalara la silla que estaba en la esquina, para no distraerme del texto. Fui un poco brusco, pero en ese momento debía resolver cosas urgentes. Pero ella, con urgencias en su intimidad, fue sumisa a mi orden. Tomó la silla y la trajo hasta mi escritorio, se sentó a mi lado y pronto, sin disimulo, metió sus ojos en mis redes sociales.

– Ven- le dije- para mostrarte este montón de mujeres que están ofreciendo de todo por estas redes.
– No me gustan esas cosas, allí le graban todo a uno.
– ¿Le tienes miedo?
– Si. Porque mis hijos están grandes y ven todo.
– No tienes Facebook?
– No. Eso pierde a la gente.

Aun no sé cómo se llama, dice que se casó muy joven con un relojero, que lo hizo a escondidas y que jamás le fue infiel, aunque reconoce que una mujer, por muy santa que sea, siempre tiene pensamientos insanos. Sin tapujos dice tener 57 años y que su marido, con quien se quiere separar porque sí, debe tener 59, pero en la cédula le aparecen como 64, será porque antes la gente salía del monte y les ponía años de más y eso era malo. Nunca ponían la fecha exacta. Algunos referenciaban el día del aguacerazo o el día que la vaca derramó el tinajón del agua.

– No le veo nada malo, uno tiene los que tiene, aunque se los quite, le dije.

En ese instante terminé una conversación en al chat con un cliente por problemas de tierra y la volví a mirar a los ojos. Ella tenía una tristeza profunda que en ese momento no podía ocultar. Pensé que iba a soltar el llanto. Solo necesitó de un empujoncito para lagrimear. Estaba reventada por dentro, no tenía un peso en la cartera para el pasaje de regreso, pero su tesón de mujer discreta, más allá de su risa y de sus ojos, le impedían confesarse ante un desconocido.

– ¿Por qué está usted tan triste?

Le pregunté cuando vi que su alegría- se meneaba con el porro que estaba puesto en la emisora- se había transformado en llanto.

– No estoy triste. Dijo y soltó la carcajada, con esos dientes trajinados, pero aún blancos.
– Si está triste, soy psicólogo.

– Usted no es psicólogo, es periodista.

– Soy comunicador, pero nosotros estudiamos varios semestres de psicología y usted está muy triste, algo le preocupa, lo veo en esos mares derramados.

Ella lagrimeó. Se reacomodó en la silla y se pasó la mano derecha por uno de sus bellos ojos.

– Es cierto, tengo una historia muy triste.

– Le propongo algo, cuénteme su historia.

Ella volvió a reír, esta vez con cierta amargura y algo de duda.

Aproveché su duda para contratacar:

– Hágase la idea de que soy su padre confesor. Nada saldrá de los dos.

– Y cuándo me va a dar?

– No, nada, eso la desahogará y a mí me quedará la trama.

Ella volvió a reordenar suposición en la silla y se enderezó el cuello de la blusa.

Fue donde aproveché para desnudar su pensamiento, cuando ella me electrizó con sus ojos verdes.

– Usted debió paralizar las recuas de burros cuando caminaba por esos caminos reales en su juventud, le insinué.

– Es cierto- respondió ella- pero me casé escondida cuando tenía 17 años.

No me diga, le plantee, que en estos cuarenta años no se le ha pasado por su pensamiento acostarse con otro hombre, ni que ha estado a punto de ser raptada por un gallinazo de esos que vuelan bajitico por los patios de los pueblos, como Lizardo Guzmán y Manuel Sierra, en los discos de Calixto Ochoa.

– Claro, dijo ella, como no, a uno siempre se le pasan pensamientos de esos. Me aguanté cuarenta años, pero ahora sí que quiero tomarme unos traguitos con alguien que me invité.

– Apa, pero que bueno.

Ella seguía impasible.

– Y si su marido se entera? Le advertí.

– No se va a enterar, porque si estamos solo tú y yo, no.

Fui yo entonces quien me puse tembloroso. Ella me agarró la pierna izquierda con su mano caliente.

– Perdone que le pregunte intimidades, pero cuanto hace que no hace el amor?

– 22 días.

No le pregunté por el afortunado, sin duda, su marido de toda la vida, lo que me ponía a dudar, porque su coquetería innata, ingenua, la hacía notar entre muchas mujeres y además, su marido la celaba y si la celaba era por algo.

Mientras la interrogaba, pálido por su propuesta de frente, ella se reclinó en la silla y entrecerró los hermosos ojos verdes, mientras simulaba que estaba siendo amada.

– Le gusta hacer el amor?

– Me encanta, cierro los ojos y me dejo llevar al fin del mundo por ese animal salvaje.

– Y por qué a esta edad?

– Deben ser locuras de vieja, la menopausia.
Cierto, le dije, la menopausia es una etapa muy bella en las mujeres. Y no se trata de fragilidad ni apatía, sino renovación de la pasión.

Volví a mirarle los ojos. En medio de esa alegría destellante, musical, aparecía un alma triste, a punto de llorar.

– Es que mi historia es muy triste, volvió a decir.

Y esa historia, la sabremos mañana, porque le voy a coger la caña de bebernos un par de cervezas.

Dos solamente.

LA MUCHACHA DEL MEDIODIA.

Voy a usar una frase de cajón, un lugar común para introducir la crónica de mi vida, porque jamás pensé que la reacción de Ane, cuando le pedí que nos sentáramos en una banca del parque, poco antes que me aceptara de novio, iba a marcar el derrotero de esta vida de sufrimientos y de celos, que nos llevó al abismo de la intolerancia y después a la separación. Atravesaba entonces una situación difícil. Mamá había muerto y trataba de acomodarme en mi primer trabajo en una ciudad caótica, oscura, violenta. Cruzaba la vida como si fuese sonámbulo, no sabía para qué era el noviazgo ni el trabajo ni los besos ni nada. Y esa inocencia con la que llevaba la vida creo que pudo salvarme de las armas que apuntaban contra mí, porque actuaba con tanta naturalidad, que es posible que quien fuera el que iba a matarme, creyó en mi inocencia absoluta. Andaba, pues en manos del destino que me empujaba como una leve brizna por las calles y vericuetos de la vida. Me salvé de esas armas que apuntaban a mi cabeza, pero me fui en los abismos de un amor a primera vista, o asegunda, no sé si así sería, a la tercera quizás. Ni las fotos de la época sobrevivieron a sus brotes de celos como para reconstruir aquellos pasajes oscuros que a veces trato de reconstruir con mis amigos a través del Facebook.

– Sentémonos aquí- le dije- mientras le mostraba la banca del parque en un costado de la iglesia de donde la acababa de rescatar. Era rezandera y tradicional, pero estaba vestida como toda una reina.

Y ella, en un eterno gesto de altanería, me respondió que no era ninguna mantequera para sentarse en una banca del parque. Estuvo a punto de abofetearme. Me puse colorado de la verguenza y casi me fue difícil salir de aquel trance, de mi honda torpeza. Fue cuando me di cuenta de que el parque era muy oscuro y que la gente caminaba con demasiado afán, como huyendo de ellos mismos. Estaba aturdido por su respuesta inesperada. Jamás había salido con una muchacha tan altanera en aquella ciudad oscura cagada por las golondrinas y sacudida por una violencia feroz entre guerrilleros y militares. No conocía sitios para llevar a una mujer decente ni tenía la experticia de conquistador. Venía de dos fracasos sentimentales estruendosos, a los que se sumaba la muerte repentina de mamá. El primero fue en el bachillerato, el primer amor en olvidos, que me dejó por lo menos seis años con la mente en blanco y el corazón paralizado. Y después fue Eune, que me traicionó de la manera más vil, cuando creí que había encontrado el primer amor reencarnado en ella y su caderaje moreno.
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Acababa de llegar a aquella ciudad cuando conocí a Eune. Pensé que la búsqueda incierta del primer amor había terminado. Durante la universidad solo hubo chispazos de amor, pero ninguno como Iris, la muchacha del pueblo que se había casado de diecisiete años con un estudiante de medicina que se volvió loco al conocerla, dejó tirada su carrera y la raptó, causándome un dolor fecundo. Por ello cuando José Miguel, el contador de la empresa donde trabajaba me dijo que me asomara para verla, y la vi, no dudé que era la reencarnación de mi sueño, era Iris, pero mucho más hecha y elegante. Eune atravesaba la calle con un paraguas negro que se conjugaba con aquella cabellera azabache, casi azul, que caía sobre unas nalgas firmes. Todos nos asomamos a verla y pronto desapareció en la esquina. Eran las doce del mediodía y dábamos por terminada la jornada matinal.

– ¿Quién es ella, como se llama, que hace, donde vive?

Mis preguntas atropelladas causaron risa en José Miguel, que me respondió con otra risa más burlona que solo comprendí cuando ya mi corazón estaba roto otra vez. Traté de correr a la esquina para seguirla y pegármele como un garrochero al gavilán mayor, pero José Miguel me atajó.

– ¿Quieres conocerla?, me preguntó.

– Claro, tú la conoces?

Él se siguió riendo con picardía, borlón, quizás porque ya sabía quién era aquella muchacha enigmática que paralizaba las oficinas o más bien las revolucionaba, porque todos se asomaban a verla pasar.

Después de torturarme un buen rato, me propuso:

– Yo te llevo donde vive, pero te vale una canasta de cerveza.

Era mitad de semana y la quincena me llegaba al final, de modo que le dije que sí, que el sábado le cumplía. Nos iríamos a un billar y después a la orilla del rio a beber cervezas y a hablar de Eune, la mujer que me devolvió el amor.

AGUA LLORADA…

Antes de que la guerrilla y los paramilitares señalaran la geografía de los Montes de María a punta de bombas y plomo, Adolfo Pacheco Anillo había pintado esta región del norte de Colombia con magníficos colores. Lo hizo en versos. Lampaceó a la hamaca grande. Emuló el Cerro de Maco a la altura del pico más alto de la Sierra Nevada. Pinceló la nostalgia cantando al Viejo Miguel. Y como Adriano, el ciego, pintó los repliegues del alma, pensando en que lo negro algún día sería bello.
Pacheco no estuvo solo en la emancipación de la región en sus cantos. San Jacinto, su tierra natal, esa especie de cruce de corazón de Colombia, considerado el núcleo humano más importante de la colonia española después de Cartagena en Bolívar, fue desde sus inicios, una especie de cruce de caminos, por donde pasaron varias civilizaciones, con asentamiento de los zenues, indígenas mansos, habilidosos para la música y la artesanía, con más de cuatro mil años antes de Jesucristo. Algunos les decían los indios parranderos, pero Pacheco, con su fuerza poética los bautizó en su hamaca grande “como indios farotos y sus viejas gaitas”, quizás pensando en que las farotas eran la forma más ingeniosas que tuvieron los nativos para pillarse a los españoles con sus mujeres, vistiéndose como tales. Esas eran sus historias sagradas.
Los indios que halló Antonio de La Torre y Miranda a su llegada, el 8 de Agosto de 1776, en la misma fecha que nació Pacheco (pero en 1940, 164 años después), sin la preparación para soportar el trabajo duro y sin libertad, enfermaban, por lo que el español llevó refuerzos desde Piletas, hoy Corozal, Sucre. Y después se formaron los palenques de la Haya y Matuya, zona rural del Municipio, que fueron no solo un refuerzo para el trabajo duro, sino para imprimirle más fuerza a la música, con sus tambores libertarios. En San Jacinto se dieron las dos escuelas de la gaita, la negra y la indígena. Lo mismo pasó con el vecino Municipio de El Carmen de Bolívar, la tierra de Lucho Bermúdez. El refundador los diferenció cortándoles el cabello, por eso el gentilicio del San Jacinteros es “Los mochos”. Pacheco, también con su fuerza narrativa, hace énfasis, en “Adiós 16 de Agosto, adiós alegría”, en su tema cumbre, El Viejo Miguel. El 16 señala el onomástico del pueblo, día del santo Polaco, y el 8, el de la fundación, que es su fecha de nacimiento. Todo coincide cronológicamente, como si ya hubiese estado escrito, según cuentan los anales.
En su labor de cronista, Adolfo Pacheco no estuvo solo. A los ocho años se le pegó literalmente a un hombre que era más que todo el mundo, Toño Fernández, el gaitero más grande del mundo, quien tuvo la osadía de ponerle versos a la gaita, que entonces era muda. Toño era el hombre que le amenizaba las parrandas al viejo Miguel Pacheco Blanco, el dueño del famoso Gurrufero, un salón de baile inmortalizdo por su hijo, antes de que una quiebra económica lo mandara para Barranquilla, buscando paz, consuelo y tranquilidad. Pacheco Blanco, contador público empírico, se había hecho al lado de la casa Matera, de origen italiana, que tenía fábrica de hielo, jabón y exportaba ganado.
En una de las giras de Toño Fernández a Plato, Magdalena, se llevó al hijo del viejo Miguel. En el camellón del Rio Magdalena, sobre un camino que se enrumbaba sobre unos trupillares, el maestro le dijo al niño:
– Ado, espérame aquí, que voy a echar una cagada folclórica.
Y dicho esto, se perdió por el camino, dejando al niño con esa inquietud, con una especie de fregantina en el corazón. La palabra folclórica, asociada al acto de defecar en un camino real, de cuclillas y quizás espantando el asedio de los animales, fue el inicio de una curiosidad que aún no se le borra, en asuntos de folclor, que no solo se limita a la música, sino a la gastronomía y a la cultura popular, aquella de convertir los in satisfacientes de la vida, en un acto de imaginación, para hacer de la vida un acto de belleza.
Una de las preguntas iniciales fue ¿Acaso en la ciudad las cagadas son menos folclóricas? Ya con decir popó o poner un telegrama, había una diferencia.

LA DIFERENCIA.

Viajando de Cartagena a Sincelejo, mirando el monte y los paisajes sabaneros que se explayan a lado y lado, donde están todos los recuerdos, por la ventanilla del automóvil, a lo lejos se ve el cerro de Maco, a la derecha, en lo alto. Desde este punto, en medio de la bruma del cielo pardo, se vislumbra una silueta que parpadea, como algo metálico que se mueve indefinidamente. Es un ala del radar que instaló la Aeronáutica Civil para vigilar la aeronavegación del mundo. Según los ingenieros, este es el punto más estratégico del mundo, el más exacto, el meridiano para vigilar la aviación, a 820 metros sobre el nivel del mar, siendo la elevación máxima del departamento. La diferencia con el cerro de La Pita, que se haya en el vecino Ovejas, a unos 24 kilómetros en línea recta, en el mismo cordón montañoso (estribaciones de la cordillera Occidental) no es demasiado. Ambos cerros cumplen una función comunicativa estratégica. Con una sola diferencia, al Cerro La Pita no lo mencionan los compositores, mientras el Cerro de Maco, Adolfo Pacheco, lo usó como el horcón esquinero en el que se cuelga la hamaca.
Después de la curva de Los Cacaos al frente de los montes de los Colorados, que es la mayor reserva ecológica de San Juan Nepo, empiezan a aparecer nombres que emparentan a la región con hechos históricos del país. El primero es la finca Regeneración, en el Palmar del rio. Después viene Palo Negro y Peralonso, que hacen alusión a tres batallas de Colombia. Según el historiador Diógenes Arrieta Caro, el horizonte político de Colombia, atraviesa por San Jacinto y esas haciendas no llevan esos nombres en forma advitraria, pues el primer alcalde costeño en regir los destinos de Bogotà, era de este Sitio, llamado a sí porque fue varias veces sitiado en la guerra de los mil días, la que propicio varios éxodos, de los que surgieron otros pueblos, como El Difícil, en el valle de Ariguani, Magdalena, donde son comunes las riñas de gallos, las fiestas en corralejas y las bandas de vientos que suenan los porros.

La geografía sabanera, está marcada por la violencia, pero fueron en el pasado los compositores, quienes se encargaron de perdurar la memoria. El 1 de febrero de 1950, un bus escalera que iba de Sincelejo para Ovejas, se incendió en la curva de la santa. En el hecho solo sobrevivió un ciego. Carlos Araque, un Guajiro residenciado en Ovejas, hizo del siniestro un merengue alegre para narrar un hecho luctuoso, en el que “Los santos también lloraron”. El poeta José Ramón Mercado estaba soltando un caballo en las pajas cercanas aquella tarde y vio las llamaradas. El periodista Ernesto Mc Causland hizo una película basada en el tema, pero el relato emblemático de este tipo de hechos, es la muerte de Eduardo Lora Castro, ocurrida el 19 de marzo de 1953 y de que solo queda un sobreviviente, en la loma La Venera, después de San Juan Nepomuceno.
LAS CINCO INTERROGANTES.
Andrés Landero , quien tenía apenas veintidós años, en aquel velorio, donde escribió la letra aun con el cadáver freso, no sabía quién era Harold Laswell, el tratadista norteamericano que se inventó la teoría de los cinco interrogantes. Y Landero, poco letrado, quien solo tocabas su acordeón con tres dedos, dio respuesta a los interrogantes básicos de la notica. La gran elegía, comparada solo con la muerte del pintor Molina, Alicia Adorada y va embazada en unas notas tristes, en que el acordeón llora a su mejor compañero, cuando Landero lo ve “tendido en la carretera”.

A veinte y tres kilómetros de San Jacinto, al sureste, ya casi besando las aguas del rio Magdalena, estaba Bajo Grande, un pueblo de 92 casas arrasado por los paramilitares. Es una zona árida, de trupillos, zarzas y pringamozas, pero sobre todo cactus de todos los estilos, especialmente el cardón de tres filos, apetecido por las vacas, al que le dicen pitahaya. Es la zona de San Jacinto más pobre, pero el único banco de para la fábrica de la chuana, el instrumento amerindio que más se identifica con sus músicos. De allí son los hermanos Escobar, anónimos intérpretes de la gaita. Ellos fueron los más afectados por la ola de violencia que atacó al Municipio desde 1987, cuando guerrilleros del EPL mataron al inspector de policía, Ramón Ortega, luego de un juicio popular en la plaza, donde hicieron concurrir al pueblo. De allí se fueron de a pie y cuatro horas más tarde, hicieron lo mismo con el inspector de policía de Jesús del Monte, en jurisdicción del Carmen de Bolívar.
Después llegaron los paramilitares, quienes causaron varias masacres. En la última, un octubre lluvioso de 1999, los paramilitares mataron cuatro muchachos e incendiaron el pueblo. Uno de esos chicos era Dibier, el último hijo de Avelino Escobar, quien ahora, de casi noventa años, vive su soledad en San Jacinto.

CARTA A NENÉ.
Querida Nené:
Comprendo tu temor de salir en una ciudad como aquella que tiene su afán y su misterio para el provinciano, porque pese a que eres de Santa Marta, curramba siempre nos aprieta en el alma a quienes somos de veredas, pueblos o ciudades más pequeñas. El trafago del tránsito pesado aturde nuestros oídos entrenados entre el canto de los arroyuelos y el susurro de las hojas al caer. Recuerdo, al ponerme en tus zapatos, mi primer día de clases. Ese día fue mi primera perdida. Salí en el bus de Alfonso López, cerca del puente cuyo fondo era de bajos mundos, en la carrera 21 con 47B y me bajé en el centro, entre el estrepito del mercado persa que te aturde, teniendo como referencia aquella iglesia que naufragaba en el bullicio, donde me perdí. No hallaba la forma de encontrar mi segundo bus del viejo Prado que me llevara a mi primer encuentro con mis primíparos comunicadores, entre quienes naufragaba tu carita de niña y tu lunar eterno. Por eso ahora que me anuncias tu temor de ir sola al centro me pongo en tus zapatos y recuerdo cierto sábado que caminaba atontado, pensando en mis vacas y mis terneros, rumbo al bus del pueblo donde nos enviaban las razones de boca y las vituallas, la pared por donde acababa de pasar se vino abajo y aplastó a una muchacha de pueblo. Un minuto antes y yo no estuviera ahora tratando de desenmadejar este hilo de la nostalgia y eso siempre me ha asustado.
¿Qué es lo que tiene aquella ciudad de los trancazos, donde un sicópata ebrio mató a las Kalet y donde se cebó el sádico de puerto Mocho? ¿Fueron responsables los comunicadores que cantaban aquellas noticias precedidas de una sirena loca de ambulancia fiestera?
Te comprendo, mi nena, por eso quisiera correr y tomarte de la mano, para llevarte por esos senderos por donde algunas tardes fuimos felices en medio de la atmosfera borrosa de los recuerdos.

Sincelejo, marzo 26 de 2014, reanudando nuestra historia, nuestro libro.

GODO REQUETEGODO.

Todo comenzó una tarde calurosa en que el periodista Ismael Guerra de la Ossa sufrió una fuerte decepción política de su máximo jefe, el exministro y exgobernador, Carlos Martines Simaham, de quien fue jefe de prensa durante veinticuatro años, ganara o perdiera, mientras estuvo en el congreso de La República.

Aquella tarde el sol estaba más bravo que nunca y cuando Ismael-el alcalde más joven que ha tenido San Pedro-salió de su noticiero La Otra Opinión, de Radio Majagual, a la una de la tarde, parecía que el pavimento se iba a prender. Al asomar, con una agenda bajo el brazo, al edificio donde hoy esta Calza costa, tragó en seco. Sintió ganas de beber para desahogar sus penas y se fue al bebedero de ron que quedaba detrás del mencionado edificio, un sitio de mala muerte, sombrío y maloliente, que servía de terminal de transporte a los carros de La Gallera. Afortunadamente, allí se encontró con el maestro Alejadro Mieles, a quien le confesó, entre trago y trago de aguardiente su desdicha.

Carlos Martines Simaham, lo había traicionado. No había permitido que la esposa de Ismael, Milagros Sampayo de Guerra, permaneciera como secrataria Ejecutiva en el Intra, donde solo duró diez dias. El entonces senador habia preferido a una galerana que habia sido retirada de otro instituto estatal.
Al presentantarse la bacante, Gullermo Buelvas, el titular, consulto los cuadros del partido y concluyeron que Milagros cumplia el perfil y, ademas, era la esposa de un hombre de confianza, que trabajaba los 365 dias del año por la imagen del partido, pero la dicha solo duró hasta que la información llegó a oidos del senador, quien gritó que ese cargo era para una galerana, una paisana a quien no habían podido reubicar.
La crisis estalló en el partido. Ismael pudo presentir que algo malo habia pasado cuando el jefe del Intra lo citó. Una vez conoció la decisión fue a la oficina donde Milagros escribía oficios y atendía a varias personas, poque habia mucho trabajo acumulado.

– Aja, mijo y que haces aquí? le dijo ella, con gesto amoroso.

…y El viéndola de arriba abajo, con gesto adusto, le contesto:

– Recoge el bolso y vamos.

Y ella,mas sorprendida, le dijo:

– Y porqué , que pasó?

– Vamos, en casa te explico.

Tomaron un carro al barrio La Selva, sin decir nada. Ya en casa, Ismael tomó un baso de agua y le explico.
Ella, se hinco en su dignidad absoluta y grito:
– Carlos Martinez es un hijueputa.

Terminado el relato, el maestro Alejo volvio a servir el trago, entonces empezo a echarle carbon a Ismael para que abandonara el partido por esa infamia.
Cada hora, Mieles, que es un liberal inmortal, le recordaba el episodio y le echaba carbon.

A las cinco de la tarde, cuando ya habian consumido dos botellas galillonas, Ismael resolvio parte de la duda de Mieles:

– Alejo, me voy del partido conservador.

Tomaron el resto del ron, detuvieron un taxi y se fueron al barrio la Selva, donde ambos viven desde siempre, siendo unos vecinos muy solidarios.
Aribaron al quiosco de la esquina, donde continuaron con ron y bajaban el trago con cerveza. Y mieles, como siempre,no dejaba de echarle carbon e intriga al adolorido colega.

Serian las diez de la noche, cuando Ismael se puso de pies solemnemente y le expresó a Mieles que ya habia tomado una determinacion:

– Alejo, ya no voy a ser mas conservador.

Y Alejo, que habia esperado aquella confesion toda la tarde y noche, le pregunto.

– Aja, Ismi, y si no vas a ser mas conservador, ahora que vas a ser.

Ismael se empujó otro trago mas grande y con voz firme, respondió:

– Ahora voy es a ser godo, nojoda.

Ante tan inesperada respuesta ( de pronto Alejo anhelaba que su amigo se volviera liberal), el veteranto periodista se sacudio el fundillo y antes de irse a su casa encolerizado, dijo

– Godo, hideputa-

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• LAS MOÑAS DEL LUNES.

Muchas veces la Semana de pasión no comienza el lunes, como hoy, sino que es el cúmulo de toda una vida de errores y de maldiciones que van cayendo sobre nosotros, pero que se retuercen de dolor el lunes, porque es el día que todo el mundo parece escoger para resolver todos los problemas de la vida. Los bancos están llenos, las zapaterías no dan abasto y todo el mundo está de mal humor. Lo mío empezó porque soy desmemoriado para los rezos y este lunes no tuve ni tiempo de elevar una plegaria a ese Ser superior al que nos debemos. Que él me perdone. Creo que todo arrancó el viernes por la mañana, cuando mi mejor amigo me sustrajo del trabajo mañanero para invitarme a desayunar. Por lo regular mi mujer no hace desayuno. Es una mala costumbre que ha ido pegando de generación en generación. Mi niña de colegio si desayuna vomita, de modo que prefiere la merienda del recreo a desayunar. De modo que me fui con mi mejor amigo “Donde Olga Piña”, que hacía los mejores pasteles del mundo antes de partir pasteles con Juan Luna. Llegamos y comprobamos que ya no son los mismos. Comenzando porque la muchacha bonita que atiende no estaba. Nos recibió un hombre alto, panzón, calvo y mal trajeado. Lo primero fue que solo había un solo pastel y dos desayunos comunes y corrientes. Mi amigo, que era el anfitrión, pidió el único pastel para él. Yo me conformé con un desayuno de pollo, porque también había de cerdo y el cerdo me mancha, soy alérgico al cerdo. Mi amigo comió con gran apatito, sin levantar la mirada del pastel. El desayuno mío resultó muy saldado.
– ¿Es de hoy?, pregunté.
– Si, de hoy, me dijo, un poco extrañado.
Le pregunté porque en la calle venden comida vieja como nueva. Es una comida sudada y ya con signos de descomposición, que enferma mi pobre estómago. Vi que había jugo de naranja, entonces pedí jugo de naranja. El jugo estaba fresco y embolató el mal sabor del arroz. Cuando mi amigo fue a pagar, me acordé de mi pobre hija, que estaba en casa y me había pedido le llevara frutas.
-Llevémosle el desayuno de cerdo, plantee.
Tomamos el desayuno que quedaba. El tipo viejo lo metió en una bolsa plástica y lo completo con jugo de naranja. Mi amigo no aceptó que yo pagara el desayuno de mi hija y sosteniéndolo por la manigueta lo llevó protegido, mientras yo conducía mi auto, hasta el condominio, donde ella lo recibió con agrado. Pero caramba, solo se tomó el jugo de naranja. Yo había tomado la tarde del viernes para reponerme de esa enfermedad que quiebra los huesos y decidí quedarme en casa, desistiendo de ir a los eventos del viernes cultural. Quería reencontrarme con mis hijas. Pechicharlas en casa, pechicharme.
Por la noche, al regresar a casa, vi que el desayuno que le llevé a mi hija con tanto amor, estaba intacto. No probó bocado. Me dijo que estaba salado y que no le daba buena espina su presencia. Estaba mal empacado. Fue ese el motivo de la cantaleta que no me dejó descansar el viernes por la noche, ni el sábado ni el domingo y que pica hoy lunes.
-¿Quién sabe qué perra prepararía ese desayuno tan agrio?

Esa fue la primera frase para la diatriba de mi mujer. Por ahí arrancó. El que iba a dar comida daba lo mejor. Con ese arroz le iba a envenenar el estómago a la hija, que patatín, que patatán. El sábado llegaron malas noticias. A mi socio le habían quitado la moto el viernes y en mi oficina cortaron la luz por falta de pago. Me daban rabia las cosas, pero también era una forma de quedarme en casa descansando. El lunes no habría noticiero. Pero aún así Salí a arreglar mi auto. El mecánico que le dicen el tipo, que tiene cara de topo, me había mentido. Pague dos veces la bomba de la gasolina, y jamás la pusieron nueva. Ahora el carro fallaba, pero no hallé al nuevo mecánico y regresé. Yo no salí a arreglar ninguna bomba de gasolina. Ya me habían hecho un seguimiento y todos los sábados me perdía con la otra como era mi costumbre. La otra es aquella mujer que en mi mujer solo cambia de nombre y de sospecha.
Por la noche hable con mi hija. Como era posible que dejara el cuerpo del delito en la cocina. Si el arroz del desayuno estaba salado por qué no lo botó? Nada, mi mujer entró por allí a su tema favorito, no permitiendo mi descanso eficaz. Estaba tan malgeniado que me senté varias veces al computador a matar mi tedio con una crónica, pero no alcancé a poner ni el título.
El domingo fue de pereza y de lectura, pero sin concentrarme en nada. Apenas se tropezaba conmigo mi mujer prendía su cantaleta. A las tres de la tarde, cuando veía mi partido de fútbol favorito, mi hija menor se me acercó muy coquetona, para que la llevara donde una amiga. Acepté de mala gana, además, el Junior había perdido otra vez y estaba enterrado en la cola de la tabla.

II

Hoy lunes me levanté sin escuchar noticias. El radio se dañó. La emisora donde trabajo está apagada. Seguí pereceando. Me las tiré de dormido para no llevar a la niña al colegio. Su madre es la que la lleva. Además, hace un solo circuito y le conviene, porque están en la misma ruta. Pero antes de irse la niña me recomendó que le imprimiera un taller y se lo llevara al colegio antes de Recreo. En eso me comprometí, a sabiendas de que eso me variaba todo el calendario. En el baño no había suficiente jabón, cosa que me da rabia. Había poca agua en la regadera, por un daño en la moto bomba. Planché mi ropa, me vestí, di algunas indicaciones a los periodistas que dirijo y les anuncié que llegaría más tarde. ¿Dónde conseguía una fotocopiadora a esa hora? En mi oficina, bastante distante, no había luz. Atravesé la calle y toqué en la tienda de la vecina, la que muchas veces nos hizo trabajos de tarde o de noche, sin importar. Con las preguntas me di cuenta que me estaban vacilando por segunda vez. Que si eran a color o en blanco y negro, qué si iba a usar internet, que esto, que lo otro. Al fin me dijeron que la impresora estaba dañada.
-¡Dónde hallo impresora por aquí? Pregunté.
Desde adentro de la casucha, sin abrir la puerta, una voz se dejó oír.
– Por el barrio El Socorro.
Ya iba a ser la ocho de la mañana. No debía alejarme mucho de este lugar, porque el colegio de mi hija queda en el sector. Manejé al barrio el Socorro muy suave, pero no había negocios abiertos. Cerca de la Iguana me dijeron que más adelante. No había. Dejé mi auto mal parqueado al frente de la Gallera San José y caminé hasta la Gobernación. Al pasar por Tigo me acordé del litigio que tengo con esa empresa. En esa vida llegamos a resolver todo tipo de problemas. Al fin hallé una tienda de impresora y fotocopia. La muchacha , delgada, diligente, que me atendió, me hizo atravesar una sala en penumbras y al fondo una mujer que no levantó sus ojos del computador, mecanografiaba un trabajo. Ni siquiera prendieron las luces. Prendí el computador y me pareció que jamás iba a encender. A esa hora mi mejor amigo me delegó un trabajo que quedó sin hacer el viernes. Había viajado y ahora yo debía copiarlo y llevarlo al Gobierno. Le nacía otra pata al gallo. Me acordé que antes de salir mi otra hija me había pedido le fotocopiara el carnet de salud. Eran ya tres diligencias en una.
El problema fue destrabar mi correo. Ahora se han inventado unas preguntas dizque para comprobar que no somos un robot. Las cuentas no me daban. El código que enviaban a mi celular no funcionaba. Ya eran las 8 y 30. Debía entregar el trabajo de mi hija antes de las nueve. El carro fallaba. Lo mejor de todo fue que la muchacha delgada del negocio jamás me abandonó y me pareció tan buena su atención que al final le dije que se casara conmigo, que quería en mi vida a alguien que me ayudara, aunque fuese a marcar la contraseña de mi email.
– Lástima que soy casado, le dije.
– Eso no importa, me contestó.
Se llama Rosa y quedó en llamarme uno de estos días, pero de seguro ya se me habrá olvidado.
Le pagué sin reclamar los vueltos y caminé donde dejé el carro sin seguro, pensando que ya se lo habían llevado, pero ahí estaba. Manejé a través de un tráfico loco, hasta llegar al colegio. Le entregué el trabajo a mi hija y aquel beso que me dio, valió la pena, pero apenas empezaba a matar los problemas de la semana.
III

Llevé los papeles a la entidad del Gobierno, pero después supe que no estaban completos. Menos mal que allí vi unos ojos hermosos y un colega me recordó la hamaca que le debo. Debía llegar a mi oficina en el centro, donde parquear es un problema. De modo que dejé el auto en el espacio de la calle permitido y caminé a mi oficina. El hambre me taladraba el estómago. Compré frutas y fui masticando por el camino. Mi oficina aún estaba en penumbras desde el sábado. Nadie había llegado. La caminata y las frutas me habían dado mucha sed. Fui al dispensador y no había ni una gota del vital líquido. En esta oficina si yo no pido el agua, nadie lo hace.
No me había acomodado en mi pupitre, cuando sonó mi celular. Era el mismo número del viernes. Por más que le devolví la llamada no me contestaron. Conozco el número de la rectoría. Debía ser una llamada muy importante. Malas noticias. Mi cuenta de Marzo-siendo hoy 24 de abril- la habían rechazado. Le faltaba el RUT, que jamás me habían pedido, el certificado de antecedentes judiciales y había fallado en un peso. Donde era 5 pesos puse ocho. Que vaina. Tenía que ir a la Universidad y rectificar.
En ese momento llamaron de la Oficina del Gobierno, donde tramito la venta de unos libros. Debía llevar el RUT, las certificaciones de las IAS y facsímil de la cedula de ciudadanía. No había luz para hacer esos trámites. De modo debía ir a la DIA, a hacer una cola, pero antes debía sacar foto copia de la cedula. El tipo que me atendió, vestido con quepis como policía, me dio un ficho. Los tres turnos para llegar a la mujer del computador me parecieron eternos. Mientras esperaba entro otro llamado de la Universidad. No pagaban la luz porque no había un recibo original. Ahora me trataban de endilgar la falta de pago. Tania poca plata en el bolsillo, de modo que atravesé la calle para ir a un cajero, cuya cola era inmensa. Aquí nadie cede el turno. Sustraje plata y pensé ir al frente a sacar los documentos de las IAS, pero me di cuenta que estaba atestado de gente, de modo que fui caminando, hasta dar con un autoservicio, pero de pie. Saqué los papeles de las IAS, de pie. La mujer me pareció aburrida, pero tenía un magnifico trasero. Para que se alegrara ordené varias copias del RUT.
– Está usted muy bonita, lástima que yo sea casado, le dije.
– Si se casó es para toda la vida, me dijo.
Salí bajando hasta la plaza de Majagual, donde había dejado el auto. Llevaba sed y los papeles para el trámite. Los entregué, al fin la muchacha de ojos bonitos sonrió. Bajé a tomar el auto y antes de embarcarme, dibujé la ruta más rápida a La Universidad, pensando que quizás el carro me iba a dejar varado. Seguía con el problema de la bomba de la gasolina. En uno de los semáforos no andaba, ante la hijueputeada de los moto taxistas. Por eso es que ando desarmado, porque esos malparidos que solo saben meter la llave a la moto, son unos irrespetuosos.
– Apártate, viejo malparido!
El auto llegó cascabeleando a Puerta Roja. Pensé que el portero jamás me iba a atender con el ficho, mientras el vehículo se apagaba. El problema sería conseguir parqueo fácil y subir el re pechito, que es empinado, pero había parqueo abajo, dejé el auto allí y subí a trancadas.
La muchacha me atendió con cierta displicencia. No quiso corregirme la cuenta. Busqué ayuda y encontré. Un funcionario escuchaba una teleconferencia sin levantar los ojos, en penumbra. Me prestó a su secretaria, corregimos el problema. Entregué la cuenta, el funcionario la miró de pe a pa y dijo que estaba bien. Ahora espero que la paguen antes del viernes o de lo contrario mi viaje a Bogotá será incierto. A veces pagan rápido, otras veces demoran hasta 18 días. Espero que esta vez funcionen.
Ahora subo a pedir un paz y salvo que jamás logro. Me gusta esa oficina por los ojos verdes de la muchacha bonita. Llamo a mantenimiento por el agua bendita. Espero que llegue con la luz. Son apenas, problemas del lunes, en esta vida, donde llegamos a resolverlos todos los días.

• De su paso por la Alcaldía de Majagual, a Juan Antonio Sajona Sajona, solo le quedó una motocicleta vieja y el miedo. Cuando recuerda que a diez de sus compañeros los han asesinado, uno está desaparecido y otro preso, se le arruga el sentimiento. Tentaciones ha tenido de poner otra vez su nombre en las paredes, pero se acobarda, porque se acuerda de “la mala racha de los dos años y siete meses”. Ese fue el periodo fatal que les tocó vivir.
De los 24 alcaldes de la época, quienes se posesionaron el primero de junio de 1992 y entregaron el 31 de diciembre de 1994, casi la mitad han sido asesinados, lo que patentiza la difícil misión de ser alcalde en uno de los departamentos más violentos de Colombia.
Sajona Sajona, un hombre locuaz, dicharachero, cantante , taxista, casetero, presentador en tarima y periodista empírico, desde que salió del cargo ha hecho de todo, en medio del luto seguido de cargar con el dolor de ver morir a quienes fueron sus compañeros en ese periodo transicional. El día que mataron a Juan Cure , de Sucre Sucre, habían acordado reunirse para acordar una alianza a la Asamblea. Un sicario lo mató en Sincelejo al frente de un hotel, una hora antes.
A todos los mataron después de dejar sus cargos y en diferentes circunstancias. Aquel primer susto se lo llevó el 11 de Julio de 1997, cuando se iba a reunir con su excompañero Juan Carlos Cure Ramírez, su formula para la Asamblea. Eran las 7:30 de la noche. El ex alcalde de Sucre ( la tierra de donde García Márquez se inspiró en gran parte de su obra) bajó a la recepción del hotel Ritz, en el centro de Sincelejo, cuando dos sujetos, entre ellos uno que hacia el papel de loco, le disparó diez veces. Según escribió El Tiempo, “Cure enfrentaba varios procesos en la Fiscalía por peculado por apropiación, desvío de recursos oficiales, porte ilegal de arma y juicio fiscal en la Contraloría General de la República”.
Cure Ramírez había remplazado a Alfredo Munive, más conocido como “Pipelòn”, primer alcalde popular de ese Municipio, también asesinado a las afueras de un hotel de Sincelejo. También de otro periodo, el 30 de Junio de 1996, la guerrilla asesinó a Jairo Mendoza, cuando se desempeñaba como alcalde del mismo municipio.
La desgracia, de quienes fueron elegidos segundos alcaldes populares de sus Municipios en Sucre, los sigue persiguiendo 22 años después. El 17 de Julio de 2013, fue asesinado Alfonso Beltrán, quien había sido alcalde de Guaranda. Estaba retirado de la política y se dedicaba a las labores del campo, donde fue muerto a tiros, al parecer por las Bacrim.
La racha de “Los dos años y siete meses” como lo denomina Sajona, acabó con Tulio Villalobos, alcalde de Tolú, muerto el 14 de enero de 1997 con uno de sus escoltas, cuando viajaba de Tolú a Sincelejo. Su chofer se salvó de milagro, tras recibir múltiples heridas de bala. Quedo casi inhábil de por vida.
De esta misma “cochà” fue muerto el dos de abril de 1996, en el barrio Florencia de Sincelejo, Luis Manuel Vergara de León, quien había renunciado a la Alcaldía de Corozal para aspirar a la Duma Departamental. Era de corte cívico y enfrentaba a la clase tradicional y a la corrupción. Fue descrito como un hombre valiente y frentero, que tomaba un camino a la hora que fuese. “Era un tigre”, dice Sajona. Los sicarios interceptaron el carro que manejaba, donde había salido a pasear a su hijo de dos años, a plena luz del sol en el barrio Florencia de Sincelejo, el 3 de abril de 1996.
Le siguió en la lista Luis Pérez Villada, quien después de ser Alcalde de San Onofre por un movimiento cívico, preparaba una manifestación cuando fue asesinado. Era candidato a repetir por el nuevo Liberalismo. Las Autodefensas habían prohibido aspiraciones por fuera de su consentimiento.
De este mismo periodo es Diomedes Cárcamo, exalcalde de San Benito Abad, quien se desempeñaba como diputado de Sucre, cuando fue atacado a bala en Sincelejo. Sobrevivió al atentado, después de recibir tres tiros en el rostro.
Raúl Tovar, alcalde del periodo fatal en Chalán, igual fue asesinado.
“Al exalcalde Castillo, de San Pedro, lo mató la guerrilla”, dice, porque morían de ambos bandos, de derecha y de izquierda.
De Achi, Bolívar, en la misma zona de La mojona, fue muerto Wilmar Díaz.
Cecilia Gil Barvo, segunda alcaldesa de ese periodo, no alcanzó a terminarlo, por suspensión.
A Isela Díaz Cárdenas, alcaldesa de Los Palmitos, en ese mismo periodo, le asesinaron a su padre, en pleno centro de aquella población.
Edinso Zamora Pulgar, alcalde de Ovejas de corte civico, tuvo que irse de la población tabacalera, por amenazas de muerte. El alcalde, al que le habían dictado medida de aseguramiento por presunto manejo irregular de recursos, denunció un plan para desaparecerlo. Agentes del Estado fueron a capturarlo a Ovejas, pero habilidosamente sus guardaespaldas no lo entregaron, sino que lo llevaron a Sincelejo. El burgomaestre pensó que quienes fueron a buscarlo posiblemente lo hubiesen matado en el camino, porque la guerra que se vivía se prestaba para cosas turbias.
Héctor Merlano, alcalde de Sincé, se radicó en Cartagena, tras afrontar miles de vicisitudes, dedicándose a su profesión de abogado.
De los menos afectados fue Alejandro Chadid, de Toluviejo, quien estuvo a punto de morir en un accidente de transito.
Jairo Merlano Fernández, de la misma época, dos veces alcalde de Sincelejo y luego senador, fue procesado por parapolítica.
Posteriormente desapareció Álvaro Ordoñez, ex alcalde de San Benito Abad. Nunca se supo de su suerte.
Igual, aunque de otros periodos, han sido asesinados, Manuel Fernández, de Chalán; Wilmer Vanegas, de Colosò; Jairo Romero de Tolú; Eunaldo Tito Díaz, de El Roble y Luis Salaiman Fayad, de San Onofre.
A Wilmer Vanegas no lo dejaron ejercer el cargo un solo mes. La víspera de su muerte estuvo en las oficinas del periódico El Heraldo de Sincelejo, donde dejó un maletín con ropa.
Por lo pronto Juan Sajona, quien ha sobrevivido a esta hecatombe, no quiere saber nada de política, mientras recorre La Mojana en una motocicleta.
“Yo no robé, estoy arruinado, pero allí están mis obras”, dice Juan Sajona, quien ha sido tentado varias veces para aspirar a ser Alcalde nuevamente.
Según Sajona, la racha de alcaldes asesinados en su periodo, fueron mandatarios que estrenaban la nueva constitución, hombres visionarios, cívicos la mayoría, que proponían acciones por fuera de la tradición, pero fueron aguantados a punta de plomo.
Paradójicamente, Edgar Martínez Romero, gobernador de la época, quizás el mejor mandatario de Sucre, volvió a aspirar a ser elegido en varias elecciones, pero se ahogo o lo ahogaron. Hoy esta en la casa, criando a sus nietos.
Después vino la parapolítica, entonces si que tocó agachar la cabeza.
A la muerte de Luis Miguel Vergara de León, el corresponsal de El Tiempo en Sucre, Laureano Romero, quien abandono el oficio por amenazas de muerte, escribió a manera de resumen, el 3 de abril de 1996:
Además se han registrado los asesinatos de Dairo Martínez Estrada, concejal conservador de Sampués, el 13 de marzo; Alfredo Alvarado Esalas, concejal liberal de Tolú, muerto en esa población el 14 de marzo; Amaranto Sequea Montes, vocero del PRT, en la vereda El Tesoro, municipio de Chalán, el 25 de marzo, y de Jairo Pérez Mier, dirigente del EPL, en Sincelejo, el 26 de marzo.
El cuerpo de Luis Miguel Vergara será velado en el recinto de la Asamblea y sepultado mañana.
Por otra parte, en Colosó fue encontrado el cadáver del conductor César González Paredes, que fue secuestrado el 24 de marzo, después de que el Eln plagió a cuatro agricultores y asesinó a otro durante las corralejas de La Sierpe, en jurisdicción de Majagual.
También se conoció el secuestro de Jairo Sierra Merlano, de 40 años, residente en Sincelejo, con lo cual se eleva a 23 el número de secuestrados en Sucre en lo que va corrido de este

ANGIE, LA NIÑA QUE ROMPIO LA CERRADURA DEL TOTUMO.

La Gallera es un corregimiento de ancestros zenues muy cerquita de Sincelejo que parece caótico en su entrada por el paso de una doble calzada sin terminar que avanza a Sampues, la tierra de las calabacitas alumbradoras, famosas bombillas en los personajes típicos de Calixto Ochoa. Es una comunidad indígena artesanal absorbida por el comercio frenético de la capital Sucreña, donde pocos prestaron atención al totumo, un arbusto silvestre y sin oficio aparente, de poca fronda, de tallos torcidos, pero resistente al verano y a la candela. Pero eso sí, con un fruto llamativo, aun pertrechado en su fronda de inviernos. Algunos campesinos lo usan como nacedero de las cercas o de barra para asegurar a los asnos.
Más que aprecio, el totumo ha sido calumniado. Acá al alumno desaplicado le dicen que es más cerrado que un totumo, cuyo árbol no sirve ni para leña, porque es malo para arder. Aun sí, es más resistente que las yerbas de los sabanales, porque después de quemado revive con el primer aguacero. Y sus frutos, verdes, relucientes y redondos, tan cerrados como un balín, parecen corazones de mangos del Sinú, provocativos hasta que se prueba su cáscara dura y su carne amarga. Más allá de su uso para jarabe contra la gripa, hasta hace poco sólo era usado para cosa menores, como hacer una totuma, unas cucharas, una maraca o para decoraciones, hasta que cayó en el imaginario del proyecto Ondas de Colciencias, con el que se abrió una luz para este corregimiento y para Angie Carolina Blanquiceth, que a esta hora se baña a totumadas de agua lluvia.
Fuimos demasiados puntuales. Son las tres de la tarde de un día de octubre, de esos que instalan los inviernos en los patios. La lluvia reverdece los totumos, que se mecen en las pajas vecinas, sin que nadie los mire. Angie Carolina no se baña con Sanis K, el jabón de antaño, pero afuera, en la sala, mientras su madre habla con los periodistas, se oye el sonido metálico del agua recogida del techo de zinc. Aquí no hay servicio de acueducto ni señal de internet, pero la niña que toma su baño, es hasta ahora, la figura más notable de este pueblo de unos dos mil habitantes, después de la finca La Laguna, que se hizo famosa porque allí nació el Festival Sabanero del Acordeón, en 1974.
La historia que se nos revela, espontanea, en la palabra sabia de una madre amorosa, saca lágrimas de felicidad. Mientras su bordona se baña, Doña Alcira recuerda cuando se vinieron de Jardín, Antioquia, en plena violencia. Apenas les permitieron recoger las cosas. Eran la madre y dos niños, Angie, que tenía doce años y Carlos Darío, de diecisiete. El padre, operario de maquina pesada en una mina de oro, se quedó enredado en las faldas de una chocoana que lo embrujó, mientras el hermano intermedio había fallecido de cinco años, en un accidente de tránsito. La tragedia los perseguía. Días antes de salir de aquella zona roja, un sicario estuvo a punto de matar a Carlos Darío, después de confundirlo con otra persona. Había una raya impenetrable sin permiso. Y él, la había pasado, inocentemente.
-¡Mataban policías y ponían bombas!
Mientras se baña, nosotros oímos la voz de Angie y Angie oye a su madre conversando con nosotros. La casa rosada es pequeña y amoblada a lo bien, modestamente, con habitaciones desnudas sin puertas y el baño precario en la mitad. Su voz denota a una niña inteligente. Es clara y de impecable dicción. Ella se toma todo el tiempo en el baño, porque su mata de pelo frondoso y duro (herencia de los Blanquiceth) no es fácil de manejar.
-El color moreno y el pelo apretado es de su papá y la inteligencia de mi familia, porque jamás ellos han estudiado, dice Alcira Restrepo Osorio, su madre, rompiendo su mirada lejana, sufrida, pero esperanzadora, especialmente cuando habla de sus logros. Sus ojos ahora están alegres.
Cuando Angie salga del baño ya sabremos parte de la historia de la familia, una mezcla del Antioqueño avezado y aventurero con la malicia sabanera, enredados con Monterianos y San Marqueros.
– ¡Apenas cumplí 19 años, mamá! Corrige, desde al baño, la bebé. Su bebé.
Desde niña fue aplicada, pero su madre ni sabe cómo pudo surgir, porque mientras la gestaba le dio paludismo y toda clase de enfermedades tropicales. Su padre la golpeaba. No se hizo ecografía ni control médico, de modo que su sexo fue toda una grata sorpresa, después que habían nacido dos varones. La niña empezó sus estudios en Jardín y el primer anuncio de que era una superdotada fue el día que hizo un dibujo tan perfecto, que el maestro le puso mala nota, al creer que lo había calcado.
Al fin Angie sale del baño con una toalla en la cintura, acomodándose la mata de pelo azabache, irradiando la sala con una sonrisa blanca. Saluda como si nos conociéramos de hace siglos. Entra a su habitación sin puertas y pronto sale con un vestido negro que le deja libre sus caderas de cumbiambera. ¡Es bailadora!
– Ahora sí, encandílenme a preguntas, dice. Mi madre ya lo dijo casi todo. Hemos sufrido mucho.
Es, su historia, aquella que se repite en tantas familias colombianas que llegan con las manos en la cabeza y que solo Dios es capaz de sacarlas adelante, porque lo que ha logrado Angie, es sorprendente y maravilloso. Es una historia mágica, donde solo la mano del hombre no basta.

II

El totumo siempre estuvo allí como diciendo véanme, mírenme, yo sirvo para algo. No solo sirvo para leña y para soguear a los burros. Soy un árbol agradecido, que resisto el verano y sobrevivo al fuego. No solo curo la gripe. No solo sirvo para totumas y cucharas. En mi corazón hay mucho más. Pero se necesitaba que alguien, como los buenos cronistas, quisiera romper el balín para ver qué era lo que tenía adentro.
Y lo malo era eso, que nadie quería romper el balín. Las comunidades marginadas le temen al cambio. En La Gallera las artesanas siempre usaron el limpiadientes y los químicos de las tiendas para teñir las tiras de caña flecha para decorar el sombrero vueltiao, de fama mundial. Fue necesario que llegara el programa Ondas de Colciencias al Colegio Técnico Agropecuario de Bachillerato, para empezar a romper esa cerradura del totumo. La cosa era mental. El profesor Omar Mendoza lideró el proceso, que además de estudiar la posibilidad de teñir la caña flecha con el totumo, también trabajaba en enjuagues bucales con base en el árbol del limoncillo. Pero lo del totumo fue lo que más generó alegría en los estudiantes, que rompían las monótonas clases tradicionales. Allí empezó a destacarse Angie Carolina, que ya traía un liderazgo de Antioquia. Fue desde entonces la presidenta del semillero y aquello no sólo fue abriendo la cerradura del totumo, sino la mente de las gentes y la posibilidad de viajar y conocer otras culturas. Allí, Colombia y Sucre, descubrieron una estrella. Un cerebro, ojalá no fugado.
Aunque los 19 colegios técnico agropecuarios de Sucre ocupan posiciones muy bajas en las pruebas Icfes, Angie logró el tercer puesto a nivel nacional en 2013. Quienes la habían visto exponer el proyecto “EL totumo, tu mejor vecino”, alguna vez en inglés, y la vieron llorar en algunos medios mientras contaba la tragedia del desplazamiento, no dudaron en conmoverse, de modo que las becas llovieron, apuntadas por unos resultados. Vino la de Pacific Rubiales. Después la de Ecopetrol para que escogiera cualquier carrera en el mundo. Al final optó por Ingeniería Industrial en La Corporación Universitaria del Caribe, Cecar, en Sincelejo, donde cursa sexto semestre, con notas promedios de 4.6. Sin exigirse demasiado.
Desechó otra ciudad para no separarse de su madre y de su hermano. El papá lejano, a quien quiere llevara alguna vez a la China, cuando tenga su propia empresa, representaba un cuadro de dolor, por las diferencias insuperables. La guerra trae dolor y separaciones lamentables. Ese fue su caso, casi la desintegración familiar. En medio de la guerra, a los once años, un vecino intentó violarla.
Pese al pasado, Angie tiene la risa a flor de labios. Llora con frecuencia. No ha sido fácil superarse a sí misma. Todavía la pobreza la amenaza. Mientras su hermano mayor, Carlos Darío, de 26 años, que no estudió para generar ingresos lavando y tapando carros en un lavadero, ella trabaja los fines de semana como mesera de un restaurante.
Recuerda que en uno de los tantos viajes (Estuvo como expositora en Valledupar, Montería, Quito, Cali, Bogotá y en Santiago de Chile), en el aeropuerto de Santiago le decomisaron los totumos que llevaba en el fondo de la maleta y tuvo que resignarse a dar la charla con fotos. Aquella vez, no fue fácil, era menor de edad y acopiar los permisos (su padre vive en Antioquia) y su madre llevaba un año internada en una clínica. Pasaban hambre. A veces los vecinos tenían que recoger alimentos para darles. Se iba a la clínica todo el día, donde su madre estaba interna por depresión, y por la noche, al regresar a casa, tenía que ajuntar el fogón. Pero aun así, gracias a una mano superior que la guía, logró imponerse sobre la pobreza y la violencia. Su hermano Carlos, fue vital. Desde niño se apoyan mutuamente.
En su casa no hay servicio de acueducto, no hay conexión a intentet. El Primer computador lo tuvo a los diecisiete años, pero oye radio, ve poca televisión, disfruta toda clase de música y es una lectora voraz de libros de superación.
Angie es soñadora, llorona, risueña y de mirada alegre. Ahora se yergue sobre su mata de cabello azabache y aspira a tener un avión propio para visitar a los niños del África, llevar a su padre algún día a China, no permitir que su madre aguante más hambre. También sueña con una empresa que trabaje por los más pobres, de pronto haciendo muebles con desechos de cartón.
Y lo más emotivo: sabe que sus logros no pudieron ser por la mano de alguien parado sobre una cerca de totumos, sino por el soplo de un ser superior, porque lo que le pasó a su familia, donde ha habido muerte y violaciones, dan ganas de llorar. Pero también dan ganas de reír, de soñar y de vivir, porque el conocimiento trae esperanzas.
( The end)

Para recuadro:

Angie Carolina Blanquicett de la Institución Educativa Técnico Agropecuario La Gallera, y Sarangela Altamiranda de San Vicente de Paúl, hicieron parte del grupo de 5 estudiantes que representaron a Colombia en ferias internacionales de ciencia, tecnología e innovación a celebrarse en Ecuador y Phoenix (Arizona)

Las investigaciones de las dos estudiantes fueron premiadas con el primer lugar en cada modalidad durante la III Feria Nacional, la I Feria Internacional Infantil y Juvenil de Ciencia, Tecnología e Innovación (auspiciada por Conciencias) y la I Versión del Premio Ecopetrol a la innovación, realizada en Bogotá.

En las aulas de las instituciones educativas oficiales se desarrolló el proceso de investigación gracias al apoyo del proyecto Ondas de Colciencias, Cecar y la Secretaría de Educación Municipal de Sincelejo.

Angie Carolina Blanquicett llevó a Ecuador el proyecto ‘Totumo, Tu Mejor Vecino’, que promueve la extracción de tinturas naturales para la caña flecha.

• LUCIA…
Un día- me dice ella, ya gorda, con más de 100 kilos y con una pierna luxada que le impedía hacer gimnasia-, Lucy me llamò y me dijo, Kore, debo decirte algo muy importante, pero vente para donde Pola y acá almorzamos.
Yo estaba pasando una situación muy fea, así como ahora, que no tengo trabajo y vivía casi de limosna, de modo que prendía mi moto y me fui donde Pola, en el barrio Pioneros. Ella no encontraba como decirme lo que me iba a decir. Se metía por vericuetos, hacía rodeos y más rodeos, hasta que Pola, que estaba cocinando unos huesos, desde la cocina le gritó:
¡Aja, niña, pero dile ya! Sin duda, ya Pola sabía lo que me iba a decir. Y fue donde me la soltó. El doctor Nicanor, que vivía al lado de ella, en el barrio La Terraza, estaba enamorado de mí , porque me veía llegar en mi moto, cuando yo la iba a visitar. En esos tiempos vivía una relación tormentosa con el Mojanero, el abogado y su mujer se estaba metiendo en nuestra situación, de modo que, acepté que Lucia le diera mi teléfono para que me llamara. Y en efecto, por la tarde me llamó, todo un caballero, de buenos modales y trato fino. Me mostro su deseo de que almorzáramos para charlar, le dije que sí, salvo que Lucia estuviera de por medio. Estaba botado, de modo que dijo estar dispuesto a buscarme en mi casa o donde yo quisiera. Le dije que donde Lucia, donde yo almorzaba muchas veces, porque era tan buena, que se sacaba la comida de la boca para suminístramela. Pactamos vernos al otro día, porque era un amor afanoso, como si el mudo fuse a estallar en cualquier momento.
Era martes en Sincelejo. Faltando quince minutos para las doce, ya yo estaba donde Lucia. Y en efecto, a las doce en punto, como buen ejecutivo, llegó en su auto, que no era un tipo muy moderno, pero de buena marca. Recuerdo perfectamente que Lucia ese día estaba cocinando unas tajadas de plátano amarillo en la cocina, mientras yo esperaba en la sala, vigilando la puerta. El doctor Macareno, recién separado, con ese aire indonesio que se gasta y esos ojos rasgados, apareció en la puerta, entrando con confianza. Me aludo de besitos. Yo pase a voltearle las tajadas a Lucia, mientras ella atendía la visita. En quince minutos ya estábamos en Carbón de Palo, entonces el sitio más in de la ciudad, a la salida de Tolú.
Pedimos a la carta lo que quisimos y mientras me hablaba jamás intentó seducirme como tú ahora que has venido y crees que porque mandaste a comprar cerveza tienes derecho a hacerme el amor. Lo primero que me pregunto fue qué hacía. Le dije que nada, que vivía de lo que me daban mis padres. Tenia dos hijas de anteriores matrimonios y estaba terminando una relación con un hombre casado, cuya mujer nos había hecho un escándalo. ¿Qué quería estudiar? ¿Qué quería estudiar? Me preguntó, le dije que medicina, pero era muy largo, o de pronto belleza, montar un negocio. Me dijo que debíamos buscar algo que fuera práctico y rápido. Por la tarde ya estábamos abriendo matricula en la mejor academia de belleza. Con la tarjeta de él, pago casi un millón de pesos en utensilios y hasta Lucia compro leche para su niño y pañales. Después me hizo entrega de su tarjeta de crédito y la clave para que yo comprara mis cosas, pero con la condición de que tenía que consultarle antes de usarla. Salimos varias veces a comer y a divertirnos, pero jamás me pidió un beso ni intento seducirme. La academia me formó en tres meses y el desapareció de mi vida un mes después, sin tocarme un solo pelo. Aun lo amo.

por un radioteléfono. El tráfico se paralizó. El viejo, que se había comunicado
con uno de sus hijos, se levantó, se sacudió el fondillo y subió en la ambulancia, que se llevó su negocio con la misma estridencia que llegó.
La fortuna fue que no llegó la Policía, porque de pronto se hubiese formado un
zafarrancho mayor. Y de pronto hasta hubiese habido tiros y gases lacrimógenos para espantar la turba, mientras una anciana desfallecía.
Y es que en Sincelejo, se perdió la placidez de sentarse en la puerta de las
casas.
El viejo había escogido, o el destino le había escogido, una extraña forma de
celebrar sus 68 años.
…Y mi suegra, afortunadamente, sigue viva.
• quedaban apenas unos troncos podridos y el hedor a mascada de tabaco,
cuando abría la boca, quizás adrede, al momento de servir la comida, le
quitaban el hambre.
-Santo remedio, yo no comía, dice Nelson.
No comía, pero se quedaba callado, lo que lo fue transformando en un niño de
mal pelaje, delgado y huesudo. De modo, que en 1974, cuando debieron salir
de la vereda rumbo a San Jacinto, a lomo de burro, vio sus bracitos delgados,
como vástagos de yuca nueva y le dieron ganas de llorar.
Ana Lucia le había hecho la guerra, porque sabía que el niño no la quería. Sus
vestidos andrajosos y sus dientes podridos, lo hacían vomitar. No se hablaba
de leyes que protegieran a la niñez, pero aun así, todos lograban levantarse,
siendo la guerra que estaba por llegar, la más grande amenaza.
Nelson se comparaba, a los quince años, con el novio de su hermana menor y
le daba vergüenza, porque éste ya era, a su misma edad, un hombre robusto
que manejaba una camioneta Ford, mientras él era un bebé. ¿Estaba
desnutrido crónicamente? Más tarde comprobaría que no, porque en los
estudios fue sobresaliente. Y en la altanería de conquistar a cuanta mujer se le
atravesara, aunque fuese un palo de escoba con faldas, le seguía los pasos al
padre.
Hoy está consciente de haberse salvado y de haber superado sus problemas de
nutrición, porque la leche materna de sus vecinas amorosas y de su madre (El
banco de leche), lo habían resguardado hacia el futuro, pero que a la vez
había abierto una puerta a la malignidad del Diablo y ese espíritu mujeriego
que se le impregnó una vez se hizo un hombre. Quería crecer rápido para
poner en práctica la escena de su padre negociando la mejor mujer del
prostíbulo.
Y después, aquella mente, era motivada por los vallenatos que empezaron a
inundar sus mentes: “Bonita es la vida cuando uno está muchacho y cuando
uno está muchacho quiere crecer ligero”. Había un vallenato machista para
cada parranda y para cada mujer. La mujer mejor, era la mujer conforme.
GA-241.44.15
Versión: 1
Fecha: 14/06/13
• Conformada su familia, una de sus hijas, aunque parezca mentira, atravesaba
las paredes y su hogar se desintegraba, antes de aceptar a Jesucristo en su vida,
como única verdad. Hoy es un hombre salvado, cuya experiencia, es una
pócima de sabiduría, digna de conocer. Puede ser la historia de todos.
Cree que no solo es importante suministrar leche materna a los hijos y buena
nutrición en general, sino comportarse ante ellos con elementos éticos, porque
los niños son como una esponja, que toman ejemplos y adoptan
comportamientos, que como la misma guerra, llegan a parecer naturales. Su
vida es una novela y cree que gran parte de ella, se cimentó desde su infancia.
II
– ¡Niños, coman para morir hartos!
Fue el abuelo Albertico, quien lanzó la expresión, antes de montarse en el
burro y viajar para San Jacinto. Prefería irse por la tarde, porque así llegaba
primero que aquel que incluso madrugara al siguiente día. Siempre regaban
que se iba a acabar el mundo, conscientes de que se acababa para el que se
moría. Siendo analfabeta, como Andrés Landero, siempre sacaba a relucir
frases sabias, como aquello de que Roma era la ciudad Luz y “comed y bebed,
que mañana moriréis”. Aunque analfabetas, ponían atención para repetir cosas
del mundo moderno y con ella hacer sus versos en las parrandas.
Por estas comunidades agrarias, se vivía para comer. Estar gordos no era señal
de estar enfermos, sino sanos. Y ser flaco, era sinónimo de mala situación.
– ¡Coman, niños, que parecen unos carraos.

EL MOSQUITO.

• Cuando los mosquitos salen de la fábrica, esa tina empotrada en la esquina del baño en medio del agua revuelta, parecen unas pelusas torpes que se dejan llevar por el aire espeso y se estrellan con la pared, con los objetos. Yo los persigo con la mano pelada o los aplasto en el aire. Algunos van en rama, pegados y son más lerdos, muy fáciles de atrapar. Se detienen en la pared, entonces los aplasto con la mano, o en el aire como si amasara una arepa. Y ellos quedan como puntos deformes que han ido salpicando la pared. Son livianos y torpes, como si no tuvieran sino basura en vez de tripas. A diferencia de cuando pican, que se ven henchidos, a punto de reventar, cuando los destripo, dejan la gota de sangre, de mi propia sangre en la pared. En estos días, el mata mosquitos en aerosol se ha agotado. Habían estado ausentes algunos días, quizás espantados por los químicos dispersos en el espacio, en la tina, en las cortinas. Ahora han regresado con los aguaceros de noviembre, en estas gélidas mañanas, pero aún tienen el efecto del químico, porque son más torpes y menudos, como pelusas que vuelan, recién brotados de las aguas revueltas. Los malditos aprenden rápido a sortear las trampas del destino. Primero salen como encandilados del fondo de la vasija y se paran en las paredes, en las cortinas o en los rincones, mientras toman fuerza y se orientan en la luz. Yo les prendo el abanico que los ahuyenta de mi habitación pequeña, pero ellos van aprendiendo a sacarle el sig. sag a la brisa molida, se meten por los costados y allí los siento que me hacen cosquillas en los vellos de las piernas o me rascan en las costillas, donde se estrellan tal como hacen con las paredes, pero pronto se orientan y pican una barbaridad. Aparecen por los flancos de la cama y algunos de ellos, que parecían pelusas que vuelan, ahora son gotas de sangre vigorizadas rumo a la muerte. Mueren ahítos. Una vez se hartan de mi sangre se paran en la pared a punto de explotar. Es cuando valoro a mi padre, que se levantaba de noche, foco de batería en una mano y el flit en la otra, para perseguirlos por todos los rincones. Nos supervisaba uno a uno a los ocho hijos, para protegernos de esas sabandijas y del calor. Anhelaba desde siempre un servidor del hielo para enfriar el agua, un abanico para amainar el calor y una pistola para proteger la casa. Y, yo, que naufrago en esta nube de calor, de mosquitos e indiferencia, me alegro de ser su hijo.
***-

El viejito de la esquina- me dice Niño- vive al filo de la tragedia. Desde que lo conozco es el mismo, vende lo mismo y cada día gana menos, repitiéndose todos los días, sin más esperanza que el olvido. Ha venido rodando de esquina en esquina, hasta llegar a un punto de no retorno. Vende las mismas tajadas de piña y de patilla y mandarinas importadas. Lo único que ha cambiado en estos últimos 30 años, es el precio. La rutina es la misma y sus esperanzas las mismas. Cualquier día, desparecerá. Lleva todos esos años repitiendo el error y a diferencia de Alba Edison, aún no ha descubierto una nueva forma de un mejor nivel de vida. El científico descubrió 557 formas de cómo no llegar a la luz del bombillo. Mi personaje no busca la luz del bombillo. Almuerza entre sus parapetos, al aire libre, cabecea un poco la siesta, y cuando ha ganado para costearse de sustento del día- que no son más de diez mil pesos- se va a casa, a rascarse la barriga. Mañana retornara de mañana. Primero va al mercado por las frutas y a las ocho estará otras veces en el punto de inicio, como el rio que fluye pero que no renueva sus aguas.
– ¿Hay patilla?
Le pregunto todos los días al pasar, sabiendo que sí hay, porque están expuestas en un parapeto, al lado de las piñas y las mandarinas, que por estos días están bien caribes. Y él, sin in mutarse, dice “Si hay” y pregunta ¿Cuántas quieres? A veces compro. La mayoría de las veces no. Sigo campante y él solo s ríe.
Jamás lo he visto matándose de afán, tampoco emputarse con nadie. Mañana, simplemente, volverá a repetirse, tal como es.
Me dijo alguna vez que se vino de Colosó por la maldita violencia y no piensa volver. Solo descansa en Semana Santa, pero en vez de ir a su tierra, viaja a La Ye, donde tiene unos familiares, también desplazados, con quienes come dulces y juega dominó. Al principio cuadró su parapeto en la esquina del Banco Cafetero, en la Calle del Comercio, donde estuvo algunos años, hasta que llegó un alcalde que empezó a recuperar el espacio público. Tuvo que trasladarse dos esquinas más abajo, cerca del Teatro Apolo. Allí estuvo otro tiempo, vendiendo lo mismo, haciendo lo mismo, siempre al filo de desparecer algún día. Aunque en Sincelejo los alcaldes populares han sido casi de la misma casta política, con poca variación ideológica, las políticas de espacio público no han sido compactas. Un día, a un alcalde se le ocurrió que debía hacerse más abajo. Nace la zona de movilidad segura y lo desplazan tres cuadras más a la orilla, más a la periferia del centro. Ahora le mamo gallo en la esquina de la calle Nariño con 24, al lado de una casa en ruinas, donde sigue su pregón silencioso, ofreciendo las tajadas de patillas y piña envueltas en plástico, a 500 pesos. Me pregunto qué diferencia puede existir entre ese hombre que se gana solo lo necesario para subsistir y yo, ¿que vivo en espera de cosas inciertas?
***-
Veo por este pueblo sabroso cadáveres ambulantes. Gentes que están a punto de entregar sus papeles. Entre ellos hay un viejito enclenque que me la tiene velada. Cuando me ve caminando por estas calles rápidas-me gusta caminar en estas calles rápidas- se le nota el bullicio de sus ojos. Es como el lotero que me ofrece el número que saldrá y que me persigue hasta aburrirme, como si la lotería cayera por aquí. Es más salado que los pescados de Arturo. Y se me acerca con sus ojos de hambre. Siempre tiene una novela de su mala situación. Que le preste para los pasajes, que va para tal parte, que me los devolverá cuando le salga trabajo. Sus ojos denotan su hambre y la cojera de su andar lo dejan mal parqueado.
Yo, este domingo sin futbol- me aterran los domingos sin el grito de gol en la radio- camino por las mismas calles, en busca de un dinero de un cliente, quien ha detenido su potente camioneta para esperarme mientras revisa su celular. Está orillado en la acera, en una avenida despejada. Sustrae su billetera y sin contar me da varios billetes de los moraditos:
– Toma, tu trabajo vale más, pero ten allí por el momento.
El dinero me hace sentir ruin. Sin contarlo y habiéndolo tomado con los ojos casi cerrados me los metí en el bolsillo de la camina. Seguí caminando al trabajo con tranquilidad, pensando en cómo comenzar una nueva historia. En la próxima esquina el vendedor de periódico naufragaba en la soledad. A su lado el hombre que parece un cadáver ambulante se mueve con electricidad felina al verme bajo su cachucha dominical. A cien metros noté su alegría. Yo era su salvación de su naufragio. Me tiré a la otra orilla y él hizo lo mismo, de tal modo que vino a mi encuentro. Enseguida supe que me iba a pedir dinero. De seguro no había comido. Lo primero, para tutearme, fue preguntarme por mi apellido. Le parecía alemán, mi apellido, obvio. Y espero que yo también le pareciese un alemán pequeño. Soltó el cuento lastimero de siempre. Me ofreció sus servicios de técnico de refrigeración. Mis aires son nuevos, apenas los compre hace tres meses y en la empresa tienen un contrato especializado. Lo saqué de una. De taquito. Me acordé que cuando estaba más joven- él y yo también- me quedó mal en un trabajo por andar de borracho. Ya casi lo eludía, cuando me acordé que minutos antes, un amigo me había metido varios billetes moraditos casi en mi bolsillo. ¿Qué diferencia había entre mi limosna y la de él? Sustraje un billete de dos mil pesos de mi cartera y antes de que se lo entregara me los arrebató con una agilidad de gato, pensando en que quizás me iba a arrepentir.
Seguí caminado por el domingo y el pobre cadáver ambulante desapareció de la escena.
***.
¿Qué diferencia habrá entre este tipo fornido y de cabeza ancha que ha llegado al restaurante donde desayuno y enamora sin ningún tipo de pena a la sirvienta, la más gordita y risueña y yo? Es como un gallo de pelea, como un perro de presa, que marca su territorio, que se le va el ojo con todas las mujeres que pasan por la acera donde vende sus guarapos. Mientras desayuno entra y empieza a sobarle el hombro a la gordita de licra apretada y barriga de chiva harta de maíz. Y ella se deja, mansita. Le pasa la mano por la barbilla, y ella se recoge. Entrecierra sus ojillos de india. Le hace cosquilla en la garganta y ella se vuelve sonrisa. Y se ríe con una risa hermosa, ancha. Ella puede tener 26 años y dos hijos con diferentes maridos. Y él, lo conozco desde hace años, cuando llegó de algún lugar de los montes de María desplazado y montó su negocio en la puerta de un garaje cerrado, con la angustia de que alguna vez aparezca el dueño y lo lance a la calle. Pero aun así, es un tipo más enamorado que en un perro mocho. Es galante y parece que lo hiciera para provocarme, pare decirme que él también levanta. Tiene un jean apretado y un suéter blanco. Esta mañana luce un motilado rapero, como el que tienen algunos futbolistas. El pasado lunes ella no vino a atender el negocio y pensé que se habían fugado.
– ¿Dónde está la gorda?, pregunté a la dueña, una mujer ancha y risueña, hacendosa.
– En el reinado de Cartagena, bromeó.
En realidad estaba en Cartagena, pero no en el reinado de noviembre, sino llevando a uno de sus hijos donde el papá, que trabaja en el mercado, también como vendedor ambulante.
La he visto hacendosa, cada vez que me sirve el desayuno y creo que le sigue al vendedor de guarapo. De él sé que en algún tiempo me miraba mal. No me vendía el guarapo del medio día, el que bebemos para bajar el calor, me dejaba de último en el barullo que se precipitaba a su negocio, antes de desaparecer con la vendedora de minutos que le coqueteaba a todos desde la otra acera.
Yo, que a veces enamoro hasta a un palo de escoba vestido de mujer, estaba cayendo en la trampa de aquella vendedora de ojos ajiles y aguileños, morena entrona, que jamás veía de pies, sino sentada en su negocio. Su sola cara de luna vendía.
Creo que un día se enamoraron de acerca a acera y mientras ella apuntaba el chance o hacia una recarga lo miraba y él no la dejaba quieta, mientras descansaba del ajetreo del guarapo. Incauto e ignorante a aquellas miradas, yo llegaba a apuntar la suerte y a recargar minutos, pese a que tenía minutos. Un día, que llegue de repente, sentí el calor de su mirada. La sentí arrecha, provocativa. Tendría como 35 años, tres hijos y era separada. Le pedí su número de celular y mientras me dictaba las cifras, porque no tenía problemas (No sé tú, me dijo) supe que estaba desesperada por salir. Pero un día la cuadra quedó sola. Ella dejó de venir a su punto de venta y el vendedor de guarapo también. Se escaparon a un lugar lejano del Vaupés, de donde era ella.
Durante un mes la cuadra quedó sola, hasta que otro chacero callejero quiso invadir el territorio. En esta ciudad la gente vive del rebusque y el que se va para Barranquilla pierde la silla. Me olvidé de la vendedora de minutos.
Un día me percaté que una mujer barría el negocio del vendedor de guarapo. Era una mujer mal trajeada, ojerosa y sufrida, pero dinámica.
– ¡A la orden, señor, hoy hay guarapo¡
Fue donde me percaté de la historia. Su marido, que era un tipo trabajador y responsable, se volvió loco con la vendedora de minutos, que había armado su red en la otra acera. Apenas la conoció empezó a cambiar, dejó de llevar los niños al colegio y de hacer con ellos las tareas por la tarde y hasta empeño su bicicleta para fugarse con ella.
Fue duro esos dos primeros meses, porque no se le había ocurrido recuperar el territorio, que ya era ocupado por otros y reanudar el negocio del guarapo. Ya se estaba acostumbrando a su lejanía, cuando a los dos meses sonó el teléfono. Era el marido, que le pedía perdón. Quería regresar. Una vez en Arauca, la vendedora de minutos sacó las uñas. Se había comido los pocos recursos y para regresar no tenía ni el pasaje.
Pronto el vendedor de guarapo rehízo su actividad, pero sin dejar de comerse a las mujeres que pasan con los ojos, entre ellas a la gordita del restaurante, a la que le pasa sus manos por el cuello y ella solo se ríe, mansita y tierna. Yo, simplemente pienso, y creo que en algo me parezco a este sinvergüenza, que por primera vez me ha saludado con una sonrisa y se va satisfecho de sentirse muy gallo.

• EL DRAMA DEL MUSICO QUE BAJÓ DE MEDELLIN CON EL CADAVER DE SU MUJER..

A Pedro Gómez, un tipo pelo de candelilla, bajo de estatura, pecoso, conocido guacharaquero sucreño, nadie le creyó que su mujer iba a morirse. Los tres últimos años vivió solo en Sincelejo, porque su familia tuvo que radicarse con ella en Medellín, donde lograron multiplicarle los 30 días que en Sincelejo le habían anunciado. En una clínica local, donde le diagnosticaron cáncer estomacal, le dieron un mes de vida. Desde entonces, este hombre vio como le cambió la vida. Hizo tómbolas fallidas, muchos colegas le fallaron, pidió a los más allegados. Probó que la amistad integral no existe y que ser artista en Sincelejo es una actividad incierta, máxime cuando el músico vive de sacar moñas.
El viernes 28 de agosto de 2015 me llamó a las diez de la mañana. Yo sabía que había viajado a Medellín el miércoles, luego de hacer una recolecta entre amigos. Su mujer, había recaído y ahora solo esperaba encontrarla con vida. A esas alturas llevaba un problema con sus hijos, quienes trataban de endilgarle parte de la tragedia. Son cuatro, tres mujeres y un varón. Nuestros músicos son aventureros, mujeriegos y a veces irresponsables, con algunas excepciones. Creían que la mala vida que le había dado era origen de la enfermedad. Sin embargo, yo había visto como Gómez, buscaba por aquí y por allá, tocando moñas, vendiendo electrodomésticos y haciendo malabares, para enviar recursos a Medellín, donde su mujer estaba desde hacía tres años, en busca de cura. Al menos la operación la mantenía viva. Se le cayó el pelo, le volvió a salir y hasta engordó un poco.
– Ya voy viajando a Sincelejo, me dijo.
– ¿Y tu mujer?

– ¡Aquí la llevo, se murió a las cuatro de la mañana!
Me había levantado tarde y la pereza no me impidió pensar en el cuadro. A esa hora, Gómez bajaba la montaña en un coche fúnebre, con el cuerpo sin vida de su esposa. Venía en la carroza escoltado por otro vehículo en el que venían sus tres hijos. Culminaban tres años dramáticos, pero aún faltaba culminar la ceremonia de la muerte, el rigor del sepelio y la velación. Estaría llegando a Sincelejo a eso de las nueve de la noche. Lo único que se me ocurrió fue prestarle mis servicios de periodista y poner un aviso, para que los familiares y artistas supieran. En estos casos la solidaridad ayuda a apaciguar el golpe. No sabía cómo se llamaba su mujer y pese a que lo había visitado, no recordaba su rostro.
– Se llama Rosa Elena Meza Troya, me dijo.
El nombre me pareció reconocido, al ser igual al de una paisana muy querida. Puse en el Facebook un aviso sobre el suceso y la sala de velación. El sepelio sería el sábado por la tarde.
-Ah, ponme una recarga al celular, que no tengo un peso, me dijo.
¿Qué había pasado con esta mujer? ¿Cómo se habían conocido? ¿Cómo habían vivido? ¿Cómo fue que en Sincelejo los médicos la desahuciaron y cómo fueron esos tres años en Medellín?

MIL Y UNA FORMAS DE MATAR Y DE MORIR.
– Me respetan o no me hablan.

Desde niño escuché decir a mi padre: “me respetan o no me hablan”. Era un dicho, de los tantos que usó hasta morir de viejo, después de cumplir los cien años, que se anteponía a los del vecino el relojero, que tronaba. “Soy malo y me tienen miedo, nojoda”. Estaban como en competencia, pero mi padre fue un hombre de buena leche, suertudo y querido, no obstante que alguna vez le escuché decir, por allá en Frio de Perros, cierto día que fuimos a cortar un árbol de viva seca, que tenía mala suerte. Yo le llevaba la mochila de las grapas y los guantes- era fino y los usaba para no hacerse vejigas en las manos- y le seguía el paso, oliéndole los pedos, que tronaban como torpedos. Nos detuvimos al pie del viva seca que iba a victimizar, sobre una colina rocosa, sembrada de trupillos y cactus de tres filos. Se quitó el sombrero de fieltro, y mientras miraba el copito del árbol, se echaba fresco sobre su tez colorada. Con una mano se abanicaba y con la otra se abría la franela, mientras decía:
-Mira, la pendejera, está más torcida que la suerte mía.
Y lo decía por decirlo, porque jamás encontré un tipo más suertudo que mi padre. Lo tuvo todo. Tuvo lo que quiso y sobre todo, la suerte de hallarse con mi madre. Tuvo ganado, tierras, nevera para el agua helada, hamaca grande, planta para la luz, briosos caballos, abanico para echarse aire y una muy buena familia. Recto y de carácter militar, mi padre fue silenciando a quienes se le interponían a su temperamento. Los mataba con el silencio, dejaba de hablarles. Tuvo su gente. Sus almas gemelas. Y a los hijos los quiso hasta saciarse de amor, los pajareaba de noche, pero tuvo diferentes formas de hacerlo. A algunos los quiso más que otros, pero con base en la avaluación que hacía de cada uno de ellos. En los últimos diez años de su longeva existencia, fueron más marcados sus silencios, vivía como encerrado en sí mismo, casi todo le estorbaba, incluso la música, de modo que lo sentía incómodo cundo se le llenaba la casa. Era como al tigre que se le metían en la jaula.
Y vine a descifrar aquel silencio fatal en un escrito de uno de mis hermanos, en donde lo cuestionaba por esa forma de hombre robusto, que siempre se salió con la suya, que tuvo las mujeres que quiso y que se convirtió en una especie de padrote que le daba rienda suelta a su ego de animal sexual, o metro sexual, como dicen ahora. Todo un macho, de esos que ya no salen al mercado. Fue allí donde me di cuenta de lo parecido que he sido a mi padre, casi en todo, incluso en la suerte, aunque no pareciere. Con aquel escrito, que causó casi una hecatombe en la familia, pues fue considerado como un ataque público por algunos al hombre que nos dio la identidad. Y era una cuestión muy difícil de abordar en forma tan directa en las redes sociales. Fue donde me di cuenta que así como a mi padre lo había matado mi abuelo, que no le dio la debida educación y que lo desheredó al contraer matrimonio con mi madre, a mí me fue pasando un poco en la vida. Comprendí aquella frase en el ensille de Frio de Perros en el sentido de que “este palo este mas torcido que mi suerte” y por qué uno no es uno mismo, sino las circunstancias y que no hay una sola manera de que lo maten a uno y de que uno mate a los otros, sino miles. Y es eso lo que trato de descifrar en esta narración.
Cuando mi padre decía a manera de juego que “Me respetan o no me hablan”, no lo decía en broma, porque en su subconsciente, afirmaba su decisión de no perdonar a aquel que traicionaba su manera de ver el mundo y de ver las cosas. Y de interpretarlas a su manera. El silencio era como borrar al oponente del mapa. Matar con el habla era una estrategia de guerra, de censura, que muchas veces se devolvía como un bumerang.
Mi padre mataba con sus silencios, pero perdonaba. Si su padre no le dio el estudio requerido para ser un aviador, un médico o un administrador y evitar exponer su pellejo al calcinante sol del trópico para levantar su prole, fue un error, porque sólo lo perdonó el día de su muerte.
Ese tema de meditar la existencia me ha subyugado y en los ratos de meditación, también me puse a pensar si en realidad estaba vivo o era un alma difunta en pena que ya había muerto varias veces y en diferentes circunstancias, entonces me puse a revisar el trasegar de mi existencia, pregunté por aquí, por allá. Supe que mi primera muerte pudo haber ocurrido el día de mi nacimiento, allá en San Jacinto. Fu un sábado de abril del año 1959 – haciendo la salvedad de que soy más joven que mi cedula- en que amaneció el tiempo de corcovado, caracterizado por un viento frio que hace tirar las gallinas de sus trojas, brama el ganado y los arroyos de desbordan por el ímpetu de sus aguas. Tuvieron que sacar a mi madre en la hamaca, ambulancia de la época, amarrada en una vara, hasta Las Palmas, donde la embarcaron en un jeep. Me recibió el doctor Barrios, que era apreciado por la familia, pero estuvo a punto de acabar con la maroma, porque cortó el hilo umbilical muy breve, de modo que no hubo manera de atarlo, lo que degeneró en una hemorragia incontrolable. Es más, yo creo que esa fue mi primera y única muerte y que desde entonces, lo que habita en mí no es más que un alma en pena.
No solo me han matado muchas veces, sin que mucha gente que se metió conmigo durante un largo tiempo, se fue muriendo, sin que yo levantara una paja. Aquello me aterró, porque era como si los dioses se hubiesen aliado conmigo para que eso sucediera. Incluso, un cura español que me echó de la iglesia durante un bautizo en el que yo había de fotógrafo, murió de una forma espantosa e inmerecida, pero antes de que eso sucediera, ordenó pegar en el altar del templo una frase que decía: “Id por el mundo pregonando las cosas buenas”. Y como pensé que aquella frase que había puesto en el altar pareciera que la había dejado específicamente para mí”, me dedique a escribir cosas buenas. Fueron muchas las personas que se metieron conmigo las fallecidas, ante que me diera cuenta de que quizás yo ya estaba muerto.
Confieso que yo había tomado este asunto por la cola. Pensaba que la muerte era material más que espiritual, entonces empecé a escribir diferentes circunstancias de cómo había sido mi muerte, antes de tomar la decisión de llevarla al papel.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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