El hijo del campo, y su mirada de tigre.

El hombre tiene mirada inteligente. Es una mirada de perro aguzador, pero a la vez es una mirada de tristeza. No es una mirada de odio, pero sí de serpiente en acecho. Es como si al dueño de esa mirada la vida o alguien muy cercano le hubiese pagado mal.

Manuel Vanegas Martínez está sentado en la poltrona del Banco de la República en espera que prendan las luces y pese a su estado de indefensión- hace un mes lo echaron a la calle- es gallardo. Quizás altanero. Sin mirarlo demasiado uno sabe que Manuel se las trae. Se trasluce que es un personaje. Es posible que su pose sea de un yerbatero de las amazonas, de un vaquero de la finca Tres Cabezas o de un juglar extraviado en el siglo XXI.

Luce un sombrero que le gustó, lo compró, se lo puso y no se lo quita, aunque no sepa qué marca es, si es chino o si es texano. Su sombrero, desde el concho que le regaló su padre cuando niño, pasando por el indiano (que fue inalcanzable por mucho tiempo) hasta el aguadeño, se ha convertido en una extensión de su cuerpo. A veces son las siete de la noche y aun lo lleva puesto, porque Manuel es como el sobrero y el sombrero es como Manuel.

Cuando va a Cartagena, donde tiene un puñado de primas que lo zarandean y le hacen cosquillas, ellas lo primero que hacen es quitarle el sobrero, lo maquillan casi al punto de cacorrearlo,  y le ponen una cachuca. Pero él, que lleva toda su vida usando el sombrero desde que amanece, a los dos días vuelve a lucirlo, para sentirse como él mismo y no como un impostor de él mismo. Su pinta la completan unas abarcas tres puntadas, un pantalón jean punta de tubo y una correa gruesa, con hebilla de vaquero. Por lo regular sus camisas son coloridas, con cuadros o listas llamativas. Desde que uno lo ve sabe que el personaje se las trae.

-Yo no estoy triste, dice, tratando de esconder su tristeza.  Se ve apenado. Trata de esconder su mirada de serpiente.

Se confiesa. Y agrega que a veces la vida no es lo que uno quiso ser. Apenas en febrero cumplió 62 años y si usa sombreo no es para ocultar su calva, sino porque es su estilo de vida. Cuando pagó el servicio militar en Cartagena, durante dos años llevó un casco de acero, caliente, que le hizo unos caminos que hoy son una calva protuberante.  Se quedó sin pelo. Para confirmar la noticia se quita el sombrero, entonces vemos al frente a un hombre distinto, pero sus ojos tristes no dejan de delatarlo. Manuel, sin saberlo, siempre quiso ser como el maestro Leandro Díaz y hasta llegó a copiar su apariencia de hombre triste. Una de las primeras canciones que hizo, cuando no hallaba la medida de sus letras, fue un recorrido por todo Majagual, imitando a los Tocaimeros de Leandro.

Nació en Pizza, un corregimiento de Majagual, donde su padre fue el inspector de policía siempre que estuvo vivo, hasta que se quedó ciego. Tenían tierras y cierto poder, que Manuel heredó hasta que las maldades lo convirtieron en el niño más temido de la zona. Se echaba al hombro una cepa de plátano con la que se arrastraba apenas despuntaba la noche. Con gran esfuerzo la paraba en la puerta de cualquier casa. Al otro día, cuando el dueño abría la puerta, aquel espanto era capaz de matarlo.

No contento con hacer espantos en las noches, se montaba en un caballo brioso, en pelo, convirtiéndose en el terror de las calles, porque convertía el pueblo es un hipódromo, se metía en las casas y le echaba el corcel a las fritangas.

Fue  hijo único, lo que en aquellas calendas, en vez de ser un privilegio era una osadía al destino. Su madre no quiso seguirle los pasos al padre, de modo que no se fue con éste a la finca. Se crio solo en Pizza, donde solo cursó el primero elemental. Cuando murieron sus padres solo le quedaron medio hermanos con los que casi no ha tenido relaciones, porque fue andariego.

De Pizza salió cualquier día a recorrer tierra, llevando en su mente las ideas de ser un gran compositor. Las únicas ilusiones se las había dado su padre, quien leía poesía y se memorizaba algunas para recitárselas a su primogénito.

La tierra le pareció chiquita para recorrerla. Barranquilla, Cartagena, Sincelejo- con algunas giras por Majagual- hasta recalar en Sahagún, fueron sus puntos emblemáticos en su recorrido tras la fama. Quería ser reconocido y cantarle a su pueblo. Así como Carlos Huertas era el cantor de Fonseca y Julio Fontalvo el hijo de Bolívar o Calixto Ochoa el cantor de Valencia, Manuel quería ser el cantor de Majagual.

En ese afán, Manuel Vanegas era el primero que llegaba a cuanto festival folclórico  hubiese. Su pinta lo delataba. El tipo se las traía. A veces se mostraba hasta causar fastidio, porque posaba de muy sabanero.

Cuando se presenta por primera vez en Arjona, en 1977, El Festival Bolivarense del Acordeón  estaba en su mejor momento. Los versos de Octavio Daza y Miguel Manrique, con nido de amor y triste plenilunio, estaban aún calienticos en la tarima.   El hoy celebre hijo del campo, tenía dificultades para marcar la rutina en un conjunto. Se atravesaba. Los conjuntos le rehuían, pero el hombre insistía. Al fin, luego de ofrecer unos buenos pesos, pues era muy trabajador- hacia cualquier labor para tener los bolsillos llenos- un conjunto aceptó acompañarlo. Dos días antes del festival empezaron a darle, hasta que lograron pulir la canción. Era un mensaje que ya iba puliendo desde que salió de Majagual, en protesta por la forma cómo el campesino era despreciado. Se acuerda que cuando iba con su padre a los mercados del domingo a Sucre- Sucre, los despreciaban. No los dejaban amarrar sus burros cerca de la Iglesia. Allí fue donde no solo fue cambiando su mirada de nostalgia, sino pensando en un mensaje emancipador de su estirpe.

Ya pulida la canción, cuando se subió en la tarima, las tiemblas le temblaban. Pero sabía que estaba preparado y que su mensaje era destino.  Habían pasado en las 25 preseleccionadas. La gente sacó pañuelos blancos, pero no era fácil con la presencia de Rafael Manjarrez, Marciano Martínez y muchos consagrados. Alcanzó a meterse en la final, entonces supo que su destino y su vida eran los festivales.

Después de allí la gente se acostumbró a ver en todos los festivales de la sabana, de Arjona a Caucasia al hombre del sombrero y su mirada de serpiente, con sus bigotitos ralos y sus poses de artista. Al principio los festivales eran espontáneos, abiertos, pero con el tiempo se fueron mezclando con intereses políticos y componendas. Atendían a los que venían de lejos y a los de acá los dejaban por fuera de las atenciones. Pese a esa diferencia, el nombre de Manuel Vanegas Martínez subió al podio en 17 festivales, siendo el más importante el de Guaimí, un festival indígena, que se hacía en un corregimiento de San Antonio de Palmito. Allí fue su máxima consagración, porque su canción rompió los acuerdos previos y no tuvieron más remedio que darle el primer puesto. Allí  nació el hijo del campo, que se ha convertido en su sello personal.

Pero antes de eso había batallado por la vida, haciendo de todo un poco, solitario, porque sus padres fallecieron y solo le quedaron medio hermanos y primas lejanas, mientras aventuraba por el mundo. Hubo varios hijos que no recibieron su apellido, hasta que una “negrita” en Cartagena, con la que alcanzó a convivir tres años, le dio a su única hija, hoy una profesional, casada con un negro que la quiere mucho.

Vanegas negociaba mercancías, especialmente talcos y cosas para belleza. Regaba los productos desde tres mil pesos para arriba y después recogía. Vendía helados, especialmente raspados. En Sahagún arribó a un festival y allá se quedó muchos años. Se iba por los barrios pobres y parqueaba su carro de helados. Los niños hacían fila y él les regalaba los helados. Se divertía con los niños, les daba consejos y así se hizo a muchas amistades. Hacia mandados y hasta le cortaba el césped a los jardines de los ricos. Le invitaban los domingos a comer y a departir en familia. No le cobraban hospedaje. Mientras vendía helado se inspiraba para los festivales. Para el público que lo aplaudió se ganó en tarima los festivales de Chinu y Sahagún, mezclando sus canciones con décimas, pero jamás le dieron el trofeo, que muchas veces ya estaba escriturado para los invitados de lejos. La música sabanera empezaba a ser despreciada en su propia tierra. Sus ojos, ahora que lo entrevisto, los veo lleno de ira, de nostalgia, pero no pica, porque parece buena persona.

En Sahagún se hizo bachiller ya viejo, gracias a un programa del Gobierno, en la Alcaldía de Peyolo Otero. Allí fue puliendo sus versos y su palabra. Se convirtió en decimero, gracias a la influencia de esa ciudad cultural y de las ideas que le había despertado los decimeros de Radio Libertad, en la infancia.

Cuando perdía injustamente un festival, algunos dirigentes lo llamaban para darle palmaditas y le regalaban dinero, para contentarlo.

Era tan popular en Sahagún, que le propusieron lanzarlo al Concejo. No aceptó porque cree que la política en vez de unir divide. En Córdoba , gracias a los amigos del Grupo Gran Comando, con los hermanos Cortez Apárela, Pedro Joaquín Solano y Remberto Martínez, grabó su primer CD, con varias de sus canciones e ingresa a Sayco como administrado. Le llegaban regalías pequeñas, pero le llegaban. Al trasladarse a Sincelejo de regreso, despareció de las planillas. Ahora su sueño es grabar nuevas canciones suyas, para completar 20 y pedir la entrada a Sayco, porque no tiene seguridad social.

El hijo del campo, su canción cumbre, grabada por Miguel Duran, la hizo mientras vendía helado. Un día le llegó la melodía y la envasó en el tema de la infancia, la reivindicación del campesino. Escribió esos primeros versos en un sardinel. Tenía apenas la primera estrofa cuando le hablaron del festival de Guami, entonces se apresuró a hacer la segunda.

 Cuando llegó a Guami, le dijeron que no tenía chance. Los  tres primeros puestos los tenían destinado para Sabas Méndez, Armando Prasca y Pedro Pérez Flórez.  Pero Manuel sabía que si su canción subía a tarima, cualquier cosa podía pasar. Los muchachos contratados para presentarla ya se la sabian, porque habían recibido el cassete una semana antes, pero él quería cantarla. Y así lo hizo. El público se enloqueció con la canción.  Los indígenas coreaban que esa era. El jurado estaba en un lio. Un desconocido les había- en 1996- cambiado la patraña. Deliberaron. El jurado no daba la cara, hasta que el presidente del festival se le presentó para decirle que no se podía hacer nada, que su canción era la ganadora. Sabas fue corrido al segundo y Prasca al tercer Puesto.

 Subió a recibir el trofeo en medio de la euforia de los indígenas. Le dieron un sobre roto y una guitarra. No fue necesario de abrir el sobre, había 60 mil pesos. El conjunto quería 50 mil. Al final les dio la mitad, porque el presidente se comprometió en ayudar al conjunto, que era de allí mismo.

Hubo otras ofertas para grabar la canción. Pero sabía que esa era para su ídolo, Miguel Durán, de modo que fue a su casa por la noche a llevársela, pero no estaba. Se la tarareó a la mujer del juglar y ésta aprobó. No fue inmediata , Duran ya la tenía montada, pero no la grababa. En Sahagún, en una caseta Duran no la quiso presentar, pero prometió que la grabaría y así lo hizo.

En septiembre de 1996,- se van a cumplir 20 años- cuando sale la canción, que le dio el título al LP,  el objetivo era “La cachaquita”, un tema muy bonito, que inmediatamente se pegó. Eso le dio un poco de tristeza a Vanegas, pero al mes el hijo del campo ya había rebasado la popularidad de aquella cachaquita, entonces ya no hubo talanquera. Ha sido uno de los más grandes éxitos de Miguel Duran.

Mientras empujaba su carro de helados por Sahagún llevaba el hijo del campo a todo volumen. Decía que él era el autor de esa canción. Nadie le creía, lo tildaban de loco, hasta que fue entrevistado por un canal local, entonces si empezaron a pararle bolas.

Vanegas dice que ha hecho muchas canciones bonitas y variadas, pero que nadie de los grandes después de Miguel Duran, le ha querido grabar. En Barranquilla, cuando era mesero de un asadero de pollo de los mafiosos, Jorge Oñate estuvo a punto de grabarle, pero no se dio. La canción fue sacada en la boca del horno.

Sus canciones siguen a la espera de los mercados, mientras divaga por las calles de Sincelejo vendiendo sus CDs, ´porque  la empresa donde cumplía sus labores de vigilante las 24 horas, lo despidió, sin aviso previo. Lo que más le dolió fue que un pelotón antimotines, lo sacó como si fuese un delincuente o un mafioso, sin saber que estaban desalojando a un artista. Es eso quizás lo que ha entristecido su mirada, ahora que está en el Banco de la Republica, donde fue invitado al programa permanente, Dialogo con maestros, juglares y trovadores.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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