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El día que Sincè fue la capital

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¿A qué huele la lluvia en Sincé?

Por Alfonso Hamburger

Al final de la ceremonia demasiado solemne- al menos para mí que salí como animal malo y me hice en una orilla, mientras llovían los abrazos en la tarima- salí disparado a buscar el transporte para venirme a Sincelejo con el corazón comprimido. La política me aturde, como los abrazos del 31 de diciembre. Eran las doce y algo de la mañana. El calor era insoportable. La manifestación- hasta cierto punto exagerada – por la posesión del viceministro del Interior, se esparcía en las calles. La Iglesia, unas dos horas antes taqueada de gentes bien vestidas y mujeres hermosas, estaba vacía. Había sido una misa como para recibir al Papa, solemne, sublime, blanca. El vendedor de guarapos, al lado del Ara, quien había hecho su agosto, se lamentaba de una sola cosa: La música de vientos había dejado de tocar.
– ¡Deberían haberla contratado hasta media noche. Invitarlo a uno a una carne en llanera y repartir guarapo con hielo picado!
Antes de llegar al bus donde nos llevaron fui al billar a evacuar las ganas de orinar y después me hallé desamparado, porque el vehículo había sido puesto en otro lugar. San Luis de Sincé había sido sacudido por la noticia, un hijo de estas tierras mágicas, joven, hijo de un político con imagen papal y vestido de blanco inmaculado, había sido elevado a viceministro de relaciones políticas del actual Gobierno, con la responsabilidad de agendar la paz, de viajar por el país para convencer a las incrédulas masas populares- y políticas- de que el rey es bueno, mama mía. La plaza principal- ¿Se llama Simón Bolívar? Había sido cercada una cuadra antes a la redonda, lo que ya es usual en otras ciudades cuando sucede algo grande, la llegada del Papa o del presidente- y el reguero de automóviles parqueado en las calles, era inmensa. En la misa no cabía una razón de boca más. Lo primero fue buscar sombra. Y proveerse de agua. La nave eclesial ya estaba llena y en las sillas dispuestas bajo carpas quedaban pocos cupos. Calculé que cuando saliera ese viaje de personas de la misa no iba a haber tanta cama para tanta gente. El agua que compré en el ARA se agotó, entonces llegó el relevo. El agua en bolsa al menos era gratis y eso fue bueno. Frente a la tarima había una serie de mujeres bien vestidas y hombres engafados vestidos de blanco- la mayoría con guayaberas- que parecían maniquíes exhibicionistas. Uno de ellos se palpaba el rostro, la nariz, la boca, el bigote, como para denotar que estaba vivo, que era bonito y que había llegado con la comitiva. Creo que algunos eran guardaespaldas. Uno alto, moreno, también de blanco, estaba desesperado por tomar el micrófono. En la tarima, blanca como la mañana, estaban dispuestas las sillas típicas, donde se iban a sentar el Ministro Guillermo Rivera, el nuevo Viceministro de esta cartera y su familia. Había murmullo solemne.
– Ya vienen, ya se acabó la misa, dijo la dama que estaba a mi lado, que no dejaba de tomar agua de un frasco de plástico.
Todos volteamos como por instinto. El tajo de gente empezó a buscar sus puestos lentamente. Algunos, los más distinguidos, tenían sus puestos asegurados adelante. El resto se guareció como pudo bajo los árboles y en los lados de las carpas. Los abrazos políticos llovían. Alcaldes, ex alcaldes, diputados, exgobernadores, rectores, parlamentarios, periodistas, lambones, cazadores de puestos, mujeres bellas muchas mujeres bellas, y gente del pueblo, estaban a la expectativa.
El moreno alto probó el sonido. Su voz no era proporcional a su cuerpo y a sus ganas. La gente nuestra, acostumbrada a la voz gruesa de nuestros locutores, observó que no era de estas tierras y en esas llegó la figura del día, Héctor Olimpo. Y después el Ministro Rivera. Don Gabriel Espinosa Arrieta, con actitud papal, con su señora y sus tres hijos, completaban la escena. Vinieron los himnos y la posesión. Y después los dos discursos, en lo que se invirtieron 40 minutos.
Si no fuese por su calvicie, que supera a la de su padre, la juventud de Héctor Olimpo fuese más notable. Apenas ayer la gente lo vio descollar como alcalde, un ejercicio, según dijo, notable y duro. Creo que fue uno de los alcaldes más jóvenes de Colombia en su cuatrienio, de donde saltó a la presidencia de su partido. Dicen que es conciliador y risueño, respetuoso, muy distante al gamonal tradicional, quienes manejaban otro estilo, quizás más agreste. También me dijeron que su crianza se forjó en medio del celo de un abuelo materno godo y la guía de un padre liberal combativo y sagaz. En el día el abuelo godo lo llevaba a misa inspirado en la doctrina católica conservadora y por la noche el padre liberal lo conducía a una gallera a ver una pelea de gallos y lo revolvía con el pueblo.
Mientras hablaba del olor de la lluvia, de los dulces, de la gastronomía y de los animales típicos, del patio y del ganado, supe que no todos estaban muy contentos- este es un pueblo de disputas políticas ardientes- porque una de las tres damas que estaban en mi fila, funcionaria de un ente de salud, fue la única que no celebró. Después supe casualmente que había problemas entre la Alcaldesa y la directora de la ESE y que el cuerpo de bomberos estaba sin un peso para comprar gasolina. Eran apenas cosas cotidianas de un pueblo donde todo es trascendente en materia de política. La majestuosidad del acto, donde exalcaldes levantaban la mano, llenando la atención para el saludo, eclipsaba cualquier desvarío, que nunca faltan.
Supe, mientras Silvio Cohen se me escabullía, que Héctor Olimpo, jugó en todos estos pationes solariegos donde Gabo cazó una tortulita, como todo niño sabanero, con todos los juegos, pero su principal juego fue a la política. No vio otra cosa. Le apostó y le ganó.
El viceministro, ya posesionado, se metió en un tremendo lio en su protocolario saludo, que se les estuvo salido de las manos y del protocolo, porque se dio cuenta de que había dejado a mucha gente por fuera, entonces hasta Don Jairo Fernández levantó la mano solicitando el suyo, mientras salía ganancioso Carlos Severiche, quien el día anterior buscaba quien le facilitara unos zapatos para asistir y se amalayaba por quitarle el micrófono al maestro de ceremonia importado. Y yo, que soy poco social, y que me había sentado en un lugar intermedio, me escondía, no lo permitiera Dios el Viceministro me fuese a saludar. ¡Qué pena!. No había sido invitado, tampoco lo buscaba. Bueno, pero estaba allí y mi deber era poder contar. Creo que algunas personas me vieron sin verme, mientras me escabullía en busca de un baño en el billar más cercano, porque no había donde orinar.
El distinguido Vice volvió a ser más niño al recordar su niñez y su primer beso de adolescente, ratificando la sinceanidad de nacimiento que lleva en su alma y el orgullo de ser mazamorrero, exaltando una especie de mantequilla criolla llamada ajonjolí. Fue un discurso de tres partes, lirico a veces, muy latinoamericano, donde priman la palabra desconfianza y el desprestigio del desarrollo. Un discurso que relevó a Sincelejo como capital, porque Sincè es el corazón de la sabana y del Caribe. Un discurso para analizar y para la esperanza, en que las cosas pueden cambiar después de un pasado con pocas cosas por rescatar.
PD. Me vine rápido en un carro de plaza, con el corazón comprimido por lo que vi al final, cuando un grupo de “periodistas”, en especie de peaje, les pedían plata a alcaldes y a otros funcionarios. ¡Qué pena! Al vice le dejé mi abrazo a través de Silvio Cohen y el deseo de que las cosas marchen bien.

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Alfonso Hamburger

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