Ike , Henry y el gran hermano, Adolfo Pacheco.
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Desplazamiento, mùsica y carnaval(3)

CUANDO EL CARNAVAL VINO DEL MONTE.

 

Por Alfonso Hamburger

Premio Nacional de Literatura Manuel Zapata Olivella 2012.

 

“En el barrio todavía se habla de aquella noche. Dicen que el salón San Andrés estaba repleto: ventiladores perezosos, camisas pegadas a la espalda y una orquesta que tocaba porros hasta que los pies ardían. Miguel, que ya no era joven pero tampoco estaba listo para rendirse, se empeñó en una última partida, una última ronda, una última promesa. El incidente —nadie lo cuenta igual— fue una mezcla de orgullo herido y cuentas mal hechas. Lo cierto es que al amanecer ya no quedaba ni para el pasaje”

Adolfo Pacheco Anillo, el juglar de Los Montes de María-

UNO

 

El Carnaval de Barranquilla se ha consolidado como un crisol cultural que amalgama las tradiciones de todo el Caribe, nutriéndose profundamente de la herencia sabanera de departamentos como Bolívar, Sucre, inclusive Córdoba y departamentos a la derecha del río Magdalena.

La conexión con esta región y sus relatos de resiliencia se manifiesta a través de diversas expresiones culturales, que incluyen la danza, la gastronomía, la cría de gallos finos, la música en general, en medio del desplazamiento forzado, cuyas victimas hallaron en Barranquilla un consuelo, paz y tranquilidad.

La célebre canción «El Viejo Miguel», compuesta por el maestro Adolfo Pacheco Anillo en San Jacinto, Bolívar, es un merengue sabanero en estilo vallenato que narra la melancólica despedida de su padre, Miguel Pacheco Blanco. El relato detalla su partida de las tierras sabaneras hacia Barranquilla tras la muerte de su esposa Mercedes Anillo, cundo Pacheco tenía siete años, y la crisis económica, simbolizando el desplazamiento y la búsqueda de nuevos horizontes en la capital del Atlántico.

Esas historias de pueblo, han trascendido en foros, libros, discos, homenajes, conversatorios, incluso en la televisión.

La serie «El Gurrufero”, una producción grabada en San Jacinto en plena pandemia, destaca la cultura sabanera- montañera y ha sido transmitida por el canal regional Telecaribe. Esta serie rescata el humor y las vivencias propias de los pueblos de la zona, reforzando la identidad que luego se vuelca en las festividades del Carnaval y las patronales, como uno de los resultados del desplazamiento a Barranquilla, donde transita diez carnavales. Entre 1964 y 1974, cuando muere, pues el cierre de sus salones San Andrés y El Gurrufero, a raíz de un incidente grotesco que acaba con los carnavales en la tierra de la hamaca, se quiebra. “Fueron tres carnavales en los que el capuchón oscuro, causo muertos y heridos”, dice el historiador Numas Armano Gil, profesor de la Universidad del Atlántico.

Esa conexión musical entre los Montes de María y el Carnaval de Barranquilla, es el motor rítmico que ha mantenido viva la tradición de la gaita y el acordeón sabanero en la fiesta más grande de Colombia.

Toño Fernández y Los Gaiteros de San Jacinto: Como baluarte de los Montes de María, el maestro Fernández compuso himnos rurales que el Carnaval adoptó como propios. Canciones como «La Maestranza» o «El Manolo» son fundamentales en las ruedas de cumbia de la calle 17 o en la Gran Parada de Tradición. Son más de cinco Congos de oro y un premio Grammy Latino.

Aníbal Velásquez y la Guaracha Sabanera: Aunque nacido en Barranquilla, su estilo «acordionístico» está profundamente ligado a la sabana. Su tema «Rumba en Carnaval» (compuesto por Jaime Fontalvo) es una pieza infaltable que menciona directamente las danzas del Torito y el Garabato, fusionando el sonido sabanero con el espíritu currambero.

* El «Corroncho “ Hernán Villa, junto a figuras como Dolcey Gutiérrez, del Guamo, ha aportado al cancionero festivo con temas como «El recochón del carnaval», que mantienen ese sabor de la «recocha» y la parranda propia de las sábanas de Bolívar y Sucre.

No olvidemos que el himno del Carnaval, Te Olvidé,  una especie de Chandé, es de la autoría de Antonio María Peñalosa, provenía de Plato, Magdalena, un punto convergente entre el bajo Magdalena, con Zambrano y el entonces pujante puerto Jesús del Rio, centro de producción de ganado cebú y entronque vital con los Montes de María.

Las danzas de los gallinazos y los negritos de la boca del puente, entre muchas danzas del sur de Bolivar, provenían de esta zona, como las farotas de Talaigua Nueva, Pedro Ramayà y Toto la Talaiguera, son otros bastiones de ese crisol.

Esa tradición es un pilar de la historia oral que vincula a los dos grandes polos de la música de acordeón: San Jacinto y Barranquilla.

La historia de «Alicia la Campesina» es, de hecho, el punto de partida de la carrera comercial de Aníbal Velásquez:

 

Primero se encontraron en el Gurrufero. En 1952, Aníbal Velásquez grabó su primer acetato con el grupo Los Vallenatos del Magdalena. La canción elegida fue precisamente «Alicia la Campesina», un paseo compuesto por el juglar sanjacintero Andrés Landero.

La anécdota de la «apropiación»: Se cuenta que Landero, siendo un joven compositor de los Montes de María-Había nacido el 4 de febrero de 1931-, le entregó el tema a Aníbal diciéndole: «Grábala, que tú le pones sabor». Aunque Landero es el autor indiscutible, la versión de Velásquez fue la que primero «reventó» en las emisoras de Barranquilla, consolidando el sonido sabanero en la ciudad.

Esta relación se ha mantenido tan viva que la serie «El Gurrufero»,, incluyó testimonios y referencias a figuras como Aníbal Velásquez, destacando ese «salón distinguido» donde se cruzaban las leyendas de la sabana y la ciudad.

Homenaje eterno:

Años más tarde, el propio Aníbal grabó el tema «Homenaje a Landero», donde reconoce explícitamente: «Alicia la campesina fue su gran composición», cerrando el ciclo de una amistad que nutrió el folclor del Caribe. El Inter texto,  o un presunto plagio no pasó a mayores, porque en la serie, se hizo claridad, con la actuación del juglar Eduardo Lora Lentino.

Esta colaboración ratifica que el Carnaval de Barranquilla no se entiende sin la «materia prima» rítmica y narrativa que bajaba de los Montes de María y del río Magdalena.

Aunque ambos maestros compartieron repertorio y una profunda amistad, sus estilos representaron dos formas distintas de entender el acordeón caribeño:

Andrés Landero: El Rey de la Cumbia Sabanera  montañera.

El estilo de Landero, nacido en San Jacinto, es la traducción exacta de la gaita indígena al acordeón.

Cadencia y Nostalgia: Su ejecución es más pausada y melancólica, enfocada en marcar el ritmo de la cumbia tradicional.

Técnica «Sabanera»: Utilizaba mucho los bajos para imitar el sonido del tambor llamador, manteniendo una estructura de «paseo sabanero» que se siente más rural y terrenal.

Identidad: Se le conoce como el «Rey de la Cumbia» porque no buscaba la velocidad, sino el sentimiento y la conexión con el baile de las velas.

 Aníbal Velásquez: El Mago de la Guaracha 

Nacido en Barranquilla, Aníbal revolucionó el instrumento con una propuesta urbana y frenética.

Velocidad y Virtuosismo: Es famoso por su agilidad digital (pitos), lo que le valió el apodo de «El Mago del Acordeón».

Fusión Tropical: Mientras Landero era purista de la cumbia, Aníbal integró ritmos como la guaracha, el boogaloo y la salsa, creando un sonido «picante» diseñado para el baile de salón y las verbenas del Carnaval.

El «Rumbón»: Su estilo es sinónimo de fiesta explosiva. De hecho, recientemente fue homenajeado con el Súper Congo de Oro en el Carnaval de Barranquilla por sus siete décadas de trayectoria.

Para ser exactos, Landero ponía el alma y la tradición del monte; Aníbal ponía el vértigo y la picardía de la ciudad.

 

                                          DOS

 

Crónica del Viejo Miguel.

El viejo Miguel se fue solito para Barranquilla el 15 de abril de 1964 poco después que se presentó el incidente del salón San Andrés y se acabó todo,  el dinero y  hasta  el Gurrufero

Barranquilla en 1964.

Esta bomba de gasolina ( calle 41 con Murillo) donde trabajó el Viejo Miguel, no ha tenido grandes trasformaciones. El viejo casi no hablaba con nadie, celaba de noche y de día  pasaba en familia.

Barranquilla es una ciudad portuaria muy importante del Caribe colombiano, conocida por su ambiente comercial y cultural.

La fecha (15 de abril de 1964) sitúa la historia en una época de muchos cambios sociales y económicos en Colombia.

“Gurrufero” es un término coloquial poco común; dependiendo del contexto, podría referirse a alguien fiestero, alborotador o a cierta situación de desorden. El diccionario lo define como un burro de poca monta. Basto. Adolfo Pacheco le da una condición del hombre alegre, el bacán de Barranquilla, chévere,  pero que echa distinto el piropo, el que a las cuatro de la tarde, ya bañando y emperfumado, está parado en las esquinas, enamorando a las muchachas. Del termino despectivo, como antes era el vallenato, el poeta lo eleva a otro nivel. El Viejo Miguel, cuando entra en crisis, advierte que saldrá de todos sus bienes, menos del Gurrufero, pero una tragedia en el Salón San Andrés, en pleno carnaval, agudiza la crisis , entonces decide marcharse para Barranquilla, porque en San Jacinto una quiebra económica  era una catástrofe moral.  Les habían perdido el respeto de tal manera, que la primera mujer de Adolfo fue a la tienda de la esquina y unos borrachos  la estaban enamorando.  El remedio para restaurar la moral, fue hacer la canción el Viejo Miguel, donde menciona a  sus amigos que dejó en el pueblo y los dos salones del carnaval, El San Andrés ( su animador lo abandona) y El Gurrufero. Se acabó todo.

El viejo Miguel se fue solito para Barranquilla el 15 de abril de 1964, con una maleta de cuero amarrada con cabuya y la dignidad hecha nudo en la garganta. Se fue poco después del incidente del salón San Andrés, cuando el dinero se evaporó como ron al sol del mediodía y El Gurrufero —esa racha de fiesta, apuestas y amigos de madrugada— se quedó sin música.

En el barrio todavía se habla de aquella noche. Dicen que el salón San Andrés estaba repleto: ventiladores perezosos, camisas pegadas a la espalda y una orquesta que tocaba porros hasta que los pies ardían. Miguel, que ya no era joven pero tampoco estaba listo para rendirse, se empeñó en una última partida, una última ronda, una última promesa. El incidente —nadie lo cuenta igual— fue una mezcla de orgullo herido y cuentas mal hechas. Lo cierto es que al amanecer ya no quedaba ni para el pasaje.

Barranquilla, en los años sesenta, era un imán para los que buscaban empezar de nuevo. Puerto abierto al mundo, olor a sal y a comercio, camiones entrando y saliendo como si el progreso tuviera ruedas. Miguel llegó con la camisa planchada por su propia mano y la determinación de quien ha tocado fondo. Consiguió trabajo descargando bultos en el mercado, luego como ayudante en una bodega cerca del río, hasta que ancló su destino en una bomba de gasolina ubicada en la calle 42, como celador. Aprendió a medir el tiempo por los silbatos de los barcos y por el cansancio de los hombros. Ya había tenido un incidente de discriminación racial en un distinguido Club, donde llegó cuando era el contador empírico de Rafael Matera. Era un negro, tirando a zambo estilizado por su vestido implacable y su sombrero de fieltro, pero supo salir airoso al declararse cónsul de Haití.

Nunca habló demasiado del salón San Andrés. Cuando alguien mencionaba la palabra “incidente”, él respondía con media sonrisa y cambiaba el tema. Decía que en la vida hay que saber irse a tiempo, aunque él se hubiera ido tarde. Con lo poco que ganaba enviaba monedas envueltas en papel periódico a la familia, como quien manda pruebas de que todavía está de pie. Se anticipó a Diomedes Diaz, con decenas de hijos, legítimos y naturales.

Era jodido, y por eso Adolfo se hizo acompañar de Ramón Vargas a Barranquilla, cuando le fue a llevar el tema que le había compuesto, temiendo una represalia. Se arquearon frente a un árbol de mango, en el barrio San José,  y cuando Adolfo terminó , se fusionaron en un abrazo. El Viejo lloraba. “Hijo, tú has hecho una verdadera poesía”. Màs nunca regresò a San Jacinto, donde hasta el forastero preguntaba por su persona, porque el viejo Miguel había encontrado sus propio carnaval en Barranquilla. Murió a los74 años, nueve menos que los que vivió el autor de su homenaje.

Con los años, el viejo Miguel se volvió parte del paisaje: el hombre que madrugaba más que el sol y que se sentaba en la esquina a contar historias sin héroes, pero con lecciones. Aseguraba que lo único que no se puede perder es el nombre. “La plata se acaba, el gurrufero se acaba —repetía—, pero el nombre se cuida”.

Y así fue como aquel viaje solitario dejó de ser huida para convertirse en comienzo. Porque en el fondo, la crónica del viejo Miguel no trata del incidente ni de la miseria pasajera, sino de la obstinación silenciosa de un hombre que decidió reconstruirse lejos, donde nadie lo llamara por sus errores, sino por su trabajo.

LA SOLEDAD Y LA POESIA.

Adolfo Pacheco y el periodista Alfonso Hamburger.

Cuando Adolfo Pacheco dice que su padre se fue solito para Barranquilla lo hizo en el sentido figurado porque se llevó dos de sus  mujeres y diez hijos que ahora disfrutan el carnaval el Barraquilla,  aunque las fiestas de las colonias se hayan acabado en los vientos de modernización y cercamiento del evento, después de nacer en un parque.

Cuando Adolfo Pacheco cuenta que su padre “se fue solito para Barranquilla”, lo dice claramente en sentido figurado y con tono humorístico.

La expresión “solito” es una forma irónica de contar la historia, muy al estilo costeño, donde el humor y la exageración hacen parte natural del relato.

Al mencionar que ahora disfrutan el carnaval, se refiere al famoso Carnaval de Barranquilla, una de las fiestas más importantes de Colombia.

A la muerte del juglar san ja cintero, el 28 de enero de 2023, a San Jacinto regresaron, en el único día de velorio- Porque su sepelio fue en Barranquilla, una de sus mujeres y varios de sus hijos; La familia Pacheco Olivera.

Antes de su viaje definitivo a Barranquilla, donde disfrutaría durante diez años del Carnaval, el viejo Miguel ya había estado en esa ciudad en compañía de su jefe, Rafael Matera, en el pomposo Club Campestre de Barranquilla.

Vestía de lino blanco y llevaba sombrero de fieltro. Sin embargo, en aquel lugar no admitían negros y, cuando el botones lo vio, le preguntó con desdén:

—Negro, ¿Qué haces aquí?

Miguel respondió con serenidad que era el cónsul de Haití, y así lo dejaron entrar.

 

 

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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