!Dolcey Gutiérrez, el entrañable petulante!

Dolcey Gutierrez, es mas tímido que en la tarima, donde dice se transforma en un payazo.
Dolcey Gutierrez, es mas tímido que en la tarima, donde dice se transforma en un payazo.

¡Dolcey, el petulante!

Dolcey Gutierrez, es mas tímido que en la tarima, donde dice se transforma en un payazo.
Dolcey Gutierrez, es mas tímido que en la tarima, donde dice se transforma en un payaso.

Por Alfonso Hamburger

El hombre que habla en la radio me cae gordo, como si fuese la patada de un mulo cerrero en el vientre. Es demasiado temprano para soportarlo. Las claras del día se insinúan entre las ramas empolvadas por el verano de las ceibas que se alzan detrás de los edificios, a través de los cuales se filtra la música de la caseta del carnaval, cuyos gozones siguen la ola musical hasta que los rayos del sol empiezan a romper la neblina mañanera. La voz de quien habla en la radio es empalagosa, egocéntrica, muy grave, y además se ensucia por el mal sonido de mi celular, por la charla de mis amigos de viaje y por la música de la caseta moribunda ya, donde un vallenato incumplido trata de emparejar la carga, con su voz desafinada.
Miro mi reloj: son las 6:06 minutos del domingo. La señal de la radio se va por momentos. Mis amigos hablan fuerte, se ríen. Y yo, mientras les hago el quite, solo trato de identificar aquella voz petulante, que habla de sus hazañas y de sus triunfos.
El ambiente me fastidia, en medio de las risas y de la bulla, mientras nos aprestamos a coger carretera.
El auto empieza a rugir, a través de calles torcidas, mientras intento de acomodarme el cinturón, en el puesto de atrás. Trato de identificar, en medio de la bulla, aquella voz grave, empalagosa, pero no me dejan. Por lo que dice- su primer éxito lo grabó en el año 63 del siglo pasado- debe ser un hombre mayor de 70 años. Se me hace que es la voz de un negro, de pronto de un toludeño, o cartagenero, facto, hazañoso, qué sé yo…Narra en primera persona y en el monólogo asegura que no se considera un cantante de doble sentido, que su humor es una especie de chiste que lanza al público en canciones y que ese público se lo devuelve para retroalimentarse. En lo poco modesto que ha dicho en los primeros diez minutos se declara mal echador de chistes, que es flojo para eso. Confiesa, con la misma voz fastidiosa, que su gracia es la música y eso parece ponerlo a salvo del olvido y de mi fastidio. Siento rabia por él y por la bulla de mis amigos, se me revuelve el azúcar.
Me da rabia ese tipo de programas, porque no escuché el inicio, ni la identificación. Ahora viajamos y el dial marca los 100.8 de Unsiucre FM, radio cultural por la excelencia. Claro, ya: se trata del programa La Hamaca Grande. Y al fin, ya en Sampues, descubro que aquella voz, que en este instante me da la razón, al declararse un tipo petulante, es la Dolcey Julio Gutiérrez De La Cruz, declarado el rey de la recocha en el Carnaval. Realmente yo- y ahora soy el petulante- no lo conocía muy bien sino a través de esta entrevista, que por momentos engancha a mis amigos, quienes me pidieron que apagara mi celular, porque que parecía una chicharra, y han puesto el equipo del vehículo. Menos mal que no me cambiaron de emisora para sintonizar aquel picó donde cantan los discos como si fueran goles. Realmente, el programa, los cautivó por momentos.
Cuarenta minutos después estábamos desayunando en Sahagún, bajo una ceiba frondosa. Todo era alegría. Las historias de Dolcey Gutiérrez- como es su nombre de combate- nos agradaron a todos. La radio es buena cuando tiene contenido. ¡El rey de la recocha! A quien consideraba un músico vulgar, ya era otra cosa.
– Hasta Diomedes decía que a mí me lucían las vulgaridades, dijo, y soltó la risotada.
Ahora que comemos bajo la ceiba, cuando aún resuena el cantinero sirva trago que me voy a emborrachar, el re cochón y el chinito fumador, sus tres primeros éxitos, recuerdo la voz petulante, que expresó algo interesante, lo que lo suaviza ante mi dictadura:
-No niego la tierra donde Nací: Nerviti.
Y agrega: lo cargo y lo llevo donde quiera que doy un concierto.

II

Para llegar a Nerviti, un pueblo perdido en las estribaciones de los Montes de María, muy metido en la rivera del Magdalena, hay que llegar primero a San Juan Nepomuceno, partiendo de Barranquilla, pasando Calamar y Carreto. O más bien, hay que doblar a la izquierda, una vez se pasa la Loma de la Venera, donde se mató Eduardo Lora. Un kilómetro antes de San Juan, más exactamente. Allí está la entrada del Guamo, su cabecera municipal. La pancarta luce desgastada, pero no tiene pierde. La carretera, muy estrecha, pero pavimentada, serpentea colinas azulosas y se yergue a través de un paisaje andino. Las haciendas ganaderas se descuelgan cercadas con nacederos de mata ratones y la yerba guinea, cocuyo y angleton, tejen las sabanas. Fue esta tierra sangrientamente disputada por la guerrilla, que estuvo primero y después de hegemonía paramilitar. Es una zona rica en folclor. Por allí está el corregimiento de San Agustín, done nació el rey vallenato Julio Rojas y el Damián criollo, Rufino Barrios. También nació por aquí Carlos Vélez, el cajero de Luis Enrique Martínez. Es una franja de tierra seca, encajonada sobre un valle que baja, sendero de trupillos, cerca del rio Magdalena. Si se quiere se puede tomar una embarcación en Calamar y en cuarenta minutos nos deja en Nerviti. Es la tierra que Dolcey no deja de mencionar en cualquier escenario conde lleve su show. Allí vivió y procreó una larga prole (diez hijos) Don Pedro Gutiérrez, un habilidoso comerciante, que amasó una fortuna considerable, negociando carne vacuna con los ingleses. Gutiérrez hizo de sus hijos profesionales exitosos, en medicina, administración , abogacía, enfermería y otras. El único que no quiso estudiar fue Dolcey. La familia, buscando nuevos horizontes se asentó en Barranquilla, cuando Dolcey tenía seis años, pero nunca dejaron el contacto con la tierra donde vieron los primeros rayos del sol y la luminosidad del rio.
Por su labia- era petulante y hablador desde joven- el viejo veía en Dolcey a un abogado, pero la vaina se le torció desde que el joven se encontró con el acordeón. Le llamaba la atención la música de Aníbal Velásquez, que estaba muy pegado con sus guarachas, boleros en acordeón y uno que otro vallenato. Terminó el bachillerato por ajuste, porque era una especie de nómada, lo que se acrecentó con la música y en la clausura le tocó alternar con su ídolo. Fue su primer objetivo cumplido.

III

Por la emisora, cuando ya íbamos por Sampues, Dolcey confiesa que el viejo Pedro Gutiérrez, El Mono, como le decían todos, tuvo a punto de sufrir un infarto, cuando lo vio con un acordeón en el pecho. No era en balde su preocupación. El Guamo, Municipio base de Nerviti, fue lugar atractivo para aquella juglaría que tocaba por ron. Eran músicos trashumantes que andaban sin ley, mujeriegos, que se enfrentaban al Diablo, que llegaban de pueblo en pueblo y tocaban sin un contrato previo. Gutiérrez no quería a uno de sus hijos metido en esa aventura. Pero Dolcey había cerrado los ojos y metido la cabeza por la música. A los 17 años se fue de la casa, se casó con el acordeón y rompió relaciones con el padre. ¡Duraron dos años sin hablarse! Hasta que sucedió lo inevitable, aquel caballero del sombrero, tímido en la calle, mostró en la tarima, en su primer baile de carnaval su destreza, volvía loca a una multitud delirante. Uno de los espectadores, contagiado con aquella hola, levantaba los brazos o se regazaba el pantalón y gritaba: “Ese es mi hijo, nomejoñe”. Al finalizar la presentación, en medio de otra, otra, el viejo fue a abrazarlo. Lloraron y se perdonaron. Murió sabiendo que su hijo había conquistado el mundo con la música, haciendo lo que le gustaba desde el colegio.

IV

Vuelve la voz petulante. Ahora pasamos por Chinú. Dolcey fue un tipo con suerte. Su primer baile fue tocarles a las reinas de Cartagena, en su presentación oficial. Cuando se presentó a Sonolux a grabar su primer trabajo solo llevó un tema. Su repertorio era de música ajena. Lo que más le gustaba era la música de Aníbal Velázquez, que tocaba por obligación, a quien empezó a imitar. Era la que le pedía la gente, para bailar, para gozar. Y cuando terminó de grabar el cantinero Sirva Trago que me voy a emborrachar, el ingeniero le pidió la canción del respaldo. No sabía cómo se comía aquello. Los acetatos traían un tema por la cara A y otro por la B. Era una ley. Al verse en aquella situación y ante el temor de echar para atrás el proyecto, el petulante, que era habilidoso para salir de situaciones difíciles, para embaucar, para tramar, la sacó del sombrero, como un verdadero mago. Se acordó que mientras iba al estudio se encontró con un amigo en un almacén y le narró el cuento del chino fumador. Allí mismo tomó el acordeón y no hizo más que narrar, con voz de chino, como el hombrecillo de ojos rasgados fumaba todo tipo de cigarrillos, y cuando le preguntó que si fumaba kull , le respondió que no conocía esa clase de cigarrillos, por temor a la palabra compuesta, que significaba abstinencia sexual. Primero se pegó por meses el cantinero y después el chinito fumador remató la jornada. ¡Se había pegado!.
Cierto día, sigue narrando la voz petulante, fue a comer en una casa de familia que había sido habilitada como restaurante, en Barranquilla. Mientras comía, los patos y patas y gallinas, que eran muchas, le pasaba por debajo, lo cagaban e incomodaban y allí mismo se le vino la idea de esa especie de trabalenguas grabado por orquestas internacionales, entre ellas la Billos. El pato le dijo a la pata, Patín pata larga, patín como yo…
Iba parejo, uno, dos, tres éxitos, pero las regalías no le llegaban. No eran generosas. Se envalentonó contra la casa disquera, que se llevaba todo el botín, dejando dos años sin grabar, hasta que Félix Butrón, un barranquillero amante de la música, abrió su propio sello y lo invitó.
De inmediato, la voz petulante y confiesa, sostiene que iba a volver, pero con algo escandaloso, que causara furor, que volviera loca a la gente, entonces fue cuando se inventó el doble sentido, no tuvo más remedio que volverse más petulante y vulgar.

Epilogo:

El hombre que va por la calle o que mima a sus hijos, hogareño y hasta bien parecido, es totalmente diferente al personaje que toca el acordeón y canta la recocha del carnaval. Se considera tímido, decente. Cuando empieza a subir los peldaños de la escalera que lo llevarán a la tarima las piernas le tiemblan, pero una vez arriba hace una morisqueta, lanza una frase emotiva y ve que miles de personas le responden, es como un Kid Pambelé que le ha dado el primer tramojazo a su adversario: su misión es rematarlo antes de que se recupere, entonces sabe que el público es suyo y que todo depende de la energía y actitud que le ponga, para que no deje de bailar.
Cuando toma el micrófono y es aclamado por esa multitud que suena como un terremoto, se inventa cualquier frase:
– ¡Cómo está mi gente?
La gente ruge, levanta las manos, muestra las botellas.
Dolcey sabe que los tiene dominados. Está como poseído. Ya es otro, al que no le tiemblan las piernas ni la voz, entonces viene el disparate:
– ¡Que levanten las manos los cachones!
…Y todos levantan las manos, porque puros e impuros, se consideran cachones. Nadie quiere ser menos que otro. Es el carnaval. Es el ritual de la carne.
Y es allí donde comienza la recocha. Dolcey, como Adolfo en me rindo Majestad, se vuelve rey.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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