Perfil del hombre malo!

 

…cuando me creía un hombre bueno.

Por Alfonso Ramón Hamburger.

 

Hasta hace poco tiempo yo estaba seguro de que era una persona buena. Me creía noble, sincero, buena gente- aquí no quieren personas buena gente, sino útiles-, cumplidor de mis deberes, acatador de las leyes. Iba a misa, me confesaba y hasta tomaba la hostia cuando creía que debía hacerlo. Ejercí el periodismo con pasión por más de 30 años, gané muchos premios (creo que son como 40), y en ese trayecto tuve muchas equivocaciones tontas, pero nunca eché mentiras. Nunca he sido demandado por injuria o calumnia. Jamás he estado ante una comisaría de familia, ni ante la Fiscalía. Me aterran los juzgados como los hospitales. Fui muchas veces a las cárceles y a los hospitales, a La Policía, y todas las IAS, pero siempre con la nariz tapada, cuando ejercía de periodista judicial y de todero.  Fui corresponsal de guerra. Cubrí 67 masacres. Creo que algo se averió en mi corazón, al ver tanta sevicia. Le tengo miedo a la sangre, por eso deseché la medicina, pese a mi buen puntaje en las pruebas. Le he huido también a las matemáticas. Lo único que sé es echar el cuento. Nada más.  De niño, cuando iba a la tienda de la esquina botaba los vueltos. Si me ordenaban ordeñar las vacas fingía que me dolía la cabeza. Lo mío era otra cosa.

El tesoro más grande que nos legaron nuestros padres fue la educación de comportarnos bien ante los demás. Respetar al adulto, a la mujer. Somos nueve hermanos y mi padre nos pajareaba de noche. Salía con su foco de baterías a revisarnos uno por uno, peleando con los mosquitos y con el calor sofocante de Bajo Grande, máxime cuando la casa era de zinc. No nos dejaban asomarnos a la puerta de la calle cuando teníamos gripa y si  había tiempo de lluvias, porque esos vientos eran malos. Tampoco salíamos a la calle sin camisa y sin zapatos. Eso era grave.

A veces no nos dejaban patear balón en la calle ni en la placita de corina, porque el sol sabanero era muy bravo. Nos íbamos a insolar. Nos criaron con tanta rectitud que parecíamos pendejos ante los hijos de los vecinos, que hacían maldades, se emborrachaban y muchos lo primero que hicieron fue raptarse a la muchacha más bonita del pueblo, la cual había jurado que se iba a vivir con fulanito de tal, aunque fuera debajo de un puente.

Siempre fui muy puntual en los trabajos y en las citas. Siempre llegué antes de quien me citaba. Nunca solicité un puesto. Los que tuve me los llevaron a la puerta de mi casa, claro que al principio trabajé gratis sin quejarme, hasta que me dieron la oportunidad.  Hacer el periodismo era como beber agua y lo hacía tan simple que a veces me parecía un juego.   Nunca le presté atención a nada.

Las cosas se iban dando solas. La plata nunca me interesó. Me picaba en el bolsillo. Alguna vez me quedó un superávit de unos buenos millones de un exitoso programa de televisión y se los di completicos a mi mujer. Aún no sé en qué se los gastó.  Me vine a dar cuenta que tener auto era importante hasta hace apenas unos pocos años. Mi auto es modesto y no lo voy a cambiar por una camioneta. Cumplen la misma función.  Y no me fui a trabajar a México, donde un empresario de la televisión quería llevarme, porque estaba afiebrado con mi primer auto. Me dolía dejar el auto solo en Colombia recién estrenado.  Pero creo que Dios sabía lo que hacía. Un auto en mi primera juventud hubiese sido peligroso, porque soy distraído y me gustaba la velocidad. Ahora no es que maneje muy bien, pero lo hago suave y con prudencia. Mi auto no sufre conmigo. Aunque a veces no me queda tiempo de llevarlo al lavadero.

La etapa más  bonita de mi vida fue cuando empezaron a crecer mis hijas y yo las  llevaba en el auto de la mamá- que no era el mío- y ellas se convertían en reporteras que me iban preguntando de todo.

Yo mismo iba a la tienda de la esquina por la libra de queso, el plátano pintón, las cabezas de ajo y esas cosas para aliñar la comida. Cuando caminaba libre por las calles, pateando piedrecillas, era más feliz. Saludaba hasta a las piedras.

Cuando llegaba a los festivales- creo que he sido jurado en casi todos- el mejor saludo del presentador era el mío. No pasaba desapercibido. Y eso me trajo problemas con unos tipos armados que andaban buscándome en Ovejas, porque el locutor me saludó apenas me vio en la zona preferencial y quienes me andaban buscando- paramilitares- me identificaron. No tuve problema en dialogar con ellos. Los levanté a cervezas. Querían que yo trabajara para ellos, porque sospechaban que yo era del otro bando.  Aquella noche se fue la luz y cuando vino, dos horas después, ya no había hombres armados en escena, solo gaiteros y soledad. Y lluvia. Y ron. Me les pegué a los gaiteros que iban por la calle y me dieron música y mucho ron.  Y calor.  Ellos son los míos. Así se me pasó él miedo. Después nunca más he tenido miedo.

Pero un día me fui volviendo un hombre malo. Un periodista envidioso – soy un defensor de la crónica y creo que no todo el mundo es cronista, me sacó un perfil en una plataforma oscura, sin control editorial. Mientras iba leyendo aquel pasquín me persignaba. Yo no me veía reflejado en ese escrito.  Alguien se me ofreció para darle de baja al mentiroso. No tengo alma de asesino, le dije.  “Déjalo, que el algún día rectificará”, le dije. Y lo peor, pese a que el pasquín fue dado de baja de la plataforma, algunos contradictores lo guardaron para acallarme y lo volvían a freír cada vez que yo trataba de sacar la cabeza. Estaban usando la estrategia de Goeble, el canciller de Hitler, pues una mentira mil veces repetida suele parecerse a una verdad.

Y fui convirtiéndome en  un hombre más perverso cuando sentaba posiciones sobre algunos asuntos y más todavía cuando empezaron a publicar algunos perfiles de mis logros, como en el periódico El Tiempo. No todos. Algunos periódicos y periodistas nunca han dicho nada bueno ni malo de mi vida profesional ni particular. Han sido indiferentes. Y en eso no me meto. El tiempo es el que se encarga de todo.

Un día dejaron de saludarme los presentadores en los festivales. Ya no voy sino a los que me invitan, ya sea como jurado o como conferencista. Hago poco barro en el público. Y la pandemia nos terminó de dar una gran estocada.

La fama de maloso se fue extendiendo. Quedé sin empleo, pero feliz.

Nunca estoy tranquilo. Siempre estoy proyectando cosas. Ahora soy candidato a una magister en periodismo multimedios en España  y me doy cuenta de  que  la profesión está muy avanzada. Ya hablan de un periodismo estructurado, de un periodismo inmersivo, del internet de las cosas, de la fotografía 360, de la impresionen 3d, y muchas cosas que parecen ciencia ficción.

En medio de la pandemia gané la posibilidad de hacer El Gurrufero, que, sin duda, ha sido la primera y más exitosa comedia que se haya hecho en los Montes de María, por no decir la sabana entera.

Me quedaron algunos pesos del Gurrufero. Me pidieron prestada mucha plata. A todos les di su poquito. Y lo más impresionante es que una persona muy cercana me pidió prestado un dinero. Cuando le dije que debía devolvérmelo me dio un sermón: “Hay, Pocho-me dijo- tu porqué te han vuelto tan malo, cuando yo te conocí tu no eras así, eras bello físicamente y por dentro, pero ahora eres una mierda”.

Bueno y yo, que quiero seguir siendo bueno, no volví a cobrarle. Aquella platica se perdió.

Ahora soy un hombre muy malo.

 

 

 

 

 

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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