Prosa poética:
LA TRISTEZA DEL CAPATAZ

electricaribe

Por Alfonso Hamburger

Està “morqueñando” la yerba.
Arriba, en la colina, le sigue lloviendo al sucio.
Los surcos de tierra recién mojada apenas dejan ver el maíz rociado por la noche, colita e loro.
Los nacederos, cortados a destajo, miden el horizonte. Recortan la brisa.
La cerca se hila y parece cortar el vientre de la montaña, en el celaje del Caribe. El cielo siega la mirada, emblanquecido por las nubes.
A lo lejos se ve, entre las nubes de plata, rompiendo el horizonte plomizo, la silueta metálica de lo que parece ser una antena.
Llamo a mi compadre para que me ayude a mirar:

-¡Es una torre de la luz!, dice.

La vaca hosca no tiene pena.

El ternero, tan grande, se la mama en la intemperie y cuando se le acaba la leche, le da cabezazos en la ubre. La estremece. Y ella, como si nada, tranquila rumiando.

Y ella parece gozar con su bebé ya de destete, como si a cada jalón de lengua, sintiera un orgasmo. Aun mamá, sin pensar que pronto no será más que un negocio, de pronto para levante o corraleja.

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El rancho de palma parece ocultarse entre los árboles.
Hace frío. El suelo está “enchopado”. Hay amagos de nuevas lluvias. Brisea. Grisea en lontananza.
La hamaca está enrollada sobre sí misma. Cuelga de las tirantas, donde pega la brisa.
El fogón de leña canta, la yuca ha salido buena y eso es una bendición
En el ajetreo de la mañana, el hombre prueba la yuca harinosa. Lo veo y parece esconderse detrás del parapeto que me corta la visual.
Se hace a un lado, ocultando su afán.
Será un desayuno – almuerzo y quizás cena a la vez.
Es un solo tren al que esperan.
Es domingo en la sabana entera, parcelada a pedazos. Desde arriba es una sola. De abajo la dividen cercas de matar ratón y maderos pétreos.
El perro, tirado en su largo espinazo, parece una piedra.
Duerme su larga espera, indiferente a los cuchicheos, al humo y a la brisa.
La mujer, que también se mueve, diligente y discreta, se acuerda del loro.
Mete sus manos en la jaula y dice que todo está sucio. Se limpia el mugre sobre el vestido arrugado. El barro huele a inviernos.
El loro le habla, viva el partido liberal.
Ella bota las sobras de la comida de varios días, el loro celebra, el perro sigue durmiendo.
Van llegando más campesinos, como si tuvieran el santo. La mosca buena. El secreto del gallinazo, que huele la mortecina a lejos. Son puntuales con el humo y la comida.
Y se van haciendo los pendejos. Y se añingotan en la espera, al acecho.
Huele a yuca harinosa. No sabe a florecitas. No es yuca ahogada.
El humo espejea. La brisa cascabelea. Apenas se nota en el alar del rancho, en el leve movimiento de la flor.
La yuca alcanza para todos.
No se sabe si del guiso de la gallina que será para la visita.

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II.

El viejo que llegó a caballo parece un juglar sabanero.
Lleva sombrero cenù tirado como vaquero aparecido de lejos. Su mirada es triste. Sus pensamientos lejanos.
La bestia sobre el nacedero parece darle prestigio. El viejo lo sabe. Sigue pensando, como si mirara un río.
Sus ojos son hundidos en sus cuencas.
Su boca sin dientes es una mueca del destino.
Sus abarcas típicas contrastan con el jean que aprieta su cuerpo magro.
Su reloj digital con la cubierta del machete y el zoco no pegan.
Su fortaleza es el caballo que espera.
Hay tristeza en el jinete.
Hay olor en los surcos.
Huele a tierra mojada.
Hay humedad en el cisco.
Hay esperanza en la tierra que espera.
Pero hay tristeza en el jinete.
Tres meses ha que no recibe un centavo de su amo.
Venda la leche de las vacas para sostener a su mujer. Sus hijos, ya criados, están del otro lado del río. No sienten la espera. No ven.
Si se deja morir del hambre es porque quiere, dice su amo.
La Victoria eran 300 cabuyas.
La invadieron los campesinos hace mucho tiempo.
Lograron una parte y después vino la guerra.
Después llegaron los del carriel y compraron mil cabuyas como vacas flacas.
Nadie se metió con los extraños.
Los campesinos vendieron a huevo de gallina.
Una promesa de venta es un mandato legal.

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El jinete desamarra su cabalgadura.
Sabe de su mala suerte.
Su mujer lo espera en el rancho, pero sigue triste.
Apenas las nubes se mueven.
El golero vuelve a volar en círculos. Desde los aires no hay divisiones. Para el gallinazo todo es plano, sin limites.
El viejo va triste.
Su silueta de vaquero corta la brisa.
Sus nietos lo esperan.
El destino es allí.
El destino es así.
A su tierra no volverá.
Su tristeza lo delata.
Y por la noche la despedida.
Ni siquiera contestaron el Adiós.
Tampoco el pito del auto.
Moría la tarde y los dos ancianos
Quedaron como estatuas rígidas
Empezaron a llegar los mosquitos
Y llegaron nuevas plagas
Y llegaba la noche, con todos sus misterios.

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Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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