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!La zaga de frío de perros!

BAJO GRANDE 1EL DÍA QUE MI PADRE VENDIÓ A NUESTRA ISAGEN.

A raíz del homenaje que  un grupo de amigos me harán el 22 de Agosto, empecé a  escribir unos textos autobiográficos, tratando de justificar tanta bondad de la vida. Es una especie de repaso de los sueños, desde la infancia hasta donde me permitan estos tiempos.

Por Alfonso Haburger

Aquella mañana remota mi madre lloraba como si se le hubiera muerto el hijo más querido de la familia. Mientras ella naufragaba en el alba, el martilleo tenaz de quienes despiadadamente trataban de desprender la planta Lìster de la base de concreto en que mi padre la había incrustado años antes, el pueblo despertaba con aquella mala noticia. Y veía a través de las astillas que recortaban la brisa en el patio, desde el callejón de Argelio Anillo, como llegaba la oscuridad. Se iba la mocha. Se apagaba una luz. Y como si fueran llantos premonitorios de que empezaba el decaimiento de Bajo Grande, un remolino seco hizo tirar las gallinas de las trojas , bramaron los terneros y ladraron los perros. Un viento frío estremeció el alar del rancho. Los pájaros hicieron silencio en su mudez suprema.

No importó el madrugonazo de los forajidos (que así los veía el pueblo desde su impotencia), porque el golpe del martillo sobre el concreto no sólo incrementó el llanto de mamá, sino que revolucionó todo el pueblo, que se apostó desde sus talones, hincados en sus abarcas, antes de tomarse el tinto amargo. Bajo Grande no era más que noventa y dos casas de palma y bahareque dispuestas en cuatro callejuelas, dos lagunas, una iglesia de piedra y barro y una cárcel de ladrillos acostados cuyo único preso se fugó la misma noche de su captura. Mi padre, que había hecho lo que no había lograba el desgobierno, fue el artífice de aquella obra macondiana. Era el eterno inspector de policía, amante de la política del general Gustavo Rojas Pinilla y que al final, terminó siendo “barracista” y después, vencido por el desorden de los partidos: pastelero.

Mientras mi madre pensaba en un futuro a largo plazo y era metódica, mi padre manejaba una economía de bolsillo, porque nunca supo realmente cuánto se ganaba en cada uno de los múltiples negocios que hizo, hasta los 58 años, cuando se achantó a vivir de los recuerdos de ella. Ya no iba al monte, pero no dejaba de mirar el cielo a ver si iba a llover, detenido en el celaje de las tardes, con una mano sobre las cejas, para que no le estorbara el sol. Él era un hombre de hacha, machete y garabato; hereje, fuerte y trabajador. Puro alemán nacido en Colombia. Capaz de manejar desde un buldócer hasta un avión. En cambio ella era mesurada y discreta, que defendía cada centavo, mientras papá arreglaba sus negocios en la emotividad de una parranda. Le gustaban las apuestas en el macondo de la plaza, jugar en las plumillas, cazar en las ruletas, disparar hasta con una sola mano, montar a caballo y pulsear la vida de tú a tú. Cargaba la plata en los bolsillos y no le gustaba decir que no. Era fácil para meterse la mano al bolsillo. Sabia beber ron y pocas veces se le vio perdido en una borrachera, como en aquella mañana que venía de Las Palmas de madrugada y el caballo en que iba le cayó sobre un costado y le luxó una pierna. Fue la única vez que lo vi llorar como un niño, máxime cuando el cachaco del Uvito, un curioso a quien fueron a buscar de urgencia, trataba de ponerle los huesos en su sitio a la brava. Fue también la primera vez que gocé con su llanto, porque me acordé que la tarde anterior papá había preferido quedarse en Las Palmas bebiendo guaro con sus amigos, mientras mi hermano menor y yo, tuvimos que desafiar solos el camino de regreso, en medio de una tormenta, con una recua de burros, mulos y caballos, donde habíamos transportado bultos de tabaco. No alcanzábamos los doce años- que era entonces cuando comenzaba la edad adulta- , para darnos tan difícil tarea, sobre un camino peñascoso y resbaloso del que él tampoco se había salvado. Éramos tan pequeños, que para subir a los animales, teníamos que usar los zancos, los barrancos o que un adulto no trepara a pulso.
De modo que mi madre no estuvo de acuerdo en la venta de la planta, con la que se le suministraba luz a medio pueblo. En los velorios- que eran los actos sociales más concurridos- amanecía prendida. Igualmente cuando sacrificaban una vaca en el patio, que era una fiesta. Tampoco estuvimos de acuerdo sus ocho hijos, aunque nuestros pataleos como el llanto de mamá nunca iban a ser tenidos en cuenta. Él tomaba sus decisiones en caliente. Y el pueblo, respetuoso y agradecido, apenas miraba.
Aquella Planta Lister, color verde, era el desencadenamiento de su primer negocio de cantina, que después se convirtió por tiempos en un prostíbulo. Papá sacó el picó fiado en Cartagena y puso una vara alta, en la que subió una bocina de alta fidelidad con una carrucha. Se llamaba “El Manicero”, en honor a la canción de moda. La gente compraba la música por horas y tenía derecho a hacer dedicatorias y complacencias. Algunos agarraban el micrófono y deduzco que se perdieron allí muchos buenos locutores cuando se selló el negocio, que no era bien visto por mamá, porque sospechaba que ellos mismos ( papá y Tío Ramón) hacían el control de calidad de aquellas mujeres traídas de Zambrano, en la orilla del río. Los clientes pagaban con centavos cuando el negocio, tomado a crédito con fiador y todo, había costado dos mil pesos, de modo que cuando mi papá se echó al bolsillo los primeros chivos de la primera hora, se dio cuenta de que tenía que dedicarse casi el resto de su vida a aquellas complacencias y a atender borrachos para saldar la deuda. Combinaba la siembra, el levante de ganado cebú que habían traído los alemanes por Jesús del Rio (un poco más abajo), la compra y venta de tabaco y una tienda esquinera, para levantar ocho hijos, pues el viejo Wife lo desheredó a los dieciocho años, cuando contrajo matrimonio con mamá, de modo que la vida lo hizo un hombre duro, quizás amargo, desde los primeros años. Papá Wife, mi abuelo, puso el grito en el cielo cuando sacó la cuenta de los gastos que demandó su quinto de primaria en Sahagún. Pensó que era mejor inversión meter esa plata en ganado.electricaribe
Papá siempre tuvo una actitud militar y andaba con una carabina al hombro y revólver al cinto, con salvoconducto, claro. Era tan certero con el plomo que le daba una segunda oportunidad a los conejos y venados que hallaba en la orilla de los caminos reales. Primero pisaba una cáscara con sus botas para alertarlos y cuando saltaban los cocía a plomo en el brinco. Nunca fallaba. Con las serpientes era mucho más certero, porque tenían la sangre fría y atraían el plomo caliente. Y como era un Dios con la carabina, le cogieron miedo. Una noche, que estaba solo en casa, un ladrón se metió en su habitación y se llevó la carabina, que fue hallada al día siguiente en un basural. El pueblo era muy sano y aquello fue como una simple advertencia. El ladrón, después que mató el tigre le salió huyendo al cuero, como si el arma le pesara demasiado.
No recuerdo muy bien, pero la primera planta que tuvo, en el negocio del picó, estalló una noche en mil pedazos. Sólo quedó el dínamo azul, una especie de mazorca a la que le ponían unas pastillas rebobinadas para generar la energía. De la planta aquella sólo quedaron piezas regadas en los patios, entre ellas una manivela, con la que jugábamos de niños, cuando fungíamos de ganaderos y comerciantes. De modo que el día que mi padre se presentó con una nueva planta Lister, color verde, que trabajaba con Acpm, la gente que se había aglomerado a verla cuando la descargaban en hombros, se dio cuenta de que venía incompleta, no traía dínamo. Alguien gritó en medio de la multitud que estaba mocha y así la dejaron para siempre: La mocha.
…Y ahora el pueblo y mamá contemplaban su desmonte, ante la frialdad de papá para sellar aquel negocio. Mientras los extraños batallaban con la mole de concreto para desprenderla de su base y mi mamá oraba, un camión esperaba para cargarla. Se la llevarían para otro pueblo perdido en la sabana.
Este tipo de plantas, cuya misión era operar el dínamo para generar energía, necesitaban funcionar en ambientes abiertos. Mi padre ya tenía un rancho, en el centro del patio, donde se hizo una placa de cemento y en ella se anclaron la planta y el dínamo, atados por unas polainas, casi en la intemperie, al lado del corral de las vacas. La planta giraba y a través de unas poleas movía la mazorca del dinamo y se hacia la luz. Después pusieron postes y tiraron líneas, para llevarle luz a medio pueblo, pero la gente no pagaba. Mi papá se desencantó del negocio, porque la gente no tenía cultura para aquel servicio. No era solidaria.
Cuando se metió la guerrilla, en el veranillo de junio de 1987 y mató al inspector de Policía, lo primero que hicieron fue desconectar la luz de Corelca, que había llegado para nada, porque el pueblo ya se estaba descomponiendo. Fue en uno de esos postes donde una vaca de mi padre rascó su lomo y dejó a medio pueblo sin luz. Yo era corresponsal de El Universal y como publiqué la nota, mi padre me lanzó de la casa, según narró el cronista Alberto Salcedo, quien era mi jefe.
Antes de que llegara la guerrilla el pueblo era muy tranquilo. Habían pasado casi cien años en los que solo hubo un homicidio y uno que otro accidente, como el de Luis Carlos Castellar, quien se malogró durante un fandango, al caérsele al mejor amigo, que llevaba en hombros, mientras bailaban un porro con la banda de Plato, en unas fiestas patronales de Santa Catalina.
La planta daba luz, comenzando los años setenta, de seis de la tarde hasta las diez de la noche, pero si había velorios amanecía.
Cuando murió mamá Dolorcita, María Dolores Herrera, que debió ser Arrieta, hija del fundador del pueblo, Miguel Herrera, que fue mi abuela paterna, mi padre cogió miedo de levantarse a apagar la planta, porque tenía que atravesar un tramo distante y oscuro, entre la casa grande de material y techada en zinc, con un corredor de medias aguas que servía de habitación y almacén de tabaco al mismo tiempo, hasta la caballeriza que usaba como cuarto de máquinas. Fue donde se le prendió el ingenio. Tiró un alambre dulce que iba desde la palanca de apagar la planta eléctrica hasta la cabecera de la cama matrimonial, atravesando por arriba de los techos.
Con aquella cuerda, a la hora de apagar la planta para dejar el pueblo a oscuras, sólo tiraba, desde el aposento matrimonial, y problema solucionado. De niños nos peleábamos la posibilidad de apagar la planta. Era maravilloso ver que con apenas tirar aquella cuerda se iba la luz, pero si se soltaba antes de que se apagara del todo, la máquina volvía a tomar fuerza. Y volvía a ser la luz. Entonces papá intervenía, para que no siguiéramos con el perrateo. Se nos acababa el juego.
Tal y como lo anunciaba el llanto de mamá, la venta de aquella planta, muchos años antes de que el gobierno de Colombia vendiera a Isagen, fue el principio del final. Bajo Grande no fue el mismo desde entonces. Después se metió la guerrilla y más atrás los paramilitares. [Continuará]

OPTIVIVIR-EDICIONviaje6

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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