LA CASA DE LOS FANTASMAS!

 

Una cena de cascabeles.

Por ALFONSO HAMBURGER

 

 UNO

 

Regresé a la casa vieja de tablas, donde murieron varios viejos dejados antes de la pandemia, justo cuando yo me había ido. Fue una racha oscura de la que me enteré poco después. El mecánico que tenía su taller en el parqueadero de atrás murió con las manos engrasadas, cayó de culo, mientras soltaba una llanta. El viejo lotero después de quince años ocupando la pieza del centro, volvió con su mujercita desmonetizada y un día la encontró colgada de una cabuya. Y el viejo Salcedo, gordo, diabético e hipertenso, lo hallaron muerto en su pieza, después de tres días, porque era un puente y los otros pensionados se habían ido de playa. Ya hedía. Ahora la pensión está más oscura. El alero de tablas se ha ido desgastando con cada aguacero, con cada invierno y con cada verano. Y con cada vuelo de la paloma. La fondera sigue siendo una mujer elegante que mantiene su amor clandestino con un policía casado y aunque la casa vieja se diluye en el tiempo ella es alegre y hacendosa, opina de política en las redes, sabiendo quizás que su espacio amenaza en convertirse en un solar grande con muchos herederos, un parqueadero o quizás en un gran almacén de cadena, en una ciudad bonita, donde la gente pasa, pero no la ve.

 

DOS.

 

Regresé a la casa vieja, donde reí, lloré, tuve momentos de tristeza y fui feliz por intervalos. Regresé para enfrentar a los mismos fantasmas, vivos y muertos, muertos sepultados y muertos en vida. Fantasmas de todo tipo. especialmente de aquellos viejos solitarios con hijos ausentes y lejanos, separados de muchas mujeres, con el espíritu de soledad de Juan Lara, a quien aborrecieron sus hijos y sus mujeres, que se comió su propia gaita y su propia casa, viejos que murieron solos, sin nadie que les ayudara a limpiar el trasero y ni quien los acompañara a una manito de dominó, que pagaron con creces los errores de juventud. Tan solos que sólo pensarlo me causa terror. Y lo peor del viejo es la noche y sus misterios, en un rincón la noche es triste y los amigos todos se van se van. Llegué a la misma casa vieja más vieja y llovida, asediada también por los fantasmas de la modernidad por los cuatro costados, que son los mismos fantasmas del viejo centro, en una ciudad marcada por urbanizaciones piratas, lo que obligó a los condominios campestres, tratando de salir del cerco de miles de desplazados que asfixian los servicios públicos. Por la mañana me había enfrentado a la dueña, más caderona, lavando los platos, me saludó efusiva, a través de la rejilla que separa la cocina con el andén de las matas de flores y no fue difícil arreglar el precio y enseguida me mostró la mejor habitación, un poco oscura, donde había vivido a sus anchas el último fantasma familiar, apenas había sido abandonada hacía tres días y debía prepararla.

 

–Vente por la tarde, me dijo, mientras mostraba su mejor sonrisa, pero nunca vino a atenderme afuera. No estaba muy bien arreglada, pero aun así era una india bella, siempre con un amor clandestino. Ah. eso sí, me dijo, me das un anticipo de un mes. Le pregunté por la señora Ade, otro fantasma que no veo después de la pandemia.

 

–De la señora Ade sé muy poco, tú sabes que lamentablemente ella no salió bien de esta pensión y no ha vuelto. La volví a saludar de despedida y le prometí regresar con mis maletas por la tarde, quizás de noche. Regresé más temprano de lo previsto, porque sé que ese sector se muere muy en la pre noche, porque los habitantes han ido saliendo por el acoso de las ferreterías y otros negocios, entre talleres, canchas deportivas en desuso, casas viejas en abandono, parqueaderos e incluso un putiadero de mala muerte, así, que de noche hay mucha sombra y en la madrugada salen otros fantasmas fumándose la neblina. Además, por el pensionado han pasado tantos fantasmas a los que se les hizo duplicado de las llaves, que después de cerrado el candado, es mejor poner la tranca de Guayacán. Nunca se sabe.

 

 

TRES,

 

 

Cuando regresé con las maletas, por la tarde, para garantizar mi estadía, ya la Fondera estaba terminando de arreglar la habitación, ella tan guapa como hace seis años, con una licra que le caía debajo de sus anchas caderas de cumbiambera. Se le asomaba el panti eróticamente. Entra las maletas, me dijo, porque yo las había acomodado en un sofá de la sala. Entré y percibí el olor de invierno. Había puesto cortinas nuevas y prendido los focos. El baño tenía una tina de agua fresca y estaba bien aseado. La regadera goteaba, Ella metía una almohada en una funda y trataba de vestir el colchón con una sábana nueva. Traté de ayudarla, pero nunca tuve paciencia para encajar la tela en la esquina del colchón, porque me faltaba tela. Después del intento de cortesía preferí contemplar su trabajo de araña desde el sofá y por instantes pensé que aquella era la mujer de mi vida, pero ya era otro fantasma, porque después de la pandemia todos éramos como una especie de sobrevivientes de un mundo loco.

 

 

 CUATRO.

 

 

Me entregó la habitación recién pulida, después de fumigar las sábanas con un ambientador y salió, entonces pasaron por mis recuerdos los fantasmas de aquella casa vieja. Pensé en el lugar donde recoger el agua para beber de noche y si había llaves para entrar y salir en busca de algo para picar, en la calle muerta. Estaba apenas acomodándome a mi nueva condición de soltero a la fuerza, cuando sentí dos toquecitos breves en la puerta. Era ella, ahora con gafas, la vi tan alta que pensé que rozaba el quicio con la cabeza. Traía dos llaves. Una para la habitación y otra para la puerta principal.

 

— Toma, nada de meter chicas malas, me dijo, con cierta coquetería y salió. Fue entonces cuando empecé de nuevo a reencontrarme con los fantasmas de la soledad y del abandono. Tenía hambre. Tenía sed. Salí de la habitación y en la sala ya estaba instalada la noche. Sobre la mesa había tres platos de comida tapada, entonces busqué la salida principal. La puerta vieja sonó con un sonido de olvido y tranqueé a la calle ya oscura. Apenas pasaban motos y autos con las luces encendidas y uno que otro fantasma, mientras la ciudad se hilaba, perezosa, rauda a su descanso infinito, quizás entre cuchillos amenazantes y sábanas tibias. Sentí que tronaron mis tripas, entonces viré hacia la izquierda y empecé a desarrollar mis recuerdos ya no tan recientes. Ya las ferreterías estaban cerradas y el único habitante conocido era el celador, que era otro fantasma en mi memoria maltrecha, se trataba de un muchacho longilíneo de vientre de perro parado en pilón que un día apareció de un pueblo perdido, sin ningún tipo de referencia y se puso a cuidar motos y autos en la calle y así se fue metiendo hasta posesionarse como celador de toda la cuadra y del parqueadero donde murió el mecánico más viejo del mundo. Cierto día me abordó para que le prestara diez mil pesos para comer. Yo lo vi como un regalo más no como un préstamo. Se acercaba la semana Santa y muy seguramente iba a quedar como ratón de ferretería, sin nada qué comer. Fue el semestre donde salieron dos fantasmas en la oscuridad de la calle montados en una moto con filosos cuchillos y me despojaron de dos celulares. Aquellos fantasmas de  seguro que me habían hecho un riguroso seguimiento, porque sabían que yo llevaba dos celulares, uno donde escuchaba la radio y otro en el bolsillo de atrás, mientras caminaba hacia la plaza, a las cinco de la mañana, para hacer ejercicios con otros fantasmas. Siempre sospeché del celador que ahora ya está consolidado como el rey del parqueadero. Cuando lo entrevisté alguna vez nunca me miró de frente y hablando en monólogo sólo miraba hacia abajo, enterrando los ojos en las piedras.

 

 CINCO,

 

 

Pensé en una referencia para no perderme a mi regreso a aquellas dos casas viejas llenas de fantasmas, las únicas de su generación aún erguidas en medio de la avasallante carrera del desprestigio de alguien que pasa de ser una casa de zinc  esplendida solar, en medio de un mundo que pasaba de la luz a la oscuridad. Puse: es una casa verde con ventanas amarillas y después la otra de color amarillo con ventanas blancas.

Hecha la referencia, a manera de dirección, en la antigua calle del comercio, seguí absorbiendo la oscuridad, después de saludar al celador que me había vendido antes de la pandemia para que me atracaran, La cancha de mini fútbol, a la izquierda, estaba envuelta en una oscuridad de ultratumba, sin el grito de gol.

Seguí avanzando con el mismo miedo del día que me atracaron a la vuelta de la esquina y la indiferencia del político barbudo que abrió la puerta falsa del traspatio precisamente cuando los dos forajidos ponían sus cuchillos en mi garganta y en vez de rascarse el pecho para alertarlos lo que hizo fue cerrar la puerta y hacerse el de la vista gorda. ¡imbécil! Desde la margen derecha sentí que me decían papi y pensé que todo el mundo expiaba mi miedo. Eran dos mujeres sentadas de cuclillas al frente de un prostíbulo de mala muerte y pensé que por muy urgido que estuviera de sexo ingresaría por allí. Crucé rápido ese tramo y vi que faltaban unos cien metros de zozobra, porque la avenida de más movimiento era como un refugio. Aceleré más cuando vi que venía a mi encuentro un joven estrafalario con aritos y una cachucha de reguetonero. Me pidió plata y lo esquivé lo más que pude porque me acordé con espanto del día en  que fui atracado, entonces me enfrenté al fantasma de Liliana de Box, la mujer que me volvió loco, desde el día que desapareció precisamente en el karaoke de la esquina, entre humos, luces y olor a licor embriagante y añejos sabores, antes de que se la tragara el mundo y se convirtiera en un espíritu vivo de las redes sociales: otro fantasma.

Dicen que se convirtió en una virgen que andaba por el mundo con un niño en los brazos y lo defendió como vaca parida blandito.

Cuando llegué a la esquina sentí un alivio ambiguo porque se me vino la imagen de Liliana de Box atravesando la calle ya desierta de motos y la vi perderse como un fantasma en aquella casa mugrienta, ahora cerrada para siempre, y donde todos los negocios fracasaron. Ya no es blanca sino color de perro corriendo con grises y negros y en vez de puertas y ventanas tenía esteras corredizas. Lo único nuevo, antes de esta casa fantasma, era una empresa creativa, atrapada entre una tienda de abarrotes y el traspatio del olvido.

Estaba tan nervioso de mi trasegar de recuerdos que me dio terror atravesar un grupo de hombres que tertuliaban en el andén, antes de llegar a la plaza desierta, donde compré pan y agua. Más abajo está la calle de los difuntos, la más rica a mí llegada en busca de mi mal destino, entonces llena de carros y de opulencia. Ya no están la niña Alicia, La niña Amira, la niña Tulia ni diez matronas más, y qué decir del viejo alemán, que un hijo se lo llevó a vivir a Medellín, donde lo enterraron sin misas y sin dolientes y ese mismo día el gran Manolo prendió el picó a todo volumen, como él lo había pedido antes de irse. Y Manolo, terminó pagando los platos del festejo.

Regresé a la casa de los fantasmas por otro camino, para evitar otros recuerdos hirientes , entre callejones solitarios y la imagen borrosa de los atracadores, con dificultad para abrir la puerta de tablas viejas, porque no adivinaba la llave, puse el seguro, crucé la sala, vi los tres platos de comida tapados, entré a mi habitación, apagué la luz y me zambullí de cabeza a dormir. Entonces no sé si soñé, porque tuve que seguir contando en la misma escena,

 

El Huésped del Olvido.

 

El taxi me dejó frente a la estructura de tablas carcomidas justo cuando el sol se hundía, tiñendo el cielo de un violeta fúnebre. La casa no había cambiado, pero el aire a su alrededor se sentía más denso, como si los pulmones de la ciudad intentaran asfixiarla entre bloques de cemento y ferreterías modernas.

 

Al cruzar el umbral, el olor del invierno y la madera húmeda me golpeó con la fuerza de un recuerdo reprimido. Allí, en el centro de la penumbra, estaba ella: la Fondera. Se movía con la gracia de una araña que conoce cada rincón de su red. Sus caderas de cumbiambera, envueltas en una licra que desafiaba la sobriedad del lugar, eran el único signo de vida vibrante en aquel mausoleo de pensionados. Me recibió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos y la exigencia inmediata de un anticipo. En esta casa, la cortesía siempre tenía un precio.

  • Y La señora Ade…? —pregunté, buscando un ancla en el pasado.
    —Se fue —respondió ella, esquiva, mientras acomodaba una sábana con una precisión quirúrgica—. No salió bien de aquí. Nadie sale del todo bien de aquí.

Me condujo a la habitación que una vez ocupó el «último fantasma familiar». El cuarto estaba pulido, impregnado de un ambientador barato que intentaba, en vano, ocultar el rastro de la muerte. Mientras ella vestía el colchón, recordé la racha oscura que había diezmado el lugar durante mi ausencia. El mecánico, fulminado con las manos engrasadas; el lotero, encontrando a su mujer suspendida de una cabuya; y el pobre Salcedo, cuyo cuerpo hinchado solo fue reclamado por el hedor tras tres días de abandono.

 

En la pensión de la Fondera, la soledad no era un estado mental; era una enfermedad contagiosa.

Al caer la noche, la mujer regresó. Traía gafas y dos llaves que tintinearon en el aire como monedas sobre una tumba.
—Toma —dijo con una coquetería gélida—. Nada de traer chicas malas.

Se marchó, dejándome a solas con el silencio. El hambre me obligó a salir. En la sala, tres platos de comida tapada aguardaban sobre la mesa, como ofrendas para comensales que ya no tenían boca. Al abrir la puerta principal, el quejido de las bisagras sonó a olvido.

La calle era un desfile de sombras. Me crucé con el celador, ese muchacho de vientre hundido que alguna vez me pidió dinero y que nunca se atrevía a sostener la mirada. Sus ojos siempre buscaban algo enterrado entre las piedras de la acera. Sospeché de él desde el día en que dos sombras en moto me despojaron de mis pertenencias; en este barrio, los «fantasmas» no atraviesan paredes, usan cuchillos y conocen tus horarios.

Me detuve un momento para memorizar el camino de vuelta, una precaución necesaria en una ciudad que devora sus propios centros históricos.
«Una casa verde con ventanas amarillas. Luego, la amarilla con ventanas blancas», me repetí.

Eran las dos últimas centinelas de una época muerta, resistiendo el asedio de la modernidad y las urbanizaciones piratas. Mientras me alejaba hacia la oscuridad, sentí que la casa no solo guardaba fantasmas; la casa misma era un ente que esperaba pacientemente a que el siguiente pensionado cerrara los ojos para siempre, bajo la vigilancia de una mujer que sonreía mientras contaba los billetes del anticipo.

 

  • El sospechoso: El celador que no mira a la cara.
  • La mujer fatal: La fondera, alegre pero ambigua, que parece saber más de lo que dice.
  • El escenario: Una casa que se «diluye» pero que sigue atrapando gente.

 

El sueño era un privilegio que la casa no me pensaba conceder. En la penumbra de mi cuarto, el aire se sentía espeso, como si los pulmones de los que murieron allí siguieran robándose el oxígeno.

El Festín de las Sombras.

 

Cerraba los ojos con fuerza, pero los párpados me pesaban de una forma antinatural. No era cansancio; era vigilancia. De pronto, el silencio de la madera fue interrumpido.

Primero, un arrastrar de pies cansados, como si alguien caminara con las suelas cargadas de barro.

Afuera, en la calle o quizás en el patio interno, los perros soltaron aullidos largos, de esos que los viejos decían que anuncian una partida inminente.

Una tabla cedió en la sala. Una vez. Dos veces.

 

Me incorporé, con el sudor frío pegándose a la camisa. Sabía que sobre la mesa de la sala habían quedado tres platos servidos. ¿Para quién? La Fondera no esperaba visitas a esa hora, y sin embargo, el sonido de los cubiertos chocando contra la loza comenzó a filtrarse por debajo de mi puerta. Era un sonido metálico, rítmico, casi educado.

Me acerqué al quicio y pegué el oído. No había voces, solo el sonido de alguien masticando con dificultad, como si las mandíbulas estuvieran secas. Recordé al viejo Salcedo, muerto por tres días, y al lotero que encontró a su mujer colgada. ¿Eran ellos los que habían regresado a reclamar su ración de olvido?

El instinto de supervivencia, tan aguzado por Agatha Christie, me dictó que en esas casas el peligro rara vez es incorpóreo. Los fantasmas que no comen suelen ser menos peligrosos que los que tienen hambre.

Abrí la puerta apenas unos milímetros. El pasillo estaba bañado en una luz de luna enfermiza. Al fondo, en la mesa, las tres sombras permanecían sentadas. No podía ver sus rostros, pero el olor… el olor no era a comida recién hecha. Era ese hedor rancio que mencioné antes, el de la carne que ha pasado demasiado tiempo bajo el sol del Caribe sin que nadie la llore.

 

De repente, una de las figuras dejó de comer. El chirrido de la silla al retroceder cortó la noche. La sombra se puso en pie, revelando una estatura imposible, y empezó a girar la cabeza hacia mi habitación.

 

La noche se convirtió en una trampa de recuerdos y sonidos metálicos. No era el viento lo que azotaba las tablas, sino el peso de una traición que aún me quemaba en el pecho.

 

La Guardia del Traidor.

Mientras mis ojos forcejeaban con la oscuridad, la imagen del celador se proyectó en el techo como una mancha de aceite. Ese muchacho de vientre hundido, que siempre miraba las piedras del suelo, había sido mi Judas. Seis meses atrás, sus susurros en el parqueadero les indicaron a las sombras en moto que yo llevaba dos celulares. Me vendió por unas cuantas monedas, entregándome a los cuchillos que brillaron bajo la neblina. Ahora, él era el «rey del parqueadero», consolidado sobre el sudor y el miedo de los que pasábamos por allí. El terror no era solo el silencio de la casa, sino saber que afuera, bajo la luz del poste, el mismo ojo delator seguía vigilando mis pasos.

 

Los Comensales del Inframundo

 

Un sonido seco me sacó de mis pensamientos: clac, clac, clac. No eran cubiertos. Eran cascabeles.

Me asomé al pasillo, conteniendo el aliento. Allí, sentados a la mesa bajo una luz mortecina, estaban ellos. No eran extraños; eran los espectros de la pensión, aquellos que la pandemia o el abandono se habían llevado.

Delimiro: El más aterrador de todos. No probaba la carne de los platos. En su lugar, se llevaba a la boca cascabeles de culebra que crujían entre sus dientes amarillos, produciendo ese sonido rítmico de muerte que se escucha en los matorrales antes del ataque.

Amaury: Sentado a su derecha, rígido, con los ojos fijos en la nada, como si aún esperara una carta de sus hijos ausentes que nunca llegó.

Lucho Mentiz: El tercer invitado, cuya risa en vida se había convertido ahora en un rictus de amargura, observando el plato de comida fría con el desprecio de quien ya no puede sentir sabor.

 

El Pacto de la Fondera,

 

De repente, una sombra más sólida cruzó el fondo del comedor. Era la Fondera. Caminaba con su licra ajustada y su paso de cumbiambera, pero no parecía notar la presencia de los tres muertos. Con una naturalidad espantosa, retiró uno de los platos y lo reemplazó por otro, rozando con su brazo el hombro gélido de Delmiro.

—Coman, muchachos —susurró ella al aire, con esa voz de india bella que ocultaba secretos clandestinos—. Que la noche es larga y los herederos ya vienen a reclamar el solar.

 

Entendí entonces el horror de mi situación: yo no había alquilado una habitación para descansar. Había pagado un mes de anticipo para ser el testigo, o quizás el siguiente plato, en una cena donde los vivos y los muertos compartían la misma mesa bajo el amparo de una mujer que sonreía mientras la casa se diluía en el tiempo.

 

El ambiente se volvió irrespirable. El sonido de los cascabeles de culebra en la boca de Delmiro se detuvo en seco, creando un silencio más aterrador que cualquier grito.

 

La Llave del Traidor.

 

En ese vacío sonoro, escuché el sonido que más temía: el metal rozando el candado de la puerta principal. Alguien afuera tenía un duplicado. La tranca de guayacán que había pensado poner seguía apoyada contra la pared; mi exceso de confianza me había dejado expuesto.

 

La puerta cedió con un gemido de madera vieja. Por la rendija, vi entrar al celador. Se movía con la misma cautela con la que me había delatado seis meses atrás, pero esta vez no buscaba celulares. Sus ojos, que siempre evitaban la luz, brillaban con una codicia febril. En su mano derecha relucía un cuchillo largo, el mismo que seguramente usó para asfixiar los sueños de otros antes que los míos.

Avanzó hacia la sala, pero se detuvo en seco. Su rostro palideció hasta volverse ceniza al ver la mesa.

 

El Invitado Inesperado.

Los tres comensales —Delmiro, Amaury y Lucho Mentiz— giraron sus cabezas al unísono, con la sincronía de las sombras. El celador soltó el arma, que cayó al suelo sin hacer ruido, como si el suelo de la pensión se tragara el sonido.

Delmiro, con un movimiento lento, extendió su mano hacia el centro de la mesa y retiró la tapa del tercer plato de comida, el que la Fondera había dejado reservado con tanto esmero. Allí, escrito con trazos de sangre espesa sobre la porcelana blanca, estaba mi nombre, ALFONSO RAMON HABURGER . Pero debajo, en una nota pequeña con la caligrafía elegante de la dueña, también aparecía el del celador.

 

—Hay espacio para los dos —pareció decir el silencio de Amaury.

 

La Huida al Vacío.

 

No esperé a ver el final de aquel encuentro. Entendí que la Fondera no solo cobraba anticipos en dinero, sino en almas para mantener en pie las vigas de su casa podrida. Me lancé hacia la ventana de mi habitación, la que daba al callejón oscuro de las ferreterías.

 

Salté hacia la neblina, sintiendo el aire frío golpearme el rostro. Mientras corría sin mirar atrás, hacia la seguridad de las luces de la avenida, escuché un último sonido proveniente de la casa verde de ventanas amarillas: el chasquido final de un cascabel de culebra y el grito ahogado de alguien que, por fin, había sido obligado a mirar a la muerte de frente.

 

 

Fue un placer transformar esta crónica en este cuento de suspenso.

 

Y como básicamente soy un periodista Judicial, de guerra, esta es la misiva oficial, redactada con el tono burocrático y sombrío de las autoridades que, aun sabiendo que algo anda mal en esa cuadra, prefieren cerrar el expediente antes de que la oscuridad los alcance a ellos también.

 

POLICÍA NACIONAL DE COLOMBIA
DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CRIMINAL (SIJIN)
SECCIÓN: PERSONAS DESAPARECIDAS

FECHA: 14 de noviembre de 2025.
ASUNTO: Informe de cierre provisional – Caso 402-B (Desaparición de sujeto alias «El Celador»)
DESTINATARIO: Inspección de Policía – Zona Centro

Por medio de la presente, se hace entrega del informe detallado sobre la desaparición del ciudadano conocido en el sector únicamente como «El Celador», de quien no se poseen registros de identidad civil ni procedencia clara.

HECHOS:
El sujeto fue visto por última vez la noche del 31 de octubre, merodeando las inmediaciones de la pensión de tablas ubicada en la antigua calle del comercio (Casa verde con ventanas amarillas). Según testigos presenciales —habitantes de calle y conductores nocturnos—, el individuo ingresó a dicha propiedad portando un duplicado de llaves, presuntamente con intenciones de hurto.

HALLAZGOS EN EL LUGAR:
Tras la denuncia anónima de ruidos extraños, una patrulla hizo presencia en la vivienda a las 05:00 horas. Al ingresar, los oficiales reportaron lo siguiente:

  1. La Escena: La sala se encontraba en perfecto orden. Sobre la mesa principal se hallaron tres platos de porcelana con restos de una cena que, según el peritaje forense preliminar, parecía llevar meses en descomposición, a pesar de que la dueña de la finca, la señora conocida como «La Fondera», asegura haber servido la mesa esa misma noche.
  2. Evidencia Física: En el suelo del comedor se encontró un cuchillo de hoja larga, reconocido por los comerciantes locales como propiedad del desaparecido. Lo más desconcertante fue el hallazgo de una serie de cascabeles de serpiente esparcidos alrededor del arma, sin rastros de sangre ni signos de lucha.
  3. Testimonio de la Administradora: La señora propietaria se mostró en todo momento «alegre y hacendosa», colaborando con la autoridad. Declaró que ella durmió profundamente y no escuchó nada. Al preguntarle por los platos servidos, afirmó con una sonrisa que eran «ofrendas para los antiguos pensionados que nunca se fueron del todo».

 

CONCLUSIÓN:

A pesar de la búsqueda en los talleres aledaños, parqueaderos y el putiadero cercano, no se ha hallado rastro del cuerpo ni de la vestimenta del sujeto. Se rumorea entre los trabajadores de las ferreterías que el muchacho «se lo tragó la casa», una expresión recurrente en este sector de la ciudad donde los desplazados suelen desvanecerse sin dejar rastro.

Debido a la falta de familiares que reclamen al desaparecido y a la ausencia de un cuerpo, este despacho sugiere archivar el caso como abandono voluntario de zona.

OBSERVACIÓN FINAL:
Se recomienda a las patrullas nocturnas no acercarse a la vivienda en mención después de la medianoche, debido al estado ruinoso de la estructura y a los reportes de «neblina espesa» que dificulta la visibilidad y causa desorientación auditiva.

Atentamente,

Sargento Primero R. Salcedo
Cuerpo de Investigación Judicial

 

NOTICIA DEL MENTIRIANO.

Un celador desapareció misteriosamente en Sincelejo dentro de una vivienda conocida como «La Casa de los Fantasmas» en el sector de las ferreterías, dejando atrás una escena que incluía comida putrefacta y cascabeles de culebra. Agentes de la SIJIN no encontraron rastros del hombre, mientras la propietaria del inmueble mostró una actitud enigmática ante la investigación.

 

CODA, cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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