Crónicas

Un buen porro vuelve invisible al mantero

-El toro negro viene del Sur.

Por: Alfonso Hamburger

El hombre enjuto que trepó los palcos resoplaba como un caballo cochero cuando se puso frente al maestro Miguel Emiro Naranjo, quien lo reparó bien antes de recibir las andanadas verbales que lo dejaron perplejo. Tenía la nariz ancha, el pecho sobresaliente, era bajo de estatura y llevaba los labios emblanquecidos por el esfuerzo, como si fuese portador de una noticia dramática y en cualquier momento iba a desmayarse. Se abrió de pecho y con voz fingida, entre autoritaria y suplicosa, le dijo:

-¡Maestro, le exijo que no toque más “La butaca”!
Aun sin reponerse de la sorpresa, el maestro le preguntó el porqué.
El capotero, capote en mano, exhibiendo muchas heridas cicatrizadas en su vientre, le explicó:

-Es que esa pieza que acaban de tocar es para la gente que está alegre, la que baila, la que goza. Para nosotros, los capoteros, se traduce en sufrimiento.
Abriendo sus ojos exageradamente, porque el cuento parecía bueno, Miguel Emiro, re preguntó:
¿Ajá y cuál porro quieres, entonces?
El hombre se hincó sobre sus talones, tomó aire, se llevó las dos manos a la altura de la boca, emulando una corneta y emitiendo la introducción de un viejo porro, habló como si fuera una trompeta:
-Parapapaiiii, parapapapaaaaaaaaa, un porro largo y profundo como este, que nos llega al alma y nos vuelve invisibles ante el toro.

II
Después de soportar en propia carne la tragedia del destino, ese continuo maltrato de animales, común entre los grandes hombres, y haber pagado una manda que le salió por un ojo de la cara, Prospero Ledesma Torres se dedica a jugar con toros verdes. En vez de los míticos toros negros que se regaron por la sabana barriendo las corralejas, limpiándolas de patos y espontáneos, llevándose en sus cachos a centenares de borrachitos por el ron, ahora Ledezma prefiere ser el toro. Y mientras reza y juega a ser el toro, admite que aquella vez hizo un pacto con el verdadero lucifer, para que el toro negro lo llenara de gozo, pero también propiciara la maldición de la corraleja por todo el Caribe Colombiano. Es allí donde se tornan borrosos los linderos de lo religioso y lo pagando, comenzando quizás la mentira y la belleza de todo mito, porque los mitos, como decía Raúl Gómez Alandete, no mueren, no cagan, ni vomitan, simplemente son mitos y misterios.

Ledesma ahora vive en Caimito, Sucre, un pueblo tan mágico y tan viejo, que una vez el rio se fue de sus orillas y con ese alejamiento el desarrollo. Pasó de ser uno de los puertos más grandes y antiguos del viejo Bolívar Grande, a un pueblo polvoriento, donde los días se empujan unos con otros, sin que la diferencia de la espera, sea muy grande. El tedio del largo bostezo y del perro al acecho, ven pasar los días inciertos, como el huevo de la iguana, uno detrás del otro. Lo único que marca la diferencia entre la inercia y la magia, es la nutrida corraleja, aquel abrazo social que los pone a todos al mismo nivel, con tardes tan fugaces, que se van como una exhalación.

De todas maneras, Ledesma es feliz contando su historia mágica, máxime cuando se hace acompañar de un amigo que almorzaba atravesando los ríos, sin necesidad de buscar una mesa y sin ahogarse, mientras jardeaba una recua de mil vacas en las travesías a la Mojana. La región ríano sabanera es prodiga en la palabra, en donde va enganchado el mito del toro negro.

Tiene ahora unos 74 años que cumplirá en agosto y su relato, aunque parece sustraído de una de las obras de Gabriel García Márquez, puede ubicarnos en el contexto de la magia de las corralejas, un acto mundano que se enmarca en la devoción religiosa de nuestros pueblos. El problema sería establecer a qué tipo de Dios le encomendó Ledesma su alma, cuando se arrodilló, cerró los ojos y ofreció su manda al milagroso de la Villa, un santo negro, puro ébano, casi azul, cuya historia es de película. Dicen que a la Villa un día llegó un forastero que alquiló una casa y nunca más lo vieron salir. Solo se escuchaba el sonar de los serruchos cortando la madera y el claveteo de los martillos. Después de varios días el extraño desapareció, la gente, muerta por la curiosidad, penetró en la casa, hallando los dos cristos.

El negro, el que se quedó en la basílica, elevada a monumento nacional hace algunos años y de exquisito arte gótico en sus vitrales que se levantan con fervorosa pasión a los cielos de Sucre, es el santo milagroso de la Villa, al que le cantan con devoción, porque el de la Villa hace maravillas. El de la Villa es el negro que más brilla. Durante las jornadas de bajamiento, dos veces al año, la carretera polvorienta, después de Sampues, se llena de buses que llegan de todas partes a pagar favores. A la orilla de la carretera salen comunidades empobrecidas, harapientas, que se ponen a pescar las prendas que la feligresía les tira desde las ventanillas de los buses. Y han sido tantas las ansias por una pieza de trapo usado, que han muerto varias personas, en la disputa de una blusa cuyo destino las llevó a las llantas del bus y las llantas a la cabeza. Una ofrenda más, en medio de la magia de la vida y de la muerte.

Ledesma, hoy conocido como toro verde, tenía 21 años cuando ofreció la manda, en 1960. Su madre, María Aurora Torres, sufría de la toroide. Era el menor de diez hermanos y estaba en un momento crucial. Se salvaba o se salvaba. Atormentado por la difícil situación de su familia, acudió al santo. Sus padres y hermanos estaban desahuciados del poder humano. Todos tenían hernias discales, temible enfermedad, que en aquella época, dejaba tullidos y parapléjicos. Las operaciones no solo eran caras, sino riesgosas. No tenían plata ni especialistas a la vista. Su padre, José Hermenegildo Ledesma, tenía toros criollos en los playones de Tofeme y los alrededores de la ciénaga de Aguasl Claras, pero no era ganado valiente, ni tenían el pelo negro.

El joven, henchido de gran devoción, se arrodilló en presencia del negro maravilloso, cerró los ojos y oró:
– Señor misericordioso, mi negro hermoso, te prometo que si curas a mis familiares, regalaré 40 toros negros el seis de enero en las corralejas de Caimito. Muchos años después, ya pasado el susto, dejando los pelos en el alambre de púas, Ledesma cayó en cuenta de lo que acababa de prometer. Fue un acto de ligereza. Había prometido cuarenta toros, cuando su padre lo que tenía era algunas vaquillas para la leche y el queso. Pero más allá de los cuarenta toros, había prometidos toros de un solo pelo, toros negros, casi azules, azabaches. Fue cuando cayó en cuenta que había exagerado, pues el precario ganado de los Ledesma era de pelo blanco. Sin embargo, fue tanta la devoción de la promesa, que al año siguiente, las vacas blancas empezaron a parir terneros negros.

Reunir los 40 toros prometidos no sólo le costó una fortuna, sino muchos años, hasta que el seis de enero de 1970, se enfrentó a la realidad. La tarde anterior había ido a Montería, donde compró un camión de aguardiente. Contrató las tres mejores emisoras de la época. De Sincelejo se llevó a la decana de la radio, Radio Sincelejo, de Montería a Radio Panzenu y de Sahagún a Radio Barají. Ordenó sacrificar cuatro vacas para el pueblo. Y mandó a hacer una misa por la mañana. Obvio, que la torada tenía que ser amenizada por la mejor banda de vientos de la región.
Ese seis de enero se levantó muy temprano y alzo su mirada por encima de los techos, observando un cielo despejado, entonces se acordó de la promesa. El santo sudó con más vigor y de sus labios surgió aquella frase que ahora lo hacía temblar:

– ¡Tu familia será curada y tú me ofrendarás 40 toros negros, pero ese día lloverá como en el diluvio, con huracán, muchas casas serán destechadas y del cielo bajará una bola de candela!
Consciente de lo que iba a pasar, Ledesma llamó a su mujer desde el centro del patio, mirando un punto incierto de las claras del día, que se asomaban el oriente, sobre el horizonte explosivo:
– Mijaa, tráeme un trago.
Su mujer apareció como un fantasma en el quicio de la puerta, entonces le preguntó ingenuamente:
– ¿Un trago de que, amor?
Ledesma la lapeó con su lengua, con una respuesta que hizo ladrar a los perros y las gallinas se tiraron de sus trojas:
– De que más va a ser… de roooooon. Y cuando dijo ron, las gallinas formaron una algarabía y sonó un trueno lejano, de un corcovao extraño para la época de cabañuelas.

Allí comenzó su faena. Un solo lava gallos de aguardiente lo atemperó. Cuando se disparó la dinamita, anunciando el primero de la tarde, ya Ledesma casi no se sostenía en pie, de modo que a las cuatro, cuando se lo llevaron a acostar entre varios compadres, no sintió las primeras gotas del diluvio, que se precipitó por más de seis horas, destechando varias casas y causando pánico en la población, que salió en estampida. Los toros quedaron casi intactos y con la fama de ser los mejores en muchos años.

Ante el gran diluvio la gente se guareció en los alares de las casas, lo que los salvó del recamarazo, que a las ocho de la noche tronó en los cielos llovidos. La bola de candela anunciada en la ofrenda cayó precisamente sobre la torre de la Iglesia, destrozando los parlantes del equipo de sonido. ¡Y la torre, por supuesto!

En Sincelejo había escuchado la transmisión Juan Perna Macceo, quien viajó al día siguiente a Caimito con tres jaulas – camiones, dispuesto a negociar el encierro. Era la primera vez que el ganadero a quien Danuil Montes inmortalizó en el porro el toro negro, pisaba tierra Caimiterta. El negocio se hizo a la una de la madrugada por 2.200 pesos y la torada dejó sus ciénagas, donde atacaba a la gente, cuando el pueblo dormía del guayabo. En los camiones iban El Lucero, El Alazano, El Cuarto Bate y el famoso Nacho Vives, un toro que cayó en manos de Vitaliano Cárdenas, porque era fogoso y encendido como los discursos del político Samario. Desde entonces, las corralejas de las extensas sabanas se llenaron del toro negro, que más tarde el compositor Danuil Montes, El Babucha, inmortalizaría con el porro del mismo nombre:

Ya salió el toro negro, a la corraleja
Salieron los manteros a hacerle la faena
Son de Juancho Perna
Son de Tolemayda.
… Y el toro, envuelto en aires de porro, se fue por el mundo, llevando en sus astas la gracia del ganadero y el aroma de una tierra mágica.

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