Historia triple de la costa, a través de tierras, porros y ganados.
Nacho Vives: el toro que no murió, se volvió porro con La Chepana (parte 1).
Cuando aun vivían Vitaliano Cárdenas y Carmen Alicia Aldana, en la calma de la vejez, sosteniendo la vida con la misma mano. Foto: Marialis Hamburger.
Cuando Carmen Alicia Aldana Fuentes, conocida como la niña Ali por ser la menor de tres hermanas, y Vitaliano Cárdenas Madrid llegaron a El Caucho, famosa finca donde pastó, reinó y murió Nacho Vives —un toro hosco azorrado que barrió con su casta y bravura las corralejas de las sabanas de Sucre y Córdoba—, aquello era un bosque de sabanas y guayacanes. Apenas encontraron unas casas de palma y bohíos entre los árboles, unas gallinas cluecas y los corrales húmedos, llenos de balsaminas y matarratones floridos. Faltaba una familia que los echara a crecer y les diera calidez humana.
La pareja se había conocido en la finca El Tigre, en las dehesas de Sahagún, Córdoba, a instancias de Víctor Otero, casado con María Sabiéd Fuentes, hermana de Carmen Alicia Aldana Fuentes. Fue don Víctor quien le vendió la primera vaca a Vitaliano, quien hasta entonces era un peón, machetero y corralero, de los que habían contribuido a echar por delante los ganados que jardeaban de a pie y a caballo por la trocha cristana, hasta Medellín.
Los vaqueros no sólo llevaban vituallas en sus alforjas y en sus “colaegallos” para alimentarse, sino también los primeros cantos y ritmos del porro y el fandango, que se instalaron en Antioquia y crearon su propio estilo.
«Cuando yo estaba chiquijo, je, me daban arroz con coco y ahora que no tengo nada, me dan con la punta el zoco, je vaquitaaa», cantaba Vitaliano.
En ese tiempo, mientras cantaba la vaquería, el joven Vitaliano —de poca estatura, pero de gran coraje— quizá ni pensó que un porro lo iba a inmortalizar y poner a la altura de grandes personajes, como don Arturo García, Arturo Cumplido Sierra, Juan Pedro Tulena o el mismo Juan Perna Maceo, de ascendencia italiana, que inicialmente se había instalado en El Carmen de Bolívar, tierra de placeres de los ancestros de los Cárdenas, una de las cunas del porro.
Allí, precisamente, se hizo uno de los primeros laboratorios, en el que la gaita cabeza e cera se unió con los metales de las bandas de viento, cuyos maestros llegaron de Mompox a mediados del siglo XIX.
Doña Alicia soltó la gallina clueca con la que empezó a organizar la finca, rodeada de grandes haciendas de los Vega, los Hoyos, los Bula; tierras de don Antún Barguil, Pedro Flórez y Alfonso Spach, entre otros ganaderos y dirigentes de la Córdoba pujante y bella, que se abría al mundo con la rebeldía de María Varilla y la resistencia del Bocha.
A los gallineros se sumaron porquerizas, caballerizas y, por supuesto, el ganado vacuno, que fue lo más fuerte, porque la actividad mezcló el canto con la economía y la corraleja como detonante publicitario. La economía era el ganado; la corraleja, la fama. Del ganado criollo que era jugado en las tardes, se fue haciendo cruces con razas asesinas, hasta matar una tarde a Nacho Vives, ya viejo y cansado, casi convertido en leyenda.
Mientras iba pariendo cada uno de sus ocho hijos, entre Sahagún y Sincelejo, Carmen Alicia cocinaba a las cuadrillas de jornaleros que fueron levantando todo un emporio: la finca El Caucho, donde nació Nacho Vives.
Vista de la finca El Caucho, bosque de sabanas y guayacanes hecho hogar por Vitaliano Cárdenas y Carmen Alicia Aldana.
El paso del toro, el peso del apellido
Al principio, las corralejas y la ganadería de estas sabanas corrían a otro paso. Los ganados eran más «manejables» —criollos, cebú criollo— animales de carne y poca leche, de mirada menos encendida, que todavía toleraban la mano del hombre sin demasiada guerra. El espectáculo era casi un accidente feliz: lo que ocurría en los potreros por pura costumbre, sin que nadie lo hubiera planeado como tal.
Pero llegaron los cruces. Con ellos vino el romo sinuano, el media y pura casta , rejugados , otras sangres más indóciles, y el toro fue cambiando de carácter como cambia el río cuando crece: despacio, sin aviso, hasta que ya no es el mismo. Lo que era juego se volvió arena, comercio y gentío. Tener ganado dejó de ser solo tener ganado: era ya estatus, era política, era una forma silenciosa de poder que se leía en el apellido y en el palco de la corraleja. Don Vita, en esas castas de poder, no alcanzó a clasificar para que su Nacho Vives, se luciera en la plaza del veinte de enero en Sincelejo, pero la vida lo iba a sorprender pendido de un porro.
Y cuando el orden público se fue ensombreciendo —cuando ciertas noches empezaron a pesar más que otras—, muchos prefirieron que su nombre no sonara en ningún porro. Porque que te cantaran también podía señalarte. El elogio se volvió riesgo, y el silencio, prudencia.
A Vitaliano no lo protegió ningún palco ni ningún homenaje de los de arriba. Lo sostuvo lo único que no negocia con el miedo: la memoria del pueblo y de los músicos que siguieron mencionando su nombre en medio de acordes que quedaron plasmados en la historia de La Chepana.
La historia del porro, del toro y del hombre
La historia de Vitaliano Cárdenas Madrid es emblemática de la pujanza ganadera en las sabanas de Sucre y Córdoba. Para don Vita, uno de sus ídolos fue el toro, como ocurre con algunos personajes del arte en el mundo. Antes de morir en Sincelejo, a sus 92 años, fue sepultado con los acordes del porro La Chepana: vestido de lino azul, en un ataúd papal repujado en algodones y con ventanita reluciente, no era más que una leyenda en la sombra. Por supuesto, con sus abarcas y sombrero. El porro lo revivió.
Don Vitaliano fue el último de una estirpe legendaria de ganaderos originarios de El Carmen de Bolívar y Sampués, junto a sus hermanos Generoso, Manuel, Abadías, Julia y Aurora, ya todos difuntos.
La finca El Caucho, situada en jurisdicción de Sahagún, en el corregimiento de Morrocoy, fue el epicentro donde amasó gran parte de su fortuna y el lugar de crianza del mítico toro, jugado en varias plazas: la de Sampués y la cereteana, despues de estrenarse en Colomboy, donde fue jugado cinco veces. No fue manteado en Sincelejo, pero se desplazó invicto por veredas y caseríos, donde dejó su fama.
El toro “Nacho Vives”
Este animal no solo destacó por su bravura en las corralejas, sino que su nombre fue un homenaje a la fogosidad del político samario José Ignacio “Nacho” Vives Echeverría. Su fama fue tanta que decidieron homenajearlo por medio de un saludo en el porro “La Chepana”, compuesto por Dairo Meza y Lázaro Simancas para inmortalizar sus hazañas en la plaza.
Con gran esfuerzo, como bien menciona la oralidad, Vitaliano formó parte de esa generación que movía ganado a pie hacia Medellín antes de la modernización del transporte. Nacho Paredes y Juan Piña, que también treparon esas montañas con sus voces e instrumentos, hallaron ese ambiente propicio con Lucho Almario —una especie de embajador sabanero y padre de Justo, en Medellin—, donde los vaqueros de a pie dejaron su mejor esfuerzo. Y los antioqueños aprendieron tanto, que en Barranquilla ganaron varios Congos de Oro.
De Vitaliano Cárdenas Madrid y su toro no quedó solo el porro: quedaron cuentos que todavía andan sueltos por la familia, como animales que nadie ha podido encerrar del todo. Los cuernos de Nacho Vives estuvieron colgados en la casa donde vivía Don Vita —Nos lo han repetido tantas veces que ya casi los veo— como si ese animal hubiera decidido seguir vigilando desde la pared mucho después de muerto. Pero esa «reliquia», como la llamaban, también trajo sus peleas. Un pastor de una iglesia protestante se puso firme: había que sacarlos. Un toro bravo, decía, atraía malas energías, y no hubo manera de convencerlo de lo contrario. Los regalaron. Terminaron revendidos según dice Jesús Cárdenas, hijo de Vitaliano, a un señor que vive en La Guajira. Y nos quedamos sin la foto del mitico Nacho Vives.
Mientras tanto, en las plazas, el mito seguía engordando solo. Según Jesús Cárdenas y Olimpo Cárdenas, hijos mayores de Don Vitaliano. Nacho Vives se escapaba del toril y no se perdía: conocía el camino de vuelta a la Finca El Caucho como si lo llevara marcado en las patas. Abría los portillos con una embestida, como si fuese gente. Si encontraba la puerta cerrada, se metía tranquilo a la finca vecina, y el dueño —amigo de Don Vita desde siempre— mandaba razón sin escándalo, casi con la naturalidad de quien avisa que llegó una carta. Era bravo, claro que sí, pero con Vitaliano había algo que no se explicaba bien: sólo de su mano aceptaba la comida, y punto. Nadie más.
Entre los manteros dejó una marca más difícil de contar. Al difunto Catalino, hombre conocido en Sahagún y en varias plazas de por allá, casi lo mata. Le partió el labio y se lo llevó con todo y manta, como si quisiera quedarse con un pedazo de él. Pero Nacho Vives no murió en ningún ruedo. Murió en El Caucho, embestido por otro toro de una casta más brava y asesina, lejos del público, lejos del porro, en la misma tierra donde había aprendido a volver siempre.
Los dos personajes
Nacho Vives y Vitaliano Cárdenas, más conocido como Don Vita, no se conocieron personalmente, pero marcharon paralelos en la historia. Ambos nacieron en 1926.
José Ignacio Vives Echeverría, había nacido en Santa Marta, el mismo año en que nació Vitaliano en Sampués, Sucre. Abogado y político de candente discurso, Vives Echeverria, a sus 44 años, en 1969, realizó uno de los más grandes debates de control político en el Senado de la República, contra el gobierno de Carlos Lleras Restrepo y su ministro de agricultura, lo que le dio gran popularidad, en el ocaso del Frente Nacional.
Hábilmente, después de que la Procuraduría General de la Nación profirió una orden de captura y pidió al Congreso levantarle la inmunidad, Vives entendió que el cerco también se pelea en el aire: prendió el micrófono. Llevó el pulso a la radio para que el país oyera —en directo— cómo se le atravesaban incluso desde adentro. Por eso logró que sus debates se transmitieran por Radio Nacional de Colombia y su red de emisoras, lo que le generó un gran respaldo popular, hasta tal punto de que era invitado por las universidades para dictar cátedra política. Habia sido Gobernador en la árida Guajira, de indios valientes, acostumbrados a pelear con el salitre y lanzarse la pulla de los trupillos que surgian bravíos en los desiertos.
A esa edad, pero en el Caribe Sabanero, Vitaliano Cárdenas, apolítico, se convertía en un ganadero de abarcas y sombrero, que conquistaba las corralejas con un toro de su cría, fogoso como el político, de modo que no dudó en ponerlo Nacho Vives.
Historia de La Chepana, el porro que lo inmortalizó
El porro “La Chepana” es una pieza icónica del folclor sabanero, compuesta por el maestro Dairo Meza e interpretada magistralmente por la Súper Banda de Colomboy, bajo la dirección de Lázaro Simancas.
La obra celebra la bravura de un toro que, por su fogosidad y temperamento dominante en las corralejas, fue bautizado en honor al político samario José Ignacio “Nacho” Vives. “Chepana” hace referencia a una zona de Sincelejo: un lugar de encuentro tradicional para los amantes del porro y las festividades del 20 de enero.
El rey de la animación costumbrista, Leobardo Naranjo, fue amigo personal de don Vita, a quien consideraba un ganadero sencillo, desprendido, que llegaba a Colomboy y mataba una vaca para la gente, y compartía con ellos. No era entonces un hombre de “la rancia sociedad sabanera”, ni de clubes sociales ni de poses sesgadas sobre los caminos reales.
—Yo mismo propuse el homenaje —dice Naranjo.
El toro que se volvió música.
La leyenda del animal fue tan grande que los compositores (Meza y Simanca) decidieron inmortalizarlo en un porro que hoy es infaltable en cualquier alborada o fandango de las Sabanas de Sucre y Córdoba.
En la letra se mencionan lugares y personajes fundamentales de los departamentos de Córdoba y Sucre, como la tierra de Sahagún (donde pastaba el animal) y la ciudad de Sincelejo, donde se baila con mayor fervor, en el veinte de enero.
Es una melodía sublime, ese tipo barroco que ataca lo clásico, una música que se entiende sola, porque sacude emociones, pero ambientada por la voz de Leobardo Naranjo, que, en sus cinco minutos, narra los pormenores de la tradición. Los buenos porros, como el pájaro o el binde, o las gaitas corridas, no llevan letra, pero las ambientaciones apuntalan una armonía, un ritual, un homenaje.
El tema, interpretado por La Super banda de Colomboy, fue subido a la plataforma de YouTube, en el portal de Antonio Martelo Torres, el cuatro de septiembre de 2013, y hasta el momento lleva 540.456 reproducciones y 1.300 me gusta. Tiene una duración de cinco minutos y 28 segundos.
Leobardo Naranjo, primo hermano del maestro Miguel Emiro Naranjo, abre sus animaciones a los 33 segundos, con un jeijeeee y a los 50 segundos dice “La Super banda de Colomboy, con lo mejor»…y en el minuto y cuarenta segundos revienta el saludo “Andrés Felipe Bautista Garibaldy Hoyos Marrugo, herederos de toros bravos en el futuro”, lo que anuncia que la tradición no morirá y segundos después, como una verdadera impronta , los saludos para los maestros Dayro Meza y Lazaro Simancas “Los pueblos guerreros nunca se cansan”. Era una manera de resguardar a los autores. Todavía la corraleja no estaba en riesgo.
La melodía sigue sinuosa, nostálgica, por un camino real y a los dos minutos y 18 segundos, revienta la frase en homenaje al ganadero: “Vitaliano Cárdenas, de Sincelejo para el Caucho, la tierra del Nacho Vives”, la música sigue como un cuento, con introducción, acordes suaves y una especie de bozá, como si fuera un himno, que va buscando su cauce final, mientras las trompetas y bombardinos dialogan y la tuba muge, los platillos hacen su brillo y el saludo de Leobardo; “¡Cecilia Hoyos, con el amor de tus hijos, que gran apoyo!”.
Los Garibaldi Hoyos y Don Vita murieron, pero quedaron sus herederos y los músicos lo saben. Viene otro guapireo de batalla y al final; “Doctor Anibal Díaz, en Sincelejo, bailando porro y fandango, nos vamos lejos”. Y el final, en medio de otro gupirreo agudo, la marcha final, como para la posteridad.
La Chepana, visto como un lugar de tertulias, en honor a Josefa, está entre las melodías clásicas más sentidas, un poco barroco, de la porristica del Caribe.
https://www.youtube.com/watch?v=gdYaiDoHbFU&list=RDgdYaiDoHbFU&start_radio=1
¿Quién dijo que los toros no tienen alma?


