Crónicas

Murió Alejo Mieles

ALEJO MIELES, CUESTION DE HEROES.
– En Sincelejo murió el decano del periodismo sabanero, Alejandro Mieles Trespalacios.

Por Alfonso Hamburger

Cuatro horas antes de partir de este paraíso ardiente a mejores cielos, Silvio Cohen y yo, nos bebimos las últimas cervezas en memoria de Alejandro Mieles Trespalacios, de los Trespalaciones de Mompox. Eran las seis de la tarde del siete de septiembre- mes que lo marcaría, pues en un mes como éste había muerto María Concepción Trespalaciones, su madre, a quien se trajo a vivir en Sincelejo, cuando nos despedimos, sin saber que le hubimos hecho el último homenaje.

Llevaba como un mes en la UCI de una clínica de Sincelejo, donde sus mejores amigos y Mayito, hacían guardia a su cama, pero muchos de ellos no se atrevían a verlo, como Luis Eduardo Ramos, porque Alejo apenas movía los ojos y las manos, ya que los tubos y las destrozas, y las mangueras de la diálisis, le impedían el don supremo de la tertulia. Alejo era un hombre de largas conversaciones. Le habían quitado los molestosos aparatos una semana antes, pero volvió a recaer, entonces sí parecía definitivo su viaje. Todos estábamos a la espera de lo peor. Cuando pidieron sangre de su tipo con urgencia en las noticias del jueves, las cosas fueron alarmantes.

Alejo había cumplido 79 años el 30 de febrero pasado y pese a sus achaques de vejez, se mantenía erguido y sereno, como reportero pura sangre, por más de sesenta años, en los que recibió todo tipo de distinciones. Las cervezas conversadas, en lo más alto del Centro El Parque, siempre tuvieron el ingrediente del mejor reportero que haya pisado suelo sucreño en los últimos sesenta años.

Para los periodistas del Caribe, es como si hubiese muerto un papa. Alejo era el referente en persona de un verdadero carga ladrillos, un reportero eterno, que como aquellos viejos que usaban el secreto del perro, uno de los hallaba en todas partes. En las ruedas de prensa, en los cocteles, en los foros, en la calle comprando los periódicos, en la buseta o en la mototaxi, Alejo siempre estaba como el joven aprendiz que quiere ver la noticia con sus propios ojos.

Alejo no tuvo enemigos entre sus colegas. El único que se la atravesó fue el tiempo, que se convirtió en el no tiempo, en lo eterno, desde la noche del jueves siete de septiembre. Era un hombre tan tierno y sin ningún tipo de pretensiones, que hasta sus equivocaciones- pues no tenía buena dicción- se convertían en noticias celebradas, como cuando puso a nevar en la ciudad de Sincelejo.

Mieles Tres palacios atravesó literalmente toda la evolución del oficio, desde la vieja máquina Olivetti mecánica, pasando por el marconigrama, el teletipo, el teléfono de alambre, hasta el computador y el celular. Fue uno de los primeros en engancharse en las vainas virtuales, entonces depuso aquella cuartillas que él recortaba y que parecían tarjetas para marcar la entrada y salida del personal.

Era quizás el único que redactaba titulares y noticias, usando la técnica de doble espacio entre letra y letra y a doble espacio entre línea y línea, para favorecer su lectura al locutor. Se codeó de tú a tú con los mejores periodistas a novel- Caso Juan Gossain y Orlando Cadavid- y con todos a nivel local. En la emisora de la Universidad de Sucre, fue colaborador de Alma Mater, el primer noticiero de la FM y dirigió por un año Cuarto Poder, dejando un banco de entrevistas con personajes que son trascendentales.

De madrugada rompía la bruma de la cierra flor, aferrado a la parrilla de una moto taxi y se le veía comprando los periódicos en las equinas para llevarle las noticias frescas a Silvio Cohen a y Domar Gutiérrez, quienes con sus torrentes de verborrea cara, casi ni le daban chance, pero Alejo se entretenía con solo verlos debatirse en la siempre candente política sucreña. Cuando intervenía era para ponerle orden al pensamiento. Yo me decía que nadie sabía para quien trabaja y que de pronto el señor Miles, su padre, o la señora Maria Trespalacios, quizás no supieron que iban a educar a su hijo mayor para que muchos años después, fuera a regalar su trabajo en Sincelejo. No le importaba nada. Solo se divertía viendo hacer lo que más lo apasionaba, en el noticiero de mayor sintonía.

Nunca le importó la plata. Recibió en vida todos los reconocimientos habidos y por haber, locales, departamentales, regionales y nacionales, desde el Mariscal Sucre hasta el Mario Ceballos, pasando por Honoris Causa y Medallas del Congreso de la Republica, Cámara, consejos y asambleas. Alguna vez le dieron el Honoris Causa en Cecar y después del coctel ceremoniosos, los oferentes prendieron sus lujosos autos y Alejo tomó una mototaxi, rumbo a la Selva, barrio donde paró su casita, que era un palacio lleno de reconocimientos. No necesito más para ser un hombre notable, no un doctor, sino un señor. Un jardinero que dijo alguna vez- sin desconocer a Mompox- que no se iba de Sincelejo ni si lo echaban. Fue un jardinero que sembró trinitarias en una tierra que llegó para bendecirla.

El maestro Alejo, sin proponérselo y sin pelear espacios, y sin ser un académico, le cogió el horma a la técnica del periodismo, el sencillo del qué, cómo, cuándo, dónde, pero sin tratar de explicar el porqué. Su género no era la opinión, porque fue responsable, no obstante haber montado un panel de mieles, donde se notaba su ejercicio de cargaladrillos, de cronista más que de editorialista.

La última vez que Luis Eduardo Ramos lo vio, hace unos diez días, solo alcanzó a murmullar una frase casi imperceptible, que fue lapidaria.
– ! Esto es cuestión de héroes!

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