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LOS CUATRO COLEROS DE INVAMER Y CARACOL

¿Los últimos serán los primeros?

Uno de los gestos más “justicieros” —y a la vez más problemáticos— del canal Caracol frente a la más reciente encuesta de Invamer fue publicar las fotos y los porcentajes de los cuatro candidatos ubicados en el fondo de la tabla. Una decisión que, lejos de aclarar el panorama preelectoral, terminó por calentar aún más el ambiente y evidenciar cómo cada quien muestra los resultados según le convenga.

Presentada así, la información resulta engañosa y, en cierto modo, sesgada. Mientras la retina del público se concentró en los tres punteros —Cepeda, De la Espriella y Fajardo—, otros aspirantes fueron relegados a la categoría difusa de “otros candidatos”, sin rostro, sin porcentaje y sin contexto. Cada quien cuenta la feria según le fue, y en redes sociales cada quien se despacha a su antojo.

Sin embargo, incluso en la media tabla y hacia abajo, también se libra una batalla silenciosa. En el grupo de los llamados “coleros”, todos con menos del 1 %, figuran nombres que representan esfuerzos políticos reales: el excanciller Luis Alberto Murillo, Luis Reyes, Carlos Omar Caicedo y el exgobernador de Sucre, Héctor Olímpo Espinosa.

Los números, aunque pequeños en apariencia, dicen más de lo que parece. Héctor Olímpo marca 0,8 %, empatando con Reyes y quedando apenas a milímetros de Murillo (0,9), y superando en un photo finish interesante al exgobernador del Magdalena. En votos reales, ese porcentaje no es menor. Y en términos de visibilidad nacional, es un activo político nada despreciable.

Con la suspicacia que dan los años y la experiencia, el exgobernador de Sucre entiende que aparecer en una encuesta nacional —aunque sea sin foto y en el renglón de los rezagados— ya constituye un triunfo. No solo por los votos potenciales, sino por el posicionamiento de imagen. Estar ahí es estar en el juego.

El cierre de la gráfica bajo el rótulo de “otros candidatos” genera la sensación de que esos cuatro son los últimos de la fila. Pero detrás de ellos aún aparecen figuras como Lizcano, Luna, Córdoba, o incluso el otro Cepeda. En ese contexto, el dato no es menor: el sucreño pasó del puesto 42 al 17. En términos ciclísticos, eso es un envión considerable.

Y más aún si se tiene en cuenta que quedó estampillado, casi rueda a rueda, con el caudillo magdalenense. Una osadía que, hasta hace poco, parecía impensable. ¿Cuándo había logrado un sucreño algo similar en 58 años de vida administrativa del departamento?

Estar ahí —aunque con el mismo desdén con el que al Tolima se le miraba en el fútbol profesional cuando era de media tabla para abajo— es estar compitiendo. Y en Colombia, estar compitiendo ya es tener opciones de que algo suceda. Hoy el Tolima es campeón y protagonista. No sobra recordarlo, sobre todo cuando algunos candidatos ya empezaron a “pelar el cobre”, especialmente en la derecha.

Héctor Olímpo, sin el Espinosa de otros tiempos, se atrevió. Está en el tapiz del juego, sin complejos ni titubeos. Sabe que el terreno es escabroso, pero a quien primero patea un balón descalzo y luego juega con guayos en un estadio monumental, le pasa lo que a Lucho Díaz.

Su campaña mediática lo muestra como un candidato fresco, que recorre el país desde un periodismo experimental, con guiños de antropología cultural, reivindicando el origen, superando la tartamudez y el peso de “ser de donde es”.

Recuerdo su discurso de posesión como viceministro del Interior, en San Luis de Since. No fue un discurso de Macondo, sino uno profundamente latinoamericano. Su tierra ya no es solo realismo mágico: es un Estado dentro de Sucre. Y eso es bueno.

Que termine aspirando a repetir gobernación, como algunos especulan, bienvenido sea. Pero, por ahora, ya está haciendo el ejercicio que su misión —y su deber— le indican.

Y no escribo esto porque me paguen. Hace años que no lo veo.
Mañana puedo decir otra cosa.
Hoy, esta es la realidad.

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