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El hombre que capturó al asesino de su tío

CHOFERCrónica de viaje.

Por Alfonso Hamburger

Empecé a descender la escalera del avión con sentido del humor. Cuando la azafata me dijo buenas tardes, señor, le dije que señor no, que joven. Y ella, sonriente, me dijo que le vaya bien, joven. Percibí la brisa cálida de Montería rebosante de tranquilidad, el viaje había sido tranquilo, lo que permitió el servicio de comida, cosa o situación que no había pasado de subida, porque suspendieron el servicio por mucha turbulencia, con llanto de niños y todo. Esta vez la única preocupación fue la pérdida parcial de la voz en Bogotá por exceso de frio y de lluvia y el haberme quedado completamente sordo por varios minutos en el avión, de regreso. Bajaba oyendo bien los sonidos de las 6 y 40 de la tarde. No podía perder tiempo si quería conectarme enseguida con Sincelejo, caminé el pasillo en medio de grupos de pasajeros que arrastraban sus maletas, entré a la zona de recibo, vi que mucha gente esperaba afuera mirando por el vidrio de la sala, entré al baño, oriné y salí, mientras el resto de pasajeros esperaban sus maletas. Yo venía liviano de equipaje, salvo un maletín con dos mudas de ropas y no traía regalo. Nadie en especial me esperaba. No soy aquel corroncho que trae algo para que sepan que estuvo en Bogotá. En la puerta de salida llovieron las ofertas. “Para Sincelejo”, gritó un señor, emulando el porro Majagual. “Hey Sincelejo”, gritó otro. Aquel nombre me gusta, Sincelejo, pensé. Allí vivo desde hace 26 años. Es la ciudad donde mas he vivido.
Escogí la oferta del viejo canoso y eléctrico, porque vi que su auto era nuevo. Un taxi amarillo. Había una mujer de aspecto afable que no dejaba de hablar por su celular en el puesto delantero, que no dejó de mirarme y mientras me abría la puerta trasera, el viejo canoso me advirtió con marcado énfasis en sus palabras, que el pasaje costaba 35 mil pesos. Era sábado y el jueves, de venida, había pagado 30 mil. El alza era exagerada. La misma frase le dijo a cada uno de quienes nos acomodamos en el auto, pero antes de que se pusiera al frente del volante para partir le advertí que yo era empleado oficial y no había escuchado decreto alguno sobre el alza del transporte en los últimos días. Se lo dije con autoridad, mostrándole mi mejor compostura, mientras me ajustaba el cinturón. El viejo arrugó la cara. El resto de pasajeros no mostraron frio ni calor.
– Es que la gasolina está muy cara, dijo el chofer, buscando acomodarse al volante.
– Pero sólo subió 150 pesos el galón y usted le sube 5 mil de un solo tajo.
– Sí, pero es tarifa de noche, yo soy el que me gasto los ojos.
– Debería ser más barato de noche, porque es más fresco el clima.
– Es un viaje expreso, tengo que regresar a Cereté y sin pasajeros.

Viendo que mi reclamo justo no motivaba al resto, cambié de tono:

-Bueno, lo importante es que lleguemos sanos y salvo.
– Claro, y que yo regrese sano a Cereté, dijo.

Partimos a Sincelejo con el cupo lleno, sin demasiados sobresaltos. La mujer de adelante le dio poca conversa al chofer. Gorda y con un celular del que jamás se desprendió, la mujer se quedó en Sahagún, lo que aprovechó uno de los pasajeros de atrás para acomodarse en el puesto de copiloto, que había dejado la mujer. Entonces si fue donde comenzó la historia. Los dos hombres, chofer y pasajero, hablaban más que una cotorra.

II

Tres horas después de haber huido de la escena del crimen, el hombre con las características que había señalado la policía, caminaba tranquilamente por la carretera, llegando a Sahagún. Iba borracho y sin ningún remilgo, sacó la mano para que lo recogiéramos.

Así relata   Mario José Saibis Ballesta, cómo capturaron al hombre que hace unos treinta años, mató a cien metros de la Ye, a su tío Gabriel Morales Altamiranda, porque no quiso llevarlo con su compinche a cobrar una extorción. Apenas empezaba a descomponerse la región.

Saibis soltó la lengua después que dejó a la mujer que viajaba adelante, en la bomba de gasolina de Sahagún, donde uno de los pasajeros que venía atrás, se pasó al asiento delantero.

Alli Saibir Ballesta se bajó, recibió la plata de la mujer, cuchichearon un poco y vi que un hombre se le acercó, hablaron bajito y enseguida vino al volante.

  • ¡Caramba, eso no lo hago ni mordido de perro, dijo.

Le pregunté de qué se trataba.

Él dijo:

  • El tipo ese me compraba los pasajeros a Sincelejo.

 

Yo le dije:

 

  • ¿Cómo así que compran los pasajeros como si fuésemos mercancía?
  • Sí, hay gente para todo, pero mi deber es llevarlos hasta Sincelejo, en la estación de Brasilia, los dejo.

Eran ya las ocho de la noche del sábado. ¿Eso cómo funciona, cuál es el trato, qué porcentaje gana quien los entrega?

 

  • No sé, nunca lo he hecho. Aunque me regreso sin pasajeros y me quedo en Cereté, no lo hago. Mi deber es llevarlos a Sincelejo sanos y salvo, uno queda registrado en la empresa, que tal si un atraco, uno nunca sabe.
  • ¿Por qué lo dice?, le pregunté.

De allí, desde el puente Carranzó, antes de Chinú, hasta que nos dejó en la terminal de transporte en Sincelejio, relató casi perfecto.

Sólo se oía su verbo y el contacto de las llantas con el pavimento negro:

Su tío, Gabriel Antonio Morales Altamiranda tenía 50 años y se dedicaba a oficios varios, pero su más asiduo trabajo era de chofer de plaza. El Tesorero del Municipio de Cereté, tenía un automóvil particular, en el que el tío hacia carreras a donde lo buscaran. Aquel aciago día, los dos hombres, muy jóvenes, oriundos de Sampués, llegaron a buscarlo para una carrera. Ya les había prestado el servicio varias veces. Ellos eran comerciantes torcidos, que vendían artesanías y hacían cruces, pero nadie sospechaba. Ese día llegaron al mediodía hasta la casa de  Gabriel, quien les brindó almuerzo.  Nadie sospechó de nada ni de que lo iban a degollar.  Y hasta le dieron plata  para que dejara el fogón encendido. Según le dijeron, iban a cobrar un dinero que les debían. Llegaron en la tarde al billar que está después de la estación de policía de la Ye, cien metros hacia Sahagún. Allí se bebieron una canasta de cerveza. Ya estaban bastante borrachos cuando le dijeron a Gabriel que los llevara a una vereda cercana a cobrar una plata. El chofer le dijo que por qué no le dijeron más temprano, que era malo cobrar de noche, que mejor lo dejaran para el otro día. Pusieron a andar el auto, pero la diferencia no se salvó. Morales decía que era mejor volver al otro día, y los dos forajidos insistían que era mejor de noche, porque se trataba de una extorción. Fue donde Gabriel dijo que los acompañaba a otras diligencias, pero que hasta allá no llegaba.

Fue donde el tipo que iba detrás, le puso una navaja en la garganta. Forcejearon y la cuchilla le cortó la vena femoral. Gabriel Morales, mortalmente herido, detuvo el auto y se bajó, con ganas de huir, pero cayó dos metros después.   Allí se desangró.

Desde el Comando de la Policía de la Ye, se alcanzaba a divisar el auto con las luces encendidas y la puerta delantera, del lado derecho, abierta. El comandante envió a dos patrulleros, quienes se acercaron caminando al lugar, hallando al hombre muerto y a uno de los asesinos buscando algo de valor en el auto. Le hicieron varios disparos, pero alcanzó a huir por la carretera. El otro ya había desaparecido. Los policías alcanzaron a identificar el cadáver de , Gabriel Antonio Morales Alta Miranda, con una herida en la garganta, casi degollado,  quien había sido policía de tránsito  y un tipo  muy conocido en la región.

Mario José Saibis, chofer de toda la vida, hoy de unos 67 años, en aquel año manejaba un volteo y al recibir la infausta noticia por parte de la policía, embarcó a unos veinte familiares en la chaza y se fueron. Llegaron a la Ye a eso de las diez de la noche por el cadáver, pero lo que les contó La Policía los envalentonó.  Los agentes que inspeccionaron el cadáver, le dijeron las características del tipo que estaba dentro del auto cuando llegaron, el mismo que había huido por la carretera. Son unos quince kilómetros entre La Ye y Sahagún,  hoy en doble calzada, en los que un hombre caminando se gasta unas tres horas, al menos que alguien no lo hubiese recogido. Enseguida se fueron en el volteo. Entre las doce y la una de la madrugada, entrando a el corregimiento de Rancherias, hallaron un tracto mula accidentada, con el cadáver del conductor adentro y gran cantidad de gente saqueando la mercancía. Aquella noche lluviosa también había llovido la muerte. En un tramo menor de quince kilometro ya había dos muertos. Siguieron adelante y llegando a Sahagún observaron el tipo con las características que les había dado la policía. Iba de a pie y con las ropas empapadas por la lluvia. Iba ajumado.  Mario José a penas lo vio supo que era el asesino de su tío Gabriel Antonio Morales. Lo primero que se le vio a la mente fue embestirlo con el volteo, pero cambió de idea cuando vio que el prófugo levantó la mano pidiendo un chance. Era un repecho, entonces no pudo detener el volteo, sino que lo sobrepasó y lo esperó más adelante. Saibis se acordó de la pala que llevaba en el volteo, la tomó, dejó el auto encendido y se lanzó sobre el asesino. Le tiró un palazo, pero el asesino fue muy ágil y lo esquivó. Cuando trató de rematarlo, los otros familiares se interpusieron, pero después lo levantaron a puños. Al tipo, un joven sampuesano de ascendencia indígena, cuyo nombre se le borró para siempre, se le pasó la juma. En medio de la sarta de puños y patadas que le dieron, confesó el crimen.

Lo llevaron a la Estación de Policía de la YE, donde fue indiciado. Ese otro día capturaron al cómplice. Se les hizo el juicio y fueron procesados. Estuvieron mucho tiempo en la cárcel de Sahagún, pero nunca se atrevieron a llevarlos a la cárcel de Montería, porque allí trabajaban dos hermanas del difunto, una era enfermera y otra en la parte administrativa – hoy ya pensionadas- y los reos creían que ellas  los iban a   envenenar.

Llegando a Sincelejo, después de algunas preguntas puntuales, Mario José Saibis, sostuvo que los asesinos no demoraron mucho tiempo en la cárcel. Al ser liberados siguieron delinquiendo por los lados de Tuchín. Tenían esa zona azotada, hasta que los mataron.

 

 

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Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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