Crónicas

ADOLFO PACHECO, EL NOMADA EN EL “EXILIO”

ADOLFO PACHECOLos nómadas en el carnaval (II)

Por Alfonso Hamburger

Para que no lo matara la nostalgia, tiempos aquellos en que Los Montes de María estaban sitiados por la guerra, Adolfo Pacheco no tuvo más remedio que “llevarse” el Carnaval para Barranquilla, siguiéndole los pasos al Viejo Miguel, su padre, quien se había refugiado en Curramba por una quiebra económica: “Buscando consuelo, paz y tranquilidad”.
Y aquello de “llevarse” no era gratuito, porque San Jacinto, según el antropólogo Augusto Oyuela, es el asentamiento más antiguo de América. “Los europeos se llevaron el oro, arrasaron con la lengua nativa, violaron nuestras mujeres e impusieron sus costumbres, entre ellos el carnaval”, dice Numas Armando Gil, que sigue la rutina de Pacheco. Lo que no pudieron llevarse fue el arte, representado en la música y la artesanía, en el tinajón.  Edgardo Támara Gómez, historiador sincelejano, califica el aniquilamiento de 300 mil zenúes a la llegada de Pedro de Heredia, como un holocausto. Después de aquella barbarie, solo se contabilizaron unos mil quinientos, dispersos en pueblos pequeños.
Para aquel cometido espontaneo, Pacheco tuvo varios cómplices, entre ellos Luis Betancur Arrieta y el general Juan Salcedo Lora, quienes iniciaron en el parque de la 74, una especie de parranda carnavalera con Andrés Landero, Los Gaiteros y otros más. No faltaba el mote de queso, los chicharrones, el sancocho de varias carnes y los chistes, el domingo de Carnaval. Y aquella convocatoria elemental, sin boletas, sin invitaciones marcadas, se fue creciendo hasta convertirse en una fiesta de toda La Sabana y el Caribe, en donde iban Guameros, San Juaneros, Carmeros, Sincelejanos y gozones de todas partes. Cuando la guerra se incrementó, las grandes figuras de la región que tocaban la guacharaca , cantaban o que simplemente se llevaban un pedazo de sus nostalgias, tuvieron que cercar el parque por seguridad, entonces la fiesta de las colonias, como se llamó entonces, entró en crisis, porque un día a los fundadores no les permitieron pasar gratis a sus mujeres. “Calcula tu”, dijo Hernán Villa, a quien le tocó remolcar a varios. Había un control, que les coartaba la liberad del patio. Hoy, todo se compra o se vende.
De todos modos, el escenario fue propicio no solo para el reencuentro, sino para cantar y contar, como acaba de pasar en el Carnaval de las Artes, donde Adolfo sustrajo toda aquella narrativa, de la que siempre emergen primicias. Fue allí mismo donde se declaró un nómada que hoy puede hablar en la Fiesta del Pensamiento de San Jacinto (Hablar y comer es lo que mas le gusta), en su estado natural sabanero, o mañana pueda que esté en directo por la televisión, desde Miami, con un logo del Festival Vallenato en el pecho. Es lo que Juan Carlos Ibáñez plasma en sus pinturas, que cataloga como nomadismo, el último movimiento mundial de la cultura, nacido en las sabanas del Caribe, en los Montes de María, emergidos de unos pozos habitados por mohanes, encantados, donde el agua llora.
Sostener cuatro familias- después que la vieja Mercedes Anillo se había ido para el cementerio- llevó al Viejo Miguel a la ruina y lo puso en la picota pública. Una quiebra económica era una afrenta tan grande como tener en la familia a un hijo homosexual. Adolfo Estaba decepcionado. El exilio del viejo en Barranquilla no fue tan grave porque Rafael Matera, su jefe, el del frigorífico Camaguey, jamás lo desamparó y hasta lo presentó en el Club Barranquilla, donde no admitían negros, pero Miguel Pacheco Blanco, supo defenderse sin necesidad de revelar su segundo apellido. Matera fue al baño, entonces los empleados, al ver al viejo solo, algo desamparado, vestido de kaki y sombrero de fieltro, le preguntaron quién era para estar allí, que quien lo había invitado. Y él, levantándose de la silla, respondió:
– Soy el cónsul de Haití.
Entonces se fueron en atenciones. Les había mentido, para sobrevivir. Y allí fue donde empezó a aclimatarse en Barranquilla, mientras tomaba café cargado, tabaco habanero y champan francés.

II

Adolfo Pacheco, a los 20 años, descubrió que era negro y nómada en la entonces friolenta Bogotá de los años sesenta, por ventura. Lo máximo que le habían dicho en materia de raza era moreno, incluso desteñido para los de Palenque. Ya se sentían los estragos de la quiebra. Ya el viejo no podía girarle. Tenía que regresar a San Jacinto con el pretexto de sacar la libreta militar. Había saciado su hambre en un restaurante Chino ( El Monte Blanco), pero cuando fue a pagar no le alcanzó la plata. No tuvo más remedio que probar la agilidad de sus piernas, pues no solo era manager, sino que jugaba todas las posicines en el deporte rey y era veloz como una gacela. Pero aquel chino no se quedaba atrás. No se le desprendía, hasta que Adolfo no tuvo más remedio que meterse en el edificio de El Espectador, donde había sido corrector de estilo, para eludirlo. Y lo logró, porque se metió en el baño de las mujeres, cuyas puertas quedaron batiendo al viento. Y el chino, que al menos era decente, no buscó en aquel lugar. Pacheco estaba aún jadeante por el esfuerzo, cuando una mujer- era tiempo en que las mujeres no usaban pantalones largos- entró al baño con las faldas arriba.
– ¡Qué haces aquí, negro malparido, le gritó la dama, al verlo.
No solo le había dicho negro, sino negro malparido, que era más grave. Adolfo se miró su piel color majagua, salió presuroso del baño, pero con la decisión de estudiar a sus ancestros. Cuatro de sus canciones hacen el reclamo. Esas agresiones lo prepararon para conquistar una sociedad como la barranquillera, menos agreste para el forastero y donde la música fue vital como elemento de conquista. Especial en el carnaval.
Era un nómada en el exilio, excepto en el Carnaval, donde pudo desfogar toda su libertad. Su bisabuela fue Crucita Estrada, una india esclava, menudita de manos agiles, hacedora de bollo, moledora de maíz. Su bisabuelo paterno era blanco, santandereano, ojo de grillo. Y Tenía ancestros negros. De modo que en aquella mezcolanza de razas- su madre era trigueña ojos azules- solo cabía la rebeldía y cualquier color podía surgir. Es, ahora, por estos días, el color moreno que no destiñe, el prisma que se mezcla en cada carnaval, donde todos son libres. (Continuará)

Video relacionado: https://www.youtube.com/watch?v=xhw_n-0BBqI

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

4 Comments

  1. 28 febrero, 2017 at 7:28 am — Responder

    Excelente. Durante mi poca vida de periodista, la cronica es la mejor arma para desarrollar un periodismo mas humano, mas centrado, mas visceral y po que no decirlo, mas descarado,protuberante y desequilibrado.
    Hamburger, el Consul de San Jacinto, lo ejecuta y desarrolla al pie de la letra, siguiendo ese fervor del cronista de escribir palabras que al ir leyendolas,forman estrofas que alegran el corazon a tirios y troyanos,
    Alfonso a diferencia de los viejos cantores de su San Jacinto del alma, cumple a cabalidad su cometido como solista de las letras en todo momento y en especial cuando se sienta en la mesa donde esta un computador o un microfono.
    Debo ser sincero. En Colombia, y en la Costa con mayor razon,. dentro del periodismo cotidiano, el cronista, como el humor desaparece lentamente. Hoy con su prosa, sin darselas de nada === pienso yo === , Hamburger cumple a cabalidad y con profundidad su viejo anhelo : * ser e cantor, del ayer el de hoy y del manana.
    Como viejo, caminante en esto de periodismo, debo afirmar. Bienvenido al dolor, la nostalgia y por que no a la esperanza.

  2. 9 abril, 2019 at 10:18 am — Responder

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