Adolfo Pacheco, un hombre de buena fe

Lo primero que llegó a nuestra memoria fue el apellido Pacheco, a secas. Vivíamos en Bajo Grande, un villorrio perdido en los montes de Cacho Seco y Arroz Con Gallo, en la orilla de un arroyo que se derramaba en bagatelas hasta llegar a Jesús del Río, proveniente de Las lomas del Mico y Las Palmas, después de pasar por Vara de León, Frío de Perros y Bagatela.

Lo único que habíamos escuchado era a los gaiteros de Bajo Grande y la banda de Plato, que llegaba en burro y a pie para las fiestas de Santa Catalina, el 25 de noviembre..

Pacheco,a secas, era un hijo bastardo del viejo Miguel Pacheco Blanco con Ana Lucía Díaz, quien era cocinera famosa y nos acompañaba en la casa de mis padres. Mi padre era el padrino de Pacheco y cuyo nombre de pila jamás conocí.

En Bajo Grande,un paraíso estigmatizado por las élites sanjacinteras,que nos veían muy lejanos, no teníamos muchas oportunidades de codearnos con los ídolos de la música,hasta que nos tocó mudarnos para San Jacinto, en 1973.

Un día llegó Adolfo Pacheco en un Jeep en busca de mi padre. Allí empezaron a negociar, en contra de mi madre, El Serrucho, una hacienda familiar que teníamos al norte de Las Palmas,que tributaba en San Juan Nepomuceno. Mi padre se la había comprado a Diego Fontalvo, quien se había ido para Barranquilla. En las escrituras reza Andalucía, pero su forma era alargada ,quebrada y con dientes,por eso le decían El Serrucho.

Miguel Adolfo Pacheco Lora, el pechichón de mamá, hijo mayor del juglar recuerda la época del Serrucho como una de las más bonitas de su adolescencia y de la familia y uno de los mejores negocios de su padre, hasta que se descompuso el orden público y tuvieron que salir del terreno.

Aquel negocio fue el primer contacto directo con Adolfo, en tiempos que andaba con la política de Rodrigo Barraza y compuso El Pergamino.

Posteriormente ingreso a la Universidad Autónoma del Caribe a estudiar comunicación social en 1981 , donde me piden hacer una entrevista, que iba a marcar mi vida para siempre. Escogí a Adolfo Pacheco, quien vivía en la casa donde hoy habita mi amigo José Ángel Serpa y señora. Fui muy uraño,en compañía del fotógrafo Félix Rico( QEPD), a mi primera entrevista,quien nos hizo la foto.

Fue donde Adolfo Pacheco nos puso al tanto de las diferencias entre vallenato y Sabanero y su postura clara en torno de Vallenatologia ,libro de Consuelo Araujo,que él contradecía.

Me convertí en una especie de Alfil del dolor y desde entonces no le perdí pie ni pisada al maestro, hasta concluir con la comedia El Gurrufero, un trabajo trunco pero que aún no concluye.

Nadie marcó tanto mi vida como Adolfo Pacheco. Sin su liderazgo en el folclor nuestra vida hubiera sido desabrida y sin un norte. Con su hamaca grande Adolfo señaló senderos y nos hizo diferentes. No somos vallenatos. Somos sabaneros montemarianos, sentidores de la montaña. Él enamoró al mundo y sin insultos envío un mensaje claro a los vallenatos. No abdicó jamás el trono de su reinado, aunque supo manejar el hilo de sus relaciones, hasta tal punto que su hamaca nunca se rompió y fue mecida por todos los cerros, colgada en desde los picos más altos, como vientre nutricio de todo el folclor.


Los vallenatos le dieron todos los honores, hasta elevarlo a la categoría de doctor honoris causa. Fue un triunfador, aunque muchas veces derrotado en el amor. Adolfo quería mucho más, pero lo hizo casi todo. No tuvo canción mala.

En 1989 con el fugaz círculo de periodistas de San Jacinto, y la revista Gaita, realizamos el primer homenaje al maestro y le entregamos la hamaca de oro en el Instituto Rodríguez.

En este legado y trasegar no hemos estado solos. Sería torpe elaborar una lista, pero como no mencionar a Numas Armando Gil y a Juan Carlos Díaz Martínez,quien me disputa honores con creces. Y mi hermano Alvaro Andrés, que sin proponérselo escribió un libro, según Adolfo un texto que le gustó mucho. El mejor,dijo

Ha sido un totazo muy grande está muerte tan nueva. Desde el domingo 19 de enero, en plena fiesta de Sincelejo,me he quedado sin lágrimas. Ha muerto el hombre. Ahora sigue la leyenda. Toda esta mañana del sábado he estado contestando llamadas y mensajes.

La última vez que nos vimos, el pasado cuatro de enero, Adolfo se persignó graciosamente cuando vio a Miguel Manrrique a mi lado. Hoy quisiera retroceder el tiempo para bajarme del auto y abrazarlo.

Quedó pendiente la serie que proyectábamos «Adolfo Pacheco, más grande que el cerro de Maco» para la TV.

En este sábado, la primera llamada fue del mejor cronista de América, Alberto Salcedo Ramos , quien elogió su inmensa obra y resaltó algo contundente, Adolfo Pacheco se fue metiendo entre los grandes de la música de acordeón como quien no quiere la cosa, por la puerta de atrás. Primero se le metió a Consuelo Araujo, quien decepcionada creyó que Adolfo era liberal y que había nacido en los alrededores de la plaza Afonso López de Valledupar o en Macho Bayo. Era un godo Sabanero.

Pero Adolfo Pacheco también tuvo su ejército de seguidores y sus ángeles. Uno de ellos,entre tantos, el gran crítico Ariel Castillo Mier, una gran seguidor de su vida y obra.

Fue Ariel Castillo Mier quien le hizo notar a Daniel Samper Pizzano que en su selección de Cien Años de Vallenato debía estar Adolfo Pacheco. No incluyó a Alfredo Gutiérrez, pero si cuatro canciones del juglar de los Montes de María.
Su obra fue su carta de presentación. Quien la conocía quedaba atrapado. No tenía presa mala. Su estilo y su canto,era diferente, Sabanero. Sustraído del campo.

Pacheco, no sólo supera a Rafael Escalona en número de canciones, sino que nunca se ha dicho que tomó alguna de sus creaciones a modo de préstamo.

Sólo se le equipara a un guayacán guajiro, Leandro Díaz.

Sin duda, lo mejor que me ha podido pasar como periodista son dos cosas, haber nacido en San Jacinto y tener la dicha de haber hecho mi primera entrevista a Adolfo Pacheco, lo que cambió el curso de mi vida.

Mis condolencias para todo San Jacinto y a sus mujeres que supo conquistar. Él lo dijo, de su corazón solo se llevó el solar, porque lo supo entregar en cada canción. Fue un hombre de buena fé.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

2 Comments

  1. PAZ EN SU TUMBA, muchas gracias maestro Adolfo Pacheco por su aporte a la musica latina. DIOS te lleve a su diestra.

  2. Alfonso Hamburger, te conozco desde hace tiempo, pero solamente coincidimos una vez en Cartagena en un homenaje a Adolfo Pacheco en el teatro. Tu articulo ante la muierte del mmaestro conmovedor, sincero, justo homanaje a quien en vida admiramos

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