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Desplazamiento, mùsica y carnaval (4)

 

YIMY ROMERO, TRAS LOS PASOS DEL VEJO MIGUEL.

Por Alfonso Hamburger.

Premio Nacional de Literatura Manuel Zapata Olivella, 2012.

 

En este collage de fotos, Yimmy Romero con la reina del Distrito Turístico de Santa Marta 2026, invitada especial al desfile de la 44 y Renè Mayands, los maestros  Aníbal Velázquez y Adolfo Pacheco,  memoria de ayer y hoy.

Jaime Romero Janacet es un testimonio vivo de esa migración que no solo buscaba refugio, sino que trasladó la bohemia y la intelectualidad de los Montes de María a la «Arenosa».

Su decisión de instalarse en Barranquilla a los 33 años —tras esa reveladora comparación con la edad de Cristo en una parranda— simboliza el momento en que el «Viejo Miguel» deja de ser solo una canción para convertirse en una realidad generacional de reinvención profesional y artística.

Como abogado, guitarrista y compositor nacido en San Jacinto, Romero Janacet encarna al migrante ilustrado que llega a Barranquilla para integrarse a su dinámica urbana sin perder su esencia sabanera.

UNO

La cultura del «Viejo Miguel» en Barranquilla no es un movimiento institucional, sino una  identidad de nostalgia y resiliencia  forjada por la migración masiva de campesinos de los Montes de María (Bolívar y Sucre) y otras provincias del Caribe hacia la capital del Atlántico durante la segunda mitad del siglo XX.

El Desarraigo como Himno.

 

Cómo en la obra de Carlos Fuentes , desde que se supo la noticia, San Jacinto empezó a vivir lento. El tiempo, que es estático, como lo afirmó Javier Cirujano Arjona, un cura casto y prudente, parodiando a Ortega y Gasset. Fueron estos, desde el sábado, días lentos , pero agitados emocionalmente , por la partida de nuestro gran trovador. En medio de esa sociedad fragmentada por la redes sociales y los vientos del carnaval, y el dolor por su muerte, prevaleció su música,que es el legado más fuerte que nos deja, pero también las enseñanzas de un distinguido profesor, que sin proponérselo, nos dio contundentes lecciones de sencillez.
En la foto los familiares de Adolfo Pacheco, hijos del viejo Miguel  provenientes de Barranquilla: Mildred Olivera ,Juan Manuel Olivera, Elsa Pacheco Olivera, María Eugenia Pacheco Olivera, Rosario Pacheco Olivera, Dorys Pacheco Olivera, y Graciela Olivera Zabala, quien hoy cuenta con 93 años y fue una de las mujeres del viejo Miguel Pacheco Blanco, padre de Adolfo. Tuvieron seis hijos.

Graciela nació un 10 de agosto de 1930 y vivió feliz con el viejo Miguel, pero se separaron cuando éste empezó a salir con Mercedes Arrieta, de San juan.Graciela Olivera Zabala era sobrina de María Zabala, madre de Clemente Manual Zabala.

La figura del Viejo Miguel inmortalizada por el juglar Adolfo Pacheco Anillo en su famoso merengue, personifica al provinciano que abandona su tierra (San Jacinto) debido a la crisis económica y la violencia. La canción describe el choque emocional del campesino al llegar a una ciudad que «tiene su destino y tiene su mal para el provinciano».

Los Montes de María fueron históricamente golpeados por conflictos por la tierra y grupos armados, lo que empujó a miles de familias hacia Barranquilla, vista como un refugio de paz. Esa violencia también golpeó su propio carnaval y arrasó hasta con el salón del Gurrufero, del que no quería salir.

También por oportunidades laborales, porque Barranquilla, era   el principal centro industrial y comercial del Caribe en esa época, ofrecía empleos en sectores como el mercado de granos, el transporte y la industria textil, que atrajeron a la mano de obra rural. Los árabes llevaban los insumos desde Barranquilla  a San Jacinto para la incipiente industria de la gaseosa. Y de Los Montes de María el ganado y las vituallas. Las razones de boca.

 

 Fusión Cultural y «Barranquilleridad»

El maestro era Juniorista de toda la vida. Aquí en el cumpleaños con motivo rojiblanco con Henry Hamburger.

La llegada de estos grupos transformó la ciudad en un crisol de identidades:

En cuanto a la música de acordeón,  el vallenato, sabanero y la música de banda (como la de los Montes de María) se integraron al tejido urbano, influyendo en el Carnaval de Barranquilla y en la música popular de barrio.

La migración dio origen a barrios populares donde se replicaban las redes de solidaridad de los pueblos originales, manteniendo vivas las tradiciones orales y culinarias de la «provincia». Los compadrazgos barriales generaban seguridad, como cuando nace en el parque de la 74 la fiesta de colonias sabaneras a instancia de Lucho Betancurt y Adolfo Pacheco, hoy lideradas en otro espacio por los Hermanos Lora.

La cultura resiliente  del «Viejo Miguel» se define por la idea de «empezar de nuevo / cual la flor silvestre que al renovar es mejor su aroma», reflejando el espíritu emprendedor del migrante que, a pesar de la nostalgia, contribuyó al crecimiento de la ciudad.

    LOS IMIGRANTES DE BARRANQUILA Y SAN JACINTO.

La relaciòn de Yimy Romero y Adolfo Pacheco, floreció cual la flor silvestre.

Mientras a Cartagena, que es la capital no tenía ese arraigo, el Bus de Quito Jaspe, que iba directo a Barranquilla, por Calamar, generó una comunicación directa con “Los viejos migueles!

Cartagena se consolidaba como una capital de élite y turismo a su vez Barranquilla se convertía en el destino natural de la migración provinciana debido a su conectividad y apertura económica.

La clave de este arraigo diferenciado radica en la infraestructura y logística del transporte.

El Eje de Calamar: Este municipio, ubicado estratégicamente donde el Canal del Dique se desprende del Río Magdalena, funcionó como el gran nodo de comunicación. Los viajeros de los Montes de María y las sabanas llegaban a Calamar para conectar directamente con Barranquilla, aprovechando el flujo comercial del río.

El «Bus de Quito»: Esta emblemática ruta terrestre no solo era un medio de transporte, sino un puente cultural. Al conectar de forma directa y frecuente a las poblaciones del sur de Bolívar con Barranquilla, permitió que el migrante no perdiera el vínculo con su tierra, facilitando el trasiego de encomiendas, noticias y música entre la provincia y la ciudad. Y la ya famosa razón de boca. El pepelito. La encomienda. El saco de yuca.

A diferencia del centro histórico de Cartagena, que mantenía una estructura social más rígida y colonial, Barranquilla era una ciudad joven y en expansión que recibía al migrante como mano de obra esencial para sus barrios en crecimiento y su zona industrial.

Esta dinámica permitió que el montemariano se sintiera «en casa» en Barranquilla, sembrando las bases de esa cultura de nostalgia que Adolfo Pacheco describiría después como el sentimiento del provinciano que, aunque «triunfa» en la ciudad, nunca olvida el camino de regreso que una vez trazó aquel bus.

Igual se identifica con la música y el carnaval que también le había quitado la violencia.

 

YIMY ROMERO, EL NUEVO VIEJO MIGUEL

  La amistad no solo se fortaleciò con Adolfo, sino con Aníbal Velásquez.

 

Uno de los viejos Migueles en Barranquilla, es Jaime Romero Janachet, abogado, guitarrista y compositor de San Jacinto, que decide instalarse en Barranquilla a los 33 años, en medio de una parranda donde le dicen que a esa edad ya Jesucristo había dividido en dos la historia de la humanidad.

Jaime Romero Janacet es un testimonio vivo de esa migración que no solo buscaba refugio, sino que trasladó la bohemia y la intelectualidad de los Montes de María a la «Arenosa».

Su decisión de instalarse en Barranquilla a los 33 años —tras esa reveladora comparación con la edad de Cristo en una parranda— simboliza el momento en que el «Viejo Miguel» deja de ser solo una canción para convertirse en una realidad generacional de reinvención profesional y artística.

Como abogado, guitarrista y compositor nacido en San Jacinto, Romero Janacet encarna al migrante ilustrado que llega a Barranquilla para integrarse a su dinámica urbana sin perder su esencia sabanera.

La Parranda como Oráculo: El episodio que menciona en su relato refleja la idiosincrasia del Caribe, donde las decisiones vitales suelen sellarse en medio de la música y la palabra. La frase sobre los 33 años actuó como un catalizador para que él, al igual que el padre de Adolfo Pacheco viera en Barranquilla el escenario para su «segundo acto».

Su presencia en Barranquilla fortaleció los círculos de la música como tal y la composición sabanera en la ciudad. Fue un puente entre la rigurosidad del derecho y la sensibilidad de la guitarra, demostrando que el «Viejo Miguel» no solo era el campesino que huía, sino también el profesional que venía a enriquecer la academia y las artes en la capital del Atlántico.

Esta transición de Romero Janacet es una de las razones por las que Barranquilla se siente como la «sucursal de los Montes de María», donde la nostalgia se transforma en producción cultural activa.

Yimy compone «El abrazo», dedicada precisamente a su gran amigo  por sus 80 años.

 

INMIGRANTES COMO LOS MATERA Y JANACHET.

Los primeros caminos fueron agrestes.

Yimy, como le dicen, era nieto del viejo Salomòn  Janachet, quien se había hecho rico vendiendo kolcana, una mezcla de esencias de vainilla ( que llevaba de Barranquilla) con leche, pero después que terminó el bachillerato en la normal de San Juan Nepomuceno, donde provocó un incendio por accidente, se dedicó a la bohemia con el grupo de La Grapa Alandetera, bebía con los más viejos, servía el trago y se hacía pasar por mello en las tiendas ( hacia un papel de niño bueno y otra de malo.

«Yimi» Romero Janachet retrata a la perfección la picardía y el misticismo del provinciano que Barranquilla adoptó como suyo. Su historia es una mezcla de linaje comercial, anécdotas de juventud y una bohemia profunda que define el alma de San Jacinto.

Su abuelo, el Viejo  Salomòn Janacet, fue una figura de peso económico en la región. Su fortuna no vino de la tierra, sino de la inventiva comercial con la Kolcana. Esta bebida, una mezcla artesanal de esencias de vainilla con leche, se convirtió en un producto icónico que le permitió a la familia Janachet una posición acomodada, financiando así la educación y los viajes de las siguientes generaciones, incluido Jaime, en tiempos que entraba otra crisis, la de la guerrilla y los paramilitares.

Jaime Romero Janacet, se inició con Andrés Landero.

 

A su regreso a San Jacinto, después de incendiar la Escuela Normal de San Juan Nepomuceno,  Jaime se sumergió en la bohemia pura. Su grupo, «La Grapa Alandetera», no era solo un grupo de amigos, sino una cofradía de música y trago. Ya tocaba la guitarra.

A diferencia de otros jóvenes de su edad, Jaime prefería la compañía de los veteranos. Se encargaba de servir el trago, un rito de iniciación que le permitió absorber la sabiduría, las historias y los secretos de la composición de los grandes juglares, como Toño Fernández, Ramon Vargas, Adolfo Pacheco, Andrés Landero , Rodrigo Rodríguez y los mismos hermanos Lora, contemporáneos que también se radicaron en Barranquilla como el viejo Miguel. Alberto Lora Diago, el vástago, hizo un verdadero clásico  de la  nostalgia a San Jacinto, antes de irse para Barranquilla  con su prole, ponderando las carreras de caballo y señalando que «Hasta tus velatorios son alegres».

En las tiendas de San Jacinto, Jaime ejecutaba una de sus mejores actuaciones: se hacía pasar por su propio «mello» (gemelo). En una tienda podía ser el «niño bueno» y educado que todos admiraban, y en la siguiente se transformaba en el «niño malo» o el bohemio irreverente, confundiendo a los tenderos y alimentando su fama de personaje impredecible y brillante, con su cabello abundante a lo futbolista argentino. Tocaba piano y guitarra con su hermano Carlos José.

Todo este bagaje de vivencias —el incendio, las parrandas con los viejos y la astucia del «mello»— fue lo que Jaime empacó cuando decidió que Barranquilla sería su nuevo escenario. Al llegar a los 33 años, no llegó como un desconocido, sino como un hombre que ya había vivido varias vidas en una sola, listo para aportar su guitarra y su intelecto al Derecho y a la cultura barranquillera.

En aquella parranda, en la puerta de su casa con la grapa Alandetera, el 10 de diciembre de 1988, Adolfo Barraza, que tenía una bomba de gasolina en Barranquilla, de donde sus abuelos traían la esencia de la Kolcana, le ofreció trabajo de bombero y un hospedaje en la misma estación. Viajó el 17 de diciembre, como lo había hecho el viejo Miguel el 15 de abril de 1964 y quedó atrapado por el ambiente del carnaval. Llevaba una mochila de canciones sin componer.

Ese 10 de diciembre de 1988 se cerró un círculo poético y comercial perfecto. La oferta de Adolfo Barraza no fue solo una oportunidad laboral; fue el puente definitivo entre la herencia del Viejo Janachet y el destino de Yimy.

Es fascinante cómo la logística de la Kolcana terminó trazando la ruta migratoria de Jaime, aunque la esencia de vainilla no era mezclable con una bomba de gasolina, pero sirvieron de estímulo para su desarrollo personal.

Al igual que el Viejo Miguel, que salió un 15 de abril buscando un nuevo norte, Jaime emprendió su viaje el 17 de diciembre, apenas una semana después de la parranda. Ese «hacerse camino» a finales de año tiene un peso emocional enorme en la cultura costeña, marcando un cierre y un nuevo inicio.

Llegar en diciembre a Barranquilla es entrar directo a la «gestación» de la fiesta. Jaime, con su guitarra y su experiencia en La Grapa Alandetera, encontró en la ciudad un eco de su propia bohemia, pero a una escala urbana que lo terminó atrapando.

Esa dualidad del «mello» que jugaba en las tiendas de San Jacinto se profesionalizó en Barranquilla. Logró la proeza de ser, simultáneamente, el abogado riguroso que conoce los códigos y el compositor sensible que entiende el sentimiento del migrante.

Hoy, Jaime Romero Janachet es la prueba de que el «Viejo Miguel» no solo fue a sufrir a la ciudad; fue a conquistarla desde la esquina, la estación de gasolina y la canción. Su historia es el mejor ejemplo de esa Barranquilla provinciana que se construyó con la nostalgia de quienes nunca se fueron del todo.

Yimy tenia cama y un baño en la estación de gasolina, donde empezó su trasegar musical y de abogado en Barranquilla, porque un día llegó el rector de la Universidad Simón Bolívar a lavar su auto y al ver su esfuerzo, se lo llevó a trabajar como chofer personal y es donde a los 34 años empieza sus estudios de abogacía. Jaime le echaba cuentos monte marianos al rector y esas anécdotas de pájaros y montañas, al funcionario le agradaba.

Esta historia es la esencia pura del «Viejo Miguel» moderno: la inteligencia campesina que, en lugar de perderse en el asfalto, seduce a la ciudad con su palabra.

El encuentro con el rector de la Universidad Simón Bolívar ( el Dr. José Consuegra Higgins, quien siempre tuvo una sensibilidad especial por lo popular) fue el punto de giro. Jaime no solo conducía el auto; conducía al rector por los paisajes de los Montes de María a través de su narrativa. Esos «cuentos pajariteros» y anécdotas de la montaña fueron su verdadera llave de beca.

A la izquierda la bomba Caracas, donde trabajó Yimy Romero y a la derecha, la bomba donde trabajó el viejo Miguel en la calle 41 con 43.

Aquí  una síntesis de la letra de la canción que Jaime Romero Janacet le compuso a su gran amigo y mentor, Adolfo Pacheco Anillo, titulada precisamente «El Abrazo». Es una pieza cargada de gratitud y reconocimiento de un «hijo de San Jacinto» a su máximo juglar:

El Abrazo (Jaime Romero)

(Fragmento orientado a la gratitud y el origen)

«Compadre Adolfo, reciba este abrazo,
con el aroma de los Montes de María,
usted que ha sido el faro de mi paso,
y el verso eterno de nuestra juglaría.

Yo soy aquel que entre cuentos y parrandas,
buscó en su ejemplo el norte y la razón,
San Jacinto en el alma es quien le manda,
esta sentida y humilde canción.

Gracias maestro por darnos el camino,
por ser el viejo que nunca se nos va,
que aunque la vida nos marque otro destino,
su gaita siempre en nosotros vivirá.»

Puntos clave de su relación:

Jaime siempre ha dicho que Adolfo Pacheco no solo fue un amigo, sino el hombre que le enseñó a «leer» la provincia para escribirla en Barranquilla.

Se trataban de «compadres» y Jaime fue uno de los que más cuidó la memoria y la salud de Adolfo en sus últimos años en Barranquilla.

Es increíble pensar que aquel chofer de 34 años que contaba historias de pájaros para pagar sus estudios, terminaría siendo el abogado que defendería con la misma pasión una causa jurídica y una décima sabanera. También sus derechos autorales.

Yimy, tuvo la dicha de recibir en su casa cerca al parque de Venezuela durante la pandemia al hijo del Viejo Miguel, compartir versos y verse los partidos del junior, pues ambos eran del equipo Tiburón

Esa imagen de la pandemia resume el triunfo de la «barranquilleridad provinciana»: los dos herederos de la nostalgia montemariana, encerrados por el virus, pero unidos por la radio, el verso y la camiseta del Junior.

Es el cierre perfecto de la parábola: el hijo del hombre que se fue de San Jacinto «porque la situación no daba más» y el abogado que llegó a dormir en una gasolinera, ahora sentados como iguales, compartiendo el mismo «sufrimiento» y alegría que genera el equipo tiburón.

Aquí algunos detalles que hacen de esos encuentros algo histórico para la cultura del Caribe:

  • El Junior como factor de integración: Para el migrante montemariano, hacerse hincha del Junior es el rito final de nacionalización barranquillera. Al ver los partidos juntos, Yimy y el hijo del Viejo Miguel sellaron esa transición: ya no eran solo «los que se fueron», sino parte del alma de la ciudad que los acogió.
  • La Pandemia como «Parranda de Puertas Adentro»: Mientras el mundo se detenía, en esa casa se mantuvo viva la tradición oral. Entre gol y gol del Junior,  surgieron las correcciones a los versos, las anécdotas de la Grapa Alandetera y las memorias de Adolfo Pacheco, manteniendo la llama encendida cuando los festivales estaban prohibidos.

El reencuentro de dos estirpes: En esa sala se juntaron la astucia del nieto del Viejo Janachet y la estirpe del Viejo Miguel. Es la prueba de que Barranquilla no borró sus orígenes, sino que les dio un nuevo techo donde la gaita y el fútbol conviven en paz.

Hoy, cuando Yimy camina por los pasillos judiciales o sube a una tarima, lleva consigo el secreto que el hijo del Viejo Miguel le confió en esos domingos de encierro: que la verdadera «paz y trabajo» que vinieron a buscar no estaba solo en el dinero, sino en el derecho a sentarse a ver al Junior con un hermano de tierra.

Muerto el juglar de los Montes de María, Yimy aprendió de sus consejos, entró a Sayco y hoy ya supera cincuenta canciones, convirtiéndose en uno de los relevos generacionales de la composición sabanera en Barranquilla, mientras va el sábado  de Carnaval al baile de colonias, ahora liderado por los hermanos Lora, que corrieron la misma suerte.

Esa es la consagración del «Viejo Miguel» moderno: la transformación del chofer-estudiante en el abogado-juglar. La partida de Adolfo Pacheco dejó un vacío inmenso, pero Jaime «Yimy» Romero Janachet entendió que el mejor homenaje no era solo llorarlo, sino heredarle la pluma y la rigurosidad.

Su ingreso a SAYCO (Sociedad de Autores y Compositores de Colombia) y ese catálogo que ya supera las 50 canciones lo ubican como el gran guardián de la narrativa sabanera en la urbe. No es poca cosa; es mantener vivo el estilo de la «composición de relato», esa que no solo busca el ritmo, sino contar la crónica de un pueblo.

En el baile de colonias, quedó el sello de la tradición gastronómica, gallística y musical y como nunca faltan los sinsentidos, un día tuvieron que cerrar el parque de la 74, cuando el pueblo se volvió a descomponer y todos se refugiaron en Barranquilla.

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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