Cuando la ganadería se volvió música.
La primera vez que Julio Fontalvo se quedó sin plata para volver a Bogotá, no sabía que ese apuro le entregaría la inmortalidad. Corría 1980. El Festival Sabanero había terminado, los músicos ya se habían ido, y él, compositor de joyas como Río Crecido y Río Seco, apenas tenía para un café. Hizo lo que hacen los paisanos cuando el bolsillo está flaco: fue a buscar a un amigo. Don Arturo Cumplido Sierra lo recibió en su casa de Sincelejo, le dio el dinero del pasaje, y Fontalvo tomó el bus hacia Bogotá. Entre el traqueteo de la línea Brasilia y el polvo de la carretera, mientras el paisaje sabanero desfilaba por la ventana, empezó a silbar una melodía.
Los nombres que desaparecieron de los porros
Hubo un tiempo en que salir en un porro era quedar sellado en la memoria pública: el ganadero, el toro y la plaza amarrados para siempre en una melodía que corría de boca en boca por toda la sabana. Pero cuando el conflicto armado empezó a ensombrecer estos departamentos —según datos de la época Sucre llegó a tener un millón y medio de cabezas de res, y tener ganado era ya estatus, política y una forma de poder que se leía en el apellido— el elogio se convirtió en riesgo. Los nombres cantados podían volverse blanco. Se cuenta el caso de Ricardo Sierra Cure, ganadero del San Jorge que había sido secuestrado: cuando Armando Contreras le presentó en 1984 el borrador del «Arranca tetas» con su nombre adentro, Sierra Cure se negó. El compositor borró su apellido y puso el de Aníbal Monterrosa, y así —entre el silencio de uno y la generosidad del otro— nació la versión que todos conocen hoy: la de Carmen Mendoza arrastrada por un toro de la línea frente peluda Monterrosano, en la plaza de la Union de la Loma y Los Cayos. Muchos ganaderos que antes se «coronaban» en porros prefirieron después aparecer en vallenatos, donde el nombre suena sin el peso de la sabana encima. Y el golpe llegó también desde abajo: las nuevas generaciones escuchan otros géneros, cada vez nacen menos porros nuevos, y la historia de esta música autóctona se va quedando sin quien la investigue o la reclame. Por eso el homenaje a Vitaliano Cárdenas no vino de arriba ni de los ricos: lo construyeron los mismos músicos que lo conocieron, los campesinos y los manteros de las corralejas. El porro, que ayudó a engrandecer el ego de los poderosos, terminó siendo la única corona que recibió un hombre que nunca la buscó.
Era el porro El Balay.
Cuando llegó a Bogotá, Fontalvo corrió al estudio a grabarla. Le puso el nombre del toro más bravo que jamás había pisado las corralejas de Sucre: El Balay, el animal de Don Arturo. Un toro cornalón, de carabela abierta al sol como un cernidor, que barría las plazas con una furia limpia. Donde llegaba, no dejaba afrecho. La gente salía a verlo correr con los ojos pelados, sabiendo que ese animal era puro nervio y nobleza brava.
Pero el porro es apenas una postal de una historia más grande. Una historia donde los toros no sólo embestían: también cantaban. Donde los ganaderos no solo criaban ganado: también criaban leyendas. Y donde la música, el ron, la fiesta y el dolor se trenzaban en una sola cosa que la sabana lleva décadas repitiendo en sus bandas, sus gaitas y sus plazas de madera.
La gratitud hecha porro
Antes de El Balay, ya había un Arturo García. Y su historia también nació de un acto de bondad.
Era 1952. El maestro Lucho Bermúdez vivía en El Carmen de Bolívar con su esposa Leda Montes, quien enfermó gravemente. Había que llevarla a Cartagena de urgencia, pero no tenían vehículo. Arturo García Carielo, próspero ganadero de Ovejas, le cedió su carro personal sin cobrarle un solo peso. Bermúdez, conmovido, compuso en su honor el porro Arturo García, destacando su bondad y éxito empresarial.
El tema salió prensado por CBS. Lucho le envió desde Bogotá una caja de long plays a su amigo, quien murió tempranamente en Ovejas. El porro se estrenó en el Club Campestre de Sincelejo y empezó su travesía por el mundo, deslindando la sabana desde San Juan Nepomuceno hasta Corozal. Incluso, Ovejas y Sincelejo. Un homenaje al hombre sabanero.
Banda y fandango en la sabana: el porro como archivo vivo donde el Caribe guarda sus toros, sus ganaderos y su memoria.
Los toros que se volvieron canción
Según el historiador Inis Amador Paternina, a mediados del siglo XX, grandes ganaderos y toros legendarios de las corralejas fueron inmortalizados en composiciones de porros y fandangos. Era una tradición cultural del Caribe colombiano donde la música y la ganadería se entrelazaban hasta confundirse.
Cada toro bravo tenía su historia. Cada ganadero, su leyenda. Y cada compositor sabía que la mejor manera de hacer memoria en la sabana era componiendo un porro.
Juan Perna Maceo, de ascendencia italiana, fue el ganadero que introdujo el toro negro en la región. Los trajo hacia 1972 desde Caimito, y el compositor Danuil Montes le hizo el porro El toro negro en su homenaje. Leonardo Gamarra, nacido en Sincé en 1940, considerado un compositor de porros líricos, referenció a ganaderos y garrocheros en temas como El Centauro, El Barroso Pineano (de la familia Pineda) y Con la garrocha en la mano.
El maestro Toño Fernández, de los Gaiteros de San Jacinto, le cantó al toro El Viruta, enlazando una tradición que venía desde Cereté con Nabo Cogollo, Roberto Ruiz y Nando Otero. Y Devalois Acuña hizo quizás el porro más narrativo: El mantero, que no era solo descripción. Era un cuento literario completo, con principio, desarrollo y final.
Don Vita: el ganadero de a pie
Leobardo Naranjo, quien propuso el homenaje a Vitaliano Cárdenas, destaca que se trata de un ganadero de a pie, un símbolo de la cultura sabanera que, a pesar de su inmensa fortuna, nunca abandonó sus raíces campesinas. Su historia es legendaria y hace parte de la era dorada del porro y la ganadería en la región.
Entre las curiosidades de Don Vitaliano, se cuenta que tuvo 27 hijos con distintas mujeres, más que el mismísimo Diomedes Díaz. Al primero, nacido en El Carmen de Bolívar, le pusieron su propio nombre: Vitaliano. Por eso nunca le dijo otra cosa que Tocayo.
Aunque tuvo lujosos autos e iba a la par con los nuevos modelos, jamás quiso conducir, ni tampoco le gustaron los clubes sociales. Lo suyo eran las corralejas, como la de Colomboy, donde se estrenó Nacho Vives. Don Vita era un hombre de tierra, de ganado y de ruedo. La fortuna no le cambió los gustos.
La historia del Toro Negro.
Toro negro de las sabanas caribeñas, símbolo de bravura y tradición ganadera, como aquellos que inspiraron porros, leyendas y corralejas en la memoria del Caribe colombiano.
Cada uno de estos porros tiene historias que apenas empiezan a aparecer en las redes y hacen parte de la oralidad popular, pero ninguna como la del toro negro, que es un porro atribuido a Danuil Montes, quien acompañó a Alfredo Gutiérrez durante 22 años en la guacharaca.
El tema es un homenaje al ganadero Juan Perna Maceo y en sí a la aparición del toro negro, entre las castas de variado pelaje en que se tejió la corraleja sabanera, desde el criollo de gran cornamenta hasta al romo sinuano, de filosos cuchillos, que rebuscan al mantero como gente, con los ojos pelados.
Aunque en el tema no se referencia a Próspero Diaz Ledesma, este es un personaje vital dentro del contexto.
Diaz Ledesma nació en la Villa de San Benito Abad y murió en Caimito, entregado a Jesucristo, convertido en un toro verde, haciendo corralejas humanas y huyendo de la leyenda en que quedó atrapada su vida, después de pagar una manda que le pudo costar su alma. Murió de viejo, entregado a la fe Cristiana.
Cuando tenía 23 años, viviendo por el San Jorge, sus hermanos sufrían todos de hernias discales y por la ausencia de médicos y de medios era casi imposible llevarlos a Cartagena para intervenirlos. Las operaciones eran muy riesgosas. No tenían recursos.
Lo único que tenía era una cría menor de vacas blancas. Desesperado por la situación de sus hermanos, se arrodilló, cerró los ojos se concentró y pidió al santo milagrosos de La Villa de San Benito Abad que le curara a sus hermanos y que, si eso sucedía, donaría cuarenta toros negros para mantearlos el seis de enero, día del apatrono de Caimito.
Después de levantarse fue que cayó en cuenta de la magnitud de su promesa. No tenía toros negros.
No fue necesario llevar a sus hermanos a cirugía. Todos se curaron por obra y gracia de Dios, de un espíritu de gran influencia en la región, pero que le iba a cobrar bien caro.
Las vacas blancas empezaron a parir terneros negros y así fue sucediendo, hasta que tuvo una torada digna del seis de enero.
Ya completada la toradam, El seis de enero de 1972 sería su gran día. Contrató las tres mejores bandas de músicos de la región e invitó a Radio Sincelejo, Radio Pancenú y Radio Baraji para que transmitieran la corraleja.
Compró una pinta de ropa nueva, adquirió un camión de ron para el pueblo y mató una vaca para todos.
Empezó a beber desde la mañana y a las dos de la tarde, antes de que pegara el primer recamarazo anunciando la torada, estaba tan borracho que se lo llevaron a dormir y no pudo ver un solo toro en el ruedo.
Las tres emisoras transmitieron aquella tragedia y sentenciaron que no hubo torero que se le metiera a un solo de esos animales.
A las tres de la tarde empezó a llover como si fuera el diluvio; aquello era monstruoso, como de otros mundos. El viento furioso desentechó varias casas y hasta tumbó la torre de la iglesia parroquial. Los toros quedaron congelados y los manteros invictos.
Juan Perna Maceo, que escuchaba la transmisión, viajó ese otro día a Caimito y adquirió los toros, de donde se inspiró posteriormente, en la plaza de Majagual, Danuil Montes para componer el porro, pero sin saber del empautamiento que sufrió Prospero Ledesma.
Cuando el periodista Alfonso Hamburger entrevista a Prospero, este le confesó que no sabia realmente quién era el icono o imagen a la que le prometió la manda, en la que invirtió casi toda su vida. No parecían cosas de Dios, sino del diablo.
Cuando Prospero estuvo consciente de que había tratado con el maligno, dejó de ir a las corralejas y se convirtió en un hombre de fe, en un animalista, y se hizo llamar toro verde; entonces hacia corralejas humanas, como una manera de tomar consciencia sobre este tipo de celebraciones paganas: la corraleja.
El toro balay, un porro por encargo.
La carabela del toro Balay, reliquia de corraleja y memoria sabanera, conservada como testigo de una leyenda hecha porro. Foto: cortesía.
De Nacho Vives siempre se tuvo claro su origen y que murió en la finca donde nació: El Caucho, pero el origen del Toro Balay, aun se discute. Lo cierto fue que murió en la hacienda Santa Teresa, de Don Arturo Cumplido Sierra, cerca de Sincelejo, después de recibir unas banderillas envenenadas en las corralejas de Carrillo, en San Pelayo, por parte de los dolientes de un muchacho que murió bajo su furia.
Después que murió su compositor, el maestro Julio Fontalvo (Las Palmas, 1931- Sincelejo- 2015), han aparecido críticos que hallan algunas inconsistencias, porque en realidad no era un bayo cachi encontrado, sino de una cornamenta fuerte, abierta al sol, como un cernidor (Balay), aunque no faltan quienes dicen que Arturo lo puso así porque barría, hacia un espulgue de las plazas donde llegaba, por su bravura. No dejaba afrecho.
Julio Fontalvo Caro, autor de joyas como Rio Crecido, Rio Seco y Corazón Corazoncito, vivió mucho tiempo en Bogotá, y a su regreso a Sincelejo, donde la dirigencia le dio una cuota inicial para una casa en el barrio Las Margaritas, se quedó viviendo acá desde que hizo el porro, hacia 1980.
Cuando llegó a Bogotá corrió a grabarla, dándole el nombre al LP, como había hecho con los dos LP de los Hermanos Zuleta, Rio Crecido y Rio Seco. Dicen que los mejores arreglos, en acorbanda- banda y acordeón- se los hizo el rey sabanero Rodrigo Rodríguez. Ek LP , prensado por la CBS, salió el 16 de septiembre de 1981.
Con las redes sociales han ido surgiendo testigos y testimonios. El poeta lirico Alcibiades Monterrosa atestigua que el toro balay proviene de los lados del Sinú. Traía un hierro distinto al de Don Arturo y hace parte de aquellos toros criollos de buena cornamenta, porque aún no habían llegado los interioranos con ese afán de cortarles los cuernos a los terneros, pese a su dolorosa operación y el riesgo de que una mosca les infectara con gusanos.
Testimonio: “Yo lo conocí de cerca”
Un testigo le escribio a Monterrosa;
Claro que lo conocí, y bastante de cerca. La primera vez fue un primero de enero en Turbaco, Bolívar, en la plaza principal. Ese día asistió don Arturo, quien se lo dio en calidad de préstamo al señor Regino Devós, por la compra del encierro. Pudo ser 1977.
Fue el último toro en salir al ruedo. La enormidad de su cornamenta no le permitió evacuar por la manga de salida. Tuvo que salir por la puerta de jugados, después de cortar la cerca que separaba ambos espacios. Salió amarrado, corrió hacia la esquina de la iglesia y de inmediato retornó al toril, gracias a Dios.
Y digo gracias a Dios porque, en esa esquina de la corraleja, no había cañas que evitaran la salida a la calle. Con seguridad habría ocurrido una tragedia. Eso sucedió al filo de las seis de la tarde.
Recuerdo, como si fuera hoy, que a finales de febrero de 1978 estaba con Ada, de paseo por Tolú Playa. Me sorprendió la presencia de Marcos España, organizador de las fiestas de Carrillo ese año. Él se dirigía a la hacienda Santa Teresa, en procura de la donación de una tarde de toros por parte de su compadre Arturo Cumplido. Por cierto, sería la primera vez que una ganadería de Sucre pisaba tierras cordobesas.
Una semana después me tocó ir a Santa Teresa, en compañía de Inis Amador, su padre Israel y muchas más personas de Sincelejo. Fuimos a la escogencia de dicho encierro. Esa vez lo vi más de cerca, y no recuerdo que su color castaño fuera tan encendido como el de la gráfica.
Todo lo anteriormente contado me permite confirmar, sin titubeos, que su envenenamiento ocurrió un domingo 19 de marzo de 1978. No así su muerte, que se dio uno o dos días después de haber recibido el veneno. Lo mataron por venganza.
Pero el porro tiene imprecisiones. No fue nacido en Santa Teresa; vino del Sinú en un lote de terneros comprados a Francisco Soto Ruiz en Rabo Largo. Lo confirmaron los vaqueros de San Antonio de Palmito, el coleador Banques y el amarrador Rafael Benítez. Tenía el hierro de la hacienda La Casadilla. Era playero, cornalón, no;cachos encontrados; como describe Fontalvo. Y no era criollo puro; era un toro cruzado, pringado de cebú con criollo.
Se confirma que el sitio donde murió el Balay fue en una pequeña finca de Rafael Pinedo, a orillas de la carretera que une a Pelayo con Carrillo.
En cuanto a la letra, a cualquier autor o compositor le es permitido alterar un poco la realidad de los hechos, en el afán de encontrar la forma que requiera la obra para su encuadre, su perfección. Tal como en el caso del Balay lo hizo Fontalvo con los;cachos encontrados; en vez de cornalón.
Julio Fontalvo era bromista y le decía a su amigo Arturo Incumplido, porque, a pesar de la fama del tema, que se hizo una celebridad, nunca estuvo conforme con que solo le hubiera dado el pasaje para Bogotá.
Don Arturo Cumplido, como Vitaliano Cárdenas, también provino desde abajo. Al principio fue carpintero, constructor, prestamista y ganadero. La sabana estaba llena de historias parecidas, de toros que marcaron plazas, de ganaderos que se volvieron nombre de banda y de pueblos que aprendieron a guardar su memoria en el sonido del porro.
Lo que empezó en El Caucho era apenas una de tantas rutas donde la ganadería, la fiesta y la música se cruzaban hasta confundirse. Porque en la sabana, cuando un toro deja huella, no se queda en la tierra: se sube a la banda, camina por las gaitas y termina viviendo en la memoria del pueblo.



